No es tan trepa como parece

Fede Durán | 20 de mayo de 2008 a las 20:18

Lo he comentado en el periódico, pero el asunto me entusiasma tanto que profundizaré vía blog. Resulta que Gallardón va a salirse con la suya, al menos en parte. Nada es total en la vida salvo la muerte, que no es sinónimo sino antónimo aunque ambos acontecimientos estén fuertemente engarzados. El hombre tendrá un trocito de la tarta de Rajoy, que se supone será el jefe al menos hasta 2011, cuando el auténtico congreso del PP (el de ahora es una pamplina) coloque sobre el tablero la relación de fuerzas y aspirantes.

A mucha gente de izquierdas le gusta ver al alcalde arriba. Les cae bien porque le consideran moderado, o como mínimo simpático, o inteligente, o preparado para administrar lo que casi nadie sabe. En verdad, ninguna de sus medidas indica que esté abonado al progresismo, pero ésta no es una reflexión nueva sino un dato sencillamente silenciado entre quienes le consideran un amigo en tierra enemiga.

A mucha gente de derechas el personaje se les atraganta porque le consideran moderado, o como mínimo simpático, o inteligente, o preparado para administrar lo que casi nadie sabe. No, no se trata de frases repetidas sino aplicables a distintos sujetos. Es lógico. Sus virtudes son también sus defectos y el consumidor escoge en función de sus apetencias.

¿Qué deberíamos esperar de un Gallardón secretario general, por ejemplo? Desde luego, más diálogo del que ofrecía Acebes. También más cultura. En sus comparecencias, colará referencias a Albéniz. Y los más espabilados proyectaran en sus mentes, gracias a esa subliminal inteligencia, la imagen inefable de Cecilia Ciganer, pariente lejana e icono de los detractores de Sarkozy. Nos ofrecerá emociones fuertes en forma de intriga. Sus demonios habitarán dentro, en Génova, en su propia casa. Aguirre se transmutará en alguien menos sospechoso de conspirar y lanzará una candidatura alternativa. El PSOE y todos los apátridas de la política disfrutarán muchísimo con las evoluciones del drama.

A mí Gallardón no me cae mal. No porque me convenza su piel de cordero sino porque jamás ha ocultado sus ambiciones. No es por ello más trepa: es más sincero que la interminable tropa de aspirantes adictos al disimulo y las dobleces.

El sueño de una mañana de verano

Fede Durán | 18 de mayo de 2008 a las 20:19

11.00. Madrid, mañana calurosa. No queda muy claro si los pájaros cantan o se quejan, pero al invitado le importa lo justo porque llega en un coche oficial perfectamente aclimatado. Una fila de fotógrafos más o menos estresada saca codos y empuña cámaras. El invitado se sabe la coreografía. Unas palabras al chófer (“pásate dentro de un ratito, esto no dará para más”), pasos decididos hacia la escalinata y saludo al anfitrión, que aguarda arriba, en su cénit, sonriente y satisfecho. Toda la secuencia está trufada de clics. Son los objetivos que se abren y cierran como ojos de gato en busca de una imagen potente. Los veteranos saben que es difícil lograrla cuando las caras y los gestos se repiten año tras año.

El anfitrión y el invitado enfilan la puerta principal y giran el cuello por última vez. Son coquetos. Y recelan respectivamente. Suena el pestillo y cae el telón. Están solos. O casi. El anfitrión muestra al invitado el pasillo que conduce al salón donde charlarán (paredes encaladas, cuadros de artistas desconocidos pagados a precio de lingote) y marca un número en el móvil. “Ya puedes venir”, ordena. Mientras esperan al tercero, le ofrece al otro agua sin gas. La oferta no mata. El otro prefiere fumar. Nota en el bolsillo interior de la chaqueta la silueta de un habano, pero doma su impulso. Quiere dar ejemplo aunque no sepa muy bien por qué. Para amenizar los minutos previos, conectan el piloto automático y diplomático. Curiosamente, se entienden. Menudo verano infernal. El tráfico no tiene remedio (aunque no lo sufran porque no conducen). La playa está colapsada por hordas de amantes de lo masivo. El Madrí y el Farsa han vuelto a patinar en Europa. Qué caros están los pisos pese a la crisis (en verdad, la frase tampoco les afecta).

Al cabo aparece el tercer hombre, que en realidad es una mujer bastante atractiva y mucho más letrada que ellos. El anfitrión la presenta como la traductora. El invitado se fija en ella. Tiene un lunar junto a la mejilla. Por un instante, se desconcentra. Sin darle la mano, ella toma asiento justo en mitad del sofá que queda libre. Sus labios esbozan una mueca de equidistancia. Que nadie pregunte cómo se consigue eso.

