Mapache Winston (II)

Fede Durán | 29 de agosto de 2013 a las 12:24

LA clínica pertenecía a un polaco de Greenpoint llamado Walter Lebowski que se anunciaba con un letrero de chapa al final de Oak Street, unos cincuenta metros antes de la verja que separa al transeúnte del East River, y estaba rodeada de naves industriales abandonadas e infraviviendas con escalones donde chavales y ancianos mal vestidos mataban el tiempo hablando en idiomas que Winston desconocía. La basura rebosaba de los contenedores y las malas hierbas habían perforado el asfalto, tatuado con manchas imborrables de aceite de coche y cráteres que dejaban ver las capas de alquitrán superpuestas a lo largo de los años. Winston examinó la chapa oxidada, donde una mano torpemente grabada hacía el signo del OK. Al fondo, tras la verja, cuatro o cinco gabarras tomaban el sol mientras un ferry enfilaba hacia Manhattan, dando la espalda al escaso glamour de esa parte de Brooklyn.

El edificio no tenía ascensor. De haberlo tenido, la frase podría haber sido la contraria: el ascensor no tenía edifico. Las escaleras eran una colección de tablas crujientes saqueadas por la carcoma. El suelo de los rellanos estaba cubierto por lo que en otro siglo debió ser moqueta. La humedad colonizaba las paredes y el techo con amplios lamparones parduscos, violáceos y verdes sobre los que distintos tipos de hongos creaban sus propias constelaciones. Los timbres habían sido arrancados de algunos apartamentos, la mayoría no tenía número, algunas puertas entreabiertas dejaban ver las entrañas de una miseria de la que nadie parecía avergonzarse. La clínica estaba en el tercer y último piso. Conforme Winston subía, el calor se multiplicaba. Aislamiento y climatización eran palabras exóticas en Oak Street. Una duda ensombreció su hasta entonces vigorosa alegría. Esperaba un entorno más profiláctico y un despliegue más ambicioso. Winston se miró las palmas de las manos, intentando leer en ellas la respuesta, pero allí sólo había líneas de frustración y pliegues de inferioridad. Coronó al fin la tercera planta y se plantó resoplando ante una puerta más cuidada, con timbre, número y otra placa. Notaba las palpitaciones del corazón contra la caja torácica; la histeria de la emoción contra el cansancio. El sudor le nacía en la frente, se le acumulaba en las cejas y se le escurría por las sienes y el entrecejo. Parte de la comitiva encontraba refugio en el bigotillo, confiriéndole un aspecto de enfermo agonizante.

Mapache 2

Winston llamó al timbre y escuchó el traqueteo creciente de unos zapatos de tacón contra el suelo. La puerta se abrió de golpe, sin el movimiento amable del acordeón, y una mujer imponente le dedicó un sondeo llameante, sordamente furioso, como si acabase de escupir el catálogo más amplio de insultos y amenazas jamás recopilado sobre la faz del planeta tierra. Sus hombros eran tan anchos que casi rozaban las jambas, en una relación no menos apretada que la de la cabeza con el dintel. Sus facciones eran duras y angulosas, y bajo una falda que moría en las rodillas emergían dos piernas musculosas de velocista.

-¿Qué coño quiere? -dijo con una voz demasiado grave. Winston, de por sí macilento, aplicaba a su piel un grado más de blancura.

-No le haga caso, no le haga caso. Esmeralda es todo un carácter, pero bajo el león se esconde una flor -la segunda voz procedía del despacho que quedaba tras la mole y su escritorio de plástico-. Pase, hombre, acérquese sin miedo.

La mole se apartó y Winston se deslizó lentamente, cabizbajo, con las manos entrelazadas como un mandarín. Walter Lebowski era como mínimo tan inmenso como Esmeralda, aunque su físico era más lógico, menos chirriante. Lucía una barba densa con mechones grises y llevaba el pelo castaño recogido en una coleta larga y voluminosa. Winston cruzó el umbral y el doctor Lebowski se levantó de la butaca y se presentó con un apretón de manos.

-¡Ay! -gimió Winston.

-Y supongo que ése es precisamente el problema -diagnosticó Lebowski atusándose la barba a la altura del cuello -Estructura frágil. Dimensiones insuficientes.

El doctor dejó que el silencio se apoderase del despacho y horadase el débil caparazón de escepticismo que identificaba en su cliente potencial. Winston estudió la habitación en busca de referencias de prestigio, pero allí no había diplomas ni certificados de calidad, como tampoco rastro alguno de modernidad, apenas un ruidoso reloj de pared, el póster de lo que parecía una película polaca de culto y dos sillas de Ikea, la que Winston se disponía a ocupar y otra en la que descansaba un gordo gato moteado que roncaba al respirar. Sobre la mesa del doctor descansaban un vademécum, una regla de treinta centímetros, una montaña de colillas bajo la que presumiblemente malvivía un cenicero y un vetusto ordenador IBM con una pegatina de los Yankees en el monitor.

-¿Cómo fabrica las manos? -se atrevió a preguntar Wilson sin dejar de presentir la proximidad de un cataclismo. El doctor Lebowski se recostó con aires campechanos, encendió un cigarro y mostró su mejor sonrisa, una sonrisa desgastada por la repetición.

-Secreto de sumario, señor…

-Cruz.

-Secreto de sumario, señor Cruz. Ningún mago revela sus trucos. Y ahora me toca a mí. ¿De cuánto dinero dispone? No me tome por impertinente. El artista quiere sólo conocer los límites que le impone la materia -la sonrisa desgastada seguía ahí, en la misma posición. En los ojos de Lebowski, muy adentro, ardía un brillo negro.

-Cinco mil dólares. Y quiero las manos de Paul Newman.

-Por cinco mil le haría las del jodido Leonardo, señor Cruz. ¡Esmeralda! Baja a por una botella de whiskey. De menos de veinte pavos, a ser posible. Invita la casa.

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