Operación Armada

Fede Durán | 5 de mayo de 2014 a las 12:14

Entrevista a Pilar Urbano

Para Truman Capote, su extraordinaria retentiva era la grabadora. Pilar Urbano (Valencia, 1940) alega exactamente lo mismo en la profusa reconstrucción de charlas de Estado recogida en La Gran Desmemoria (Planeta, 2014), su reciente best-seller. “Normalmente tomo unas notas e inmediatamente las vuelco al ordenador. Escribo a qué hora empieza y termina la entrevista y cómo vamos vestidos, esto último más por coquetería. También hablo varias veces con la misma persona de las mismas cosas, por si cambia las palabras o añade algún dato”, explica.

–[Contexto: Urbano desvela en su último libro la supuesta Operación Armada, una jugada para sustituir a Suárez por un militar con la connivencia incluso del PSOE]. ¿Le han parecido desmedidas las reacciones?

–Las reacciones han sido de color azul Borbón. Sabía que al Rey le incordiaría recordar lo que prefiere olvidar. Lo que no me imaginaba es que se iban a plegar de un modo tan lacayuno personas tan independientes, amigos míos a los que no les pregunté por el 23-F: ni a Martín Villa, ni a Pérez Llorca, ni a Arias Salgado les pedí esa información.

–¿Hay alguien en disposición de confirmar lo que usted relata?

–Todos. Catedráticos, historiadores de Connecticut, Italia, Mérida, Granada. Periodistas. Alejandro Rojas-Marcos. Abel Cádiz, que fue presidente de la UCD en Madrid. Anasagasti, que sabe lo que se le ofreció a los vascos. Había un estado de sospecha nacional. Viví como periodista todo lo que cuento ahí y ahora como historiadora. El primer testigo soy yo. Yo he estado en todo esto. Lo hablé con Suárez antes, durante y después. Estaba muy descolocado y dolido. Adolfo le dijo al Rey que se la había metido doblada.

–El Rey pensaba que mandaría más cuando eligió a Suárez.

–Creía que iba a ser como Franco pero en monarca. Torcuato [Fernández-Miranda] le dijo: tienes que ser un gran rey, no un pequeño caudillo. Él no legalizó al PCE ni trajo la democracia de partidos. La Constitución la quería de otra manera. Quería que el poder militar fuese un cuarto poder. Suárez, Lavilla, los que hicieron la Constitución, tuvieron que plantarse. Suárez subrayó una vez que tenía la obligación de proteger al Rey del Rey mismo. Don Juan Carlos seguía creyendo que la política exterior y militar la hacía él. Llega un momento en que Suárez le estorba. Le espeta: eres un arroyo seco. No fue muy escrupuloso al pensar que se puede sustituir al presidente sin pasar por las urnas.

–¿Definiría la Operación Armada como un golpe de Estado?

–Fue un golpe de Gobierno. Estaba hecho entre civiles, toda la crema política civil menos vascos y catalanes estaba ahí.

–Lo incomprensible según su versión de los hechos es que el Rey y la crema optasen por un militar.

–Rojas-Marcos me contaba recientemente que en un avión coincide con Felipe González en julio de 1980 y éste le habla de la Operación Armada. Cuando Alejandro se entera de que el relevo es un militar, se lleva las manos a la cabeza. ¡Después de 40 años de dictadura! Múgica va a ver a Armada por encargo de Felipe al menos dos veces. Y a Roca y a Pujol. Fue un consejo de la Internacional Socialista: si en un spot de cinco minutos Suárez fue capaz de mover un millón de votos, había que centrarse en él. De ahí la moción de censura de mayo de 1980. Lo que queda demostrado en este libro es que en la primavera de 1980 el Cesid presenta un proyecto corrector del sistema desde dentro del sistema y al Rey le parece bien. El Rey se lo cuenta entonces a Jaime Carvajal Urquijo, que le contesta sin complejos: “Eso es primorriverismo puro”.

–Menudo enfado el de Manuel Fraga cuando se entera de que el Rey prefirió a Suárez.

–Fraga se encierra en su despacho y grita: ¡no estoy para nadie!. El Rey le quiere en el Gobierno de Suárez, le llama y no se pone. Luego le pide a Botín padre que lo intente, pero tampoco funciona. Fraga era una gran cabeza pero tenía un temperamento autoritario. “No hay mejor terrorista que el que cuelga de un palo”, solía decir. Luego tiene el mérito de meter al partido (AP) en la democracia, pero Fraga estaba también en la Operación Armada.

Areilza también se veía de presidente, más si cabe que el propio Fraga.

