La pirámide flotante

Fede Durán | 10 de marzo de 2014 a las 18:36

HAY dos formas de relacionarse activamente con el mercado laboral: cotizando o engordando las listas del paro. En el terreno del matiz curvean otras tres opciones: las élites salariales, los cuadros medios y los aprendices. En total, cuatro caminos, todos igualmente matizables. Para explicar el batacazo español, Alemania expuso el contraste de su fórmula: aquí los salarios crecieron alegremente hasta 2009, en plena crisis y con Zapatero en el púlpito, mientras que allí, bajo la severa mirada de Merkel y gracias a la precarización diseñada en tiempos de Schröder, la contención fue la melodía.

Más dura será la caída, habría mascullado Bogart. La pérdida de poder adquisitivo ha sido una constante desde entonces en España, aunque el Gobierno suavice la estadística y el Banco de España redimensione crudamente el problema (algo más del -2% en 2012). Las cargas fiscales también han subido, y todo el mundo sabe que IRPF e IVA están encadenados al consumo, y que sin consumo no hay vida en un planeta diseñado para engullir. Ganamos poco, pero el FMI y la Comisión Europea quieren aún más (o sea, todavía menos).

Existe otro problema poco reflejado en las radiografías de rutina pero extraíble de ese yacimiento estadísticamente extraordinario que es la EPA: el gollete se estrecha. Los profesionales con menos de seis meses en la empresa pasan del 13,7% en 2006 al 9,1% en 2012. Quienes llevan entre medio y dos años bajan del 18,5% al 12,3%. La franja que se mueve entre dos y tres años se contrae del 7% al 5,6%. Y aquí destaca el contrapunto: los que suman más años en la firma repuntan del 60,8% al 73%.

El fenómeno se repite por edades. Los ocupados entre 16 y 34 años se desploman del 40,1% de 2006 al 29,3% de 2012, pero hay alzas en el resto de tramos, incluidos los mayores de 55 años (11,1% vs 14,1%).

El acceso a un trabajo está cada día más caro, y se encarece más cuanto menor es el bagaje previo, produciéndose una suerte de sedimentación de las unidades consolidadas, especialmente si esas unidades tienen estudios universitarios (22,7% en 2006, 28,2% en 2008; aquellos con estudios de nivel bajo retroceden en el mapa de la ocupación). Tiene sentido que los curtidos y a la par bien formados conserven sin problemas sus cargos y expectativas y divulguen hacia abajo sus conocimientos y experiencia. Menos sentido tiene que abajo, en las bases piramidales, no haya hoy casi nadie, convirtiéndose la base paradójicamente en vértice. Los jóvenes llamados a regenerar las plantillas -esos organismos vivos tratados desde hace un lustro como simples cadáveres- se enfrentan en el mejor de los casos a un microsueldo, y a partir de ahí, en descendente curva, a altas tasas de temporalidad y desempleo. Salvo que decidan emigrar, decisión que tampoco les garantiza nada. Y si lo hacen y les va bien, serán otras las economías beneficiarias. Gravísimo es el caso de la investigación, gravísimo y sintomático: el país suspende allá donde debiera buscar las mejores notas de la clase.

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