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Mapache Winston (I)

Fede Durán | 28 de agosto de 2013 a las 17:57

A Winston le llamaban Mapache por esas manos pequeñas y huesudas que en sus momentos de introspección tendían a recogerse en un ovillo nervioso. Mapache Winston era consciente tanto del título como del defecto, conviviendo con ambos a duras penas, inexorablemente atormentado, escondiéndose de los demás y de sí mismo, como un avestruz espantado por unas alas demasiado chatas. Con los años le habían dicho de todo, y era el flanco femenino el más inclinado a engordar la lista de agravios. Tienes manos de niña. O de vieja judía de supermercado. O de monaguillo. O de tití robaplátanos. Tras cada dardo, él se las miraba un instante, anverso y reverso, las agitaba buscando un rastro de sangre o culpa, una razón que le hiciera merecedor de semejante humillación, y después las devolvía a su celda de castigo. Las uñas eran rosas y limpias, frágiles como el coral; las falanges cortas; las palmas suaves, sin callos ni rastro alguno de aspereza en el trabajo manual. A veces, Winston se reivindicaba. Son manos de pianista, proclamaba con un leve deje de orgullo. Pero entonces alguien le recordaba que los pianistas lucen larguísimos dedos de araña. Y Winston se encorvaba, mascaba un juramento y volvía a la clausura original.

Foto Mapache Winston 1

Como bedel, era un tipo bastante metódico. Saludaba a cada empleado de Marlow & Sons con fórmulas de cortesía, almacenaba en su memoria las extensiones telefónicas de cada abogado, despachaba a los locos, atendía eficazmente a las visitas, conectaba la alarma del edificio, apagaba las luces y cerraba con llave antes de volver a casa de madrugada, cuando las sombras de la noche se fundían con las sombras de la humanidad. Nadie nunca había expuesto queja alguna sobre su desempeño, ni siquiera durante sus escasas treguas de celo para cubrir necesidades básicas como el almuerzo o la incontinencia. Aquella mañana discurría tan plácidamente que Winston se estaba permitiendo hojear el periódico sin prestar demasiada atención al universo estático circundante. Pasaba páginas con ojo de rapaz, veloz y preciso al mismo tiempo, reteniendo titulares y enlazando informaciones, paulatinamente excitado ante la inminencia del salmón que marcaba la actualidad económica, su pasión oculta, el nuevo deporte nacional desde la tormenta de las subprimes. Ya refrescaba sus índices bursátiles, sus primas de riesgo y sus fondos de pensiones cuando un anuncio a pie de página llamó bruscamente su atención.

Manos a medida. 

Trasplantes sin juntura. 

Precio mínimo garantizado.

Winston leyó y releyó el anuncio. La incredulidad inicial se deslizó por la rampa del olvido en apenas unos segundos, cediendo el testigo a una euforia primero razonable y después tan furibunda que le obligó a doblar su tregua de celo para ir al baño y aflojar la presión. De regreso a su puesto de vigía, el bedel parecía transformado. Su rostro de comadreja, tocado con un bigote despoblado y unos dientes anarquistas, se había iluminado. La sonrisa, extraño fenómeno en esa superficie aceitosa, lucía como un arcoíris, y las palabras protocolarias saltaban del trampolín de sus labios empapadas en vino y miel. Incluso sus manos, sus malditas manos de alimaña, decidieron dejarse ver, trazando en el aire volutas de énfasis, enmarcando sus buenos días y sus cómo estamos hoy.

El resto del día, funcionó al ralentí. Sus obligaciones de bedel pasaron a un segundo plano, encomendadas al piloto automático. Mapache Winston volcó su potencia cerebral en el nuevo asunto prioritario, haciéndose preguntas cuyas respuestas no podían arrojar la más mínima duda: ¿tienes dinero para ponerte unas manos nuevas? Depende de lo que cuesten. Movilizando el grueso de los ahorros y pidiéndole un extra a papá y mamá, es probable que sí. ¿Cuáles son las manos que siempre quisiste tener? Las de Paul Newman. ¿Dolerá? Negativo. Anestesia general. ¿Quedarán marcas? No. Trasplantes sin juntura. ¿Merece la pena meterse en un quirófano sólo por estética? Por supuesto. No es sólo una cuestión estética sino también ética. La reconciliación con uno mismo. La reparación de una arbitrariedad genética. El final de la era del ovillo. La libertad, la confianza, el resplandor de las almas sanas.

Fiel a su credo superestructurado, Winston adaptó la agenda al objetivo: consulta de saldos bancarios, tanteo de la disponibilidad crediticia familiar, solicitud de día libre para la prospección médico-comercial, localización física de la clínica, fotocopias ampliadas de las manos de Paul Newman, técnicas de regateo oscilantes en función de la terquedad de la contraparte. Por primera vez en su vida, se sentía preparado para afrontar El Problema, para vencer al fin a la adversidad. ¿Mapache Winston? ¡Winston La Roca! Conforme crecía su optimismo se desplegaba su imaginación. Ya no estaba rodeado de pobres putas ajadas sino de princesas exóticas y devotas que deslizaban entre sus varoniles dedos anillos de compromiso eterno. Su oscuro y húmedo apartamento de un dormitorio era de repente un lujoso ático con vistas al Hudson y equipamiento de última generación. Le nombraban bróker del año. Desayunaba embutido en un albornoz con sus iniciales cosidas en letras doradas. El bigotito daba paso a una tupida barba de lord, la dentadura se le aclaraba, incluso crecía esos cinco centímetros que siempre le faltaron para alcanzar el más que respetable metro setenta.

-Winston. Eh.

-¿Qué?

El señor Gosling le observaba condescendientemente, como quien intenta comunicarse con una raza inferior que no inspira odio sino pena.

-Me voy ya. No olvides encender la alarma, apagar las luces y cerrar con llave.

-Claro, señor Gosling. Como siempre, señor Gosling. Buenas noches, señor Gosling.

El señor Gosling solía ser el penúltimo en abandonar el edificio. A Winston le irritaba que cada noche le repitiera lo que tenía que hacer, lo que de hecho hacía, aquello en lo que jamás había fallado. Cuando la puerta se cerró tras el gordo cabrón de Gosling, Winston alzó sus complejos y les habló a la cara.

-Me ningunean por vuestra culpa. Pero eso se acabó, hijas de puta. Voy a ser como Paul.

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  • Juani

    Entretenido relato. Lo he leído casi sin pestañear.
    Saludos.