Andalucía invertebrada

Fede Durán | 5 de agosto de 2013 a las 16:59

Aún sin Estatuto de Autonomía, desempolvando de su sobrio andamiaje la ceniza del franquismo, el Ejecutivo andaluz, dirigido desde el 2 de junio de 1979 por Rafael Escuredo, sabía del reto al que se enfrentaba. No se trataba sólo de taladrar el subsuelo de la dictadura para encajar los pilares de la democracia sino también de coser con sedal las ocho provincias que acabarían conformando la segunda región más extensa (87.268 kilómetros cuadrados, 5.000 menos que Portugal) y la más poblada de España (8,5 millones de habitantes).

Miguel Ángel Arredonda, histórico del PA y a la sazón ministro de Escuredo, recuerda la broma del jefe cuando finalizaban los Consejos de Gobierno: “Venga, hagamos dos ruedas de prensa para que Miguel Ángel diga una cosa y yo la contraria”. Esa frase encapsula mejor que ninguna otra el singular centrifuguismo andaluz.

“Cohesionar Andalucía es complicado porque no existe un empresariado ni una clase media que necesite a la comunidad para defender sus intereses y solucionar sus problemas”, opina Arredonda. “Discutimos la posibilidad de ubicar la capital en Antequera, y podría haber ayudado, pero nunca habría sido determinante. En 1982 fue importante la irrupción de Felipe González, que hizo a Andalucía más española pero diluyó su sentimiento de pueblo”.

El sedal eran las infraestructuras. Javier Torres Vela, presidente del Parlamento andaluz entre 1996 y 2004, y Juan Montabes, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Granada, recuerdan el rol que las autoridades reservaron a la A-92. “Estaba financiada con fondos propios, el Estado no participaba, y la idea era vertebrar de Este a Oeste. Se quiso hacer lo mismo con el ferrocarril, pero la crisis no permitió culminarlo. El poder autonómico demostró voluntad de unir. Sus errores vienen más del terreno simbólico”, analiza Torres Vela. “Borbolla [sucesor de Escuredo] diseñó esa autovía no atendiendo a criterios morfológicos sino políticos. Pero Andalucía equivale casi a Portugal. Vertebrar de Huelva a Almería es verdaderamente difícil”, contribuye Montabes.

En El Laberinto Español, Gerald Brenan hablaba de una nación ingobernable por el esquizofrénico pulso entre el imán de la Meseta y las brechas del nacionalismo periférico. Es el veneno del agravio comparativo (Amadeo de Saboya lo experimentaría en carne propia décadas antes que el británico). “Existe una incapacidad muy española de asumir las responsabilidades propias. Si a Granada le va mal es porque Sevilla la maltrata. Si a Andalucía le va mal, es porque la maltrata el Gobierno central”, expone Torres Vela. “Pero hay que contar con otra dificultad marcada por la Historia. Antonio Domínguez Ortiz definía a Andalucía como un país de ciudades. La estructura básica de malla que crearon los romanos se ha conservado. Y encima tenemos al menos cuatro que se han considerado alguna vez capital del mundo: Cádiz, Sevilla, Granada y Córdoba. No es fácil aceptar para ninguna de ellas una jerarquía superior”.

“Se ha recurrido al agravio comparativo para enfrentar a Andalucía con Cataluña o el País Vasco, pero también ha funcionado en el interior. Los sentimientos de trato desigual ya estaban durante la invasión napoleónica, con la Restauración, a lo largo de la Segunda República. Ni siquiera en el 28-F existió una conciencia nacional sino apenas una idea”, reflexiona Montabes.

Quizás una de las claves radique en determinar el material del que están hechas las banderas del microchovinismo. “Si miramos con cierto detenimiento los estudios de opinión de los que disponemos en la actualidad -encuesta del CIS, Informe sobre la Realidad Social de Andalucía, etcétera-, comprobamos cómo los andaluces de hoy se identifican primero con ser andaluces, por encima de su sentimiento de pertenencia al Estado español y a su localidad de origen. De igual manera, comienzan a identificar lo andaluz -la identidad andaluza- con marcadores vinculados a una manera concreta de ser y estar, más allá del clásico recurso a las fiestas y tradiciones (que por otra parte en modo alguno han desaparecido de este imagino colectivo), que permite descubrir y aprehender eso que algunos científicos sociales han llamado aire de familia, en que los andaluces y andaluzas se hallan e identifican en un escenario marcado por la presencia de la diversidad”, teoriza Salvador Cruz, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Jaén. Montabes aporta al respecto datos recolectados del Observatorio Político Autonómico (OPA): la inmensa mayoría de los andaluces (alrededor de ocho de cada diez) se siente tan andaluz como español.