Pese a que el lenguaje político de ambos es antagónico, ahora pueden hablar con libertad, sin miedo al malentendido. Ella lo destilará todo, adaptándolo al oído ajeno.

-No sé qué quieres exactamente -arranca el anfitrión. La traductora procesa con abrumadora velocidad, tanta que casi solapa su voz con la del traducido.

-Quiero parecerme a ti -contesta el invitado.

-No me extraña.

-Pues debería. Sólo lo hago porque tú ganas y yo pierdo.

-Como siempre.

-Debo pedirte un favor. Cuéntame tu secreto. Demostrarás más valentía que nunca. Incluso te querré desde mi odio.

-¿Te gusta Dylan? The answer is blowing in the wind.

-¿No vas a ayudar a un enemigo?

-Parece mentira que no me hayas calado todavía. Sencillamente, improviso.

-Pero necesitarás una instrucción previa, ¿no? No sé, una especie de entrenamiento en una academia norteamericana.

-Lo llevo en la sangre.

-Dame pistas, hombre. Algún nombre al que acudir.

-Prueba con la clonación.

-Pero entonces no seré yo.

-Tampoco lo eres ahora.

El anfitrión se levanta. Suficiente por hoy. Despide a la traductora y acompaña al invitado al umbral. Regresan al idioma común, a la jerga sin intermediarios. Las camisas de manga corta lucen menos pero enfrían más. Está bien tu nueva limusina. Tu corbata tampoco está mal. Quedamos pronto. Eso es. Quizás en unos meses. Cuando octubre suavice la Meseta.

Se aprietan las manos lánguidamente. Las cámaras se han esfumado. El coche del invitado derrapa y levanta unos chinos. Sale un tipo fornido que le abre la puerta con ademán robótico (ay, el irresoluble problema de las pesas y la flexibilidad). El invitado agacha la cabeza y cierra la puerta. Clap. Cristales tintados. Se acabó.

El anfitrión permanece de pie, en su cénit. La soledad le arropa, parece embelesado. Piensa en sí mismo, en la razón de su potra -desconocida por todos, incluido él mismo-. Piensa en el desagradable concepto de la caducidad, que es como la muerte pero aplicada a los yogures o la política. Piensa en su invitado, tan inseguro, tan adulador, tan rematadamente ingenuo. Enlaza finalmente ambas imágenes, caducidad e ingenuidad, y piensa en 2012 y en 2016 y en 2020. Se siente imbatible. Mientras el otro esté.

El invitado enciende en el interior de la limusina el puro del que quiso y no pudo dar cuenta antes. Aspira profunda, ávidamente e impregna la tapicería de olor a Cuba. Las caladas disimulan sus suspiros. La soledad, procurada por un tabique separador, le angustia sobremanera. Corre la portezuela que le aleja del chófer y el robot anabolizado y siente ganas de hablarles, de desahogarse, de compartir su miseria espiritual. Soy mejor que él, murmura. Nadie le escucha.

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Micromemorias IV (el caos)

Fede Durán | 15 de mayo de 2008 a las 12:26

Hay un escenario especialmente temible en cualquier redacción. Cuando las agujas del reloj se alojan en la zona alta, cuando la cuadratura del diario parece más cerca, cuando sueñas con echar el telón hasta la siguiente batalla, a veces, sopresiva, furtivamente aterriza en la bandeja de entrada una noticia devastadora e imprescindible que te obliga a remover el puzzle y arrancar de cero. Entonces llega la crisis. Una crisis de pequeñas dimensiones, desde luego, muy doméstica y ombliguista, pero suficiente para desestabilizar al personal y desatar sus nervios.

Los nervios en sí mismos no son malos. Cada cual los exterioriza a su manera. Hay quienes gritan no se sabe muy bien a quién o a qué. Otros prefieren enrojecer y salivar. Estos tiempos de datos comprimidos también alimentan el recurso al iPod y a sus milagrosos archivos: el rock, el jazz o el flamenco han evitado más de un ataque de ansiedad. Están los graciosos deslenguados, esos que de repente, con las prisas y la tensión, se convierten en metralletas dialécticas. Es su forma de expulsar los gases. Hay auténticos maestros en esta materia. Quizás se trate del hip hop del periodismo. Aparecen las hormigas estalinistas, trabajadores silenciosos e incansables que no demuestran fisuras ni varían el gesto ni desperdician una gota extra de sudor. Y, claro, entre tanta raza de informadores destacan los jefes, que son las luces y las sombras, tumba o brújula según el humor o la competencia, batuta condicionante del ánimo general. Nadie dijo que dirigir sea fácil.

