McCain-Obama: pecados de precampaña

Fede Durán | 9 de septiembre de 2008 a las 16:27

La precampaña estadounidense es endiabladamente larga y eso castiga a los actores, que se entregan a la búsqueda de nuevos efectos especiales, y a la prensa, obligada a reinventar cada día sus conclusiones para no anestesiar al lector. Obama me cansa un poco. No deja de ser un producto más. Su mensaje es the dream by Luther King con una capa de modernidad posibilista. Siempre tiene una frase, un lema ansioso por colarse en la historia. El yes we can nos persiguió como un perro de presa y ya aburre, por eso recurrió al más sobrio y contundente enough. Él se vende como un fenómeno limpio, ajeno a la oligarquía republicana (con tantos y tan oscuros intereses), cercano al modus vivendi plebeyo. No me lo creo. Básicamente, porque Obama no es Obama sino la síntesis de los consejos de todos sus asesores, entre los que no dudo que se incluya su entregada esposa (“éste es el soñador con el que vivo”, mítica frase). Esa opinión personal fruto del estudio y las cribas no deja de ser otro producto obsesionado con sus potencialidades. El objetivo no es la sinceridad sino el voto. Como en cualquier otro país.

Domino menos a McCain. Sinceramente, seguir las evoluciones de un republicano de 72 años amigo de Bush no destella entre mis preferencias informativas. Es como cuando compras un disco de un grupo que te remite a otras mil bandas mil veces plagiadas. Acabas apagando la cadena. Su estrategia es más clásica: leña al rival hasta el suspiro final (en su caso, previsiblemente más cercano). Con los giros de tuerca no anda sobrado de imaginación: combate el efecto afroamericano con el efecto mujer (Sarah Palin), añade una pizca de puritanismo al personaje y se encomienda al presunto criterio movedizo de la votante, más entregada a la batalla de los sexos que a la de las ideas.

Luego están los medios, nacionales y extranjeros, sesudos y amarillistas, políticos y universales. Todos caen en un pequeño defecto en su afán por distraer: hasta el más mínimo detalle importa y condiciona titulares. Si Obama educó su fe con un pastor negro que critica determinadas políticas de EEUU como imperio, Obama es un radical. Si grita tres veces enough, es clavado a Luther King. Si está de excursión cuando Rusia invade Georgia, es un irresponsable sin experiencia internacional ni dotes de mando. Cada paso, cada suspiro nos lo venden como un punto de inflexión definitivo… aunque al día siguiente la visión cambie radicalmente porque McCain quizás tenga el corazón débil, se lleve fatal con la comunidad latina, desprecie la NBA y la NFL o coma espaguetis con las manos y sin limpiarse. Es evidente que Estados Unidos merece nuestra atención como primera potencia mundial y menguante poli de la galaxia. Es aún más evidente que todo lo que se cuece allá repercute acá. Sobra decir que no nos basta con los nuestros: la histérica megalomanía de Sarkozy, las bufonadas de Berlusconi, la inevitable depresión que provoca Brown, el soporífero porte de la Merkel o la utopía mentirosa de Zapatero nos dan para un ratito, pero la chicha, las estrellas (y las barras) están al otro lado del Atlántico. Esos tíos manejan el espectáculo, saben desenvolverse, inventan e influyen, son los dioses de la moda política. Tal vez, y sólo es una sugerencia distante y posiblemente ingenua y sin fundamento, al lector le apeteciera a veces desconectar de la obsesión pitonística en pro de los detalles entre bastidores, del inagotable y fascinante universo americano, de la psicología electoral.

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Watchmen (prueben desde el cómic II)

