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No te mueras todavía

Fede Durán | 15 de octubre de 2013 a las 17:43

EN Japón existen unas 20.000 empresas con más de un siglo de vida. Algunas superan incluso el milenio. Kongo Guni (578), por ejemplo, luce el récord mundial con más de 1.400 años dedicados a la construcción. En 2006 sonaron sus últimos latidos. Hoshi Ryokan (718), como su propio nombre indica, es una cadena hotelera aún con salud de hierro (un ryokan es un alojamiento tradicional japonés: tatamis, futones, paredes correderas y baños de aguas termales… glorioso invento). Según el índice S&P 500, la longevidad media de las principales corporaciones ha pasado de 67 a 15 años en apenas medio siglo. Una empresa aguanta en España 12 años de media. El territorio cuenta con alrededor de 200 con más de un siglo, incluida Osborne, fundada en 1772 en El Puerto de Santa María. Casi todos estos datos aparecen en un buen reportaje de Carmen Sánchez-Silva para El País.

Los expertos atribuyen el fenómeno al cortoplacismo tan dominante en tantas esferas del capitalismo, aunque haya excepciones como Coca-Cola, que rechaza ofrecer resultados trimestrales precisamente para que esa avidez del ya no empañe la estrategia de largo aliento. En periodos de crisis las dificultades se multiplican: acceso limitado y demasiado gravoso al crédito, caída del consumo, miedo a invertir, morosidades e impagos.

Muchas compañías españolas suman a la debilidad universal perversas inclinaciones endémicas. Por cada buen empresario hay al menos un especulador, generalmente sin formación pero conolfato para los negocios, entendiendo por tales aquellos con cimientos de nata y fundamentos de algodón. En The Living Company, Arie de Geus explica algunas claves para la resistencia: el impacto positivo en la comunidad donde operan (sería el caso de Camper en Baleares. Fundada en 1975, supera holgadamente el promedio existencial) o sobre el medio ambiente; además de un espíritu conservador en términos financieros (como por ejemplo proclama Jürgen Stackman, el nuevo presidente alemán de Seat).

Josep Tápies, profesor del IESE, añade en el artículo de Sánchez-Silva otro factor: la naturaleza familiar de la empresa. En estos casos el código genético impulsa a los gestores a otro tipo de objetivo. La rentabilidad ha de ser compatible con la supervivencia. A veces, esa naturaleza primigenia se diluye (Inditex); otras resiste rocosamente. De cualquier forma, ésa es la filosofía ideal. La suma de años crea constelaciones de afectos y empleos, de riqueza y marca, pero a esas cotas apenas llegan unos pocos, y no sólo por la cicuta del pelotazo sino por torpezas muy arraigadas en la cultura patria.

¿Conclusiones? La clave está en el amor. Es como cuando confías una novela a un extraño. Él buscará el dinero; tú, en primer término, que te lean. Sólo esa lectura concatenada creará la bola de nieve. Sólo la bola de nieve despejará el camino para que sobre la superficie arrasada crezcan nuevas hierbas. Es una economía más romántica, desde luego menos lucrativa y por supuesto claramente longeva.

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