Los detonantes dependen de la sección. En política, por desgracia, manda ETA. Sus bombas destrozan agendas y acaparan páginas. Interesantes son asimismo las comparecencias o notas informativas donde se anuncian retiradas por agravios acumulados o desavenencias irreconciliables. La suerte es que algunos líderes tienen corazón y se pronuncian a horas decentes. Peor nos caen esos otros que lo dejan para el último suspiro. Y, claro, están, con perdón y el mayor de los respetos, los muertos, que casi nunca eligen cuándo despedirse. Si el desenlace se preveía, un jefe aplicado tendrá preparadas desde hace tiempo varias páginas biográficas. Si irrumpe con alevosía, la maquinaria se aprieta los machos y llueven los marrones. Se buscan refuerzos, se piden voluntarios, humean los móviles. Cuando encima entra en juego el Factor Fin de Semana, estás perdido. Olvídate de la cena apalabrada y de la socialización anhelada. No estás solo ante el peligro, pero casi.

Por cierto, debo dejarles. Suena el teléfono rojo. Volamos hacia Moscú.

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Kosovo y el paralelismo vasco

Fede Durán | 13 de mayo de 2008 a las 12:39

En febrero de este año, el Gobierno vasco, a través de su portavoz, celebró la independencia unilateral de Kosovo como el enésimo ejemplo de que el sueño secesionista del nacionalismo es posible. Cualquier ruptura les vale, cualquiera cabe en el marco de su espejo. Ahí están las repúblicas bálticas, ahí Ucrania, ahí Chequia y Eslovaquia. Chesterton, que era un inglés tan lúcido que molestaba, escribe en su Breve Historia de Inglaterra que el pasado no es como era sino como la gente lo recuerda. Los herederos del alucinógeno Sabino Arana siguen la premisa de pe a pa. Les importa bien poco la historia de Kosovo, y por extensión la de Serbia y todos los Balcanes.

Ellos prefieren el paralelismo sencillote, basado en dos premisas tan contundentes y optimistas como huecas: 1. Los conflictos de identidad se pueden resolver de manera pacífica y democrática en las sociedades modernas. 2. El derecho a la libre determinación plasmado en la legislación internacional sigue vigente.

No soy quién para darle lecciones al muy letrado Ejecutivo vasco, pero me choca que considere pacífico y democrático el provisional epílogo kosovar. Se obvia el desarrollo, el nudo, para centrar el objetivo en la foto final, tramposa como todas las fotos porque recorta una imagen que excluye el contexto, a menudo más importante que la propia realidad captada. Kosovo, el campo del mirlo o del cuervo según las aficiones ornitológicas del traductor, ha sido de todo menos un sitio tranquilo. Allí han convivido, con preeminencia serbia y frecuentes tirones de orejas, albaneses, rumanos, turcos, búlgaros y judíos. Allí estableció su cuna nacional y simbólica la Serbia de la dinastía Nemanjic (al menos durante doscientos años kosovo fue un auténtico emporio en varios órdenes de la vida). Allí se mataron serbios y turcos en 1389. Allí se aplicó el yugo otomano durante cinco siglos. Allí se conviertieron al islam los cristianos ortodoxos serbios. Allí comenzó el lento pulso entre la mayoría serbia y la minoría albanesa (hoy la estampa es la contraria). Desde allí se produjo la Gran Migración (1689). Allí experimentó Tito y masacró Milosevic. Menudo espejo, amigos nacionalistas.

El derecho a la autodeterminación internacionalmente validado merece apenas dos líneas. Una vez más, se aprovecha un concepto básico de la emancipación frente al colonialismo como comodín para satisfacer el caprichoso apetito propio.

Como la historia, igual que la energía, no se crea ni se destruye sino que se transforma, PNV, EA e incluso los esquizofrénicos chicos de EB (IU en castellano) se agarran a su propia versión con entusiasmo. No es precisamente sorprendente. Los vascos destacaron por su honor y su patriótica audacia entre los descubridores y conquistadores de América. También brilló Churruca pese al monumental repaso que nos dio la armada británica en Trafalgar. Vasco era Unamuno. Y tantos otros fanales. ¿Acaso cuenta? Lo que cuenta, dirían off the record desde las cámaras reales de Vitoria, es que una mayoría étnica cuyo pasaporte es el Rh negativo se siente oprimida por el expansionismo opresor del Estado español, también conocido como Estado maketo en el tabernario mundo proetarra. Ellos, los vascos puros, serían como los albaneses de kosovo pero con mucha más pasta. El resto, nosotros, como los serbios, esa masa venida a menos que al final tendrá que irse.

