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Mapache Winston (IV)

Fede Durán | 2 de septiembre de 2013 a las 12:05

LO primero que vio al despertar fueron sus manos vendadas. Conforme la anestesia se evaporaba, aquellos dos bultos aparatosos le hundían más y más en la camilla, como el pecio de un galeón contra la arena. El rostro distorsionado de Walter Lebowski dio paso al perfil cincelado de Esmeralda, sentada junto al gotero con lo que debía ser una especie de mueca de ternura. No había señales de Celia Cruz en el posoperatorio. Winston era incapaz de medir el tiempo, iba y venía sin demasiada consistencia, siempre tutelado por Esmeralda, con la que entablaba un puente de intimidad a través de la mirada y el tacto, porque ella le pasaba las yemas de los dedos por el cuello y el bigotillo para hacerle recuperar sensaciones.

Al vestirle, la imponente enfermera tuvo que rasgarle las mangas de la camisa porque las manos, hinchadas y superenvueltas, no pasaban el embudo de la costura. Con su moderado tambaleo, Winston parecía una peonza en sus últimos giros antes de desplomarse. Esmeralda le sujetó con firmeza los hombros.

–Ya está, cariño –dijo, soltándole como el padre que deja al hijo pedalear por primera vez sin ayuda.

–¿Dónde está mamá? –Winston ya no era un mapache. Parecía una criatura aún menor, el eslabón más débil y desorientado de la cadena depredadora. Caminaba a pasitos cortos de bisabuelo– ¿Y el doctor?

–El doctor está trabajando, cielo. Vamos, te acompaño a la puerta –Esmeralda le trataba ahora con la familiaridad condescendiente de quien ha visto a un paciente babear durante horas con la raja del culo apenas cubierta por una bata verde de quirófano.

En el recibidor, junto al revistero y la silla de tres patas, alguien había colocado una tarrina gigante del Kentucky Fried Chicken cuyo logo estaba cubierto a medias por una pegatina donde se leía MUY FRÁGIL. Olía a formol. Winston desechó la primera idea que le vino a la cabeza, suspiró y se despidió de Esmeralda alzando con dificultad los labios y agachando la cabeza.

Foto Mapache Winston 4

Abajo, en la calle, quince o veinte personas se arremolinaban en torno a un camión de tacos reglamentariamente estacionado y con la cocina humeando. Sobre la marquesina podía leerse MÉXICO LINDO Y QUERIDO en letras verdes, blancas y rojas. Héctor Cruz, el patriarca, repartía comida entre los amigos, con Celia discretamente apoyada en la puerta del copiloto mientras sostenía su bolso bajo el brazo. Algunos vecinos se habían adherido a la causa y bebían cerveza Pacífico a morro. Cuando Winston apareció, se formó un griterío de acentos yuxtapuestos.

–¡Viva Cuba, coño! –arrancó uno.

–¡Parece la momia, carajo! –opinó otro.

–¡Ya no será por manos! –complementó un tercero.

Héctor Cruz alzó una cerveza y brindó por su hijo. Italianos y polacos se unieron al brindis. Mamá Celia se abrió paso a codazos y abrazó a Winston sin dejar de abrazar el bolso, que guardaba una biblia en castellano, un rosario y varias fotos de Winston el día de su comunión, su kit espiritual de emergencia. Al poco bajó Walter Lebowski con la tarrina de alitas de pollo. Con su habitual sonrisa desgastada, adujo problemas de agenda para ahuecar el ala. Esmeralda tardó diez minutos más en pisar la acera. Sonaron silbidos y alguna carcajada. Ella miró al grupo y lo domó con un simple apretón de mandíbula. Protegido por su madre, Winston estiró el cuello y enarcó las cejas sin decir nada. Esmeralda le guiñó un ojo y se marchó. El corro se sumergió unos segundos en el silencio, hasta que la parrilla chisporroteó de nuevo y los tacos reanudaron su trasiego.

Winston estaba sin estar. Las frases le rebotaban y salían despedidas hacia las alcantarillas, los muebles abandonados y los jardines comidos de malas hierbas. Pensaba sólo en sus manos, quería verlas ya, necesitaba constatar su estatus de hombre recauchutado. Aunque todavía le pesaban, comenzaba a sentirlas e imaginaba el proceso de adaptación y la cumbre del dominio digital y gestual. Las manos siempre por delante para ser parcialmente Paul Newman. Las manos como tarjeta de visita, como reloj de oro, como collar de diamantes.

Los rascacielos de Wall Street se tiñeron de naranja con el crepúsculo. El corro se desinfló, se sucedieron los abrazos, las bromas de punto y seguido, los epílogos cálidos del Caribe. Winston pidió un taxi. Celia le acompañó conteniendo a duras penas sus instintos maternales, pues no podía cogerle la mano ni Winston parecía dispuesto a dejarse acariciar a la vista del taxista. El coche paró en el cruce de Bedford Avenue con Monroe Street. Ambos se apearon y la madre le tanteó los bolsillos del pantalón en busca de las llaves del apartamento, un agujero de veinticinco metros cuadrados que el casero denominaba irónicamente loft. Una vez dentro, le ayudó a ponerse los pantalones del pijama pero decidió dejarle la camisa al no saber lidiar con el problema de las mangas. Winston no probó bocado ni quiso el epílogo de su tradicional vaso de leche. Cedió su cama a Celia y se encerró en el baño, la única habitación con intimidad, en busca de la taza del váter, el trono donde solía reflexionar en las largas noches de complejos e insomnio. Desde el salón-dormitorio se colaba la respiración de Celia Cruz, derrotada por el cansancio. Se miró las manos vendadas. Estaba finalmente a solas con ellas. Y eran enormes, tremendas, como manoplas de panadero. Bajo la hinchazón, Winston intuyó su redención de cinco mil dólares: dedos robustos tallados por un mampostero del barroco, uñas de suave media luna, el delta de unas venas rugosas de masculinidad y un cigarrillo apuntando al cielo como la atalaya desde la que divisar una excitante segunda oportunidad.

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