Políticos y Twitter

Fede Durán | 19 de julio de 2011 a las 20:36

Entre los políticos triunfa una moda. No hablo de las pulseritas, ni de aparecer paseando al perro como han hecho los presidentes de EEUU toda la vida de dios. Tampoco me refiero a correr a las siete de la mañana con el guardaespaldas a una distancia prudencial y el jefe de prensa tomando buenas fotos del momento. No, lo más in es abrirse una cuenta en Twitter para vender esa proximidad de la que tanto carecen por el síndrome poliédrico del coche oficial, los coros y coros de pelotas de partido y la profusión con que aparecen en los medios de comunicación con ese rostro tiznado de fama, gloria y estadismo (tres conceptos muy presuntos en estos casos). El problema es que la cuenta twitteriana lleva sus ilustres nombres pero no sus frases sinceras. No, los políticos están tan adiestrados contra la espontaneidad que las pocas veces que se dejan llevar la cagan. Zoido se declaró abiertamente homófobo. Y Griñán enervó al sevillismo con un guiño al pobre Betis. De ahí que necesiten otro puñado de asesores, los de las nuevas tecnologías, los encargados de elegir las frases que aparecerán como propias aunque no lo sean para que nadie se cabree ni se salga del tiesto con una confesión perfectamente asimilable cuando eres cualquier cosa menos político. ¿No sería más honesto eliminar el perfil de Griñán y crear uno para la Presidencia de la Junta? Valga lo mismo para todos los demás.

Pretender la cercanía es un error. Un político nunca gustará a todos y siempre disgustará a muchos. Los ciudadanos no creen en la política chiringuitera y maniquea, que es la que se practica en esta España de las mediocridades. Un político debe enfundarse el corsé institucional, dedicarse a pensar y aparcar el propósito de las amistades y la simpatía para foros de corte más intimista. Porque lo único que podían haber logrado vía Twitter es lo primero que han decidido suprimir: un canal directo de contacto con el gran público, con el público inquieto, con el tocapelotas observador y el crítico constructivo, con todas aquellas especies a las que poco o nada se enfrentan en sus burbujas de ego.

Elecciones anticipadas

Fede Durán | 19 de julio de 2011 a las 12:57

La principal razón esgrimida por el PSOE para aferrarse a la literalidad temporal de la legislatura es el impacto negativo que un anticipo electoral tendría en la estabilidad financiera española. La prima de riesgo, arguyen los voceros de ZP, es un depredador de olfato extremadamente sensible. Y un adelanto equivale a toneladas de sangre fresca. Los socialistas, en éste como en otros asuntos, parecen no aclararse. Hasta hace bien poco, los exégetas del rubalcabismo consideraban óptimo acortar el mandato del todavía presidente por el rebufo del mercado laboral, que ofrecerá buenos datos a lo largo del verano (los ofrece desde hace tres meses) y se marchitará cuando llegue el Tourmalet de enero (las generales se supone que son en marzo).

Zapatero repite siempre que puede que su empeño reformista es su gran razón para la permanencia. Rasputín Rubalcaba le secunda ahora, aunque posiblemente cambie de opinión tres o cuatro veces más a través de sus portavoces, escindidos sin complejos de los del patrón de cartón piedra. Entretanto, Rajoy, más impaciente que nunca por obtener la victoria que su incapacidad ya le negó dos veces, promete que España será otra desde el instante en que el PP gobierne, como si tras las elecciones no fuera a dedicarse a airear el calamitoso estado de las cuentas públicas, la dimensión insuficientemente conocida del agujero zapaterístico o el bacheado terreno de juego autonómico, donde nadie será lo que fue porque España es un país sin marca ni más proyecto que La Roja.

Si ZP se va antes, quizás el efecto sea el contrario al aducido. Los mercados pueden entender el fin de ciclo como el inicio de un verdadero periodo de reformas bestias y ambiciosas. Que Rajoy gane con absoluta debería permitirle romper el mito de su pachorra porque tendrá tiempo de reducir su popularidad a cero y recuperarla antes de la siguiente legislatura (si es que se presenta). Por otra parte, Rubalcaba ha de encomendarse a su santa habilidad manipuladora, pero tampoco debe esperar milagros. Cinco o seis meses de desfase no van a darle cincuenta escaños más. La derrota del PSOE está escrita. La incógnita no es el resultado sino la dimensión de la caída.