–Trató al Rey como si fuera su pupilo. Hay un documento americano desclasificado que lo cuenta: cuando el Rey va a EEUU a decir que iba a hacer la democracia, Areilza prepara todo: el viaje, el discurso, el protocolo… está asistiendo al Rey como un ayo, y el presidente Ford y Kissinger comentan luego: “Wste ministro ha estado áspero, le preguntábamos al Rey y nos contestaba él”. Ahí es donde patina Areilza, que incluso organiza un encuentro privado con Kissinger para parcelar lo que va a ocurrir cuando él ya sea presidente. El Rey le detectó cierta prepotencia. Si hubiese sido presidente, habría querido una Constitución más elitista, no le apremiaban tanto las izquierdas ni las bases obreras. Suárez sí tenía conciencia de que había un pueblo impaciente y había empezado a hablar con todos clandestinamente. Por ejemplo, esa cena con Felipe González donde ambos acaban tirados por el suelo buscando micrófonos ocultos.

–¿Fueron los hechos de Zaramaga el punto de inflexión en la imagen de Suárez?

–Un hito tiene lugar cuando presenta la ley de asociaciones políticas. Suárez exhibe una nueva forma de hablar. En las Cortes había un estilo muy parkinsoniano. En Zaramaga aprovechan que Fraga está en Alemania. Como ministro sustitutorio le toca templar la situación. Lo primero que hace es relevar a los capitanes y oficiales. Se nota que ha sido gobernador civil y que sabe mandar hombres. Días después muere el suegro de Osorio y el Rey va al velatorio y le pregunta cómo estuvo, y Osorio contesta: “Mejor que bien”. El Rey lo veía verde, pero empieza a darse cuenta de que es capaz de dominar escenas difíciles. Entre ellos había complicidad, la diferencia era el ritmo. El Rey estaba tutelado por EEUU, y la tesis americana era bailar el chotis despacito.

–¿Qué ocurre cuando Torcuato Fernández-Miranda comprende que Suárez va a ser un animal político de primer nivel?
–Hay una ruptura de celos. Primero cuando se entera a posteriori de que Suárez se encuentra con Carrillo. Y luego cuando el presidente afirma que una vez hecha la Constitución él va a crear un partido y va a presentarse a las elecciones. Torcuato ve lo mismo que el Rey: que Súarez vuela solo. Y el Rey deja caer a Torcuato, le hace grande de España y no le da ni un empleo. Es triste y muy de Castilla, que hace a sus hombres y los gasta.

–¿Qué le parece el don Juan Carlos actual?

–El Rey está muy oxidado. No es por la edad, porque cuando hay una mente genial se dan sorpresas. Me gustaría que una vez al año, a toro pasado, los ministros de Exteriores y Economía nos dijeran: estábamos en tal atasco pesquero y el Rey descolgó el teléfono y lo resolvió. Son los servicios del Rey, que se ha ganado el sueldo no sólo presidiendo desfiles sino haciendo negocios de Estado. La gran libertad de un rey es la de abdicar o no. El Príncipe es el mejor preparado de todas las casas reales occidentales y orientales, y se ha preparado en democracia. Es distinto, no es Borbón. Hay un gran debate sobre monarquía o república. Como los españoles somos cainitas y los partidos enemigos, el que haya un presidente de república de un partido siempre será inválido para el otro. Y más con 17 autonomías. Un rey que no sea de nadie y traiga bajo el brazo la monarquía federal podría ser aceptado por todos.

–Hay paralelismos. Cuando muere Franco, el Rey viaja a Cataluña con rotundo éxito. El día en que el Congreso debatía el sí o el no a la consulta independentista…

–… Felipe estaba brindando con Mas por Cataluña y España. Tengo esperanzas.

No es el sol

Fede Durán | 1 de mayo de 2014 a las 20:02

EL triángulo español lo acotan tres vértices: la realidad estadística, la realidad política y la realidad social. La estadística y la política son realidades íntimamente cosidas puesto que la primera sirve de altavoz a la segunda. El Gobierno (los gobiernos) no lanza a los ciudadanos sus cifras sino sus jeroglíficos, confiando en el eterno prejuicio elitista de la ignorancia de las masas. No hay mejor espejo que el mercado laboral: si el paro baja, la ministra Báñez o el consejero de turno desplumarán todo indicio de coyuntura para pincelar el retrato con los colores del éxito, de la decisión correcta o la receta mágica. Si sube, los zapadores de palacio buscarán y encontrarán las zonas muertas, interpretables o directamente manipulables, de manera que Mariano Rajoy siempre pueda decir que está “satisfecho”.

La EPA es una estimación. Si fuese una ciencia, España ardería, o se parecería a Kabul, o estaría ya fuera de todo circuito de progreso y respeto. Pero es difícil que sólo la economía sumergida explique este increíble estoicismo. En la atmósfera o en la tierra ha de anidar un gen dominante cuyas espirales codificadas declinan la triple R: resistencia, resiliencia y resurrección. Porque algún día, tras lustros de escasez y sufrimiento, daremos de nuevo con la tecla del dinero fácil, prorrogando otra vez la tarea (estructural) de hacer las cosas bien.

