Mapache Winston (III)

Fede Durán | 30 de agosto de 2013 a las 17:07

Foto Mapache Winston 3

MAPACHE WINSTON apenas pegó ojo la noche de la víspera. En la cama, a oscuras, tumbado boca arriba, intuía un punto de inflexión en su vida. Con los años, las esperanzas se le habían ido diluyendo, ignoraba si por el mero transcurso del tiempo, por la actividad profesional que desarrollaba, por la acumulación de fiascos amorosos, por el inusual tamaño de sus manos o por la combinación de esos cuatro factores y alguno más. El caso es que poco a poco su espíritu se apagaba, contraído por una tristeza indefinible que eliminaba, implacablemente, cualquier rastro de optimismo, cualquier concesión a la magia de la existencia. A veces, como la brisa que interrumpe el calor más infernal, un rayo de esperanza le rozaba, y entonces podía sentir, fugazmente, en ridículas dosis de segundo y medio, todo aquello que anhelaba, aquel conjunto de sensaciones que un día le aproximó a la felicidad. Esta vigilia precedía quizás uno de esos instantes, excepto que el instante esta vez podía arraigar y convertirse en un árbol anímico, robusto y longevo: el inicio de una nueva era.

Notaba el pálpito de sus manos diminutas, entrelazadas sobre la barriga, despidiéndose la una de la otra en un largo abrazo fraternal. Quienes perdían un miembro seguían notándolo muchos años después, y Mapache se preguntaba si a él le sucedería lo mismo, si bajo las manos de Paul subyacerían sus manos originales, si al picor de las manos nuevas se añadiría el de las viejas, si podría acariciar un cuerpo con veinte dedos.

Las rendijas de las persianas dejaron pasar una luz de plata. Amanecía.

-Tu padre no ha podido venir -anunció Celia Cruz a pie de escalera. Winston bajaba como un zombi, pálido y aturdido por la noche en vela.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Hoy era su primer día de trabajo. No podía faltar.

La genética había jugado una mala pasada al hijo, porque la madre, de su misma altura, era hermosa y grácil y conservaba una figura más que decente. Su piel era morena, sus labios carnosos, en su frente despejada apenas se reflejaban los surcos de la edad. La gran característica de Celia, no obstante, era aquella sonrisa con que adornaba el final de cada frase, una sonrisa tan pura que derretía a unos y enternecía a otros apagando toda realidad satélite y desactivando cualquier consideración adicional sobre pasado, presente y futuro. Celia Cruz congelaba a sus interlocutores, a todos menos a Winston, creando esas cápsulas de felicidad que él tanto ansiaba y que apenas y muy raramente el azar le proporcionaba.

-Además, necesita tiempo para encontrar un buen lugar donde aparcar el camión.

-¿Qué camión?

-El camión de los tacos. Papá es conductor y cocinero a jornada completa. Deberías estar orgulloso.

Winston y Celia Cruz atravesaron McCarren Park, donde un puñado de madrugadores jugaba al béisbol, y torcieron a la izquierda en dirección a Oak Street y sus muros tatuados de grafitis. Las escalinatas de inmigrantes estaban desiertas a esa hora, pero varios talleres clandestinos se encargaban de rellenar el vacío del runrún inmigrante con sus tornos y sopletes.

-Greenpoint es un barrio de polacos -protestó Winston con una mueca de asco. Acababan de llegar al portal de Walter Lebowski.

-Y nosotros somos cubanos, hijo -contrarrestó Celia con aquella sonrisa de hechicera-. Tranquilo, mi Winston. Todo irá bien.

Esmeralda abrió la puerta con parsimonia, como las viejas desconfiadas que al final ceden paso al vendedor de enciclopedias. Contrastarla con Celia Cruz era como comparar a un pavo con un cisne. Las mujeres se saludaron sin tocarse, pero Esmeralda consideró conveniente estamparle un beso en la mejilla a Winston, al que llamó señor Cruz.

-Puede instalarse en la sala de espera, señora. La operación llevará algún tiempo -sugirió Esmeralda mientras arrastraba sin esfuerzo a Winston hacia una puerta de cristal esmerilado con la palabra QUIRÓFNO adherida con pegatinas negras-. La A se nos cayó hace unos días, señor Cruz. Pero la filosofía es la misma, ¿verdad?

-Señorita. Oiga, señorita -Celia llamaba desde lo que con un serio esfuerzo de imaginación podría denominarse recibidor-. ¿Dónde está la sala de espera? -Esmeralda se giró de mala gana, endureciendo por primera vez sus facciones de boxeador.

-Ésa es la sala de espera, señora. Siéntese y lea alguna revista.

Celia miró alrededor. Efectivamente, había una silla, pero le faltaba una pata. En el cesto sólo vio revistas para adultos con portadas donde Diamond o Cindy explicaban por qué preferían pasarse media vida en cueros y cómo se lo tomaban sus presuntos novios, amigos y vecinos.

Lo demás sucedió deprisa. Winston se desnudó, envolviéndose en una de esas batas verdes de quirófano que dejan el culo al aire y ocultando a duras penas la erección que le producía la presencia de Esmeralda bajo otra bata blanca de enfermera que dejaba al descubierto sus potentes antebrazos. Walter Lebowski apareció vestido igualmente de blanco, estrechó vigorosamente la manita derecha de Winston (¡ay!) y lo empujó hasta lo que parecía una butaca de peluquero cubierta de sábanas con salpicaduras oscuras.

-¿Puedo ver mis manos nuevas? -preguntó ya recostado.

-Mejor despídase de las viejas, amigo -contestó el doctor Lebowski, afanado ya en preparar la inyección de la anestesia.

-Pero… Me quedaría más tranquilo -insistió Winston.

-¿Acaso el novio ve a la novia antes de encontrarla en el altar? No invoque a los demonios, señor Cruz. Y ahora, a dormir.

Winston quiso contar hasta diez. A la altura del seis, una risa floja y una bruma de invierno escandinavo le transportaron a la nada.

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