El Desatascador (II)

Fede Durán | 23 de agosto de 2014 a las 16:34

Normalmente digo joder, coño o carajo. Cuando pronuncio hostia, sin embargo, es que ha habido un chispazo. -Hostia.

Un post it junto al teclado, amarillo como una meada de perro, y una caligrafía redondeada componiendo el siguiente mensaje: Así no podemos seguir.

Procesando: caligrafía redondeada vale por caligrafía femenina. Enid junto a mí mientras tecleo. Mi vista en la pantalla. Un taco de post it amarillos como una meada de perro en el primer cajón de mi cajonera gris metálica. Un cubilete con bolígrafos, subrayadores y lapiceros. Ha sido ella, no hay que ser Sherlock. Twist lo sabe. Y yo sin enterarme. Doy un salto y agarro la chaqueta. Cojo la agenda. Efe de Flynn. Un teléfono al que prefiero no llamar. La dirección de su editorial. Imagen subsiguiente: ella en su Talbot rojo cereza entrando en el parking privado contiguo al edificio de Rolling Paper Books, los diálogos desatascados centelleándole en el pecho, un ascensor, planta séptima, el USB en el Mac de Greta la Editora, los diálogos, su sonrisa y el beneplácito, fechas estimadas de lanzamiento, nombres para el apadrinamiento, cifras que emergen como burbujas hasta tocar el techo y disolverse salpicándolas de ganancias púrpura y oro.

Me subo a un taxi. A la Rolling Paper, por favor. La ciudad es una secuencia borrosa, con árboles como cerdas de cepillo de dientes en combustión y papeleras que parecen motas de polvo sacudidas por el viento. Me coloco las manos en las rodillas, intento prestar atención a la radio, pienso en Enid desnuda y noto el peso de la indecisión cebándose con mis piernas y un ardor incipiente en el glande. Paramos ante la entrada, pago, espero el cambio y me bajo con un hormigueo. Me suda la espalda. Entro y me encuentro en un hall amplio con dos recepciones enfrentadas, una lámpara de araña a varias decenas de metros de altura, otro par de ascensores de cristal y acero con personas que suben y bajan sin hablarse y el logo de la RPB en la pared del fondo, tamaño cien mil, fuente vagamente Disney. Elijo el mostrador de la izquierda, donde una pelirroja con chaqueta color aceituna cuelga y descuelga y presiona y sonríe e indica e invita.

El Desatascador 2baja

-Busco a Enid Flynn -anuncio. Leve pausa y varios parpadeos-radiografía.

-¿Quién pregunta por ella? -ojos verdes aceituna a juego con la chaqueta.

-Yo.

-Aha.

-Umberto Mocasín. Soy su… eh, su escritor de apoyo. Técnicamente, su desatascador.

-Un segundo -descuelga, sonríe, presiona, cuelga, invita e indica-. Séptima planta. Al salir, gire a la izquierda, traspase una puerta de cristal (aquí todo es de cristal, señor Mocasín) y pregunte por la secretaria. Que tenga un buen día -me entrega una tarjeta magnética de visita. La engancho al faldón de mi camisa.

Me dirijo a los ascensores, pulso Subir, espero junto a un tipo con gafas de pasta que tararea una canción de The National, el ascensor baja, varias sardinas salen, entramos, el cantarín pulsa el cinco, yo el siete, subimos y por un instante me flotan las entrañas. Suena un ding, salgo, giro a la izquierda, traspaso la puerta de cristal y observo a unos cinco metros una mesa rodeada de cien kilos de carne, pelo castaño rizado y largo, labios de botox y unas tetas que apenas caben en la superficie sobre la que descansan.

-¿Señor Monopatín? -intuyo una sombra de sonrisa tras el botox.

-Mocasín -corrijo. La espalda me sigue sudando.

-La señorita Flynn acaba de marcharse. Sus ascensores deben haberse cruzado.

Rebobino y aparezco en el parking, filas de coches con algunas mellas, mi corazón bombeando sin escatimar, el cuello girando en todas las direcciones y al fin una estela gris de gasolina y la trasera del Talbot cereza que se aleja. Amago una carrera, mis pulmones se plantan, busco otro taxi, lo encuentro, me subo.

-Siga a ese coche -música paquistaní, olor a pino, la ciudad emborronada.

Lo que viene a continuación es una canción de Etta James. Ella aparca, el taxi frena suavemente a una manzana de distancia, muestro mis dientes blancos al pagar y añadir una modesta propina, salimos de los coches a la vez y se desata la coreografía: la brisa meciendo las copas de los plataneros, los niños jugando al fútbol en los parques infantiles perfectamente vallados con láminas de colores, dos viejecitas compartiendo un banco y charlando como si masticasen galletitas danesas, Enid Flynn descaradamente enfocada por los rayos del sol que abren una brecha en las nubes, el viento meciendo su cabello ébano, yo aproximándome con pasos de Jimmy Dean, sus ojos iluminados al verme, las venas del deseo tatuándole la frente y un cuerpo que se ahueca para recibirme.

Y entonces el impacto. Sensación de ingravidez primero y de peso muerto después. Las ruedas aún derrapan mientras vuelo boca arriba, viendo pasar el cielo como una máquina tragaperras, Enid rompiendo tímpanos, el calor del asfalto acechándome. Y el aterrizaje: mi pellejo raspando la carretera, mi ADN generosamente esparcido.

Las luces se apagan, las voces están pero se alejan, el mundo se comprime en una caja de zapatos, el tiempo se densifica. Escucho el llanto de Enid y los balbuceos del conductor anónimo, una ambulancia que se recorta en el horizonte sonoro y una existencia, la mía, que se apaga entre chasquidos orgánicos y fugas líquidas.

Fallezco a las 13:33 de un miércoles 10 de octubre. Enid ni siquiera me toca.

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  • Juani

    Ya me gustó la primera entrada igual que tus anteriores relatos. Ne encanta la facilidad para encontrar la sorpresa, los cambios de ritmo y sentido en tan pocas líneas.

    Voy corriendo a leer la tercera.