Y luego está la realidad social. Un defecto de la escasísima clase media andaluza es juzgar a los demás desde el egocentrismo. Nuestros políticos y la mayoría de nuestros prebostes no superan ese listón mínimo de valores académicos, profesionales e incluso morales que insistimos en adjudicarles más por su posición que por una despiadada autopsia de guante blanco. Si la economía funciona mal es precisamente porque quienes tienen el poder de transformar las inercias jamás han querido trabajar para el bien común. Y eso crea distorsiones y sedimenta actitudes nefastas.

El carácter asistencial de la Junta, por ejemplo, una Administración que tutela sin límite ni disimulo y siempre ha comprado voluntades con subsidios de distinto pelaje, apostando por fidelidades que destrozan cualquier intento serio de edificar una cultura de la competitividad. Desbaratemos un eslogan manido: si Andalucía es la California de Europa, ¿por qué nadie nunca ha proyectado aquí un Mountain View o un Palo Alto?

La CEA es otro triste cromo representativo: bajo la alfombra de la anterior cúpula se han descubierto no ya pelusones sino cadáveres. Por no hablar de la UGT. O de la formación y los ERE, gargajos que salpican a todo el reparto. Con semejante holograma, ¿quién en su sano juicio está dispuesto a desembarcar en Andalucía? No es el sol, estúpido. Son los actores con los que vas a relacionarte.

Seguro que en su barrio conoce a un par de sospechosos habituales, señores curtidos sin oficio conocido que menguan sin marchitarse. Es la gran esperanza andalusí: en el peor de los escenarios, un cheque público pagará nuestras cervezas.

El efecto Susana visto desde Madrid

Fede Durán | 29 de abril de 2014 a las 18:10

Encuentro más o menos oficial con un veterano corresponsal político de las cosas de Madrid. Intercambio desigual de informaciones: él pregunta por Andalucía, yo por asuntos de Estado. Después del flujo informativo, cada uno opina sobre el negociado del otro. Traslademos al lector lo que este centurión de olfato y cicatrices, enormes fuentes y vieja escuela piensa del virreinato andalusí, no sin antes introducir una reflexión gremial compartida:

Quedan buenos periodistas, pero los nuevos se enfrentan a empalizadas escurridizas. Una es la superficialidad de la inmediatez, con poco espacio para la reflexión y las cañas de pescar de largo alcance. Otra es el oficinismo, es decir, la tendencia más o menos acusada a permanecer en la redacción en lugar de en el campo de batalla. Y la tercera es la censura, fenómeno al alza en Andalucía pero madre también de extraños movimientos en las cúpulas de El País, El Mundo y La Vanguardia, por citar a tres epígonos del buen periodismo.

Y ahora la principal impresión de mi colega, a contracorriente, que es como mejor se nada en este oficio: “Susana Díaz pasará. Es flor de un día porque no tiene substancia. Le concedo cierta habilidad para la trastienda política, pero ni luce efecto expansivo ni ha podido ganar el primer pulso serio a sus socios de Gobierno (Izquierda Unida)”. Esos ojos de sabueso alargan la frase: “Me da la sensación de que las cúpulas andaluzas [habría que indagar a quiénes se refiere el interlocutor] se han plegado demasiado rápido a Díaz. Eso significa dos cosas: que el bandazo será inevitable cuando ella no esté, con el castigo a la credibilidad que supondrá ese movimiento atropellado, y que en Andalucía hay poca sociedad civil. La Junta tutela y dispone demasiado, y eso me retrotrae a un pasado mucho más feo”.

Me gustaría creer que el zorro tiene razón. Pero me temo que subestima las habilidades rasputínicas de Susana y la colosal orfandad del socialismo español, dispuesto a encomendar su salvación al marketing en vez de al talento y al poso.

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Entre Zapatero y Rajoy

Fede Durán | 24 de abril de 2014 a las 8:00

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MATTEO Renzi debutó como Kevin Spacey en House of Cards: apuñalando a un compañero de partido para ocupar su lugar. Enrico Letta, el apuñalado, ni siquiera disimuló su cara de limón en el traspaso protocolario de poderes, pero a Renzi le daba exactamente igual. La suya era (es) una misión casi divina (la revolución italiana) alimentada con combustible fósil: no sólo el veneno de la conspiración, sino el cálculo exquisito de la correlación entre reformas, propaganda y popularidad.

Piensen en un político 3.0 y enseguida chisporroteará Twitter. Renzi es su propio primer periodista, la fuente más eficaz para el vocero más fiel: “Está sucediendo una cosa extraordinaria. Estamos devolviéndole a los ciudadanos un dinero que es suyo. Y lo estamos consiguiendo apretando el cinturón a la Administración”. Es un mensaje potentísimo que mezcla la alegría de Zapatero y las promesas incumplidas de Rajoy, ensalada convenientemente aliñada con el aceite reformista exigido robóticamente desde Bruselas. Si Renzi se quedase en el brillo de la frase, le ocurriría lo mismo que a nuestro dúo presidencial. Unos le tacharían de kamikaze y otros de mentiroso. Pero el primer ministro italiano, igual que Frank Underwood, piensa siempre dos jugadas más allá.

