El Desatascador (y VII)

Fede Durán | 28 de agosto de 2014 a las 8:00

Lo sabía. Todo era un mal sueño. Puedo demostrarlo: voy al volante de mi coche con las ventanillas bajadas, el olor a césped copa el habitáculo y la corriente me despeina. Siento mis manos aferradas al timón, los pies moviéndose en silencio entre los pedales, las lumbares apretadas al respaldo, el cinturón de seguridad abrochado. Intento encender la radio pero no lo consigo. Me inclino hacia la guantera en busca de algún cedé y sólo encuentro tacos de papeles desordenados. Cuando alzo la vista es demasiado tarde. En un cruce de calles embisto a un transeúnte. Me he saltado un semáforo. El transeúnte sale despedido varios metros, aterriza en el asfalto y sigue arrastrándose unos metros más. Escucho los gritos de una mujer. El cuerpo está lejos del coche. Me resisto a salir aferrándome de nuevo a la teoría del mal sueño. Esprintan los segundos. La mujer llora al hombre que yace. Nadie más aparece, las calles están desiertas. Desde aquí observo cómo crece el charco de sangre. Me reprocho la cobardía y salgo. Corro hacia ellos, busco un móvil en mis bolsillos para llamar a una ambulancia. La mujer burbujea por la nariz. Me fijo bien en su media luna en la mejilla, en sus ojos de gato, en su cabello de carbón. Es Enid Flynn. Hago un esfuerzo y me centro en el hombre muerto. Pese al agujero en la cabeza, los sesos desparramados y los anchos surcos de sangre que le camuflan el rostro, le reconozco. Soy yo. Corro hacia el coche. Tropiezo y me raspo la piel con el asfalto. Salto al asiento del conductor y me miro en el espejo retrovisor. Ni huella de mi nariz nórdica, de mis ojos grandes, de mi pelo cortado a cepillo, de mi eterna expresión de asombro. No soy yo. Pero el cuerpo que ocupo es superior: hombros anchos, piel tostada, hoyo en la barbilla, pómulos firmes y ojos azules de seductor. Debo medir al menos uno ochenta y cinco. Tenso los bíceps y dos montículos emergen de la camisa. Hablo como los locutores radiofónicos o los vendedores de milagros. Apesto a colonia cara.

Regreso junto al cadáver y tiro de Enid hacia mí. Ella me mira sin comprender. La beso en la boca y noto cómo sus dudas se disipan.

-¿No vas a llamar a una ambulancia? -dice a medio centímetro de mis labios. Peino la zona furtivamente. Ni un alma.

-¿Le has tocado?

-No.

-Pues vámonos.

Nos subimos al coche, que arranca tras un par de gruñidos y deja atrás la postal del atropello.

-Busca bien en la guantera. Quizás haya algo de música -digo.

-¿Estás seguro de lo que acabas de hacer? -ojos de gato, pestañas de Cleopatra, fulgor de cámara acorazada. Sus brazos finos trastean en la guantera.

-Nunca he estado tan seguro de algo.

-Ni siquiera sabes quién soy.

-Te sorprenderías.

Enid huele a romero. Hemos dejado atrás los bloques de acero y cristal de la ciudad, no sé dónde estamos.

-Has matado a un hombre -continúa.

-No lo entiendes.

-¿No?

-En el peor de los casos, me he matado a mí mismo.

-Pero esa verdad sólo la conoces tú. Has hecho trampas.

Doy un frenazo. El coche derrapa. Lo domino y lo coloco en el arcén con las luces de emergencia. La miro.

Enid empieza a dejar de ser Enid en una imparable transición nigromántica. Del interior del rostro original brota el rostro encapsulado de Satán.

-Dijiste que sólo los enfermos se interesan por la maldad -le reprocho, ya totalmente transformado.

-Pero nunca dije que sólo los enfermos interesados en la maldad vayan al Infierno. Confiaste demasiado rápido en mí.

-Me has tendido una trampa.

-Sí. Una trampa moral. Y has caído en ella. No eres tan puro como pensabas.

-Era yo quien había muerto. Creí que me dabas una segunda oportunidad. Huir de mi muerte no es tan horrible.

-Eres ateo. Quizás todo sea un montaje. O un mal sueño.

El Desatascador 7

Despierto en mitad de un pasillo de paredes muy altas sin techo. Me duelen las cervicales, hago crujir varias vértebras. Ha debido ser una borrachera terrible. Me incorporo. El pasillo es irregular: rectas, recodos, curvas y desniveles. Oigo pasos que se agrandan, conteniendo una amenaza cada vez más explícita. Instintivamente, me activo. Los pasos siguen creciendo, hasta que al final lo veo doblar la esquina. Es el Minotauro, furia sanguinolenta en los ojos, espuma en los belfos. Corro. Me persigue. Latidos de desesperado, pulmones de fugitivo. Me estoy quedando sin aliento, estoy a punto de desmayarme. Los pasos se empequeñecen hasta enmudecer. Algo remotamente parecido a la felicidad me invade. Me río a carcajadas, caigo de rodillas, escupo, resoplo.

Los pasos vuelven, primero amortiguados por la distancia, después expeditivos como una apisonadora. La cabeza al fondo del pasillo, los cuernos bruñidos, los ollares fabricando remolinos. Corro. Gritan los pulmones, blasfema el corazón, tiemblan las piernas. El Minotauro es tan terco como lento. Logro despistarle por segunda vez y tomo precauciones: mis oídos no detectan nada, así que me tumbo bocarriba para observar el cielo. Pero no hay cielo ni en realidad estoy bocarriba sino del revés. En lugar del cielo veo una cama amplia donde descansa un cuerpo de hombre flaco o de mujer. La cama está protegida por una mosquitera. Apenas distingo en la oscuridad el brillo petrolífero de dos ojos que se me clavan, recalcando, entre traviesos y sádicos, mi penitencia. Soy Umberto Mocasín, la presa del Minotauro, la víctima de Satán.

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