No se trata pues de un problema identitario. Cruz se atreve con una respuesta alternativa: “Los antiguos reinos de lo que hoy entendemos por Andalucía darán paso a una división provincial (Javier de Burgos, 1833), que aun cuando partía de la estructura preexistente, no siempre se correspondía fielmente con lo que había sido la historia y las relaciones sociales y productivas en esos territorios”. “El largo siglo XIX -continúa el catedrático- significó para Andalucía la constatación del fracaso reformista”. Con Franco se agudizaron las dependencias y subordinaciones. “La primacía de las viejas lealtades locales, con su corolario de disputas y enfrentamientos, asentado todo ello sobre la tradición y la costumbre, evidenciaba hasta qué punto había fracasado el proyecto de construir un sentimiento moderno de comunidad”.

Cruz sostiene que “los efectos de la globalización y el debilitamiento en el que se encuentran los modelos de Estado-Nación, la emergencia de nuevos actores sociales que reclaman formas distintas de definir y expresar la identidad colectiva y los desafíos que plantea la construcción de una sociedad democrática multiétnica y multicultural revelan hasta qué punto son inadecuadas las viejas fórmulas de construir y vertebrar la cohesión social, económica, política y cultural de los territorios y sus habitantes. Necesitamos fórmulas alternativas en las que la diversidad no se considere, como lo ha sido en muchos casos hasta ahora, una rémora sino todo lo contrario. Vertebrar y cohesionar en la diversidad, ahí está el reto… y también la oportunidad”.

Especialmente duro con el papel de las instituciones se muestra Joaquín Aurioles, profesor de Teoría Económica en la Universidad de Málaga. Primero un directo: “Andalucía ha desarrollado un modelo político-administrativo profundamente intervencionista y centralista y un modelo de bienestar dependiente y distante del modelo de producción”. Después un gancho al costado: “Partidos políticos, sindicatos, asociaciones de empresarios, colegios profesionales, asociaciones, etc., constituyen el tejido institucional que ha intentado, y en buena medida conseguido, incrustarse en cualquier resquicio de la sociedad civil, hasta conseguir anularla”. Y al mentón: “El Estatuto de 1980 fue el primer instrumento para conseguirlo y el de 2007 ha agravado el problema”. Al final, en cascada, las soluciones: 1. “Para vertebrar Andalucía sería conveniente modificar el modelo político e institucional, en el sentido de despolitizar la vida civil y conceder a esta el espacio que le corresponde sin interferencias sindicales”. 2. “Hay que acabar con el centralismo, permitiendo que cada territorio tenga la posibilidad de desarrollar todas sus potencialidades con sus propios recursos y sus propias iniciativas”. 3. “Hay que adaptar el modelo de bienestar a la capacidad del sistema productivo, para acabar de una vez con la dependencia del exterior”. Y 4. “Un presidente de la Junta que por primera vez proceda de Andalucía Oriental podría contribuir significativamente a avanzar en la dirección deseable”. Coda al último punto: sería una forma de suavizar el hecho diferencial almeriense. O de invertir la corriente de los impulsos más comprometidos con la construcción de Andalucía, que, recuerda Juan Montabes, “desde el siglo XIX han provenido de la franja occidental”.

Manuel Pérez Yruela, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), propone una aproximación sociológica. “La sociedad andaluza era ya a comienzos de los 80, y sigue siendo hoy, una sociedad razonablemente abierta. La economía andaluza era, y es también, una economía abierta. Como la cultura, aunque ésta es la dimensión donde el mantenimiento de los patrones particulares frente a influencias exteriores es más visible. En esas condiciones, reforzar la identidad para orientar la sociedad andaluza preferentemente hacia ella misma es menos fácil”, dice.

“Salvando distancias, se trata de un problema con algún parecido al que se plantea en la construcción de una sociedad europea que no estaba articulada como tal cuando se creó la UE”, equipara. “En el caso andaluz todavía se trata de cómo hacer que sociedades con una fuerte orientación provincial, e incluso local, que tradicionalmente miraban a Madrid como su fuente de recursos, influencias y proyectos, cambien su centro de atención a Sevilla sin recelos. Para una sociedad como la andaluza, resulta obvio subrayar hasta qué punto es una condición necesaria de vertebración la existencia de una élite modernizadora, de dimensión y orientación andaluza”.

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