A Z (le voy a borrar ya la P para siempre) le puede un último impulso narcisista. Está convencido de que pasará a la historia como el Gran Reformador. RP (se la añado a Rajoy hasta que se demuestre lo contrario) habla mucho y hace poco. Tendrá que habituarse más bien a lo contrario. Que vaya preparando su equipo. Y, si puede ser, que renuncie a las mediocridades y apueste por lo mejor de su plantilla (que tampoco es que sea jauja). Cuando le den el bastoncito y le ajusten la corona tendrá que olvidarse del puro y la rajada para demostrar que sirve para lo que siempre fue incapaz: tomar decisiones firmes, evitar que sus barones le mangoneen, (re)construir país sin peajes nacionalistas. Ahí te queremos ver, Mariano. Ahí mediremos lo fundado de nuestras sospechas.

Pildorillas

Fede Durán | 18 de julio de 2011 a las 12:18

Ahí van los enlaces de tres asuntos de actualidad (más un postre).

1. La definitiva caída en desgracia de ZP ante su (segundo) periódico favorito vía durísimo editorial

2. El choque entre Trichet, Merkel y Sarkozy en una cena de octubre de 2010 donde ya se trataron algunas de las claves aún en discusión para abortar la crisis del euro

3. Un breve pero muy directo repaso al escándalo Murdoch por cortesía del New Yorker

y 4. Otra sesión mantra de la mano de zen habits, mi blog no económico predilecto

Ciencia y ficción

Fede Durán | 15 de julio de 2011 a las 12:50

OFICIALMENTE, la economía es una ciencia. Extraoficialmente, encierra considerables dosis de ficción. Asistimos pues al glorioso reinado de la ciencia-ficción, rama creativa que asociábamos en general a los marcianos y la abducción pero que destaca desde verano de 2007 por una frescura productiva tan inabarcable que abruma. La trama reparte roles según el patrón clásico: están los malos, que son las agencias de calificación; los buenos, que son los menesterosos europeos; y los polis (buenos o malos en función de las ganas que uno tenga de conspirar), que son los alemanes y los franceses.Hay un guión más o menos claro: los malos especulan para forrarse, los buenos denuncian el abuso y los polis miran para otro lado. En juego entra una jerga muy de bajos fondos cualificados donde se cuelan conceptos como el rating, los credit default swaps, el bono o la quita. Además, una plaga universal, la deuda pública, lo envenena todo: España debe, Italia debe, Alemania debe, Japón debe, Estados Unidos debe, China debe, hasta Andorra probablemente deba. Una masa abigarrada de deudores que a la vez son acreedores y que mantienen vínculos de sangre con la banca, que les debe (¿qué es si no, aunque con matices, el FROB?) y a la que deben. Si un megacontable tuviese suficiente cerebro y tiempo para cerrar las cuentas del mundo, quizás descubriese la Gran Contradicción: que el balance en realidad no es cero, que el planeta tiene consigo mismo una formidable roncha, que la economía es (otra vez) una pieza maestra de ciencia-ficción donde apenas el 8% de la masa monetaria existe en forma de billete o moneda. El resto es puro aire.

Con estos mimbres, la imaginación vuela. ¿Por qué el Eurogrupo no se rebela contra el sindicato del rating? Si las notas están viciadas, si hay tongo, ¿qué importa que los malos digan que una agencia europea tampoco sería imparcial? ¿Y el BCE? ¿Por qué sigue pagando a Fitch, Moody’s y S&P? La historieta tiene su punto cómico, desde luego.

Salvo que Truman resucite, el mundo no va a saltar por los aires. Cada década, con precisión robótica y puntualidad británica, la humanidad vivirá mejor que la anterior, consumirá y engordará más, tendrá mejores coches y viajará a esos recónditos paraísos -si queda alguno- que nuestros abuelos se contentaban con admirar en un libro de siete kilos y portada con letras doradas. Lo que sí ha logrado esta crisis tan forrada de efectos especiales es crear una legión de adeptos ansiosos por descubrir cada mañana un nuevo cadáver en el armario, una nueva amenaza, otra escena donde el malo parece tener a tiro de magnum al bueno hasta el segundo final, un segundo final eterno, congelado, porque nadie tiene aún noticias de la poli. Quizás ahí radique el éxito del culebrón. Ríanse de Los Soprano.