Fede Durán | 9 de septiembre de 2008 a las 12:49

Especial monográfico sobre el mundo del cómic. Cronología: Pablo Aumente, amigo y arquitecto (por ese orden), me visita hace un par de meses, en vísperas de la final España-Alemania. Cenamos en mi casa y hablamos un poco de todo y poco de mucho. Me sorprende lo bien que toca el palo de las viñetas; es casi un erudito. Entre las recomendaciones, interminables e imprescindibles, una luz más potente que el resto: Watchmen, de Moore y Gibbons. Ya le había echado un ojo. Tomo voluminoso, pegatina indicativa del triunfo de una segunda edición, precio elevado. Como la obra está celosamente precintada (ay, esas manos torpes y sucias), echo un vistazo en internet. Trazo clásico, color, estética superhéore. Decido seguir la sugerencia y cargar la mercancía hasta casa (cómo pesa, pardiez). Pasan las semanas y el libro se afianza como elemento decorativo. El amarillo de la portada sintoniza con el tablero negro de la mesa del salón. El sol, corrosivo en esas fechas, curte el práctico protector y me decido a desembalarlo ante el riesgo de afearlo. Lo abro y aspiro el olor a impresión. Comienzo ahí mismo, en mitad de mis vacaciones, mecido por la dulce languidez del ser acomodado. Avanzo noche tras noche, comiéndome el tiempo. Me dura una semana. La estructura es sencilla pero efectiva: cada capítulo acaba con un pasaje escrito y quizás más literario donde se incluyen noticias, entrevistas, extractos de las memorias de los protagonistas… El argumento es claramente político: 1985, Guerra Fría, amenaza nuclear. Los autores saben de qué hablan y confirman una vez más que para montar un cómic hacen falta un dibujante y un escritor (ambos oficios con mayúsculas). Aparece Vietnam, aparecen Nixon y Ford, aparecen Afganistán y los rusos. Watchmen plantea un giro histórico interesante: Qué habría ocurrido si el jueguecito de los misiles se nos (les) hubiera escapado de las manos. Ésa es una amenaza perenne y muy de actualidad: Rusia vuelve por sus fueros y nadie sabe demasiado bien qué cara poner.

El contexto geoestratégico te engancha, aunque no tanto como los personajes. Aquí no hay superhombres con superpoderes sino justicieros enmascarados dispuestos a dar pero también a recibir. Piensen en una de esas patrullas urbanas espontáeamente surgidas en barrios problemáticos del país, recuerden sus defectos y virtudes y hagan la traslación con una escenografía yanqui. Tampoco hay espacio para la épica. Si acaso caben matices más vinculados a los valores de cada luchador, y créanme que el retrato es tan completo que incluye casi cualquier naturaleza humana (al final los neuróticos son los seres más normales; es un consuelo). Ya puestos, Gibbons y Moore mantienen deliberadamente los pies en la tierra. Esas ensoñaciones disfrazadas nunca pierden la sospecha de lo ridículo. Añadan al conjunto un falso cameo (Historias de la Fragata Negra o cómo reinterpretar el género pirata) y los apéndices con el germen de la idea y los guiones y obtendrán la clave que buscan: Cómprenlo sin pestañear.

PD: Los cerebros atrofiados del celuloide descubrieron décadas atrás el filón del cómic. Watchmen ha caído también. Estoy tan seguro de que la película desmerecerá que no iré a verla. Las letras son a menudo más placenteras que la imagen. Al menos si imagen es sinónimo de Hollywood.

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¿El castellano contra las cuerdas?

Fede Durán | 9 de septiembre de 2008 a las 11:28

En alguna ocasión hemos tocado en este foro el asunto siempre polémico de las lenguas españolas. Catalán, euskera y gallego lo son desde una perspectiva estrictamente geográfica. Ese diario que tan bien conocemos y reacciones tan encontradas genera pone la cuestión sobre la mesa con un lema contundente: El castellano está en peligro. ¿Lo está? Como hay mil y pico millones de chinos habrá que concederles a ellos la medalla de oro. Nada se habla tanto como el mandarín. Después viene el inglés, que es lo más parecido al esperanto. Y tenemos a nuestro representante nacional en el bronce, menos aparente pero igualmente significativo. Ésta es la macroteoría, pero aprovechando mi estancia de tres años en Barcelona me gustaría descender al universo micro, centrándome, obvio, en el catalán. Ahí van algunas conclusiones basadas en la práctica.

1. El falso mito: Si usted visita Barcelona o cualquier otra localidad del entorno, el 90% de los nativos cambiará automáticamente de idioma si el suyo no es el catalán. Además, tanto en la capital como en Tarragona (en menor medida en Girona y Lleida) el porcentaje de hispanoparlantes es mayoritario. Cornellà no es una fantasía felipista: en sus calles suenan acentos del sur.

2. El mito verdadero: La Administración autonómica y local sí es otra cosa. Sin el idioma no puedes trabajar allí. Es en cierta forma lógico, pero a la vez difícil de compatibilizar con el principio de igualdad de derechos. Vale el asterisco citado en el punto número 1. Alguien con educación y corazón cambiará el chip cuando la comunicación sea imposible (cosa ciertamente complicada: el catalán es sencillo… y hermoso).

3. Los políticos: Podría hablar de otro falso mito. Tuve la suerte de conocer a algunos buenos espadachines (Joan Ridao, Miquel Iceta, Joan Boada, Joan Saura, Josep Rull, Felip Puig, Josep Piqué) y todos ellos, en la más estricta intimidad de una conversación cara a cara y a sabiendas de que hablo catalán, tenían la deferencia de recurrir al castellano. Carod es caso aparte. No importa.

