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El B52, el socio fiero y el amigo invisible

Fede Durán | 29 de noviembre de 2013 a las 10:33

TRES acontecimientos de cierto relieve concurrieron ayer en el Parlamento andaluz. Juan Ignacio Zoido se puso a los mandos de un rutilante B-52, con todo el poder de destrucción asociado a este tipo de bombardero; José Antonio Castro marcó más alto y claro que nunca distancias con el PSOE; y Mario Jiménez redebutó como portavoz socialista en sustitución de Francisco Álvarez de la Chica. El primer fenómeno sorprendió porque esa violencia verbal no es típica en el aún jefe del PP-A; el segundo no sorprendió nada; y el tercero pasó totalmente desapercibido.

castro

El foco se detendrá unos instantes en Castro. A IU se le ha reprochado a menudo, desde dentro y desde las gradas, que apenas sepa conciliar el legítimo interés del socio por la convivencia con el todavía más legítimo interés por aplicar su programa. La cortesía dio paso a la firmeza igual que un CEO entra al despacho de otro sin llamar. Si la presidenta, Susana Díaz, advertía el fin de semana que el PSOE aspira a gobernar sin hipotecas, Castro recordó que IU aspira a hipotecar todavía más a un aliado aritméticamente imprescindible hoy y en futuras legislaturas. Los bocados más sociales de este Ejecutivo los ha dado la federación, aunque los aplausos de Valderas a Díaz inviten a veces a pensar lo contrario. Son bocados de tiburón que asustan al PSOE casi tanto como al PP. Y en la bandeja de salida ya han colocado el siguiente: la renta básica. “La queremos. Vamos a solicitar la creación de un grupo de trabajo en el Parlamento para fijar su alcance y sus condiciones. El debate debe producirse en este periodo de sesiones”, anunció Castro. Una exhortación como la copa de un pino a la que SD prefirió (nuevamente) no contestar.

Vaticinio obvio: la temperatura de la convivencia PSOE-IU crecerá conforme mengüe la legislatura, haya o no voluntad de agotarla, consistiendo el corolario o cúspide de la contradicción en una alianza entre enemigos que luchan por metas antagónicas, la mayoría absoluta (SD) y la conquista de nuevos territorios o consejerías (Maíllo).

Zoido observaba la escena entre divertido y motivado. Dibujar los últimos trazos de su despedida le ha permitido soltarse en las artes de la lucha grecorromana: presas al cuello y pisotones en el estómago llovieron con la intensidad de un desastre natural. La cabina de un B-52 ha de ser golosa. Cada botón conecta con una ojiva nuclear. Y ver las deflagraciones desde el cielo, sin peligro, motiva sin duda más que disparar desde la trinchera y mascar sangre y barro. “Usted llegó a presidenta de la Junta gracias a la corrupción (¡boom!)”. “Su interés por recuperar los fondos defraudados es nulo (¡boom!)”. “Usted vive de la política y yo para la política (¡boom!)”. “Se desvive por escalar en su partido (¡boom!)”. “¿Está del lado de la vergüenza o de los sinvergüenzas (doble, triple ¡boom!)?”.

Y, claro, Susana se cabreó, sacó la artillería pesada y machacó con sus eslóganes favoritos -tolerancia cero ante la corrupción aunque de momento no haga nada-; con la teoría de la conspiración -“algo ha pasado en las últimas 72 horas para que el Gobierno amenace con nocturnidad a Andalucía”-; la prosopopeya de la comunidad a su imagen y semejanza (o la sinécdoque, que también); y la levedad eterna de Zoido, quien sin irse lleva yéndose año y medio. “Yo estoy aquí porque quiero”, zanjó. A nadie le cabe la menor duda.

Díaz y Zoido han convivido milésimas de segundo en el global de la historia parlamentaria. Sus pulsos no quedarán grabados en mármol, pero ambos retratan una tendencia que es nacional e imparable: el tránsito del fondo a la superficie, del rigor a la simpleza, de la responsabilidad y el consenso al teatro y el maniqueísmo. La política hispana no es de contenidos sino de siglas, y la misión del que vence y dispone está más enfocada a la deconstrucción interesada que a la estabilidad (a ver cuánto dura la Lomce de Wert, sorda a cualquier cesión; a ver cuánto la que la sustituya cuando mande el PSOE). Cuando la presidenta promete defender a todos los andaluces, miente: es como decir que la Junta prioriza en su superestructura el mérito sobre la afiliación. Cuando Zoido sostiene que el PP defiende a todos los andaluces, miente igualmente: es como decir que Rajoy respeta a todos los españoles aunque vistan con capucha, rodeen el Congreso y para colmo no vayan a misa.

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