Confesiones de un periodista económico

Fede Durán | 14 de julio de 2011 a las 13:43

Las 9.00 es una hora razonable para levantarse siendo periodista. Comienzas el día con una sonrisa de oreja a oreja provocada a veces simplemente por la luz al colarse por las ventanas. Aún no quieres saber nada de las agencias de rating, el Íbex 35, el penúltimo desencuentro del Eurogrupo o las ocurrencias y contraocurrencias del Gobierno y la oposición. No, por la mañana no estás contaminado. Te preparas el desayuno, le echas al cuerpo la gasolina del café y te largas a nadar o a correr (¿por qué en el agua es tan fácil y sobre el asfalto tan difícil?). Te duchas y apareces después seminuevo por la redacción, un lugar diáfano adornado por el flujo radiofónico, las conversaciones entre compañeros y el suave soplido de las páginas de la prensa en esa comparación permanente con los grandes y los pequeños de este oficio. Observas el tono de las páginas web, bicheas los teletipos y calculas por dónde irán los tiros. Ahí se produce el primer roce: una empresa que quiebra, un banquero corrupto, un país en ruinas, el paro, los precios, el euríbor. Vuelves a casa para comer y charlas con tu pareja, pero el cerebro ya ha tendido un puente indestructible con el día y sus claves informativas. Hablas de los planes para la noche como si te refirieras a las vacaciones de 2027, tan largo es el camino que media del presente al microfuturo. Estás de nuevo en la redacción, enchufado al matrix de una pantalla cutre que te quema los ojos, y la avalancha es imparable: Trichet, Bernanke, Merkel, y entre medias, como telegramas de telerrealidad, Ruiz-Mateos, Ortega Cano y Marta Ferrusola. Intentas vender esperanza, sobre todo vendértela a ti mismo, pero los meses recorridos desde mediados de 2007 han sedimentado en tu espíritu un poso de claustrofóbica derrota. Observas la ciudad, la región y el país y no aciertas a comprender cómo resisten. O sí: la economía es una formidable ficción sin dinero de verdad, sin liquidez, con un montón de números rojos que nos llevarían a las puertas de una bastarda realidad: si fuese posible calcular la contabilidad universal total sideral, llegaríamos a la conclusión de que el mundo se debe un montón de pasta a sí mismo. Tecleas y tecleas, ora destilando la tasa de paro, ora los concursos de acreedores, y al final concluyes que, como el suicidio colectivo no es de momento una alternativa, siempre queda esperar, esperar que la enorme tramoya económica cambie de rumbo un día y nos diga que somos otra vez opulentos, ambiciosos y soñadores, que España es el mejor lugar del mundo, que Zapatero, Rajoy, Aguirre, Griñán, Chaves, Arenas, Otegi, Carod, Gallardón, Monteseirín, Zarrías, Aído, Aguilar (Rosa), Aznar, Valderas, los sindicatos, Botín, las cajas de ahorros y el tranvía de Sevilla son sólo una juguetona pesadilla.

Rajoy es Jeff Lebowski

Fede Durán | 13 de julio de 2011 a las 18:30

22-M: el PP arrasa con una virulencia sin precedentes en la historia democrática española y asume el mando incluso en comunidades meadas y remeadas por el yugo socialista (Extremadura). En la escena del relevo, varios dirigentes populares, con De Cospedal a la cabeza, insinúan primero y afirman rotundamente después que las arcas públicas de las comunidades ganadas para la causa están hechas polvo. ¿La culpa? Respuesta obvia.

12-J: tras la debacle del lunes negro, Rajoy sale a la palestra para vender la solvencia de España pero sobre todo de su proyecto, que por arte de magia rellenará las arcas y acabará con las telarañas. Zapatero, eso sí, es un impresentable.

La prensa anglosajona, que es la más inquieta del mundo, observa la escena y saca conclusiones. Alguien lanza la pregunta clave (un periodista español que trabaja para el enemigo): ¿Cuántos muertos más (aparte de Castilla-La Mancha) hay en el armario autonómico?

El Gobierno lo hizo fatal por lo que todos ya sabemos: 1. Negó la crisis cuando era una pequeña bola de nieve en la cima de la montaña. 2. La negó también con el ejecutivo rostro completamente embadurnado de mierda. 3. Aprobó medidas (chucherías) que movilizaban recursos públicos que en realidad no teníamos (la burbuja ladrillística, ¿recuerdan?). 4. Nadó en sus contradicciones, se mostró indeciso y trasladó a los mercados una imagen de adolescente pajillero y acomplejado.

