Suecia, España y un saco de euros

Fede Durán | 31 de octubre de 2014 a las 8:00

SUECIA, recurrente musa, baliza en la noche eterna de la crisis, paradigma de la buena socialdemocracia. Suecia, el espejo en que se miran quienes en el sur insisten en inyectarle esperanza al cuerpo social moribundo, quienes confían en la bonhomía, quienes sostienen que la idiosincrasia no es un código climático y genético.

Y más allá de la filosofía y el voluntarismo, Suecia: 9,5 millones de habitantes, tercer país más extenso de la UE, segundo del mundo en calidad de vida según la OCDE, tercero menos corrupto según Transparencia Internacional, ajeno al euro, orgulloso de su pasado rural y del formidable estirón económico operado en apenas un siglo.

La presión fiscal es alta sobre las rentas del trabajo y los contribuyentes lo aceptan porque saben cuál es la contrapartida y hasta dónde llega la diligencia. Ejemplo de lo primero: sanidad gratuita, desayuno y comida a cuenta del Estado en el colegio a partir de los seis años, eficaz sistema de préstamos universitarios (se devuelven cuando se encuentra trabajo a un interés aproximado del 6% y con fecha límite en los 68 años o la muerte; en tal caso la deuda la asume la Administración). Ejemplo de lo segundo: Hacienda es una de las instituciones más valoradas por los ciudadanos; las agencias y organismos públicos son rigurosamente independientes, están a salvo de las garras del señor ministro.

Se trata, además, de la nación con mayor natalidad de Europa (1,9 hijos por mujer, quizás porque fija ayudas muy superiores al fenecido cheque-bebé de ZP y otorga a los padres 16 meses de permiso a repartir casi libremente), goza de una envidiable red de apoyo a la dependencia y aprovecha las nuevas tecnologías para minimizar la siempre insufrible burocracia.

La web de la OCDE permite comparar los índices de calidad de vida. España supera a Suecia en vivienda, red de apoyo social, seguridad y equilibrio entre la vida personal y laboral. Sucumbe, por el contrario, en salarios, trabajo, educación, medio ambiente, compromiso con la democracia, salud y satisfacción existencial (how happy you are).

Cuando un partido –Podemos– muestra su programa y aclara que aspira a recopilar las mejores aportaciones de cada lugar (Pablo Iglesias ha hablado de Suecia, pero también de Suiza, Francia o Islandia), ignora a la vez los límites geográficos, culturales y epidérmicos del conjunto que aspira a gobernar. España siempre ha sido como es (Rinconete y Cortadillo, o El Lazarillo de Tormes, o La Vida del Buscón, o La Escopeta Nacional, o los sublimes episodios de Pérez Galdós), y cuesta pensar que vaya a dejar de serlo. Tal vez la respuesta al mal endémico esté en la meteorología (¿son distintos los españoles descendientes de aquellos alemanes que se trajo Carlos III, o de aquellos genoveses seducidos por el comercio con las Américas?). Tal vez se encuentre en una sociedad donde el núcleo lo conforma no el individuo (como en Suecia) sino la familia, con la carga tribal que a menudo ello implica, con el proteccionismo que arrastra, con esa clásica idea subyacente: robar por los míos (clan Pujol como punta del iceberg) no es robar.

Es hermoso imaginar el cuadro perfecto. Incluso trasladarle al administrado el cariño que cree merecer. Pero la prueba del algodón es un cuarto sin cámaras, un saco de dinero y un hombre frente a él. España será Suecia cuando esa escena no termine como usted y yo sabemos.

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