El peral pirata

Fede Durán | 3 de junio de 2013 a las 20:31

El abuelo camina delante, cuesta arriba, bajo un sol de justicia, y los nietos le seguimos a trompicones, resbalando con las piedras, clavando las rodillas al suelo, ensuciándonos las manos y la ropa. Avanzamos y crece la antena de telecomunicaciones que toca como un capirote la colina. Siempre pensé que en realidad era una nave espacial aterrizada por despiste y enraizada por costumbre. Avanzamos y el mar, azul intenso, se hace un hueco en el horizonte por encima de los acantilados de tierra naranja. No es verano, pero las moscas zumban igual. Huele a romero. El abuelo aún es joven, y ya nos espera junto al árbol, a varios metros de distancia, silbando como un jilguero. Nos acercamos respetuosamente, despacio, con los jadeos teatrales de la infancia. La parcela es un crimen geométrico: estrecha en un extremo, ancha en el otro, con costados igualmente desparejados y el peral perdido y casi enfadado con el agrimensor anónimo y la azarosa sedimentación de las propiedades. Nos colocamos bajo sus ramas modestas, que fabrican una sombra prodigiosamente desproporcionada, y el abuelo arranca unas pocas peras apiñadas y nos invita a probarlas. Están dulces y chorrean jugo con cada bocado y acartonan nuestras manos marrones de tierra.

-Fijaos. Este árbol es nuestro.

Intentamos concentrarnos. Paseamos la vista por sus hojas lánguidas y sus tallos flacos, palpamos el tronco, revisamos las ramas imaginando que son autopistas de hormigas y hamacas de arañas.

-Son peritas de san juan.

Los focos de un niño son nerviosos e inconstantes. Abandonan rápido el peral y apuntan más lejos, abajo, al mar. Entonces el abuelo nos cuenta la historia familiar. Venimos de un señor de Génova que nació en Venecia cuando ambas ciudades eran enemigas. Nadie sabe por qué ocurrieron así las cosas, pero ese otro protoabuelo debió ser un auténtico aventurero, o un loco, o ambas cosas, y es probable que también silbase como un jilguero y fuese fibroso como un espadachín y cantase inventándose la letra.

-En realidad era pirata -dice el abuelo, conquistándonos incondicionalmente.

Las rocas en mitad del mar son ahora galeones con banderas negras y calaveras blancas con colmillos y parches. El protoabuelo se enamora de una lugareña, se instala y se asocia con el cabo de Trafalgar, que le hace el trabajo duro. Cuando los cascos de los barcos crujen, mucho antes de convertirse en pecios, su banda desvalija a los desgraciados que se aferran a los maderos de la vida y se desentienden de los tesoros de la muerte. Gritamos y corremos, cortando el aire con espadas invisibles e invocando nuestra fiereza de corsarios genoveses nacidos en extrañas circunstancias en Venecia.

-Y el peral es vuestro.

Esta vez nos giramos hacia el árbol como si fuese el palo mayor de nuestro temible barco desvalijador y las peras tiemblan con nuestras leves sacudidas y se escucha Al Abordaje y Ríndete o a los Tiburones y el abuelo se aparta para vernos jugar y sonríe al haberle hecho justicia al peral desubicado, que desde ese día queda grapado a la memoria familiar.

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