Pero ZP reaccionó a base de guantazos internos (Banco de España, empresarios, sí, oh, incluso banqueros de diente de oro) y sobre todo externos (FMI, BCE, Merkel, Merkel, Merkel). Y hoy España es un yonqui de las reformas estructurales que aún necesita el chute de nuevos recortes y mucha más flagelación. A lo largo del proceso, ZP se ha reinventado como un hombre de Estado, un tipo valiente ante el sacrificio y consciente de la reparación histórica que un día llegará como los nietos por navidad. Zapatero, un hombre mangoneado por Rubalcaba, despreciado por la oposición y ridiculizado por la prensa enemiga (y a veces también por la amiga), se ha liberado en el ínterin: ahora se permite hasta cantarle las cuarenta a la Merkel y Sarkozy. Hurra.

Pero vamos con Rajoy, De Cospedal y el PP. ¿Cuántos fiambres guardaban estos sociatas en el armario, cuántos? Quizás los mismos que almacena cuidadosamente, con un estilo más Bonanno/Giancana/Genovese, el ala dura de su propio partido, desde Camps hasta No Tengo Un Puto Duro (en Madrid, no en casa) Aguirre. Retrocedan hasta el Gran Lebowski y a la escena en que El Nota viaja con Walter camino de no se sabe bien qué. Reciben la llamada de los supuestos secuestradores de la señora Lebowski, que habían pactado con EN la entrega de un maletín lleno de pasta a cambio de liberar a la chica, pero escuchan la voz de Walter y amagan con romper el trato porque EN debía conducir solo. El Nota contesta entonces: “¿No querrás que hable por teléfono, cargue con el maletín y sujete el volante con la punta de la polla?” A Rajoy le pasa lo mismo. Quiere hacerlo todo a la vez: desprestigiar al Gobierno mientras alaba a España sin dejar de proclamarse el mesías de la recuperación.

Deutschland über alles

Fede Durán | 12 de julio de 2011 a las 18:53

Un resumen a lo Tony Soprano de lo que deja el segundo asalto mercados vs Estados:

El BCE se ha especializado en comprar deuda soberana subprime. Lo hizo con Grecia, Portugal e Irlanda para no tener que hacerlo con España e Italia. El plan se ha ido a la mierda.

Zapatero es el primer dirigente español que se atreve a darle un par de collejas a Alemania por su insistencia en que el sector privado participe en el segundo rescate griego (medida que no deja de tener cierta lógica).

Alemania es un coñazo de país. La (presunta) perfección no es excusa para torpedear la agenda europea.

Italia ya sabe que la cosa va en serio. Ha visto la pistola de los mercados y procurará alejarla lo antes posible. Su plan de recortes recibirá el ok antes del domingo.

Nadie descarta ya una quita en Grecia.

El viernes a las 18.00 se conocen los test de estrés a la banca europea. Habrá lista negra con entidades españolas incluidas (Banca Cívica retrasa un día su salida a bolsa para “darle más tiempo de reflexión” al inversor).

De la civilización al navajeo

Fede Durán | 12 de julio de 2011 a las 14:33

One more time: la prima de riesgo (PR) mide el diferencial a diez años entre el interés que paga España (o cualquier otro país) por colocar deuda soberana en comparación con el bono (bund) alemán, tomado como referencia por su presunta solidez. Un diferencial de 350 puntos básicos significa que España le añade un 3,5% de interés al que ya paguen los alemanes. Si Grecia ronda los 1.300 puntos (13%), pueden hacerse una idea del bestial coste que supone financiar las deudas estatales en esta orgía de los mercados, la especulación y la madre que parió al rating.

Por cierto, ahora dice Bruselas que es urgente:

  1. Exigir más transparencia a las agencias de calificación dado el impacto de sus notas en la evolución de la citada PR. Si esta vez la UE no se pierde en infinitas discusiones, cuando una agencia otorgue una nota a un Estado miembro, las autoridades comunitarias deberán tener acceso a los informes internos en los que dicha nota se basa.
  2. Promover la competencia frente al oligopolio de Moody’s, S&P y Fitch (el trío calavera del rating) mediante la creación de pequeñas y mediadas agencias ¿independientes?.
  3. Prohibir las calificaciones destinadas a los países que hayan sido rescatados (como Grecia, Irlanda o Portugal).

