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De lombriz a anaconda (y viceversa)

Fede Durán | 9 de mayo de 2014 a las 12:30

EN 36 años, apenas media vida, España ha mudado de piel política y económica para dejar de ser lombriz y convertirse en anaconda. El inicio de la democracia fue ilusionante aun con la alargada sombra militar empañando parte de la foto. Las recetas de Fuentes Quintana, el exitoso aterrizaje capitalista y el ingreso en la CEE convirtieron por momentos al país en un cohete cuyo hito fueron los dorados años falsos (1996-2008), excesivamente inspirados en el ladrillo y el pladur del pelotazo.

Adolfo Suárez, hoy santificado pero antaño despreciado (Fraga, Areilza), apuñalado (González) o marginado (don Juan Carlos), se olvidó de intrigas y se entregó al pueblo hasta plantar los cimientos del edificio actual. Fueron sus arquitectos constitucionalistas los que más fallaron, tal y como demuestran hoy los quistes vasco y catalán y el generalizado clima de agravio y localismos que caracteriza a España, quizás con permiso de Bélgica el Estado europeo menos ducho en la gestión de las tensiones territoriales.

El principio de solidaridad/igualdad incordia más cuanto menor es la bonanza. Seis años de crisis han bastado para contaminar las aguas del proyecto común, colocando a Cataluña en un escenario cuasisedicioso de imprevisibles consecuencias para el todo y la parte. El caso vasco es diferente (plan Ibarretxe, 2004) porque el País Vasco, igual que Navarra, es una especie de ducado libre asociado: cuenta con las ventajas de pertenecer a España sin padecer sus lastres –e incluso así muestra periódicamente el colmillo de la insatisfacción–.

Los pilares de Suárez se derritieron en gran parte porque no existen ya dirigentes de su talla y con su vocación. Si a un país se le pudiesen atribuir voluntades, Cataluña –la oficial y la promocionada– quiere independizarse bajo un viento legítimo: la convicción de que en solitario mejorará su bienestar. Esa aspiración ha generado un combate esquizofrénico. Las balanzas fiscales han acabado convirtiéndose en un género de autor, con émulos de Kaurismäki en Extremadura, Madrid, el frente levantino y la principal región implicada.

De producirse, los divorcios han de afrontarse con frialdad de sicario. Hasta la fecha, parafraseando a Rajoy, Artur Mas simplemente ha ofrecido un “contrato de adhesión”, una partida con las cartas marcadas, un elige tu propia aventura unidireccional. De nada sirve agotar el manantial de las explicaciones históricas o sociológicas. Pero cuando Cataluña vote, y tarde o temprano votará salvo que el Gobierno decida recurrir a la violencia, Rajoy, o quien mande tras él, tendrá que negociar un adiós equilibrado, un cómputo justo donde se reflejen las condiciones que la ex nación precisa para que sus ciudadanos no pierdan más de lo estrictamente imprescindible: qué pasa con la telaraña estatal delegada, con la deuda catalana, con las inversiones compartidas (El Prat, por ejemplo) y con los cientos de miles de catalanes que querrían conservar sus vínculos administrativos con la vieja, cansada, escasamente imaginativa y siempre procelosa España.

Aprendan ustedes

Fede Durán | 28 de marzo de 2014 a las 8:00

EL vicepresidente económico de un país europeo comparece ante las cámaras de televisión sólo unos días después de su nombramiento y aclara que su vocación no es la política pero que se siente obligado a prestarle semejante servicio a la sociedad dada la gravedad de la situación. La inflación ronda el 30%, el déficit de la balanza comercial apunta a los 5.000 millones de dólares y el 5% de la población trabajadora carece de empleo y –mayoritariamente– de subsidio.

Convenientemente trajeado y con unas modernas gafas de pasta, el vicepresidente no habla de pavesas y ave fénix sino de esfuerzos brutales, transparencia y diálogo. “En la economía no existen los milagros”, advierte antes de enunciar sus cuatro compromisos: Uno. Dentro del esfuerzo colectivo, los intereses de las clases modestas y populares serán especialmente protegidos. Dos. Al esfuerzo colectivo contribuirá cada grupo social de acuerdo con sus posibilidades. Tres. Los problemas serán abordados desde la creencia firme en las ventajas de la libertad económica y buscando la eliminación de intervencionismos ineficientes. Todo eso será compatible con la valentía para afrontar reformas que acaben con aberraciones tales como la especulación del suelo. Cuatro. El Gobierno negociará, buscará acuerdos y transacciones; renunciará a la imposición como vía de resolución de conflictos y considerará a la oposición como parte del poder.

El hombre se expresa con solemnidad pero sin soberbia. Trata al ciudadano que le observa al otro lado de la pantalla como a un igual. Le ofrecerá todos los datos disponibles para que “forme su juicio personal” porque el mandato autoimpuesto pasa “por exponer y no por ocultar”. “La economía –remata con humildad pese a sus múltiples galones– es cuestión de experiencia y sentido común”.

