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Sábanas sucias

Fede Durán | 11 de noviembre de 2013 a las 11:13

Treinta y un años de autonomía en Andalucía apenas han deparado cuatro siglas en el Parlamento frente a las siete que actualmente alberga el Parlament, las cinco de la Cámara vasca o incluso las cuatro de la madrileña. Dos de ellas, PSOE y PP, siempre han pegado más fuerte porque evocan -al menos teóricamente- las almas antagónicas de la tierra, el aparcero y el latifundista. El otro par vive situaciones dispares: IU forma por primera vez parte de la Junta y asciende en todas las encuestas; el PA bordea el precipicio de la desaparición elección tras elección. No ha habido espacio para más: ni para la pujante UPyD, ni para propuestas de corte ecologista como Equo, ni para plataformas desintegradas sin descendencia (Andaluces Levantaos). La política andaluza es un círculo cerrado dentro de un círculo cerrado.

Para Manuel Chaves, presidente andaluz entre 1990 y 2009, la comunidad, como España, practica un “bipartidismo imperfecto”. “Se puede concluir que a mayor número de partidos representados, mayor pluralidad política. Pero quizás sea más positivo, desde la perspectiva de la estabilidad, que haya pocos y sean potentes. Casi todos los sistemas del mundo premian a las formaciones más votadas”, recuerda.

Concha Caballero fue portavoz de IU en el Parlamento entre 2004 y 2008. En su opinión, el fenómeno “se corresponde con la falta de pluralidad de la sociedad andaluza y con la dificultad de articular alternativas en un territorio tan grande, disperso y complejo como Andalucía, que sí está vertebrada política y culturalmente. Tampoco el sistema facilita la vida a las fuerzas emergentes”. El ex vicepresidente del PA, Pedro Pacheco, señala directamente al PSOE: “Como nosotros parecíamos la yenka, ellos hegemonizaron aquel incipiente nacionalismo andaluz. Nadie se creía que el andalucismo del PSOE no fuese de verdad. Y el fracaso del PA produjo un páramo mesetario. UPyD y Ciudadanos viven de los restos de otros. Y les costará meter cabeza”.

“Yo veo dos matices importantes -sostiene Ana María Corredera, vicesecretaria de Organización del PP-A-: uno es el que andaluz se siente muy español y se ve identificado con los partidos de ámbitos estatal; el otro es que PP, PSOE e IU tienen un discurso muy andaluz”.

El granítico dominio socialista, ininterrumpido incluso tras su única derrota, ha evitado uno de los grandes males nacionales: las leyes duran lo que quiera el legislador porque el legislador es siempre el mismo. Los demás defectos de país se han reproducido a pequeña escala. Para empezar, la corrupción, inevitable cuando el poder no rota; inherente a su ejercicio y al aterrizaje de miles de millones grapados al boom urbanístico y al presunto ingreso en el ático de Occidente vía fondos de cohesión, inversiones nacionales y extranjeras y expansión de empresas locales. El caso ERE es el clímax de una novela negra firmada en comandita por unos y otros, tal y como siempre ha demostrado la enfangada vida municipal. Sólo Cataluña y Valencia presentan quizás un bodegón del robo todavía más nítido. El circuito de distribución del dinero público -instituciones, agentes sociales, partidos- nunca ha dejado de ser opaco. La ley de Transparencia es el penúltimo intento por parchear las fugas del sistema.

“La lucha contra la corrupción requiere de un conjunto integrado de reformas que toque la financiación de los partidos, la ley electoral, la transparencia, la Constitución y las redes sociales”, propone Chaves. “A los políticos nos ha perjudicado ser el pelele de los poderes económicos. Nos han convertido en el chivo expiatorio de la crisis, y eso impide ver a otros culpables”, reflexiona Caballero. “El votante ha perdonado al infractor repetidamente, éste ha vuelto a ganar elecciones y al final se ha envalentonado. La corrupción apenas ha influido en las urnas”, remacha Pacheco.

