Mapache Winston (y VII)

Fede Durán | 8 de septiembre de 2013 a las 17:12

LA conciencia de existir en las manos de otro adhería a Mapache Winston y Dante Webster como el pegamento industrial. Juntos caminaron desde Williamsburg hasta Carroll Gardens, deteniéndose a veces ante los escaparates de las tiendas o en los cruces de caminos, captando la atención de los caminantes junto a los semáforos, multiplicando con sus desproporciones el efecto Extraña Pareja. Entraron en un negocio de instrumentos musicales y Dante pidió permiso al dependiente para tocar el piano. Sin esperar la respuesta, y mientras se aproximaba al teclado y agarraba un taburete de piel marrón inicialmente destinado a la batería eléctrica contigua, explicó a Winston que en el Bronx, como en Harlem, la música fluía a la calle de las cocinas y trepaba al cielo desde los bajos, mezclándose con el olor a barbacoa de los domingos, y que toda una ristra de ancestros cuyo origen cierto situaba en una plantación de Baton Rouge, Louisiana, destacaba por su habilidad al piano. Sus manos pálidas colgaron sobre las teclas, sopesándolas antes de caer en picado y adquirir una precisión milimétrica que Winston ignoraba poseer. Se desplazaban de un extremo al otro como una bailarina de ballet, de puntillas, con golpes secos y veloces.

-Nunca había escuchado a un pianista que sonara a Fred McDowell -dijo sin salir de su asombro el dependiente, un hombre orondo de cincuenta y pocos años con pantalones de peto y una camiseta blanca de lino. Dante Webster sonrió amplia y sinceramente, con una luz que no recordaba desde aquella vez en que su padre consiguió una bicicleta vieja y oxidada para los cinco hermanos.

Winston propuso ir a Coney Island. El tembleque del metro les retrotrajo a las densas tardes de verano de la infancia.
Decenas de parejas bailaban salsa en las pasarelas de madera frente al mar. La noria giraba, y los gritos de las atracciones más espídicas se subían a la brisa y caían desperdigados por la arena, entre familias atrincheradas con sombrillas, neveras, radios y sillas plegables. Una cola asumible envolvía Nathan’s. Se situaron en la punta, progresando a buen ritmo, y pidieron dos perritos de la casa y un pack de seis cervezas. En dos turnos, pasaron a los vestuarios para quitarse la ropa y salir a la playa en calzoncillos. Un borracho imitaba a Robert De Niro en Taxi Driver, encarándose con su propio reflejo en el espejo descascarillado de los lavabos.

Mapache 7

-¿Me hablas a mí, tío? ¿Me hablas a mí?
En primera línea de playa, el mar era una zafiro azul plagado de destellos. Winston mordisqueaba su perrito caliente sin advertir que la mostaza le chorreaba por la mano izquierda.

-Mierda -dijo, y se lamió el churrete amarillo. Dante sonrió de nuevo.

-Me estás chupando, chaval.

-Tú también te has manchado -apuntó Winston con una risilla de roedor.

-Vale -Dante también se chupó el reguero. Su lengua barrió la mostaza de una sola pasada.

-¿Qué vamos a hacer con Lebowski y Sobchak? -Winston se concentraba ahora en los gránulos de la orilla, desentrañando aparentemente los misterios de su composición. Dante suspiró.

-¿Tú qué opinas?

-Me gustan tus manos.

-Nunca pensé que lo diría, pero opino igual de las tuyas.

-De todas formas…

-Adelante. Di lo que tengas que decir, hermano -Dante empujó con su índice de bohemia la segunda mitad del perrito garganta adentro.

-Ya somos raros, ¿no? Quiero decir, mírate, mírame.

-Se llama proporción áurea.

-¿Proporción qué?

-Da igual. Somos raros, sí.

-Pero no nos gustábamos antes.

-No.

-Aunque hay algo aquí, encerrado -Winston se tocó el corazón con su descomunal índice de Goliat.

-Algo que te perturba cuando miras tus manos en los brazos de otro -completó Dante con oficio de nigromante.

-Exacto.

-¿Y qué propones?

-Cazamos a los polacos. Tú les intimidas, yo les zarandeo y les obligamos a que nos cambien una mano, sólo una, y gratis. Es la manera de respetar lo que éramos sin renunciar a lo que somos. -Porque ya somos raros. Y qué cojones importará ser más raros todavía. Hablamos de nuestra felicidad.

-Exacto.

Una mierda de gaviota impactó en el eje longitudinal de la lata de cerveza a medio acabar de Dante Webster. La sostuvo con expresión de victoria y dio a Winston una palmada en el hombro.

-Señal de buena suerte. Es la decisión acertada.

-Espera.

-¿Qué pasa?

-Soy zurdo. Me gustaría quedarme tu izquierda -dijo Winston. Una segunda mierda de gaviota se estrelló contra los calzoncillos de licra de Dante Webster.

-¿Te dice algo esa mierda?

-Vale. Creo que eres diestro.

A las siete y cinco minutos de la tarde aún quedaban mesas libres en el estrecho y sombrío restaurante vietnamita de Berry Street con la Norte Seis. Winston tuvo tiempo de entrar en el baño antes de que Esmeralda llegase. Interiormente, una paz de apisonadora restablecía sus coordenadas vitales mientras fuerzas subterráneas liberadas del letargo de la pena afloraban sin tregua, hinchiéndole el pecho, expandiéndole espiritualmente. Echó el pestillo, se bajó los pantalones y se sentó en el váter. En el flanco izquierdo había un revistero cuya cumbre era un ejemplar del Times de dos días atrás. Winston le echó un vistazo con indolencia, leyendo sin leer, hasta topar en la página treinta y siete con un anuncio orlado que rezaba lo siguiente:

¿Orejas de soplillo?

¿Burla y escarnio?

No busque más

Nosotros diseñamos su oreja ideal

Winston saltó como un resorte y se colocó frente al espejo del lavabo. Bajo el pelo de las sienes, irregularmente cortado, dos orejas puntiagudas de elfo apuntaban hacia la coronilla. Eran amarillas y estaban infestadas de eccemas. Le cegó la angustia, una angustia infinita y perfectamente conocida, su inseparable compañera de viaje, su vieja y perenne lacra. Una bola invisible le obstruyó la garganta. Tambaleándose, salió del baño al comedor y del comedor a la calle. Allí, con una boca de incendios por testigo, aulló como una bestia sin alma. Cincuenta metros más arriba, en Bedford Avenue, Esmeralda recortaba distancias con el mejor vestido de su armario.

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