Los diez millones de italianos que ganan menos de 1.500 euros netos al mes recibirán un complemento de 80 (pomada claramente zapateril) para echar con el extra esas cervezas que de otra manera parecerían utópicas. Cada ministerio contará con un máximo de cinco coches oficiales. El equivalente al IRPF experimentará un descenso del 10%. Ningún dirigente público podrá recibir más de 240.000 euros al año por sus servicios. El espacio dedicado al funcionariado pasará de 44 a 25 metros cuadrados per cápita. Los gastos de las administraciones locales serán colgados en internet en un plazo tope de dos meses. Los pagos a proveedores se acelerarán. El Senado se suprimirá (ya ocurrió en Dinamarca y Suecia, ya lo estudia Canadá). Etcétera.

Todo regalo fomenta la permisividad del beneficiario, y Renzi colocará a cambio de esas migajas una nueva ley electoral que de hecho fulmina la biodiversidad al imponer un mínimo del 12% de los votos para acceder a las butaconas de la Cámara de Diputados. El bonus del 15% de los escaños se mantendrá para el partido vencedor siempre que haya superado el 37% en las urnas y sin rebasar tras la redistribución la marca del 55%. Es una reforma que Renzi ha pactado directamente con Berlusconi, igual que Madrid y Barça hicieron con los derechos televisivos. El problema es que el efecto M5S no se ha diluido. Los sondeos sitúan a los chicos de Beppe Grillo en la plata de la intención de voto, por detrás del Partido Democrático y bastante por delante de Forza Italia. Es probable que Renzi también lo haya previsto. Un sistema a dos donde el tiempo machaque al demasiado coral M5S para que su lugar lo ocupe FI sólo cuando el PD se haya empachado. Óptima estrategia si no se tratase de Italia y su izquierda.

Bienvenidos al desierto

Fede Durán | 21 de abril de 2014 a las 21:16

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Aunque el Parlamento andaluz no ha sido nunca un gran campo de batalla ni por paisajes ni por generales, algunos cañonazos retumban aún en la caja torácica del recuerdo. Chaves y Arenas (porque ésa fue la principal, la más longeva contienda) supieron odiarse con cierto sentido del espectáculo, enroscado uno en la leyenda de su invencibilidad, aferrado el otro al milagro de la derrota. Ésta se produjo, sin embargo, ya con Griñán y en marzo de 2012, pero la victoria del PP fue pírrica y por lo tanto indigerible: Arenas se fue a Madrid y Zoido llegó de Sevilla. Ambos repartieron los bofetones del primer tramo parlamentario de 2013 en lo que muchos observadores, alineados o no, veían como un intercambio desigual.

Porque Griñán subía los peldaños de la oración como agasajado por Vivaldi, seguro de su tracería retórica, convencido de una superioridad intelectual de la que en realidad nadie dudaba y ante la que Zoido, alcalde metido con calzador a opositor, respondía con la inconsistencia del tutti frutti: un poco de todo (corrupción, parálisis, desempleo, derroche) sin ahondar en nada. Así transcurrían las sesiones de control y así prolongaba sus días una cámara siempre crepuscular, enfrascada en la pose partidista, alérgica a las alturas, hija del copy paste tal y como siempre acreditará el Estatuto que quiso ser Estatut.

ZOIDO DICE QUE LA JUNTA COGE EL DINERO E INCITA A CONFRONTAR CON EL GOBIERNO

Aquella gran frase de Lineker sobre el fútbol y Alemania contó durante esos meses con una conversión aproximada en clave andaluza: “Los debates del Parlamento autonómico son un deporte de uno contra uno donde siempre gana Griñán”. Tal vez por eso, pero sobre todo por el ponche lisérgico de los ERE, el presidente, más ojeroso y asaeteado que nunca, decidió retirarse a su Yuste particular, dejando como herencia un engendro de primarias y un dedazo casi al estilo Aznar: Susana Díaz aterrizó para quedarse. Zoido insistía en largarse. La lente pública enfocaba un nuevo combate entre boxeadores sin el pedigrí de las urnas pero con roles perfectamente definidos. Él, asiduo del ring en la legislatura, parecía el Patterson perdedor de Gay Talese; ella, obsesionada con la coronación, botaba sobre la lona como el mismísimo Ali.

Díaz no vive sincronizada a los maestros de la música clásica, ni siquiera es probable que desmenuce sus lecturas nocturnas con una copa de coñac caro bajo la chimenea, pero pega más duro que Griñán porque ella sí es un animal político, es decir, una persona que mamó desde pequeña de las tetas del partido, aprendió el arte de la demagogia y sobreexplotó el recurso a la promesa contundente y al y yo más. Zoido a su lado es un azucarillo nervioso, un colibrí trémulo cuyas plumas escupe el viento de los discursos que el PSOE asume en Andalucía no tanto por inquebrantable adhesión al progreso como por el empuje que ejercen los socios de IU y por la excusa que brindan los contrastes fáciles con las políticas neoliberales del Madrid central.