Italia y España las están pasando canutas. ¿Caerán ambas? Si la respuesta es negativa, ¿quién tiene más papeletas para pegársela y acudir con el rabo entre las piernas a Bruselas? Argumenta con buen criterio mi compañero José Luis Benayas que lo que cuenta es la deuda pública: Italia, 120%; España, 62,3%; además de la capacidad de devolverla/refinanciarla. Vale, es cierto, pero el trío calavera sigue ahí y en cualquier momento hará de las suyas. ¿Nos dará en la boca a nosotros? ¿Preferirá merendarse a nuestros primos latinos? Se supone que estos tíos emiten sus veredictos en función de muchos otros parámetros macro. Tenemos el doble de paro (8,1% Italia; más del 20% España), exportamos la mitad y estamos mucho menos industrializados. ¿Qué pasará? Ni idea. Pero el asunto es crucial. De la civilización al navajeo made in Mad Max apenas hay unos metros.

Sígueme en Twitter: @fede_duran

Corre, joder, corre (II)

Fede Durán | 11 de julio de 2011 a las 20:35

Son las ocho y media de la tarde y el calor aprieta todavía de lo lindo en Manhattan. El sol baja hasta la línea del horizonte para hacer su último trabajo de la jornada, una faena admirada y mundialmente reconocida, dorar los cuerpos kilométricos de los rascacielos y teñir la atmósfera de naranja para que la gente sonría de vuelta a casa o, al menos, se guarde ese último insulto del día para otra ocasión. Vincenzo Pedrazzoli lo está haciendo justo al revés: no sonríe, insulta todo lo que puede mientras corre al límite, gesticulando como un sprinter, saltándose los semáforos y doblando las esquinas en busca de un callejón, unos cubos de basura desparramados y una valla suficientemente baja como para poder treparla y suficientemente alta como para que la pareja de polis que le persigue no la supere a la primera. Calle noventa y seis oeste, noventa y cinco, noventa y cuatro. A las pisadas de los polis se suman pronto varios pares de sirenas, pero aún le quedan fuerzas, aún siente al alcance de sus piernas la huida sin dejar de repasar la escena que le ha metido en este lío. La recuerda y reserva un hueco en sus pulmones para lanzar al aire otra ristra de insultos. En su cabeza, bombardeada por la amenaza de la cadena perpetua y la angustia del arrepentimiento, los hechos parpadean recién paridos.

Él simplemente caminaba feliz por la acera, respetando las fronteras de la urbanidad, atildado con ese corte clásico que siempre lucía su abuelo, cargado de flores, con un sombrero de ala corta y los satélites de su colonia danzando alrededor del cuello. Después de seis meses, dos semanas y un día había conseguido una cita con Rebeca Bruno, nieta de sicilianos y por lo tanto dura de roer en el lento proceso de la seducción. Sus pisadas dejaban en el piso marcas incandescentes de felicidad, y los demás lo notaban y se apartaban anhelantes y envidiosos. Vincenzo se sentía grácil y optimista, ajeno a esos arranques de furia tan frecuentes e indomables que le hacían perder la cabeza y con ella la memoria hasta el punto de sentirse, tras el colapso, transportado a una escena nueva, a un lugar que no recordaba haber visitado treinta segundos atrás y a un cadáver de nuca humeante con el que a veces era incapaz de establecer una conexión. Rebeca era para él una doble cima, la del amor sincero, un amor perfectamente compatible con el código sentimental del mal italoamericano, basado en el concepto de la propiedad, el silencio ante la infidelidad y el estoicismo frente a los efectos colaterales de la mafia; y la de la alianza estratégica, ya que los Bruno controlaban todo el sur de Jersey, desde las apuestas ilegales hasta la recogida de basuras. Aquella era una tarde de vino y rosas, un momento para mostrar la mejor cara y simular una perfección que ninguno de sus amigos o allegados se creería. Los pliegues afilados del pantalón, el sombrero ligeramente ladeado, la suavidad del rostro recién afeitado y unas manos gruesas pero cuidadas eran su puesta en escena, sus galones en el mayor teatro del planeta, el de la exigente, irregular y a veces puerca vida. Puerca vida. Ésa fue la cola de su pensamiento antes de que aquel chicano con acné lo arrollara. Ambos cayeron al suelo. Al principio, Vincenzo se sintió dispuesto a perdonar. Se había levantado rápidamente, preparado para tenderle la mano al chicano, que seguía en el suelo, aturdido y asustado, como si buscase a alguien o quizás como si alguien le buscase a él. Fue al tenderle efectivamente la mano cuando Vincenzo descubrió el agujero en los pantalones, unos cinco centímetros de cráter por debajo de la rodilla. Ardió su mirada, burbujeó su cerebro y retumbó su pecho. Era la furia aproximándose. Bastardo hijo de puta, rugió. El chicano alzó de pronto la vista, interrumpiendo sus torsiones de cuello. Ya no buscaba a nadie, se concentraba en medir la dimensión de la amenaza que representaba aquel hombre elegante e iracundo, intentando incluirlo en alguno de los cajones de la pirámide social. No tuvo tiempo. Vincenzo se llevó la mano al sobaco izquierdo y desenfundó, acercándole el cañón a la frente. Pedro Cruz comprendió justo antes de convertirse en un muerto más en las calles de Nueva York. Y Vincenzo despertó de sus treinta segundos de ceguera con el golpe seco del cuerpo contra el suelo y el grafiti de unos sesos negruzcos en la pared.

