Una cuestión moral

Fede Durán | 27 de febrero de 2014 a las 18:51

AUNQUE a veces parezca increíble, el dinero público no pertenece a quien lo gestiona. La encomienda debiera implicar el mayor de los escrúpulos, una actitud a lo Robespierre donde transparencia, equidad y eficiencia caminen de la mano. El principal problema en España no son las fugas de caudales asociadas a la corrupción sino la asignación arbitraria de océanos enteros de presupuesto. Podrá alegarse que la ubicuidad de un personaje político, por ejemplo, queda justificada por su relevancia institucional y su carácter representativo, pero esa falacia empobrece directamente al contribuyente cuando el ciclo económico dicta recortes. Los porcentajes no son relevantes. Es más una cuestión moral.

Siempre habrá recursos para hospitales, escuelas, bibliotecas y museos. Éste es el primer mundo, aun en su vertiente menos pujante. Esa bolsa de millones finalistas está sometida a vaivenes coyunturales e ideológicos (a menudo ambos actúan en sintonía), a decretos imperiales (Alemania) y presiones neoliberales (los mercados, ocultos tras caretas humanas). Todas las fuerzas erosivas responden al yugo de la deuda, que es el gran vicio del capitalismo desde la eliminación progresiva del patrón oro. Nadie crece ya en función de lo que tiene sino desde la ficción de lo que debe, trazando en la pizarra del tiempo un infinito y cruel círculo vicioso cuya consecuencia es trasladar a las siguientes generaciones la losa de la inviabilidad.

Siempre habrá pues recursos para lo que importa, recursos oscilantes, discutidos y fantasmales que observan cómo otros recursos, una especie de raza superior de euros aparentemente iguales, conservan el vigor –independientemente de las circunstancias– para apuntalar las imágenes, los mensajes, la iconografía del poder. En tal castro viven las televisiones públicas, las cohortes de asesores, los retratistas del régimen y, cada vez más, los opinadores de alquiler.

La pregunta es doble. 1. ¿Implica la dignidad del cargo una ubicuidad abusiva? 2. ¿Hay alternativas para manejar esa dignidad sin comprometer más dinero del estrictamente necesario ni vulnerar libertades esenciales en una democracia? La respuesta es no-sí. No (1) porque el ejercicio del cargo ha quedado desvirtuado por la obsesión con el movimiento, la geografía, la fotografía, el vídeo y el vítor: estrechar más manos y lanzar más promesas probablemente signifique meditar poco y ejecutar peor. Sí (2) porque esa tímida pero persistente tendencia de la sociedad contemporánea hacia ciertas formas de democracia directa contempla y exige la participación del ciudadano, siquiera colateralmente, en la distribución del gasto, especialmente si éste es suntuario, y el narcisismo y la avaricia lo son.

Coda: la libertad queda tanto más comprometida cuanto mayor es la cuña del presupuesto sometida al interés tribal. Salvo en la Argentina de Fernández de Kirchner, las deudas y los favores son inmensas jaulas de oro. Una vez dentro, resulta imposible escapar salvo perpetrando una segunda traición.

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