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DÍAZ

Puede que Zoido sea como Patterson, pero desde luego Díaz no es como Ali. Si el discurso pudiera medirse como se miden las extremidades, el litoral o los círculos árticos, el que flota en las Cinco Llagas apenas alcanzaría el tamaño de un guisante. Ni los protagonistas hacen mejores a sus secundarios, ni los secundarios se esfuerzan en hacer sombra a los protagonistas, empeñados a su vez en quedar lo más lejos posible de sus antecesores recientes o remotos. El culto a la mediocridad ha convertido el jardín en páramo y el páramo en desierto. Bienvenidos a la desolación más absoluta.

*Artículo publicado en el Anuario del Grupo Joly.

Monos del Peñón

Fede Durán | 18 de abril de 2014 a las 8:24

LA economía española podría perfectamente ser un animal, y en tal caso la cazaríamos para tantearla, diseccionarla y trepanar su filosofía subyacente. Como en todo organismo, junto a las piezas de función más obvia (el corazón, el cerebro, los pulmones o la vejiga, es decir, las estadísticas) nos toparíamos con otras en apariencia insondables (quizás el bazo fuese entonces lo más similar a una idiosincrasia). Ya sabemos que España padece un vergonzoso problema de desempleo que se ceba mayoritariamente con la fuerza laboral menos cualificada, esa que vivió su particular fiesta subprime al socaire de una banca igualmente festiva. Sabemos asimismo que los jóvenes más audaces y/o desesperados se marchan a otros países donde no siempre se les trata mejor; que la I+D es pobrísima y apenas genera adhesiones en el sector privado; que la burocracia carga las cervicales del emprendedor; que los préstamos (ahora sí) se conceden a elevado interés; que la inversión en los servicios sociales que sostienen el busto del Estado del bienestar se resienten cada año un poco más; sabemos, en fin, que la demanda interna lleva un lustro grogui, que la temporalidad le pisa el cuello a la contratación fija, que la formación es un coladero digno de Rinconete y Cortadillo, y que la desigualdad se traduce no sólo en una brecha creciente entre ricos y pobres sino también en datos tan tristes como el que, según Cáritas, sitúa al país como el segundo por la cola en pobreza infantil de la UE-28.

Pero también deberíamos fijarnos en el bazo. Captaríamos mejor las arritmias del corazón, los atascos respiratorios y los marasmos intestinales. Si el bazo es la idiosincrasia, nada mejor que los recursos humanos para reflejarla. No se trata sólo de cuestionar las políticas salariales a la baja tan alentadas desde la troika sino de advertir que el patrón atribuye al empleado demasiado a menudo la extraña cualidad de crecer sin agua ni abonos. Luego está el eterno y muy denunciado desfase entre la vida de oficina europea y nacional. Aquí nadie acaba temprano porque marcharse tras cumplir objetivos está mal visto. La trampa es vieja: a veces es imposible cumplir objetivos en los horarios estipulados porque la empresa vende un producto bajo condiciones fantásticas. Se le llama productividad cuando es ciencia-ficción.

No nos engañemos: nos gusta el trile. ¿Cuántos empresarios buscan el beneficio inmediato en detrimento de la longevidad sostenible? ¿Cuántos el atajo en la ley? Churchill dijo una vez que la democracia universal se le caía de las manos tras cinco minutos de charla con la plebe. Con el animal económico hispano ocurre más o menos lo mismo: bajo la alfombra pulida de las multinacionales del Íbex 35 se esconden a menudo miserias propias de esas repúblicas bananeras con las que tanto comparan a Andalucía. Lo peor no es eso: lo peor es que quienes siguen el sendero del taoísmo empresarial (la virtud como brújula) jamás pierden ese zumbido de mosquito que es la sospecha de estar jugando una partida con las cartas marcadas.

¿Y qué animal seríamos? Definitivamente, un mono de Gibraltar.

Un planeta sin humanos

Fede Durán | 15 de abril de 2014 a las 8:00

Alan Weisman

Alan Weisman (Mineápolis, 1947) es un gigante de la liga de Tom Wolfe o Gay Talese. Como ellos, es un periodista de raza, curioso, aventurero e incondicionalmente freelance. Desde joven tuvo fe en el peso del contenido: si un reportaje es bueno, alguien lo querrá. Vaya que sí: ha escrito para el New York TimesHarper’s o el Atlantic Monthly. Sus libros suelen ser joyas de la investigación. El último, La Cuenta Atrás (Debate), le llevó a visitar 20 países en busca de soluciones al problema del hombre, convertido en una plaga que amenaza con destruir el planeta.

-Somos 7.200 millones de humanos en la Tierra y deberíamos ser 1.500 para que el planeta no colapse. Sin embargo, la vía china de un hijo por pareja nunca le gustó.  

