Entre Zapatero y Rajoy

Fede Durán | 24 de abril de 2014 a las 8:00

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MATTEO Renzi debutó como Kevin Spacey en House of Cards: apuñalando a un compañero de partido para ocupar su lugar. Enrico Letta, el apuñalado, ni siquiera disimuló su cara de limón en el traspaso protocolario de poderes, pero a Renzi le daba exactamente igual. La suya era (es) una misión casi divina (la revolución italiana) alimentada con combustible fósil: no sólo el veneno de la conspiración, sino el cálculo exquisito de la correlación entre reformas, propaganda y popularidad.

Piensen en un político 3.0 y enseguida chisporroteará Twitter. Renzi es su propio primer periodista, la fuente más eficaz para el vocero más fiel: “Está sucediendo una cosa extraordinaria. Estamos devolviéndole a los ciudadanos un dinero que es suyo. Y lo estamos consiguiendo apretando el cinturón a la Administración”. Es un mensaje potentísimo que mezcla la alegría de Zapatero y las promesas incumplidas de Rajoy, ensalada convenientemente aliñada con el aceite reformista exigido robóticamente desde Bruselas. Si Renzi se quedase en el brillo de la frase, le ocurriría lo mismo que a nuestro dúo presidencial. Unos le tacharían de kamikaze y otros de mentiroso. Pero el primer ministro italiano, igual que Frank Underwood, piensa siempre dos jugadas más allá.

Los diez millones de italianos que ganan menos de 1.500 euros netos al mes recibirán un complemento de 80 (pomada claramente zapateril) para echar con el extra esas cervezas que de otra manera parecerían utópicas. Cada ministerio contará con un máximo de cinco coches oficiales. El equivalente al IRPF experimentará un descenso del 10%. Ningún dirigente público podrá recibir más de 240.000 euros al año por sus servicios. El espacio dedicado al funcionariado pasará de 44 a 25 metros cuadrados per cápita. Los gastos de las administraciones locales serán colgados en internet en un plazo tope de dos meses. Los pagos a proveedores se acelerarán. El Senado se suprimirá (ya ocurrió en Dinamarca y Suecia, ya lo estudia Canadá). Etcétera.

Todo regalo fomenta la permisividad del beneficiario, y Renzi colocará a cambio de esas migajas una nueva ley electoral que de hecho fulmina la biodiversidad al imponer un mínimo del 12% de los votos para acceder a las butaconas de la Cámara de Diputados. El bonus del 15% de los escaños se mantendrá para el partido vencedor siempre que haya superado el 37% en las urnas y sin rebasar tras la redistribución la marca del 55%. Es una reforma que Renzi ha pactado directamente con Berlusconi, igual que Madrid y Barça hicieron con los derechos televisivos. El problema es que el efecto M5S no se ha diluido. Los sondeos sitúan a los chicos de Beppe Grillo en la plata de la intención de voto, por detrás del Partido Democrático y bastante por delante de Forza Italia. Es probable que Renzi también lo haya previsto. Un sistema a dos donde el tiempo machaque al demasiado coral M5S para que su lugar lo ocupe FI sólo cuando el PD se haya empachado. Óptima estrategia si no se tratase de Italia y su izquierda.

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