Por eso echó a correr y sigue corriendo. La furia, la ceguera de la maldita furia y un sumidero que se traga la cita con la Bruno y la pulcritud de su estampa. Calle ochenta y nueve, ochenta y ocho, ochenta y siete. Un callejón, unos cubos de basura que vuelca a su paso, una valla alta y baja a la vez, una puerta trasera que se abre y se cierra a punta de pistola, unas sirenas que progresivamente se apagan, un hombre que desaparece, un caso más sin resolver.

Sígueme en Twitter: @fede_duran. 

Etiquetas:

El sindicato del rating

Fede Durán | 8 de julio de 2011 a las 9:47

DOS estudiantes acaban paralelamente las carreras de Economía y Derecho. Al leer en el tablón de la facultad la última nota, esa no siempre deseada llave al mercado laboral, nuestros protagonistas lanzan un espeso suspiro y recuerdan, como quien va a morir, las imágenes más significativas de su lustro académico: las juergas, las novias, los apuntes prestados y fotocopiados, la tremenda disparidad cualitativa del profesorado, los plazos incumplidos, el agua al cuello… y aquellos zotes invariablemente sentados al final del aula, repetidores profesionales, rémoras susurrantes con carpetas sin apuntes y el tabaco en el pupitre. Pues bien, la teoría de la evolución marcará el destino de este último recuerdo, acaso el más intenso: los zotes de Derecho acabarán siendo políticos y los de Económicas ficharán por alguna agencia de rating.

Ah, el rating. Debe ser cojonudo levantarse por la mañana, mojar un donut en el café y decidir a qué pardillo vas a endosarle una nota de mierda. No importa que seas temerario o carezcas de criterio; tampoco influye que históricamente hayas errado ante realidades financieras monstruosas (Lehman Brothers). El rating está por encima del bien y del mal. Es inmune al juicio crítico y a las advertencias de Bruselas; al conflicto de intereses (potentísimos fondos de inversión son accionistas del trío calavera que conforman Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s); o al esfuerzo reformista y ahorrador del país víctima de la calificación. ¿Grecia? Bono basura. ¿Portugal? Bono basura. ¿España? Acabe siéndolo o no, basa su porvenir en una colosal garantía: mala hierba nunca muere.

El rating es juez y parte, arbitra y mangonea, amedrenta y decapita. Y todos -incluido el BCE- caen en la trampa e insisten en requerir sus servicios. ¿Nadie se da cuenta de que quien le compra hoy al Tesoro Público una letrita a cinco años se lo lleva calentito, con rendimientos cada vez mayores gracias a una prima de riesgo sin techo aparente? Nah, estiremos la loncha un poquito más, treinta, ochenta, cien puntos básicos.

¿Quién es Moody’s, quiénes Fitch y S&P? Un tipo en un despacho sin ventanas que cateaba microeconomía y gestión financiera. Un señor que a las seis p.m. apaga el ordenador y se marcha a casa, pasea al perro y se traga una peli mala en Telemadrid sin darle demasiada importancia al hecho de estrangular a esos griegos o portugueses suficientemente machacados ya por una penosa gestión política (recuerden, la otra estirpe de zotes) nacional y extranjera.

Sólo hay una forma de arruinarle el chiringuito al sindicato del rating: la insumisión, el ostracismo, la negativa unánime a seguirle el juego, a contratar sus veredictos aguados. Dicen algunos expertos que detrás de sus horribles notas hay un rastro de culpabilidad. Puntuaron tan alto en el pasado que prefieren endosar roscos ahora. ¿Por qué no se autocalifican?

Sígueme en Twitter: @fede_duran

Etiquetas: , , ,