La República de Iberia

Fede Durán | 5 de mayo de 2008 a las 19:03

La historia no ha alentado la fraternidad entre españoles y portugueses, aunque cohabitación hubo. Entre 1580 y 1640, tres Felipes (II, III y IV) gestionaron un imperio al cuadrado con distinta suerte. El azar alentó la breve unión: ni Sebastián I tuvo prole ni Enrique I El Casto quiso (o pudo) desmerecer su apodo. Los Habsburgo tuvieron ojo y supieron jugar sus bazas en ese culebrón que son los tronos y las sucesiones. Volemos raudos al presente para recuperar aquella realidad pasajera y engarcémosla con el ejercicio de política-ficción predilecto de Saramago. ¿Es posible repetir la jugada? Según la vieja premisa de Marx, por supuesto que sí. Además, ya no tocaría que la cosa acabara en drama sino en comedia. ¿Se imaginan un hermanamiento presidido por el humor? Vecinos de uno y otro lado de la frontera bebiendo oporto, o rioja, o cava a la orilla del Tajo. O del Atlántico. O del Mediterráneo.

Habría que reorganizarlo todo, claro. Propongo una triple capital Lisboa-Madrid-Barcelona. La diagonal ibérica. La envidia de Europa. Lisboa pondría la belleza melancólica. Madrid la electricidad social bien entendida. Y Barcelona el toque vanguardista. Para evitar los celos, el triple poder también se repartiría. El Gobierno, en Madrid. El Congreso para Lisboa y el Senado para Barcelona. ¿Y los jueces? Podrían echarlos a suertes. ¿Demasiado despilfarro? Bueno, pues que los grandes líderes se aprieten el cinturón y mejoren la gestión. Menos coches oficiales, aviones y helicópteros fletados y recepciones de lujo. Si el superviviente civil puede hacer frente a la reestructruración de su economía cuando llegan las eras de miseria, ¿acaso no pueden ellos, sobradamente preparados, bajar el listón palaciego?

El nombre no debería ser un quebradero de cabeza. República Ibérica suena mejor que Iberia porque no recuerda a ninguna aerolínea. Recurrir a los híbridos es otra opción, aunque ninguno destaca por su musicalidad. ¿Espagal? ¿Portuña? Tampoco hay que acuñar moneda: ya tenemos el euro. La bandera podría mantener en medio el rojo que ya exhiben ambas enseñas (en el centro unifica más) y añadir el amarillo español y el verde portugués. Si las bandas fuesen verticales, seríamos parientes de Camerún, por ejemplo. Si optamos por el look horizontal, el clon se llama Bolivia. Nuestro potencial turístico se ampliaría y superaríamos a Francia como gigante del sector. La comida, oh, la comida ya no tendría parangón. Ni los vinos. Ni la exquisita combinación de paisajes.

Más crucial es el tema de la Liga. Lo razonable sería mantener el cupo actual de 20 equipos pero, ¿con qué cuotas? Diez y diez parece un reparto desequilibrado dado que en España el nivel es superior. Además, se trata de trasladar a la competición el peso de 45 millones de habitantes frente a sólo diez. Nuestros hermanos lusos, evidentemente, protestarán. Primer agravio comparativo sobre la mesa, dirán. O diez escuadras o nada de nada. Lo malo es que nos fastidiarían el invento cuando estaba casi listo. Habrá que descatalogar la bandera, desterrar la denominación nacional, renunciar a la diagonal capitalina y beber oporto o rioja pensando que son brebajes riquísimos, sí, pero propiedad del otro bando. Saramago ya no existirá y no quedarán culturetas que rememoren aquel remoto matrimonio de 60 años. Y la culpa será del fútbol. No hace falta citar a Trillo para saber lo que diría ante tamaño despropósito.

Enséñame la pasta

Fede Durán | 30 de abril de 2008 a las 12:30

El lunes tuve la oportunidad de visitar la nueva sede de Esquerra Republicana en Barcelona (C/ Calabria). Acostumbraba a pasarme por la anterior. Menudo cambio, pensé. Propiedad frente a alquiler. Amplitud contra estrechez. La progresión electoral ha permitido a estos chicos parecerse un poco más a la oficialidad, hundir las extremidades en un hipotecón y fardar de casa con olor a barniz. Se lo han currado. Paneles de madera en las paredes, claraboyas en la planta noble, tecnología silenciosa. Abajo, en el sótano, es más difícil que los euros maquillen el efecto zulo, pero aun así los interioristas han salvado con dignidad la situación. Hay cuatro salas con nombres de otros tantos colores. Los tabiques son móviles, de manera que las ocasiones especiales permiten transformar el espacio en un imponente rectángulo donde el líder, pese a su grandeza intrínseca, parecería demasiado pequeñito a los camaradas del extremo opuesto.