-Las dinastías chinas e incluso el comunismo han habituado a la gente a obedecer. Pero la cuestión de controlar la natalidad es muy delicada por el instinto humano y de vida que comparten todas las especies. Cada organismo fue creado para hacer copias extra. Hacer el amor es una de las cosas más atractivas de la existencia y encima es gratis: hasta los más pobres lo tienen al alcance. Si un gobierno nos dice que no hagamos copias, nos sentimos muy restringidos. Incluso los chinos desaprobaban esa política.

-¿Qué habría pasado sin el freno oficial?

-La política china de hijo único fue implementada después de la hambruna más severa de la historia: alrededor de 40 millones de personas murieron de hambre. Era una medida de emergencia. Si no hubieran hecho eso, habría hoy 400 millones de chinos más. Pese a ese dique, China intenta controlar hoy un desastre ecológico. Pero me he topado con muchos países que han planificado no de forma draconiana sino voluntaria: es una cuestión de concienciar a la gente de que las familias con menos hijos son la mejor opción. Por razones económicas también.

-Menos población significa menos crecimiento, dirán algunos prohombres.

-Imagine que es el jefe de una gran empresa y acude a uno de esos economistas procrecimiento para pedirle consejo. Lo primero que le dirá es que tiene que apretarse el cinturón, hacerse más eficiente y despedir al 25% de la plantilla. Pero en cambio, demográficamente, quieren que crezcamos y crezcamos. Tenemos que reclutar a menos personas y debemos dejar que las cosas pasen paulatinamente: la gente se jubila o muere y la reemplazas con menos personas que asumen el mismo trabajo más eficazmente. El trabajador estaría más cotizado. La riqueza per cápita no caería. A lo mejor la del país sí, pero lo que importa son los seres humanos. Habría menos viajes a Disneylandia y más picnics. ¿Qué tiene de malo eso si la naturaleza se está recuperando? Es la única forma de mantener una raza sostenible.

-Japón está justo en esa dinámica menguante.

-Japón inició la Segunda Guerra Mundial por razones de superpoblación: necesitaba más campo e invadió Manchuria. Tras la guerra volvieron sus soldados y claro, habían echado tanto de menos a sus señoras que un país superpoblado añadió a la cuenta diez millones más. Por haber perdido la guerra la economía estaba en ruinas. Comenzaron a morir de hambre. Una solución (1949) fue legalizar el aborto. Hoy tenemos a una generación del boom demográfico interrumpido que es muy pequeña en comparación con la anterior, con un nivel de educación muy alto, y siempre digo que el mejor anticonceptivo de todos es la educación femenina, porque la mujer pospone sus hijos a sus estudios y luego a un trabajo interesante que no es posible si tiene siete niños colgando de sus faldas.

-¿Pueden los robots paliar el envejecimiento de la población?

-Hay un laboratorio japonés que investiga si la tecnología puede reemplazar la mano de obra y hasta cierto punto es así. El robot puede llevar al anciano al baño y depositarlo suavemente en el excusado, pero limpiarlo es otra cosa. Hay un límite para las máquinas. Somos necesarios todavía.

-Se silencian debates asociados a la superpoblación como el energético. Ya hay viviendas autosuficientes. 

-Si estamos hablando del consumo, el producto más valioso en cuanto a ingresos es la energía. Cuando se habla de reducir el consumo, pensamos en tener menos coches o encender menos luces… pero esto no es muy significativo. Sí lo es que todos los seres humanos necesitan energía, mayoritariamente electricidad y combustible fósil para moverse. Los paneles solares o las turbinas eólicas funcionan muy deficientemente aún en un coche. El hecho es que podemos hacerlo mucho mejor con las energías alternativas. Alemania está invirtiendo mucho, pero claro, es la economía más próspera del mundo. Ellos pueden permitírselo. Maneras hay. Por la misma cantidad de dinero y los mismos beneficios, los magnates que levantan una planta de carbón podrían invertir en paneles solares e instalarlos en los techos de todas las casas. La gente no quiere comprar paneles porque son muy caros. Les pagaríamos mensualmente por una electricidad que no castiga la atmósfera.

-Pongámonos en lo peor. La Tierra colapsa. ¿Colonizaríamos la Luna?

-Hay dos razones por las que es imposible. Montar una colonia permanente implica una comprensión casi infinita de la ecología. Estamos acabando con la biodiversidad a un ritmo que no se había visto desde que se extinguieron los dinosaurios. El asteroide somos nosotros ahora. Para intentar sobrevivir en una colonia espacial tendríamos que saber qué necesitamos mantener para nutrir nuestras vidas y limpiar y reciclar nuestra atmósfera. Hubo un experimento en Arizona que se llama Biosfera 2: probablemente fue el más importante del siglo XX y consistía en intentar replicar el ecosistema. La razón de su importancia no radica en su éxito sino en su fracaso: nos enseñó que es imposible predecir todo lo necesario para sobrevivir.

-¿Y la segunda?