Tampoco existió, más allá del proceso constituyente del Estatuto de Carmona (1981) y su segunda parte (2007), un espíritu del bien común que puliese diferencias y alentase coincidencias en beneficio de aspiraciones compartidas. Confluyen en este resultado los tres factores anteriores: la ausencia de biodiversidad parlamentaria (y por lo tanto, de una cultura del pacto); el antagonismo ideológico, con raíces seculares y amplio arraigo en la población; y la avaricia de la gestión como centralita del tráfico de influencias (compartir no es amar). Muñoz Molina recogía en su ensayo más reciente (Todo lo que Era Sólido) la única y sorprendente afinidad de los ritos católicos: España celebra más a sus santos en democracia que con Franco.

“Las comisiones parlamentarias sacan adelante muchas iniciativas. Hay cultura del pacto cuando de verdad existe voluntad. Ocurrió al designar al Defensor del Pueblo (Jesús Maeztu). Y también ofrecimos ayuda para que los socialistas aprobasen los Presupuestos sin las exigencias de IU”, explica Corredera. “Aquí se impuso un cainismo que todavía perdura, en contraste con el mundo anglosajón. El pacto siempre se ha visto como sinónimo de traición”, se desmarca Pacheco. “En política, cuando quieres machacar al adversario, le propones un pacto”, ironiza Caballero.

Resta igualmente la obsesión por tutelar desde lo público hasta el más ínfimo resquicio de la esfera privada, tanto económica como social. Ahí está el ciempiés de la Administración paralela de la Junta, con agencias, observatorios y consorcios para todo. Ahí el afán intervencionista de los ayuntamientos cada vez que un grupo de ciudadanos apuesta por la autogestión de espacios y eventos. Ahí la red de los sindicatos para cazar y controlar cualquier contienda laboral, cualquier negociación colectiva.

Ambos círculos, el cerrado y el cerradísimo, han permanecido impermeables. Tiene sentido: a mayor tutela, menor posibilidad de prestar el micro a la sociedad. El andaluz es un simple administrado en situación de permanente indefensión (prueben a intentar recuperar el importe de una multa mal cobrada, por ejemplo). Reforma 13, la propuesta de democracia directa del hispanosuizo Daniel Ordás, se ve poco menos que como una extravagancia. El modelo islandés o las experiencias de Rio Grande do Sul son bromas de mal gusto. Incluso si se orquestara una revolución (la ley de Participación que prepara IU no llega a tanto), el globo chocaría con los límites del ordenamiento jurídico nacional. El líder considera al liderado un sujeto pasivo. Lo contrario conllevaría una pérdida de poder. De nuevo la contracultura.

“Ha habido un único Gobierno pero no hemos sido tuteladores; hemos jugado con un poder político fuerte que ha defendido lo público y lo ha puesto en valor”, reivindica Chaves. “Gran parte del funcionamiento de la sociedad civil depende de las ayudas de gobiernos locales y autonómicos, y eso condiciona su trabajo”, concede Corredera. “El PSOE puso en marcha el clientelismo y aplicó el tinte público a todos los niveles. Este régimen ha intentado copiar al PRI mexicano”, percute Pacheco.

Ha faltado y falta, finalmente, el tridente respeto-formación-excelencia. Discursos elevados que presagien miras a la misma altura; mandatos de duración razonable (ocho años en vez de 15 ó 20, tanto para presidentes como para diputados); trayectorias profesionales previas; apuesta por perfiles independientes; rivalidades sin mala baba; valentía y generosidad… La Andalucía política es como era, pero peor. Donde antes había catedráticos hoy despachan licenciados. El diputado ha perdido lecturas, vivencias y genio, convirtiéndose en una especie de siniestro oficinista. “Echo de menos políticos con más grandeza de miras”, confiesa Caballero. “Hay muy bien nivel, en parte gracias a la información que facilita internet”, asevera Corredera. “Nosotros proveníamos de la lucha antifranquista, y el foco se creó fundamentalmente en la universidad. Hoy prima la vocación política sobre la formación porque las trabas para dedicarse a esto son mucho menores”, concluye Chaves.

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