Me explica mi cicerone que los cuatro cuadrados convertibles en rectángulo no son la alcoba real. Hay otra. Encendemos las luces y la veo. Es quizás la sala más fea. La guía señala con el índice una silla metálica sin lujo ni incrustaciones. “Ahí se sienta Carod“. No puedo reprimir el impulso y me siento también yo, imaginándome él por unos segundos (peliaguda transmutación) , dominando el entorno pese a la cercanísima amenaza de Puigcercós, el gran rival, acomodado en la silla contigua, a escasos quince centímetros.

La guinda, sin embargo, es la sala de prensa. Me sorprendería, salvo acontecimiento extraordinario (no sé, algo así como que Carod anuncie que cambia de sexo), que haya suficientes periodistas para llenarla. Al fondo, la pecera de los traductores. Encaramada en la palestra, junto al atril, a mis espaldas, una secuencia incansable de logos de ERC. Otra tentación me sugiere que imite a Joan Ridao frente al micro bífido. Mi catalán no es tan bueno, pero decido que los asientos vacíos y plegados son periodistas. Me hace gracia estar por una vez en la orilla opuesta. También comprendo la extrema incomodidad gestual de quienes suelen acompañar ahí arriba al portavoz de turno; son estatuas nerviosas que lo flanquean y sonríen siguiendo el consejo de los asesores (Smiles On The Air sería un buen título para una canción de Sinatra).

A lo que vamos. Todo esto es posible porque ERC ha engordado. Es como un equipo que juega la Champions. De repente, comienzas a recibir pasta por cada diputado extra y sumas y sumas y te emocionas ya no tanto por el resultado electoral sino por los sueños materialistas que se le escapan a tu imaginación. Entonces pides el superpréstamo y te embarcas en la aventura inmobiliaria. Y después llegan los comicios nacionales y caes de ocho a tres diputados. Sacas la calculadora y resoplas. Ostras. No contábamos con esto. La prensa airea la crisis del independentismo catalán. Puigcercós anuncia que competirá con Carod por el liderazgo. Voces menores se añaden a la contienda. Piensas en la hermosa batalla de las ideas que se avecina. Un partido auténticamente democrático, sin complejos autoritarios (ejem, señor Rajoy). Un momento. Un hilillo de lucidez se te cuela en la cabeza. ¿No será que el motor de toda esta historia es en realidad el dinero? ¿Y si esta gente no llegara a fin de mes? La cuestión es tan crucial que, de enquistarse, incluso haría olvidar un ratito la independencia a quienes la propugnan. Lo primero es lo primero.

Historia de amor

Fede Durán | 22 de abril de 2008 a las 19:35

Historias de amor hay infinitas. El desamor llega luego, pero eso hoy no cuenta. Si encima la trama se despliega sobre un buen escenario (reyes tiranos, palacios suntuosos, despilfarro, genocidio), el éxito de la curiosidad está asegurado. Viajemos a Rumanía. Fijemos el calendario en 1925. Por las calles de Bucarest se contonea Elena Lupescu. Esbelta y pelirroja. Ojos verdes y piel lechosa. Ocurrente, extrovertida. Un partidazo de 30 años. La cámara se detiene cuando ella pasa. Los hombres se giran y dejan de respirar. Entre ellos, uno especialmente poderoso. Viaja en coche de caballos y ordena frenar al cochero. Es el príncipe Carol, futuro Carol II, mujeriego empedernido, tal vez superior en potencia y conquistas al mismísimo Casanova. Ella está casada con un oficial del Ejército. Le importa bien poco. Él, incluso casado, quiere otro trofeo. Le importa mucho. Surge la chispa y arranca una relación que durará 28 años.

Carol es un veleta. Renuncia un par de veces a sus derechos sucesorios antes de agarrar bien fuerte el cetro. Le llueven los problemas: pasa olímpicamente de la Constitución rumana, que prohíbe el matrimonio entre la realeza y la plebe (su primera mujer procedía de las cloacas terrenales). Incordia al pueblo con su noviazgo con la Lupescu, que es judía pese a las conversiones de su padre el famacéutico (de hebreo a ortodoxo) y de su madre la ama de casa (de hebrea a católica). La amante es una tipa dura de roer, curtida en el contexto más desfavorable. Como dice Robert Kaplan, no había entonces peor lugar de nacimiento para un judío que Moldavia, a la sazón parte del reino. Lo que nadie sabía es cómo se lo acabaría montando la pequeña Elena.

