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Operación Armada

Fede Durán | 5 de mayo de 2014 a las 12:14

Entrevista a Pilar Urbano

Para Truman Capote, su extraordinaria retentiva era la grabadora. Pilar Urbano (Valencia, 1940) alega exactamente lo mismo en la profusa reconstrucción de charlas de Estado recogida en La Gran Desmemoria (Planeta, 2014), su reciente best-seller. “Normalmente tomo unas notas e inmediatamente las vuelco al ordenador. Escribo a qué hora empieza y termina la entrevista y cómo vamos vestidos, esto último más por coquetería. También hablo varias veces con la misma persona de las mismas cosas, por si cambia las palabras o añade algún dato”, explica.

–[Contexto: Urbano desvela en su último libro la supuesta Operación Armada, una jugada para sustituir a Suárez por un militar con la connivencia incluso del PSOE]. ¿Le han parecido desmedidas las reacciones?

–Las reacciones han sido de color azul Borbón. Sabía que al Rey le incordiaría recordar lo que prefiere olvidar. Lo que no me imaginaba es que se iban a plegar de un modo tan lacayuno personas tan independientes, amigos míos a los que no les pregunté por el 23-F: ni a Martín Villa, ni a Pérez Llorca, ni a Arias Salgado les pedí esa información.

–¿Hay alguien en disposición de confirmar lo que usted relata?

–Todos. Catedráticos, historiadores de Connecticut, Italia, Mérida, Granada. Periodistas. Alejandro Rojas-Marcos. Abel Cádiz, que fue presidente de la UCD en Madrid. Anasagasti, que sabe lo que se le ofreció a los vascos. Había un estado de sospecha nacional. Viví como periodista todo lo que cuento ahí y ahora como historiadora. El primer testigo soy yo. Yo he estado en todo esto. Lo hablé con Suárez antes, durante y después. Estaba muy descolocado y dolido. Adolfo le dijo al Rey que se la había metido doblada.

–El Rey pensaba que mandaría más cuando eligió a Suárez.

–Creía que iba a ser como Franco pero en monarca. Torcuato [Fernández-Miranda] le dijo: tienes que ser un gran rey, no un pequeño caudillo. Él no legalizó al PCE ni trajo la democracia de partidos. La Constitución la quería de otra manera. Quería que el poder militar fuese un cuarto poder. Suárez, Lavilla, los que hicieron la Constitución, tuvieron que plantarse. Suárez subrayó una vez que tenía la obligación de proteger al Rey del Rey mismo. Don Juan Carlos seguía creyendo que la política exterior y militar la hacía él. Llega un momento en que Suárez le estorba. Le espeta: eres un arroyo seco. No fue muy escrupuloso al pensar que se puede sustituir al presidente sin pasar por las urnas.

–¿Definiría la Operación Armada como un golpe de Estado?

–Fue un golpe de Gobierno. Estaba hecho entre civiles, toda la crema política civil menos vascos y catalanes estaba ahí.

–Lo incomprensible según su versión de los hechos es que el Rey y la crema optasen por un militar.

–Rojas-Marcos me contaba recientemente que en un avión coincide con Felipe González en julio de 1980 y éste le habla de la Operación Armada. Cuando Alejandro se entera de que el relevo es un militar, se lleva las manos a la cabeza. ¡Después de 40 años de dictadura! Múgica va a ver a Armada por encargo de Felipe al menos dos veces. Y a Roca y a Pujol. Fue un consejo de la Internacional Socialista: si en un spot de cinco minutos Suárez fue capaz de mover un millón de votos, había que centrarse en él. De ahí la moción de censura de mayo de 1980. Lo que queda demostrado en este libro es que en la primavera de 1980 el Cesid presenta un proyecto corrector del sistema desde dentro del sistema y al Rey le parece bien. El Rey se lo cuenta entonces a Jaime Carvajal Urquijo, que le contesta sin complejos: “Eso es primorriverismo puro”.

–Menudo enfado el de Manuel Fraga cuando se entera de que el Rey prefirió a Suárez.

–Fraga se encierra en su despacho y grita: ¡no estoy para nadie!. El Rey le quiere en el Gobierno de Suárez, le llama y no se pone. Luego le pide a Botín padre que lo intente, pero tampoco funciona. Fraga era una gran cabeza pero tenía un temperamento autoritario. “No hay mejor terrorista que el que cuelga de un palo”, solía decir. Luego tiene el mérito de meter al partido (AP) en la democracia, pero Fraga estaba también en la Operación Armada.

Areilza también se veía de presidente, más si cabe que el propio Fraga.