4. Los comercios: El pragmatismo del negocio supera con creces su vertiente espiritual.

5. Las amistades: Comprensión, señores. Si uno ingresa en el círculo, habitualmente mixto y por tanto bilingüe, tendrá que acostumbrarse a esas charlas en estéreo. Si dos catalanes catalanoparlantes despachan en catalán nadie debería tirarse de los pelos sino aguzar el oído y aprenderse la copla más por gusto que por necesidad. Así, una noche inopinada saltas al ruedo y arrancas exclamaciones (no siempre admiraciones) y el reconocimiento colectivo de tu esfuerzo simbolicomacarrónico. Con el tiempo engrasas la cadena y hasta te lanzas al vacío en ruedas de prensa.

6. La familia: No deja de ser más de lo mismo. Quien se apareja con un oriundo sabe que las puertas de su casa están abiertas de par en par hasta el final del pasillo. Imaginen una aldea tarraconense, pan con tomate, bosques y autoconstrucción: allí también se sentirían en casa, reforzarían sus habilidades para desenvolverse en estéreo y dormirían acunados por el vino de la tierra sin mirar cómo está etiquetado.

7. Los medios de comunicación: Aunque cualquier programa se gestiona en catalán y la clase dirigente procura eliminar cualquier rastro del castellano, las cosas no son tan tan negras. Hay espacios donde cada invitado recurre a su lengua; otros donde directamente el presentador se adapta al entrevistado y hasta pequeños oasis (Especialistas Secundarios era/es un buen ejemplo).

¿Peligro, pues? Objetivamente, no. Caso por caso, familia por familia, individuo por individuo, puede que sí. Negar a un niño su escolarización en castellano no es justo o injusto sino dudosamente constitucional. Muchos sienten amenazada su lengua, un pececillo marginal que lucha contra los elementos. Ningún Gobierno ha logrado jamás contener un terremoto. Tampoco la Generalitat frenará el predominio del castellano en su propia tierra. Pero entre el miedo y la resignación deberían existir ganas de entendimiento.

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El verdadero milagro está en el Báltico

Fede Durán | 22 de agosto de 2008 a las 13:25

Arranco un nuevo periodo de entregas con espíritu renqueante y disposición a la recuperación inmediata de la actividad cerebral. Nada mejor que hablar de mi última experiencia empírica, la anteriormente citada ruta báltica, ni tan ilusionante ni tan intensa como otras que tuve la suerte de completar pero no por ello despojada de apuntes de interés. Desde una perspectiva comparativa, y apenas guiado por el contraste visual, lanzo ya mi primera conclusión: la supuesta pobreza, o más exactamente el supuesto retraso respecto a los grandes de la UE no es tal. El Índice de Coches de Lujo (ICL), por ejemplo, deja al parque automovilístico español a la altura del betún. Hablo deLituania, Letonia y Estonia, países vecinos y hasta cierto punto parientes que no obstante presentan, a ojos de este inexperto cronista báltico, algunas diferencias.

Lituania. Algunas de sus medallas le avalan como el país con mayor tasa de crecimiento de la UE, el primer productor mundial de lino y muy probablemente la factoría genética con mejores piernas femeninas a este lado del charco. Su población es quizás la más compacta del triángulo. Vilnius (Vilna, según leo últimamente en los mapas) es una capital pelín aburrida con un bonito casco antiguo y doce millones de pizzerías. Aparte de los zeppelines (papatas rellenas de carne con una textura similar a los ñoquis), aún me pregunto cómo es la comida nacional. Fronteriza con Rusia por abajo (Kaliningrado), no sufre/se beneficia de la permeabilidad que sí muestran los letones.

Letonia. Tan boscosa y plana como la anterior, destaca por una distribución étnica muy asimétrica: los rusos dominan Riga (desordenada, ligeramente canalla, es lugar más divertido del viaje) pero desaparecen cuando uno se dirige al mundo rural. La sensación de riqueza palidece pero no desaparece. Afortunadamente, ningún miembro de la expedición sintió la necesidad de comprobar cómo siguen los niveles de susceptibilidad letones en el delicado asunto banderil.

Estonia. Se consideran nórdicos mucho antes que postsoviéticos (de hecho, todos los habitantes de este pedazo de Europa apartan con una mueca de asco esa herencia) y algo de razón llevan. Un salto en ferry a Helsinki confirma las afinidades. Tallinn es la campeona en belleza. Limpia, restaurada, plagada de españoles e italianos y también de berlinas caras en durísima competencia con Lituania.