Ambos se divorcian para despejar el camino. No se casarán hasta mucho después (1947), aunque lo harán a lo grande, en Rio de janeiro, en plan precursores de las bodas tipo Elvis de Las Vegas. Vamos a la chicha. A Carol II, cuyo reinado se alargará una década (1930-1940), le crecen los enanos. En concreto, uno bigotudo y chillón llamado Adolf y apellidado Hitler. El superdictador (lo de super es para diferenciarlo de Carol, que se autoproclamará lo mismo pero en chiquito en 1938) se encapricha de un tal Codreanu, un rival peligroso responsable de fundar la Legión del Arcángel Miguel, antisemita, militarista y bastante lunática. Hitler le suelta a Carol que Codreanu es su favorito para exterminar judíos y de paso azotarle también al resto del pueblo, con especial mención para los campesinos rumanos, históricos sufridores natos. El Rey lo ve claro. Se carga a Codreanu y a trece legionarios más. Los chicos del Arcángel montan en cólera no sólo por los asesinatos sino porque quien los ordena se acuesta con una judía y expolia las arcas del país. Carol está dispuesto a pelotear a Hitler pese al bofetón que supone haberse cepillado a Codreanu, así que autoriza persecuciones y ejecuciones sumarias contra el malvado colectivo judío. Su Elena no cuenta. Eso sí que es amor. Al final, los enanos se convierten en gigantes: los aliados de Rumanía caen uno tras otro (1940) y el monarca se ve obligado a rascarse el bolsillo territorial. Cede cuñas del país a la URSS, Hungría y Bulgaria. Una multitud se concentra frente al palacio real en Bucarest y grita al unísono “Abdica!” (igual en rumano que en castellano; bondades de las lenguas romances). Carol capta la situación al vuelo. Prepara el equipaje, que incluye no sólo a la Lupescu sino varias decenas de millones de dólares (un fortunón en aquella época) y se las pira sin mirar atrás. Hace escala en España y Portugal y se instala en México. La altitud castiga a Elena. Se mudan a Brasil y de allí a Estoril. Carol la casca de un ataque al corazón en 1953. Ella vive plácidamente hasta 1977.

Una vez muerto, el dinero sirve más bien poco. La pareja está enterrada en el Monasterio de San Vicente de Fora (Lisboa), en dos féretros tan modestos que parecen colocados allí eventualmente, a la espera de que llegue el enterrador y los revenda a un museo de segunda categoría.

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Prueben desde el cómic

Fede Durán | 20 de abril de 2008 a las 19:39

Siempre he pensado que al cómic sólo le falta la música para convertirse en la disciplina artística definitiva. Tiene imagen, prosa y poesía. Y es tan versátil que toca de lleno la política hasta convertirla en algo mucho más simpático. Cuando sondeo a amigos y conocidos, la respuesta es invariable: se trata de la sección más aburrida del periódico. Bien, pues también aquí existen vías de escape para llegar a la misma estación desde trenes tan estimulantes como el de Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 2007).

Quizás el fenómeno más célebre de los últimos tiempos lo represente Persépolis, de la iraní Marjan Satrapi, quien explica con humor y altas dosis de ironía la transformación de su país tras la caída del Sha y la irrupción de la revolución. Su prisma es tan lúcido que logra retratar sin excesivo dramatismo el paulatino desencanto de todos aquellos compatriotas más próximos a los valores occidentales que al fanatismo religioso. Aunque ahora, acostumbrados a Almadineyah, cueste creerlo, representaban un importante trozo del pastel social.

Tenemos también al dibujante-reportero Joe Sacco, autor de obras descarnadas, sin concesiones a la lírica, como Palestina o Gorazde. El texto, y a través de él la información, adquieren un peso enorme. Para enfrentarse a su trazo es mejor elegir un día soleado sin ex novias rondando el ánimo.

El clásico entre los clásicos es Maus, de Art Spiegelman, hijo de un judío polaco que sobrevivió al exterminio nazi. Conviene ser flexible antes de abrir el tomo porque dentro no encontrarán hombres sino ratones (las víctimas) y gatos (los verdugos). El relato no se limita a recrearse en la truculencia sino que añade el trasfondo psicológico del protagonista y del propio autor, enmarañado en el extraño vínculo que surge entre quien besa la muerte antes de esquivarla y quien nace y se cría lejos del drama (aunque lo lleve en los genes).

Mi favorito, sin duda, es el canadiense Guy Delisle. Su trabajo de director de animación le ha permitido conocer medio mundo y un par de lugares políticamente especiales: Shenzhen (China) y Pyongyang (Corea del Norte). La paradoja es que la faceta industrial le permitió alimentar su vertiente creativa con dos historias entrañables y brillantes. Recuerdo que un amigo me sugirió Shenzhen justo antes de viajar a Pekín. No le hice caso porque lo leí a la vuelta, pero me impresionó la facilidad con que Delisle dibujada-relataba el abismo que separa las mentalidades de un blanco y un asiático. Lo mejor es que además el tipo es tan rematadamente gracioso que te permite disfrutar esa magnífica sensación de la risa a carcajadas en el Metro o el bus ante la mirada inquieta del pasaje. En Pyongyang, finalizado dos años después, logra superarse. Es probable que no existan muchos documentos con retratos tan fieles de uno de los regímenes más herméticos del mundo. Y el drama deja de nuevo un generoso hueco a la sonrisa, así que no teman acongojarse.