–Trató al Rey como si fuera su pupilo. Hay un documento americano desclasificado que lo cuenta: cuando el Rey va a EEUU a decir que iba a hacer la democracia, Areilza prepara todo: el viaje, el discurso, el protocolo… está asistiendo al Rey como un ayo, y el presidente Ford y Kissinger comentan luego: “Wste ministro ha estado áspero, le preguntábamos al Rey y nos contestaba él”. Ahí es donde patina Areilza, que incluso organiza un encuentro privado con Kissinger para parcelar lo que va a ocurrir cuando él ya sea presidente. El Rey le detectó cierta prepotencia. Si hubiese sido presidente, habría querido una Constitución más elitista, no le apremiaban tanto las izquierdas ni las bases obreras. Suárez sí tenía conciencia de que había un pueblo impaciente y había empezado a hablar con todos clandestinamente. Por ejemplo, esa cena con Felipe González donde ambos acaban tirados por el suelo buscando micrófonos ocultos.

–¿Fueron los hechos de Zaramaga el punto de inflexión en la imagen de Suárez?

–Un hito tiene lugar cuando presenta la ley de asociaciones políticas. Suárez exhibe una nueva forma de hablar. En las Cortes había un estilo muy parkinsoniano. En Zaramaga aprovechan que Fraga está en Alemania. Como ministro sustitutorio le toca templar la situación. Lo primero que hace es relevar a los capitanes y oficiales. Se nota que ha sido gobernador civil y que sabe mandar hombres. Días después muere el suegro de Osorio y el Rey va al velatorio y le pregunta cómo estuvo, y Osorio contesta: “Mejor que bien”. El Rey lo veía verde, pero empieza a darse cuenta de que es capaz de dominar escenas difíciles. Entre ellos había complicidad, la diferencia era el ritmo. El Rey estaba tutelado por EEUU, y la tesis americana era bailar el chotis despacito.

–¿Qué ocurre cuando Torcuato Fernández-Miranda comprende que Suárez va a ser un animal político de primer nivel?
–Hay una ruptura de celos. Primero cuando se entera a posteriori de que Suárez se encuentra con Carrillo. Y luego cuando el presidente afirma que una vez hecha la Constitución él va a crear un partido y va a presentarse a las elecciones. Torcuato ve lo mismo que el Rey: que Súarez vuela solo. Y el Rey deja caer a Torcuato, le hace grande de España y no le da ni un empleo. Es triste y muy de Castilla, que hace a sus hombres y los gasta.

–¿Qué le parece el don Juan Carlos actual?

–El Rey está muy oxidado. No es por la edad, porque cuando hay una mente genial se dan sorpresas. Me gustaría que una vez al año, a toro pasado, los ministros de Exteriores y Economía nos dijeran: estábamos en tal atasco pesquero y el Rey descolgó el teléfono y lo resolvió. Son los servicios del Rey, que se ha ganado el sueldo no sólo presidiendo desfiles sino haciendo negocios de Estado. La gran libertad de un rey es la de abdicar o no. El Príncipe es el mejor preparado de todas las casas reales occidentales y orientales, y se ha preparado en democracia. Es distinto, no es Borbón. Hay un gran debate sobre monarquía o república. Como los españoles somos cainitas y los partidos enemigos, el que haya un presidente de república de un partido siempre será inválido para el otro. Y más con 17 autonomías. Un rey que no sea de nadie y traiga bajo el brazo la monarquía federal podría ser aceptado por todos.

–Hay paralelismos. Cuando muere Franco, el Rey viaja a Cataluña con rotundo éxito. El día en que el Congreso debatía el sí o el no a la consulta independentista…

–… Felipe estaba brindando con Mas por Cataluña y España. Tengo esperanzas.

  • Lucio Quinto

    Los que vimos la TV aquella noche, no nos creímos ni por un momento que el Rey estuviera diciendo la verdad; pero la cosa estaba tan mal que todos preferimos creerlo.
    Lo que pensamos es que el Rey quiso poner un militar a gobernar, pero el acto que culminó el fallo fue Tejero que se lió a tiros en el Congreso y lo puso todo impresentable. ¿Quién le mandó a pegar tiros? Candidatos había un montón.
    De todas maneras, abierto el concurso de “militares al poder” no se iban a conformar con Armada, un hombre gris que le caía mal a los compañeros. Milans o el mismo Merry no iban a obedecer a un Armada.
    Al final esto fue una pardillada terrible que por casualidad salió sin llegar a lo de Ucrania.

  • Antonio

    En esencia no aporta gran novedad sobre el libro de J.Cercas “Anatomía de un instante”, que aún siendo un poco retórico es un buen libro, y que básicamente deja una fotografía del momento que vivió España entonces y de sus personajes.