Todos nos planteamos la misma cuestión. ¿Cómo es posible tamaño bienestar aparente? ¿Es una proeza comparable a la progresión española o impacta más aún? Y, sobre todo, ¿cuáles son las fuentes de riqueza que permiten montar un escaparate tan resultón? El turismo es un filón, obviamente, y lo explotan con inteligencia (es decir, con unos precios acordes a la optimización de la capacidad de gasto del turista comunitario estándar). Lituania le pega fuerte a la biotecnología, pero se supone que Andalucía también y miren cómo nos va (al menos estadísticamente). También progresan con la energía nuclear. Son los proveedores del área. Letonia apuesta por la agricultura y la metalurgia. Estonia por las TIC y por un flujo constante con Finlandia, Suecia y Alemania. El sector servicios, claro, pesa lo suyo en los tres casos, pero en general estas abstracciones macroeconómicas no me convencieron del milagro. No quiero obviar los fondos europeos. ¿Está ahí la clave? Tantos factores conjuntamente considerados podrían satisfacer moderadamente al eterno preguntón que llevamos dentro. Y retomo lo del milagro hispano, que ya no me parece tan magnífico ni envidiable pese a serlo, porque si nosotros veníamos de Franco estos tíos lo hacían de Lenin y sobre todo Stalin (georgiano, por cierto, ahora que Rusia sacude al enemigo pobre y pobre enemigo); y por geografía, idioma o población era más sencillo que España triunfara parcialmente (ladrillos, calamidades paisajísticas, hipotecas, inflaciones y agujeros educativos aparte).

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Receso estival

Fede Durán | 28 de julio de 2008 a las 18:03

Esta tarde, la última antes de un receso estival de 15 días, me gustaría salirme una vez más del tiesto para valorar la experiencia de plantar, regar y cosechar un blog fundado en abril y por tanto aún cachorro.

Desde la perspectiva del autor, la experiencia ensancha y revaloriza la profesión con la interacción que permite internet. Un artículo sin los contrartículos de los lectores parece más bien una pieza de museo cuya vitrina apenas gozase de un día de exposición. Las opiniones enriquecen en la medida en que fabrican o alientan otras opiniones. Y el proceso no se cierra nunca. He ahí la grandeza de un sistema que ganará enteros conforme las ediciones digitales suplanten mayoritariamente a las escritas. Cuatro meses de trayecto me han deparado sorpresas (gracias, Traductora), amistades incipientes (Pep) y sesudas colaboraciones que vigorizan el foro (Piarpa, Sera, Fendit, Asere, Dani, Guille, las Ratas Almizcleras de Barcelona y los que me dejo en el tintero no por maldad sino por olvido).

Y, como un blog siempre ofrece un perfil autobiográfico y cercano del que carecen otras modalidades comunicadoras, dejo en pantalla algunas pinceladas relacionadas con varios de los asuntos que nos han ocupado y nos entretendrán aún en el futuro.

En política poco se puede añadir cuando irrumpe agosto. Seguro que alguien publica un reportaje sobre las corbatas de Rajoy, las aficiones deportivas de Zapatero o los perros de Llamazares. Sean benévolos: no hay peor mes para afrontar el miedo a la página en blanco. Yo, perdónenme, desactivaré el radar y encerraré en una cámara subterránea las imágenes de la redacción. Por no abandonar del todo a quien busque estímulos en este maniqueo y machacón ámbito, me remito a modo de enlace a una interesante reflexión de Vidal-Beneyto sobre la capacitación idiomática de nuestros líderes.

La vena literaria no me abandonará ahora que dispondré de tiempo. Aprovechando mi inminente escapada (Lituania, Letonia, Estonia y San Petersburgo), le hincaré el diente al clásico de John Reed Diez Días que Estremecieron el Mundo. Quizás quede ya lejos la efervescencia comunista de aquellas crónicas, pero la excusa del entorno geográfico es igualmente buena y algo podré rascar en la nueva superficie capitalista del triángulo báltico.

En casa dejaré, a medias y con pena, Jimmy Corrigan: El chico más listo del mundo, un cómic de Chris Ware que redimensiona un arte cada día más digno de admiración y, como dije en otra ocasión, tan versátil que hace dudar sobre su verdadera posición en el subjetivo podio del mundo creativo.

Últimamente me he puesto las pilas con el cine. Tenía trabajo acumulado y he logrado dejar las deudas a la mitad. Han caído Ocho y Medio (definitivamente, Fellini no es mi hombre, con perdón de los ortodoxos); Pijama para Dos (comedia clásica que en mi humilde opinión ni se acerca a las mejores de Billy Wilder); Los Olvidados (Buñuel sí está en otra galaxia); la bilogía de Cronnenberg Una Historia de Violencia-Promesas del Este (segunda visión en ambos casos) y Funny Games II (a Haneke le conocen bien algunos de los opinadores habituales del blog).

