Mapache Winston (V)

Fede Durán | 3 de septiembre de 2013 a las 17:27

Un chillido agudo traspasó los tabiques, el techo y los suelos maltrechos del número cincuenta de Monroe Street. Conforme se prolongaba, el chillido ganaba en gravedad, transformándose en un quejido más gutural y desgarrador, evolucionando el emisor de la rata al cromañón, constatando los receptores que aquel tipo, quienquiera que fuese, tenía un señor disgusto. Mapache Winston se observaba las manos sin vendaje como quien observa un cuerpo extraño: eran gruesas, anchas, largas y sobre todo negras. Negras, negras como el tizón, con surcos hondos en las palmas amarillas, con callos, los nudillos deformados y decenas de pequeñas cicatrices aquí y allá. Eran las manos de un jornalero, de un albañil, de un jodido carpintero; podían ser muchas cosas, pero desde luego no eran las manos de Paul Newman y ni de lejos valían cinco mil dólares. Winston moqueó, sorbiéndose después la nariz para recuperar el fluido nasal y utilizando por primera vez sus nuevas manos para limpiarse. Pesaban casi tanto como en el postoperatorio, y cuando caminaba le colgaban de los lados como a un orangután. Celia Cruz permanecía en un rincón, con el bolso entre las manos y el rosario sobresaliendo. Ella había cortado las vendas. Ellas las había visto a la vez que su hijo, a quien contemplaba ahora con una mezcla de tristeza y ternura.

Foto Mapache Winston 5

–Ay, mi hijo. Pues no te quedan tan mal. –Winston gruñó algo ininteligible, cogió las llaves y se marchó sin despedirse.
En la franquicia de Oslo donde solía pedir café y uno de esos croissants con almendras le preguntaron si lo suyo era contagioso. Al comprar el Times en el quiosco acostumbrado, el dependiente paquistaní rehusó darle la vuelta. Un viejo rabino juró algo en yiddish al cruzarse con él. Su presencia en movimiento ensanchaba las aceras, nadie se permitía menos de tres metros de seguridad, era Moisés abriendo el mar a un pueblo unipersonal. Le llamaron del bufete para saber cuándo se reincorporaba, pero le costaba pulsar el botón verde del móvil con aquellas salchichas. Con un solo dedo era capaz de taparse un ojo, con dos de cubrirse la frente, con tres de acolchar el cráneo desde el cuello a la coronilla, con cuatro hacía silbar el aire, con cinco podía sostener un balón de baloncesto como si fuese una ciruela.

Su objetivo era Walter Lebowski, ese maldito estafador. Enfiló Bedford Avenue hasta Greenpoint sin dejar de oír interjecciones de asombro y perplejidad, de miedo y asco y piedad. A la altura de McCarren Park, se detuvo para ver la sinfonía de los campos de juego. Un grupo de chicos negros vestidos con camisetas grises del Instituto Aguillard y hombreras y cascos de fútbol americano con una A roja sobre fondo blanco ensayaba una acción de ataque-defensa. Al pitar el entrenador, todos aquellos bucardos sin cuernos de la vanguardia chocaron las cabezas. El quarterback, un chaval tallado en ébano y roca, buscó a un receptor en la banda izquierda, pero la presión de la defensa precipitó su pase, que describió una parábola imposible hacia Winston, quien veía venir la pelota sin inmutarse, sin dar un paso adelante o atrás.

En una centésima de segundo, cuando parecía que la pelota acabaría en la carretera o, peor aún, quebrando la luna de cualquier coche, Winston alzó el brazo y la atrapó limpiamente. Mantuvo el brazo en alto, humeante por el polvo de la calle y el césped y las orillas de tierra fina, y después lanzó la pelota, o mejor dicho su mano la lanzó con autonomía de pensamiento, y aquella describió otra parábola, esta vez perfecta, exquisitamente respetuosa con el canon, y el quarterback la recibió sin molestarse en variar la posición. Calló el parque entero, los del fútbol y los del béisbol y también, en lontananza, los adictos al jogging y los malabaristas. Algunas cabezas emergieron de las sombras que proyectaban los árboles. Un aplauso aislado prendió la mecha. Pronto aplaudían todos y vitoreaban los del Instituto Aguillard. Winston experimentaba una sensación inédita. Era el centro de atención. Y provocaba admiración.

Alejándose de McCarren Park desmigajaba un aura de fenómeno que la gente aspiraba y perseguía. Las pupilas brillantes de los testigos transmitían la hazaña a los ausentes, que la transmitían a los remotos, que la transmitían a los vigías de Nueva York, a los porteros, taxistas, camareros, bomberos, periodistas, policías y fotógrafos, de manera que los más importantes traficantes de noticias y rumores de la ciudad estuvieron al tanto de la proeza en cuestión de minutos. Ya en Greenpoint, Winston escuchó su nuevo alias.

–Mira, tío, es el Chico Mano –susurró Mahmud a Hassan dándole un codazo mientras fumaban un pitillo en la pausa giratoria del donner kebab.

–Eh, Chico Mano, ¿para cuándo una exhibición? –bromeó Nicos el electricista.

–Chico Mano, ¿Chico Malo? –tonteó con voz de mujer fatal Inga la florista.

–Los Giants te necesitan, Chico Mano. No vayas a joderla pirándote a los Colts -terció Jason el ditero.

Mapache Winston sintió cómo sus dos vidas se disociaban. Las manitas del pasado se mareaban en el vórtice de un remolino amnésico, como si a lo largo de su vida no hubieran sido más que las maromas podridas que los pescadores atan al perno de un bloque de hormigón sólo visible cuando la marea baja más de la cuenta y arrastra consigo la arena. Sin dejar de abanicarse con la idea, alcanzó Oak Street, una calle que ya no le parecía el corredor de la estafa sino una pasarela al futuro infinito. Frente al portal del doctor Walter Lebowski esperaba una montaña humana.

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