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La lista de la compra

Fede Durán | 2 de septiembre de 2013 a las 19:21

La economía de un país es como un buen cocido: necesita varios ingredientes de calidad para tener sabor y alimentar en condiciones. España ingresó en la Segunda Gran Depresión todavía drogada por la fábula de Zapatero y sus espejismos comparativos, y aún sigue ahí pese al ejercicio voluntarista del Gobierno, que ve síntomas de recuperación donde los demás sólo huelen a muerto. El cocido español sabía a yeso y ladrillo hasta 2008. Ahora no sabe a nada.
Si en un arrebato nuestra arquitectura común de país decidiese rehabilitarse, dejaría al tendero sin existencias. Porque necesitaríamos, por ejemplo, un purgante para prescindir de los elementos más cavernícolas de la clase empresarial, y también jubilar a los más improductivos, aquellos figurones y secundarios que han crecido no a partir del talento sino de favores y trampas.

Haría falta un destapacaños para librar al váter de la pelusa que supone la generación de la Transición, que es la gran frontera hacia el progreso para los jóvenes mejor dotados de entre 30 y 40 años. El paro, el absoluto desprecio por la innovación, las formas de hacer política, la apropiación indebida que los partidos han perpetrado respecto a la sociedad civil y ese eterno discurso de la inmadurez como excusa para evitar el traspaso de poderes son un agujero negro para España con autorías nítidas.

El dependiente insistiría en que comprásemos el jengibre del optimismo yanqui o del pragmatismo holandés para los negocios. Nos ofrecería un convincente curso vitalicio de inglés, idioma diurético de pensamiento y acción (se aprende lo que se lee, pero también lo que se habla). Renovaríamos el mandato democrático con prácticas inéditas que reforzasen su esencia original, ya que España sigue siendo inoperante cuando pisa terreno libre, fiel hoy a su tradición de ayer. Franco, Primo de Rivera, los reyes más o menos despóticos de nuestra nómina histórica, los caciques de provincias: todos ellos constituyen pruebas de lo cómodo que es encomendarle el destino propio a un líder ajeno en vez de luchar por forjarse uno sin tutelas castradoras. La partitocracia actual no deja de ser una herencia de esa idiosincrasia.

Entre kiwis y paraguayos se colaría la renuncia definitiva a la cultura del quejido y a la insalvable dificultad procedimental y/o conceptual de las misiones laborales. La supresión de los telediarios y la prensa fúnebre sería el mejor antioxidante. Funcionar de verdad como un país y no como diecisiete sabría a leche de soja. Por no hablar de otras malvasías: la movilidad geográfica, la vocación holística, el prestigio de la universidad y el profesorado, el buen gen competitivo, el gusto en el vestir (han leído bien), la educación y el urbanismo, el amor a las artes.

Un frigorífico tan desierto conduce inevitablemente a la cuestión más peliaguda: Si a España le faltan todos esos elementos, ¿de qué diablos vive? ¿Cómo es capaz de sortear la tentación de inmolarse? La única respuesta posible es terrible: porque es un país de conformistas, mediocres y secuestradores.

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