Echaré de menos la natación, deporte que practico con asiduidad; las cervezas en El Salvador, para las que vale la reflexión anterior, y la cada vez más imposible (en verano) Cádiz.

Un abrazo a todos y hasta pronto. Sobrevivan.

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¿Somos racistas?

Fede Durán | 22 de julio de 2008 a las 18:56

La eterna pregunta provoca inevitablemente la eterna respuesta. En absoluto lo somos. España es un país libre de prejuicios donde la convivencia entre razas y pueblos está garantizada. Primera objeción: el aserto se tambalea echando un vistazo a nuestros políticos (e incluso a veces a nuestros vecinos: el famoso individualismo íbero retratado por Madariaga vía Historia de España o por Herzog vía Aguirre y la Cólera de Dios).

Aterricemos en el imprescindible terreno de la práctica. Hace una semana me desplacé en coche a Córdoba, ciudad a la que me unen vínculos de todo tipo casi desde que nací. Allí viví mi infancia y un buen trecho de mi adolescencia. Los escenarios de mis sueños se localizan invariablemente allí, así que pueden hacerse una idea de su influencia. Crucé el puente de San Rafael y aproveché el imperativo de los 50 km/h para echar un vistazo a los flancos. Vi la fuente donde tantas veces bebí a la salida del instituto o tras un partido de baloncesto. Dos turistas equipados con bicis de alquiler hacían cola junto a un grupo de gitanos rumanos (por abreviar, en adelante los citaré simplemente como rumanos). La estampa me pareció interesante: las dos caras de la moneda del movimiento transnacional. A los turistas, rubios y pálidos, nadie les pondrá mala cara ni les vetará en comercios o restaurantes. Los rumanos son, según Berlusconi y buena parte de los oriundos con quienes conviven, lo más parecido a las ratas de dos patas cantadas por Paquita la del Barrio.

¿Somos racistas? Probablemente sí. No obstante, si se ahonda en la reflexión pueden alcanzarse conclusiones más benévolas. La diferencia la marca sin duda el modelo de integración. Nadie demoniza, por ejemplo, la presencia de la comunidad africana en Lavapiés. Tampoco los paquistaníes despiertan excesivos recelos en El Raval. Son capas adaptadas, no superpuestas, a otras. Las teterías magrebíes de Granada, los kebabs turcos de toda la Península o la comunidad nórdica de Barcelona colorean el paisaje urbano. ¿Qué pasa entonces con los rumanos? Me llamó la atención leer las entrevistas de Kaplan a los germanos y húngaros de Transilvania: llamaban a sus compatriotas gitanos sin basarse precisamente en criterios étnicos.

No conozco a ningún rumano, aunque durante una breve estancia en el hospital toda mi familia convivió con un joven matrimonio al que no se me ocurriría atribuirle la más mínima pega. ¿Qué sucede con ellos? Sucede, quizás, que se apartan mayoritariamente del modelo occidental de residencia para aplicar, por necesidad o tradición, la filosofía nómada de los campamentos. Campamentos que, por cierto, han existido siempre en España. Y con variedad de acentos y procedencias. No descubriré la pólvora enumerando las pegas de este tipo de asentamientos, así que me ahorro el párrafo y planteo directamente la cuestión: ¿Cómo se soluciona el problema si se tiene en cuenta, sobre todo, que cuentan con la condición de ciudadanos de la UE? ¿Existen medidas específicas para encauzar estos flujos de población (educación, concienciación, ayudas)? ¿Serviría de algo intentarlo? Me cuesta imaginar a un mongol renunciando a la estepa o a un chino (matiz: chino de China) aparcando su habitual siesta sobre la acera. Es su forma de vida. A la vez, sudo para encontrar una vía que compatibilice idiosincrasia y urbanidad. Lo que hacen los rumanos es lo que ya hacían nuestros gitanos, parte integrante de España que jamás ningún Gobierno se ha molestado en reconocer e integrar seriamente. El problema no es de nacionalidades sino de compromiso. Y admito que el compromiso sólo es viable cuando ambas partes lo asumen. Algún lector podría recurrir a la pintoresca y nada ficticia imagen del burro en la terraza de un edificio marginal o de protección. Otros, seguramente, entenderán que habría bastantes familias dispuestas a respetar y disfrutar las comodidades de una vivienda de verdad, sin paredes de madera carcomida ni techos de chatarra.