-No tenemos la tecnología para llegar allí masivamente. Estamos atascados en la Tierra, y tenemos que aprender a tratarla bien para no joderla. Al mundo no le importamos un pedo. Ha salido de cinco extinciones, con el 90% de las especies desaparecidas, pero luego siempre hubo una fertilidad fabulosa y otra explosión. Eso pasará tras nosotros. Lo que quiero es que se mantenga el medio ambiente que nos dio la oportunidad de vivir de una manera tan linda.

El sobaco imperial

Fede Durán | 14 de abril de 2014 a las 8:00

CÁRITAS no engrosa las listas de la subversión por más que a Montoro no le gusten sus conclusiones. La Iglesia apenas aporta el 2% de su presupuesto, así que se trata de una de esas organizaciones felizmente independientes, centradas en el objetivo de paliar la pobreza. Sus dos últimos informes (20 y 27 de marzo) derriban dos mitos: el primero es de confección nacional y reza que España ha doblado con audacia el Cabo de Hornos y mira ya hacia archipiélagos más caribeños. El segundo es paneuropeo, está avalado por el FMI, y observa como única receta contra la crisis la austeridad que tanto gusta a esa Alemania atávicamente temerosa de la inflación.

Ni el país ni el continente han mejorado. Pero es difícil verlo desde la realidad paralela y hermética de la oficialidad. Ahí dentro huele a colonia cara, no a comedor social. La diferencia entre los ingresos mayores y menores se ha ensanchado un 30% en España desde que arrancase la crisis. Pobrezas relativas y extremas se solapan. Cinco millones de personas están en situación de exclusión social “extrema”. Se ha perdido una década a nivel de rentas. Crece la fractura entre castas. Sólo Rumanía presenta en la UE un índice superior de pobreza infantil. Entre los menores de 18 años, el riesgo de la escasez es ocho puntos y medio superior al promedio comunitario. Seis millones de parados. Emigración. Precariedad. Burocracia. Y la aventura (mucho más cabohorniana) del autoempleo.

Bien, las recetas impuestas por los sabios del capitalismo han fracasado, con el agravante de que las voces minoritarias de ese mismo sistema siguen arrinconadas. Los pastores del rebaño creen que el rey está desnudo. No es que las estadísticas les convenzan a ellos, es que ellos convencen a las estadísticas. Subimos como la espuma. Es una orden.

España, entretanto, mantiene a medias la sonrisa. Podríamos llamarlo idiocia pero lo llamaremos estoicismo. Somos como ese fajador de origen irlandés nacido en Brooklyn acostumbrado a encajar ganchos al hígado sin besar la lona, un tipo feo, levemente alopécico y con michelines cuyo objetivo no es mejorar sino sobrevivir. Tras el combate y la tunda, el hombre sabe que, cada noche, su familia le espera en casa. Una sopa evita el colapso, una almohada le permite conciliar el sueño. El problema es que un día sus padres morirán y nadie podrá cuidarle. Será él quien se deba a sus hijos con el ancla de unos horizontes profesionalmente restringidos y presupuestos domésticos de risa. España es ese boxeador. Uno de los pocos lugares first class del mundo donde el empeoramiento es tendencialmente infinito.

EEUU creó al monstruo voraz. Bajo el brazo, quizás en el sobaco, el monstruo propició algunas virtudes (toda destrucción sanea): la osadía en los negocios, el arte de la comunicación, la inmensa apertura mental que conduce a la cremación de los límites autoimpuestos. En vez de mirarse el ombligo (ah, los nacionalismos), España podría mirarle el sobaco al Imperio Menguante. Aprendería una barbaridad.

Susana vs Maíllo (II): la derrota

Fede Durán | 12 de abril de 2014 a las 18:23

El giro del guión ha sido sorprendente. Susana Díaz tenía ganadísimo el pulso y finalmente lo ha perdido. Todas las cartas sonreían: los principios de jerarquía y autoridad parpadeaban en el neón de los periódicos, la defensa de la legalidad e igualdad de los andaluces colgaba a IU el sambenito del caribeñismo y la posibilidad de unas elecciones anticipadas no era ni de lejos la peor opción para un PSOE que quedaría más cerca del centro, la (presunta) seriedad y el pulso de acero ante escenas límite.

Pese a su escasa experiencia en la primera línea política, Antonio Maíllo ha demostrado ser un buen estratega. La federación que dirige sale viva de un envite peligroso. Viva y reforzada ante su público tradicional y ante los vástagos del 15-M. No obstante, ahora IU tiene un problema serio de imagen frente a esa bolsa de ciudadanos que no les votaría en circunstancias normales pero sí tras seis años de crisis y el agotamiento del sistema bipartidista hispano. Su siguiente paso debiera ser explicar con luz y taquígrafos qué ha pasado realmente en la Corrala Utopía, quiénes vivían allí y cuáles son los motivos oponibles a las razones dadas durante la semana por Díaz para afearles la decisión, cargarse parte de sus competencias y (pese a todo) recular con heridas que nadie en su sano juicio asume que sanarán. Izquierda Unida debe un relato sólido al ciudadano.

