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Capítulo II: la película de siempre

Fede Durán | 5 de septiembre de 2013 a las 20:17

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DIAZ. PARLAMENTO

A Susana Díaz hay que reconocerle la fiereza, la habilidad y la demagogia del buen político. Porque así es un buen político en términos políticos. En términos humanísticos concurrirían las virtudes de la formación, la carrera profesional previa, la generosidad ideológica, la altura de miras y la idea de un país sin siglas ni servidumbres a un aparato de tres décadas. A ella le basta con el colmillo afilado, el recurso a sus orígenes humildes y el guante volador de la transparencia. Ayer se subió al estrado, nuevamente, con dos mensajes en bandolera: el cambio que llega y la corrupción que se va. Los mismos que aireó José Antonio Griñán cuando relevó a Manuel Chaves en 2009.

El cambio que llega se basa, según la particular mente del político español, en un mero traspaso de poderes, una entrada y salida de consejeros, un par de nuevos organismos y planes estratégicos y, quizás, algún órdago normativo adicional que pinte a la Junta de izquierdas como el Robin Hood de los andaluces desharrapados. En las cuatro intervenciones de Díaz no hubo ni rastro de esa reinterpretación del viejo sistema que reclama una creciente cuña ciudadana. Ni limitación de mandatos (podría haber aclarado cuánto tiempo piensa quedarse si las urnas le acompañan); ni listas abiertas; ni por supuesto exigencia de una ocupación para que la política sea un complemento y no el principal.

La corrupción que se va descansa en un imposible: ningún ser humano, por sobresalientes que sean sus cualidades de mando, podrá jamás domar la naturaleza de otros seres humanos, genéticamente tramposos y egoístas, máxime cuando pisan los predios del poder. La Junta se ha convertido en un palacio tan intrincado y descomunal, tan blindado contra sí mismo, tan adicto al servilismo y tan escrutador del disidente que reformarlo sin condenar a miles de almas amigas es sencillamente utópico. La Junta es una versión sutil del Gran Hermano de Orwell. Y la corrupción consiste no sólo en detraer, también puede basarse en intimidar, o en congelar carreras por políticamente neutrales, o en primar la fidelidad sobre el talento. Esta semana hubo directores generales que invitaron a sus subordinados a seguir, en horario laboral, las intervenciones “históricas” de Díaz en riguroso streaming. Vivan los nuevos tiempos.

Lo de ayer no fue una sesión de investidura sino la primera sesión de control a la presidenta. Nadie la votó en unas elecciones, como tampoco nadie votó a su interino opositor, Juan Ignacio Zoido, tan disperso como siempre desde la tribuna y a la vez tan coherente consigo mismo: aclaró, por si quedaban dudas, que su vocación no está en el Parlamento sino en el Ayuntamiento de Sevilla, utilizó las mismas estadísticas que Díaz para interpretarlas en sentido contrario, pagó la demagogia con (menos) demagogia y echó una capa de yeso sobre el muerto de su sucesión, un asunto sorprendente por la torpeza con que se gestiona. “Ustedes conocerán el nombre de nuestro candidato cuando convoquen elecciones”. Vale.

Todavía habituado al estilete de Griñán, Zoido le dedicó a Díaz menos de la mitad de su acero. Al replicarle, la jefa evidenció su carácter: “Me llamo Susana Díaz, y ésta es mi sesión de investidura”. Un alarde del mismo espíritu patrimonialista que ha asfixiado a los políticos en su propia burbuja de influencias y egolatrías.

La Andalucía institucional ha tocado fondo tras destrozar las formas. Detrás no existe una sociedad mayoritariamente educada con mejores valores que le apriete las clavijas y la transforme por amistosa coerción (permítaseme semejante oxímoron). Esa Andalucía de mil tentáculos, palabras huecas, posados presuntamente míticos, mensajes contradictorios, golpecitos en la espalda, trucos contables y trampas semánticas, esa Administración tan omnipresente y tan implacable ha secuestrado al civil y no lo va a soltar. Cada promesa, cada plan, cada “he venido a hablar de mi libro” es una miga más en el sendero hanselgreteliano hacia el siguiente patio de la cárcel común en que vivimos.

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