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Cadena perpetua

Fede Durán | 15 de julio de 2008 a las 16:40

El regreso de Iñaki De Juana Chaos a la vida exterior tras dos décadas de condena no ha servido para cumplir el mandato constitucional de la rehabilitación social. Asesino de gesto fiero, mirada penetrante y españolísimos padres, afirma siempre que puede que no se arrepiente de nada (vocablo que incluye a sus 25 muertos). Ahora resulta que su mujer, una abertzale prototípica (fea, morena y de espaldas preferentemente anchas), ha pedido una hipoteca para comprar un nidito de amor en San Sebastián, justo en el mismo bloque donde residen algunas víctimas del terrorismo. No existen mecanismos legales que permitan por ahora impedir tamaña humillación. La congoja se multiplica además por las circunstancias: no se trata de un ser redimido y depurado.

Nuestro sistema penal falla. A los 40 años de condena máxima aprobados tras la última reforma del Código les crecen los enanos. Hagan cuentas. Con rebajas y subterfugios, a De Juana sus bombas y/o tiros en la nuca le han salido baratos: 19 años por 25 vidas, pese a que en su caso el tope jurídicamente aplicable todavía era de 30 años. ¿Cómo se puede corregir el defecto? Hay dos opciones. La primera es la pena de muerte para todos los terroristas, pero Ani Difranco lo canta y yo lo suscribo: responder a un crimen con otro crimen nos conduciría a un callejón sin salida, al menos desde una perspectiva ética. Nadie tiene derecho a disponer de la existencia de otro. Y que conste que se trata de pensamientos en frío. No quiero imaginar qué pasará por la cabeza (y el corazón) de los familiares de las víctimas de ETA. La segunda vía es la cadena perpetua para quien no demuestre arrepentimiento. Suscribo esta opción con el siguiente silogismo:

a) Quien no se arrepiente no se rehabilita.

b) Quien no se rehabilita desmonta la lógica del paso por la cárcel tal y como lo concibe nuestra Carta Magna.

c) Si el mecanismo deviene ilógico, mejor cambiar el mecanismo.

Pienso asimismo en la naturaleza de los crímenes terroristas. A diferencia de un ladrón o un yonqui, el etarra delinque por motivos ideológicos, y encauzar las ideas (las ideas que implican matar, ni más ni menos) no siempre es tarea sencilla. El observador puede añadir otros supuestos comparativos. El violador o el pedófilo, por ejemplo, espectros envilecidos a menudo por una tara psíquica. ¿Son enfermos los etarras? ¿Lo son los guerrilleros de las FARC? ¿Lo eran Franco, Hitler o Pol Pot? En la medida en que sus delirios imponían garrotes y hornos crematorios, claro que sí. ¿Les libraba la fantasía psicopática de sus responsabilidades? Nunca. Aunque los tres murieran, con distintos matices, por sus propios medios.

¿Recuerdan precisamente Cadena Perpetua, la peli protagonizada por Tim Robbins y Morgan Freeman? Con la tenacidad que TVE y Canal Sur demuestran al reponerla al menos dos veces al año y teniendo en cuenta que se estrenó en 1994 (el cálculo acongoja: 28 apariciones como película de la semana como mínimo), seguro que sí. Cada equis tiempo, una comisión de expertos analizaba cada caso y decidía si el preso estaba o no preparado para el regreso a la calle. Sería una forma de matizar el alcance de la condena eterna: también ésta sería revisable; también el etarra conservaría una última esperanza de ver la luz sin la celosía de las rejas. Y tendría que ser muy buen actor o mejor persona para trasladar al minitribunal el brillo de su nuevo espíritu. Por optimismo que no quede.

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Madrid la veloz

Fede Durán | 10 de julio de 2008 a las 12:29

Madrid la veloz, eterno debate. Es curioso el vínculo de los andaluces con la capital: nunca tiende a la equidistancia sino a los extremos. Amor u odio sin demasiados matices. A mí la ciudad nunca me ha matado, pero le reconozco méritos. Su vida cultural, tradicionalmente alejada de la vanguardia barcelonesa, recorta distancias año tras año. La velocidad, generalmente enemiga, se convierte a veces en aliciente. También es el paradigma arquitectónico y empresarial de la España gigantona, esa que adelanta a Italia y amenaza a otros países de las grandes ligas. Luego están sus reductos: La Latina, Lavapiés, Malasaña; distintos paisajes bajo el mismo cielo. Concedo pues a Madrid la virtud relativa del claroscuro, pesadumbre precedida de energía o viceversa.

Lo malo es aparecer allí en un mal momento. Por ejemplo, durante el congreso federal del PSOE (4-6 de julio). Pides asilo y un viejo amigo cineasta se apiada y te ofrece un digno zulo en Lavapiés cuyas estrecheces se diluyen gracias a una hospitalidad incondicional y a esa pátina multiétnica del barrio. Atrapas un plano del Metro (cómo crece el condenado; me recuerda el enjambre de Tokio) y echas un vistazo al destino laboral (Palacio Municipal de Congresos, Campo de las Naciones) en busca de la combinación de trasbordos más rápida. Maldición: dos cambios de línea en el mejor de los casos. Te echas el portátil a la espalda (a veces cuesta entender que la tecnología pese tanto), compras un par de plátanos al tendero paquistaní y enfilas el objetivo.