Sin conexión política el universo de la historieta se multiplica por mil, pero entrar en una tienda por vez primera y atreverse a comprar algo tiene una ventaja: el nivel es altísimo; es difícil equivocarse. Ahí tienen, por ejemplo, a un par de españoles que rozan la estratosfera: el andaluz Miguel Brieva, joven luchador que ha logrado salirse con la suya tras años de autoedición con su filosófico e iconoclasta Bienvenido al Mundo, y el veterano Max, padre de Bardín el Superrealista. En ellos y en su obra se concentra la grandeza del género: toneladas de cultura, ausencia de prejuicios, talento pulido a base de empeño.

Uno de los míticos en EEUU es Daniel Clowes, una especie de David Lynch del cómic. Su ascendencia es tal que incluso le encargan las portadas de algunas pelis (Happyness). Siempre me engancha, aunque si he de recomendar una sola lectura, propongo Como Guante de Seda Forjado en Hierro. Saboreen ese mal sueño. La escuela francesa, o mejor francófona, no se agota con el quebequés Delisle sino que añade dos perlas a la corona: Manu Larcenet y Frederik Peeters. Para el primero, el mérito de haber ideado la serie más próxima a la idiosincrasia del treintañero europeo estándar (hipocondría, inmadurez, miedo al compromiso) a través de Los Combates Cotidianos. Para el segundo, el honor de una apabullante versatilidad que le lleva a firmar piezas maestras como Lupus (una suerte de psicotrópico Blade Runner) o Píldoras Azules (basado en su experiencia con una novia seropositiva) o prestar su lápiz a otros para lucirse (RG, con Pierre Dragon, es la última prueba). Antes de despedirme (yo también tiendo al infinito cuando pienso en el cómic), una pieza distinta y distinguida para la estantería, Macanudo, de Liniers, o el preciosismo suave pero sesudo.

Micromemorias III (el coronel)

Fede Durán | 14 de abril de 2008 a las 13:04

En toda plaza manda un coronel. Y entrar en contacto con él, recortar la distancia que separa el cielo de la tierra, impone. Mi primer gran entrevistado fue Joan Clos, ya ex ministro y quizás hoy abatido tras perder su pedrería por la irrupción de Sebastián y el escaso cariño que le profesa el PSC. Hace un lustro, cuando era alcalde de Barcelona, pedí la vez y me la concedieron no sin superar antes algunos de los trámites habituales, entre los que por suerte no se incluían plegarias ni ramos de flores. Para el jamón tampoco me alcanzaba, pero no hubo problema. Su jefa de prensa era una chica maja de origen andaluz, como tantas veces sucede allá. Yo ya conocía a toda la oposición (Xavier Trias, Alberto Fernández Díaz) y a los socios de Clos (Imma Mayol y Jordi Portabella), así que los socialistas debían sentir una especie de obligación moral que satisfacieron sorprendentemente pronto.

El Ayuntamiento se ubica, como el Palau de la Generalitat, en la Plaça de Sant Jaume. Pleno centro, barrio gótico, guiris y colorido movimiento. Normalmente entras por una puerta lateral, aunque si la cita es importante (y en este caso lo era) te hacen dar algún rodeo para que comprendas que el palacio es tan suntuoso como el líder que lo gestiona. La verdad es que el edificio impone: mención especial merece su capilla, oscura y pulcra, un lugar en el que tal vez puedas lograr la paradoja de casarte por lo civil de la mano de tu concejal favorito.

Pasillos y antesalas, bedeles y asesores, guardaespaldas y secretarias. Siempre prudente, dejando que la chica de prensa marque el ritmo. Al final, te sientan en un butacón frente a las mismas puertas del rey. Huele a rancio. El edificio es viejo. Seguro que crujen sus paredes. La puerta chirría y te dicen que puedes pasar, que el jefe te espera. Repasas las preguntas, seis o siete, no más (a veces es bueno confiar en que la conversación te llevará por derroteros imprevistos), compruebas que la grabadora no ha muerto y suspiras.

Ahí está. Se levanta y te estrecha la mano. El radar me indica de inmediato que cuida los detalles. Sobre su formidable mesa de madera (¿caoba?) descansa un ejemplar del Financial Times. El despacho es de techos altos y ventanales, pero huye del barroquismo. Anochece. Me ofrece asiento, elijo el que creo menos noble y compruebo que la chica de prensa aprueba mi decisión. Nos sentamos y charlamos. Es el warm up, el calentamiento previo a la batalla. A los cinco minutos consulto inquieto mi reloj. Es hora de arrancar. Que sea lo que deba ser. Le advierto que encenderé la grabadora. Sin problema. El piloto rojo brilla. Bien. Puedo concentrarme en las preguntas.