Para anticipar lo demás haría falta una bola de cristal. Lo que sí parece razonable concluir es que hoy existe más riesgo de adelanto electoral que hace un mes o dos, que las suspicacias entre socios mal avenidos crecerán y que jugar al póquer del equilibrio en las sesiones de control y las ruedas de prensa será más arduo si cabe.

Y ojo al PP: su ariete predilecto está recién pulido. La Andalucía bipartita es como Cuba y Venezuela. Será una comparación creciente, una especie de marca blanca para subrayar las debilidades del enemigo bífido.

 

Susana versus Maíllo (I)

Fede Durán | 11 de abril de 2014 a las 18:15

IU ACUERDA LA "SUSPENSIÓN MOMENTÁNEA" DEL ACUERDO DE GOBIERNO EN ANDALUCÍA

Al PSOE-A le viene de perlas la situación creada a raíz del desalojo de la Corrala Utopía. Era la oportunidad pintiparada para presentar al socio minoritario como un menor de edad incapaz de darle cordura a un músculo tan importante como la acción de gobierno. Cuando amputa a Fomento las competencias de VPO, el socialismo lanza un mensaje diáfano: menos mal que estamos aquí para frenar ese tipo de gamberradas.

Intentemos husmear la tarta por cuñas.

Susana Díaz es el trozo más jugoso del pastel. Siente que le han echado un pulso y no ha dudado en ganarlo. Ella es la presidenta, el poder, Andalucía. Su decreto fulmina los equilibrios amasados en dos años de convivencias más o menos apacibles. Ya nada será igual. Pero la presidenta, tan abonada al marketing, al discurso sin acción y a los road trips, ha enseñado esta vez el animal político que lleva dentro.

Antonio Maíllo (segundo trozo) nunca ha tenido sintonía con SD, pero nada hacía imaginar que esta miniserie causase tamaño impacto de audiencia. Da la sensación de que IU podría haber medido mejor la jugada para evitar el conflicto, aunque sus dirigentes insistan en la estricta legalidad del rescate de las familias desalojadas. Dos cosas quedan claras tras el decretazo: Susana tiene siempre la última palabra (1) incluso en las consejerías manejadas por IU; y el cartel de peligrosos radicales (2) ya cuelga del cuello de quienes ella quería.

El PP (tercio tercero) se mantiene a la expectativa. El desgaste le favorece porque al marasmo opondrá el discurso de la seriedad, la responsabilidad y la alergia hacia los experimentos. Su problema es el nuevo líder, todavía de plastilina, todavía confinado en las catacumbas del anonimato.

En los cenáculos próximos al poder se escuchan frases que hace poco sonaban a barbaridad: “Susana es la próxima Thatcher“. A lo mejor resulta que la reina no estaba tan desnuda. Nadie ha sabido colocarse siempre en primer plano mejor que ella. Nadie ha silenciado logros ajenos, haciéndolos propios, con semejante habilidad. Nadie ha mostrado tanta firmeza al mando, porque otra cosa no, pero el mando, el papel de emperador (o virrey) es sagrado en esta ópera. Nadie ha condicionado tantas opiniones, acallado tantas críticas y alimentado tantas adhesiones como Susana Díaz. Más que la próxima Thatcher, parece la siguiente Fouché.

Independientemente de lo que ocurra con el pacto de gobierno, IU se asoma a un reto colosal: proteger su imagen de opción factible y realista, lejos de utopías trasnochadas, amagos de ilegalidad y sandalias de cuero. Su gran patrimonio es el manto que ofrece a tantos divorciados de la política y el bipartidismo a través de ese mensaje heterodoxo que no se repliega ante los poderes económicos con la docilidad que sí han mostrado sobradamente PSOE y PP. No hay opción que mejor pueda aprovechar el rebufo (aún vivo) del 15-M. El problema es que ha elegido una potentísima enemiga. Aunque, bien visto, era una enemiga latente. Algún día debía despertar.

El problema de fondo, en clave electoral, es casi abisal: imaginen que Díaz y Maíllo rompen. En tal caso, sería más razonable pensar en una mayoría absoluta del PSOE que en un espectacular repunte de IU. ¿Por qué? Porque el votante potencial de IU sabría que el desenlace final sería (en el mejor de los escenarios) otro pacto de Gobierno. ¿Y qué sentido tiene firmar contratos con la mujer a la que acaba de exigírsele la separación? La única vía de escape es robarle votos al socialismo, a ese socialismo que no es militante ni dependiente, o sea, a esa gente que ha votado socialismo sin compromisos de permanencia (es difícil imaginar que exista tal especie en Andalucía después de 32 años, pero recuerden que Obama ganó en EEUU y el Atleti está en semifinales de Champions).

Y otra cosa: este intercambio de golpes alienta el escepticismo ya casi mayoritario de la Era Crisis. La política vive para sí misma.