Pese a mi desorientación inicial, un cartelón del PSOE me sopla cuál es el edificio. Los chicos de seguridad conservan ese aire matón seguramente alentado por el pinganillo y las espaldas de gimnasio. Una señora de prensa busca mi nombre en la inmensa lista de acreditados, me da el colgante con mis datos digitalizados y me abre las puertas de la casa socialista. Un congreso más que empieza. Invoco al lupo para que esta vez el aburrimiento sea benévolo y me permita llegar vivo al domingo.

La cosa no estuvo mal. Saludé a algunos grandes del periodismo y ratifiqué mi convicción de que Madrid es la (única) meca de la información política española. Conocí a nuestro corresponsal, Jorge Bezares, un tipo noblote y vehemente que me recordó vagamente a Walter Sobchak, el ex marine reconvertido en profesional de los bolos del Gran Lebowski. Luché a muerte contra los caprichos del ordenador hasta colarme en las páginas del periódico para rematar crónicas adelantadas en el fiel aunque sosote word.

Lo peor: nos confinaron en la planta -4, lejos de la luz y del sonido de los pájaros (alguno queda en Madrid). Aquello parecía un refugio antinuclear. Todo un detalle que los socis sí se expusieran al peligro del bombardeo desde la frágil planta cero. Nos dejaron el búnquer. Nos regalaron la vida. Lo peor II: el rancho fue lamentable. El primer día apenas repartieron unas botellas de agua (la mirada del repartidor era tipo Te Hago El Favor de Tu Vida Así Que Póstrate). Alguna voz debió trasladar la alarma a las más altas instancias porque la segunda jornada reconvirtió lo frugal en abundante. Bocadillitos de tortilla y chorizo, café, palmeras y cerveza. El domingo supusieron los organizadores que ya estaba todo el pescado vendido, así que retomaron y radicalizaron la senda inicial: la caza del último botellín de Bezoya fue dramática.

Cuando ZP despacha su discurso de clausura se precipita el epílogo. Te quedan dos horas de tajo pero los operarios te desmontan media sala de prensa sin contemplaciones. Los que viven en Madrid se despiden. Los desplazados luchamos contra el crono y pensamos en el AVE o en el Boeing o en la moto. Imaginamos nuestro regreso al hogar, los 40º de Sevilla, los 32º de Cádiz, El Salvador y Bolonia, la dolce vita sin Mastroianni pero con otras divas urbanas. Sonreimos en nuestros asientos mientras el cansacio cierra los ojos. El ordenador ya no pesa. Las proclamas plomizas tampoco.

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Micromemorias V (la púrpura)

Fede Durán | 2 de julio de 2008 a las 12:22

Sí, la púrpura, el boato, el contacto entre hombre y deidad. Tarde o temprano se produce. Te llaman, te ofrecen una entrevista con el ministro Moratinos y dices que por supuesto. La primera señal inquietante es el método elegido para el encuentro: un asesor me explica pacientemente que debo viajar temprano a Madrid, hacer tiempo y regresar en el mismo AVE que su eminencia. Entonces se producirá la fusión. Lo de madrugar se supera con un paseo hasta Santa Justa. Cada golpeo del pie contra la acera te abre algo más los ojos. Hacer tiempo tampoco es complicado. Cruzas Atocha y te mezclas con los colores del Reina Sofía y Lavapiés, alcanzas la convaleciente Latina (ay, los anoches), regresas por Callao y disfrutas pese a la contaminación y el ruido un tramo de la Castellana. Lo bueno de la capital es que en pequeñas dosis se deja disfrutar. De nuevo en la estación, compras una chocolatina belga de tres euros (te arrepientes de inmediato del derroche) y te vas flechado al vagón correspondiente. Número tal, asiento cual. La vieja liturgia del viajero de alta velocidad, completada minutos después con la muy española tormenta de conversaciones telefónicas, el rodillazo inquieto de quien custodia aleatoriamente tu respaldo y el lento percutir de las azafatas ofrecetodo.

Suena el teléfono justo cuando el instinto de la siesta se te cuela con sutileza. Es el asesor. Me indica la ruta: clase club, segundo vagón, saloncito especial de popa. Allá voy, grabadora en mano, chaqueta sin corbata, aspecto de náufrago rehabilitado, las nociones básicas del lenguaje de los hombres aún frescas en mi memoria. Las chicas sirven el menú. Huele regular. Me dejan pasar sin preguntas ni miradas censoras. Enfilo la recta final y allí me espera la compuerta de cristal, última barrera entre la tierra y el cielo. Pulso el botón de apertura y casi me choco con Trinidad Jiménez. La saludo, pero ella apenas me obsequia con una media sonrisa cansada. Asimilo que soy mortal, plebeyo y pagano.