Hablamos de economía, de política, del espíritu de la ciudad, de sus deficiencias y atractivos, de sus aspiraciones. Se sabe la lección. Tiene cifras en la cabeza, las expone dándote a entender que eres un principiante. Decido atacar los flancos más débiles. Me decepciona su falta de autocrítica. En el momento más tenso, dobla una pierna sobre la otra y le veo no sólo el calcetín sino también la pierna, nada peluda pero dudo que depilada. Clos no le cae bien al partido, pero tampoco es tan malo. Sencillamente, no conecta. Es lo opuesto a Zapatero. Sabe más aunque guste menos. Han pasado tres cuartos de hora. Nos despedimos. Al salir del despacho, la chica me pide un favor. “Pásame la entrevista cuando la hayas transcrito”. Lo hago. Me llama a los dos días. “Me gustaría cambiar un par de frasecillas”. Es el segundo favor. Compruebo el impacto que las correcciones tendrían en la entrevista. Bah. Son cuestiones más de estilo que de fondo. Le contesto que no hay inconveniente. Me da las gracias.

Publico la página 72 horas después. Paso la mañana intranquilo, pero nadie llama ni me topo con sicarios a la puerta de casa. Abro una cerveza y pienso en el siguiente coronel.

La felicidad de Islandia

Fede Durán | 11 de abril de 2008 a las 17:23

John Carlin es uno de los mejores reporteros de El País. Buena pluma, mejor perspectiva. Como canta El Gincho (Alegranza!, 2007, disco obligatorio), de lejos se ve mejor. Coloquen a su altura sólo a unos pocos elegidos: Enric González, Soledad Gallego, Ramón Besa. Hace un par de veranos, Carlin publicó una serie de historias sobre Islandia. Era un precioso y minucioso retrato de la isla. Sus palabras transmitían admiración y esa clase de amor aplicable no a las personas sino a la geografía. La semana pasada, el periodista británico desempolvó su idilio cuasiártico con un extenso reportaje para el dominical del diario. Su tesis: Islandia es el mejor país del mundo por un buen puñado de razones. Por ejemplo, la cantidad de nacimientos, la esperanza de vida, la economía, el sistema educativo y sanitario, el concepto hiperflexible de la familia -con divorcios que no implican dramas sino uniones más amplias y heterogéneas- y, especialmente, la felicidad que impregna cada islandés poro.

Contra los argumentos cuantitativos poco cabe objetar. ¿Su sistema financiero arrasa? Me lo creo. ¿Su bilingüismo típicamente nórdico permite soñar con una de las mejores redes universitarias? Factible. ¿Son unos hachas en el I+D? Enhorabuena. Pero, ¿de verdad es posible calibrar la felicidad? ¿Cómo se hace? Carlin se basa en un estudio cuya credibilidad sustenta en parte la conclusión de que los rusos son los más desgraciados. Sí, seguro que se trata de una nación repleta de adictos al vodka cuyo principal objetivo vital consiste en: 1. Engrosar el círculo de protegidos de Putin; o 2. Sobrevivir a las mafias, estatales o no, y largarse a las primeras de cambio para no acabar como Litvinenko o Jodorkovski… Y los chinos, ¿no podrían competir por ese puesto? ¿Qué me dicen de los paupérrimos indios (de India y de las indias)? ¿Y de África, siempre expoliada, siempre olvidada?

Vale, hoy nos ocupa la dicha. Los islandeses proclaman a los cuatro vientos la suya y lo hacen sinceramente, sin atisbo de prepotencia o chovinismo. Es indiscutible que si uno se cree feliz tiene todas las papeletas para serlo. Ésa es la clave. Pero no por ello deja de tratarse de un subjetivísimo tema. Habrá que ver cómo aguantan allí el lóbrego invierno. Y el frío. Y el síndrome del aislamiento. Y la ausencia de una cultura culinaria como la mediterránea. Y el hecho de verse obligados a exportar casi cualquier cosa. Si Carlin le preguntara a un andaluz sobre su estado espiritual, probablemente le diría que gana un asco, que el Ayuntamiento es de lo más chapucero, que cada mañana la esquina del portal de su casa huele a orina y que el divorcio le ha chafado su fe en el amor, aunque a la vez admitirá que disfruta de una de las mejores primaveras del mundo, de la cultura callejera a ella asociada, del placer del ritmo suave, del Atlántico y el Mediterráneo. Y, todo ello, pese a la desidia de nuestros políticos, empeñados en eternizarnos en la mediocridad. Quizás se trate sólo de distintos tipos de felicidad. Así uno aparca más fácilmente sus sospechas sobre la medición de conceptos tan etéreos.

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