Mapache Winston (VI)

Fede Durán | 4 de septiembre de 2013 a las 17:54

Conforme se giraba hacia Winston, la figura de Dante Webster se redimensionaba al alza. Medía uno ochenta y nueve y pesaba ciento treinta kilos. La espalda en forma de trapecio, los brazos hercúleos, la nariz hundida y una larga cicatriz que cruzaba su rostro de izquierda a derecha y del ojo al mentón pasando por la boca le conferían un aspecto fiero, de asesino consagrado en mil guerras de las Galias. Instintivamente, Winston dio un paso atrás. A pesar del buen trabajo genético, un detalle emborronaba el conjunto. Los brazos fibrosos de aquel hombre negro acababan en dos muñones blancos. Winston apretó los ojos y afinó la vista: aquellas manos eran tan pequeñas que les había negado el derecho a la vida, pero estaban ahí, retorciéndose en un ovillo mandarín.

Foto Mapache Winston 6

-Busco al doctor Lebowski. No hay nadie arriba. Esperaré lo que haga falta -anunció Dante Webster con una humildad de aparcero que nadie en su sano juicio le habría atribuido a priori. Winston, el Chico Mano, estaba decidiendo justo lo contrario. La epifanía de McCarren Park le empujaba poco a poco hacia la gratitud de aquella deformidad, mucho más resultona en el exceso que en el defecto.-¿Puede usted ayudarme?

Invadido por una inquietud creciente, Winston se encogió de hombros. Era incapaz de apartar la vista de aquellas manitas, que actuaban como un potente imán. De repente, un chasquido cerebral. Observaba sus propias manos en el cuerpo de otro. Reconocía la febril rotación de esos dedos, las uñitas rosas de sietemesino, los nudillos del tamaño de lentejas.

-Yo, eh, no… no lo sé -farfulló Winston. Dante Webster le tendió la mano, su mano, y no tuvo más remedio que estrechársela. El gigante abrió tanto los ojos que por un momento pareció que se le saldrían de las cuencas. Sus deditos de alfiler se enroscaron con firmeza en torno al índice de Winston. Dante Webster separó levemente los labios y enarcó las cejas. Cuatro zanjas de arrugas se formaron en su frente. Por encima, el pelo rizado se rizó un poco más.

-Esas manos son mías -dijo. -Winston mostró su sonrisa de comadreja. El sudor lustraba su piel y se le apoltronaba nuevamente en el bigote.

-Es un empate, ejem, un empate técnico.

-¿Qué?

-Usted también tiene mis manos. Conozco al doctor Lebowski.

Dante Webster nació en el Bronx a principios de los setenta. Su padre era repartidor y su madre ama de casa. Era el cuarto de cinco hermanos y el último varón. Como la diferencia de edad con el resto era grande, tuvo que apañárselas solo. Aprendió a defenderse rápido. Era fuerte y ágil, imponía respeto. A los quince años empezó a frecuentar varios gimnasios hasta conocer a Bobby Aquilani, reclutador de jóvenes promesas del boxeo. Dante progresó lo suficiente como para disputar un par de peleas profesionales, pero tuvo que dejarlo por sus puños de cristal. Aquellas manos, incomprensiblemente, le negaban el KO. Todo encajaba menos el golpe definitivo, que se hundía en la cara del rival como un bote de mantequilla. Al bajar a los vestuarios, Bobby le desinfectaba los cortes con bastoncillos para los oídos y luego le retiraba las vendas hasta que allí sólo quedaban dos manos como raquetas de tenis sin cuerdas, ubicuas e ineficaces. Dante colgó los guantes y alquiló su físico a varios clubs de jazz de Harlem, incluido el Lennox Lounge. Allí conoció al contrabajista Christian McBride y allí escuchó la frase que marcaría su decisión: “El músico y sus manos son como un matrimonio, tío, debes alimentar la relación, ser paciente y confiar”. Si las manos eran una de las mitades del matrimonio, si la paciencia, el abono y la confianza no habían servido hasta entonces, cabía la posibilidad del divorcio. Meses más tarde leería el anuncio del Washington Post.

Manos a medida.

Trasplantes sin juntura.

Precio mínimo garantizado.

Y se encomendaría al doctor Jeff Sobchak previo abono de cuatro mil trescientos dólares. Había pedido unas manos más pequeñas, menos exageradas, unas manos que le aportasen distinción y finura. Había pedido las manos de Jack Lemmon en moreno. Al quitarse las vendas veinticuatro horas atrás, se topó con las de Mapache Winston, que escuchaba su historia sentado en el borde de la acera con las suyas entre las rodillas. Era fácil atar cabos. Lebowski y Sobchak estaban relacionados. La tarrina extragrande del Kentucky Fried Chicken contenía las manos amputadas a Winston. Lebowski se las cedió a Sobchak a cambio de quién sabe qué. Quizás se anunciasen separadamente pero formasen equipo, para ampliar así la clientela. Quizás ambos fuesen polacos, quizás también primos, o cuñados, o tal vez hermanastros. Dante Webster había buscado a Sobchak en vano, pero su secretaria, una mujer bajita sin cintura con los dientes cercados por una severa ortodoncia, le sugirió el nombre de Lebowski, especialista en el mismo tipo de operación y visitante habitual de la clínica suponía ella que por cuestiones intrínsecas a la simbiosis del saber médico.

A lo lejos, en el horizonte de tres manzanas más allá, se recortó la figura de Esmeralda. Vestía una falda corta inspirada en los tutús y una blusa sin mangas que dejaba al aire sus músculos y una delantera desproporcionada. Sonrío al reconocer a Winston, que le devolvió la sonrisa agitando su manopla. Ella adujo desconocer el paradero del doctor Lebowski, pero propuso a Winston, al que llamó Chico Mano, una cena a las siete en punto en el vietnamita de Berry Street con la Norte Seis. Cuando se desvaneció escaleras arriba, Dante Webster fustigó a Winston con una mirada vitriólica.

-¿No te has dado cuenta?

-¿De qué?

-Menudo machote te has echado por novia.

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