Moratinos está sentado. Es un señor voluminoso que quizás por pura economía decide no levantarse al saludar. Me tiende una mano mórbida y me observa sin interés. A su lado, Carmen Caffarel. Enfrente, dos asesores (el de las llamadas y otro que asiente voluntarioso). La Jiménez entrará y saldrá de la sala según transcurre la entrevista. Calentamos motores con un par de frases protocolarias, bien enlazadas en el caso de todo un jefe de la Diplomacia; menos flexibles y plásticas en mi caso. El ministro tiene prisa. Sirven el rancho, así que mejor comenzar ya. Enciendo la grabadora (de nuevo me tranquiliza esa lucecilla roja que atrapa las palabras y les hace cambiar de dueño) y pregunto. Zas. Se cabrea a la primera. Enumera sus argumentos y los expone con el hartazgo propio de un profesor que explica por enésima vez al alumno torpe la correcta conjugación del futuro simple del verbo comer. Los suyos le animan con el convencimiento propio del empollón que sí sabe de que va la cosa. Sigo. Dos, tres, cuatro preguntas más. El índice de mosqueo fluctúa, explota o se estanca. Una ligera pausa relaja el ambiente. Las azafatas les sirven. Gazpacho de primero. No recuerdo el segundo. Yo no como. Ni me lo ofrecen ni quiero. Sigo. Alianza de Civilizaciones, EEUU, Venezuela, Israel. Todo es cojonudo para el ministro. Todo es discutible para el periodista. La grabadora marca la media hora. Se acabó. Un pequeño interrogatorio sobre mi historial profesional y la cortesía de Caffarel construyen el epílogo.

Otra vez en mi asiento clase turista. El tren agujerea Andalucía a muchos kilómetros por hora. Montañas borrosas, verde, agua, Despeñaperros. Toqueteo mi bolsa de viaje y recuerdo mi última compra, el cómic de Bardín El Superrealista. Lo rescato y lo empiezo. El Perro Andaluz de Buñuel invita a un hombrecillo a la dimensión desconocida del superrealismo, donde torres con ojos y cíclopes conviven en abstracta armonía. Un gato y un caballo adulteran los sueños de Bardín travistiéndolos en pesadillas. Olvido la púrpura y regreso feliz a mi mundo.

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Campo de fuerza

Fede Durán | 30 de junio de 2008 a las 11:44

Me van a permitir que sea pesado. Lo hemos hecho. Hablo de fútbol, claro, pero también de las consecuencias de la victoria en otras escalas. España se consagra como multinacional del deporte (José Sámano, El País) y lo hace sin los lastres habituales en su (des)orden político. Un país distinto es posible. Nos muestran el camino desde ese otro ámbito tan lúdico y a la vez tan intenso y comprometido. ¿Es lógico que un nacionalista, pongan como ejemplo a Urkullu o Puigcercós, declare en la previa que va con Rusia o Alemania? El egoísmo cegador les lleva a desear el mal de los suyos. Porque, recuerden, en la selección también juegan vascos y catalanes. Y, por cierto, ayer sonreían y festejaban como el que más.

He vivido el campeonato con inusual intensidad, al borde del colapso físico, aunque mi mente, como la de esos guerreros rojos, se ha portado algo mejor, inyectando sosiego donde los músculos sólo veían tensión. Ha sido hermoso, créanme. Un grupo de amigos unidos por conversaciones nocturnas, sueños imposibles y una progresión lenta pero segura hacia la cima, aún increíble un puñado de horas después, sentado en esta butaca móvil de respaldo tramposo, ante la pantalla de siempre, rodeado de zumbidos de fotocopiadora y máquina de café.

Los campos de fuerza existen. La mente también juega. Un hermanamiento a tiempo es una victoria. El fútbol, cuando se viste de etiqueta, genera alegría. ¿Cuántas otras disciplinas lo logran? El trabajo se queda cortísimo por su miopía antiequipo. El amor es una suerte de cara a cara donde el resto no suma sino que observa. Quizás se le acerque la familia, o esa otra familia de los amigos, despojada del lazo sanguíneo y por ello sometida a veces a mayores contingencias.

Un apunte competitivo: España no ha mostrado complejos, fisuras o miedos. Sabía que vencería mucho antes que nosotros. Veintitrés eran un todo. A ver si se nos pega algo.

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