Obviamente, el discurso no pertenece a Cristóbal Montoro. Tampoco podría firmarlo Luis de Guindos. Ambos son demasiado orgullosos, opacos y maniqueos. Ambos son dirigentes de parte. La pieza es de Enrique Fuentes Quintana, se graba en 1977 y se emite en TVE. En casi todo, visto con los ojos del presente, es una reflexión casi revolucionaria, casi de izquierdas (punto tres aparte), casi contracultural. En 16 minutos de comparecencia voluntaria, el ya fallecido economista (murió de alzheimer, igual que su valedor Suárez) demuele, por una vía menos mediática que la del gran Adolfo, el ejercicio actual de la política.

España ha sido secuestrada por el maléfico mecanismo del blanco-negro y por la sumisión al verdadero emperador, que no es una persona sino una divisa. Las explicaciones no se dan, se escupen con el desprecio del señor ante el ignorante siervo. Nuestra partitocracia es una oda a la mediocridad, en Madrid y Sevilla, en Barcelona y Vitoria. El márketing ya no es el medio sino el fin. El consenso se considera una debilidad. Y ya no se protege sino al rico, al inversor, al especulador, al del suelo y las preferentes. España no es país para pobres. Y lo anuncia cada día con descaro.

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La formación de los políticos

Fede Durán | 29 de julio de 2013 a las 16:58

El supersónico adiós de José Antonio Griñán y la irrupción de una sucesora sin urnas -Susana Díaz- para un cargo tan importante como la Presidencia de la Junta despiertan una enorme duda filosófica. Díaz, avalada por casi la mitad de la militancia socialista en Andalucía, jamás ha trabajado en algo ajeno al partido y la política. La cuestión es dónde situar el listón de exigencias para quien manejará los destinos de la comunidad autónoma más poblada de España. Entre la erudición y la ignorancia hay millones de caminos intermedios. ¿Qué currículum ha de exhibir un dirigente de primera línea? ¿Cuánto pesa la academia y cuánto el conocimiento de la gente y la calle? ¿Son necesarios los idiomas y un poso cultural respetable o basta con las cualidades del liderazgo y la gestión intuitiva?

“Se suele decir, con razón, que la clase política española ha evolucionado en los últimos 30 años marcada por los siguientes factores: progresiva desmasculinización, precarización cultural, cierta profesionalización, huida de la vida política de trabajadores reconocidos social y económicamente -ingenieros, arquitectos, médicos, altos funcionarios del Estado-, y, a pesar de todo, pérdida relativa de retribuciones elevadas”, reflexiona Juan Montabes, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Granada.

Un ejercicio útil para extraer conclusiones consiste en comparar las trayectorias previas de los seis presidentes españoles de la democracia. Leopoldo Calvo Sotelo, recuerda Montabes, “era el más formado curricular y culturalmente, y sin embargo su gestión fue muy mal valorada”. Era ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y políglota, tocaba el piano y procedía del sector privado, pero jamás gozó de ese intangible llamado carisma. Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy son licenciados en Derecho, aunque sólo dos -los presidentes del PP- hayan sido altos funcionarios del Estado.

La radiografía andaluza arroja resultados similares: el preautonómico Plácido Fernández Viagas saltó de la judicatura al Senado y de allí a la (pre)Junta. Sus cuatro relevistas cursaron (nuevamente) Derecho y separaron después sus caminos. Rafael Escuredo es abogado; la Universidad es la esfera pospolítica de José Rodríguez de la Borbolla y Manuel Chaves (aún diputado nacional), y la Inspección de Trabajo era el terreno de José Antonio Griñán.

“Es indudable que para el ejercicio de la actividad política no basta con una formación académica y una actividad profesional valorada y reconocida. Sin embargo, es igualmente obvio que estas circunstancias son tenidas en cuenta si el político goza de un carisma añadido, sea atribuido a sus cualidades personales o del entorno”, concluye Montabes.

Contar con un pasado profesional es además un salvavidas de futuro. Lo explica el abogado y autor político hispanosuizo Daniel Ordás: “Dedicarse sólo a la política me parece un gravísimo error, tanto para la sociedad mal representada como para el propio político, que se convierte en una víctima del sistema. Esta gente no es reciclable para la vida laboral y por lo tanto es presa fácil para la corrupción sistemática. Si sabes que siempre vas a depender de un puesto político no eres libre. Esto es muy lamentable para los afectados, que en la inmensa mayoría de los empiezan su carrera con buena voluntad y vocación de servicio, pero que acaban agarrándose a un clavo ardiente, porque no pueden regresar a la vida civil. Por ello considero imprescindible, que a nivel legislativo (parlamento) ejerzan sus labores políticas como políticos milicianos, es decir, aparte de su profesión u oficio normal”.

Con Ordás coincide Octavio Salazar, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba. “Debería ser un criterio esencial para ocupar un cargo público de carácter representativo que la persona que accede a él tuviera previamente un puesto de trabajo o desarrollase una profesión al margen de la política, de tal manera que viviera su dedicación a la vida pública como una tarea temporal y no como una profesión sino como un servicio público. Este factor es esencial para mantener la suficiente independencia y autonomía del representante y, sobre todo, para limitar el excesivo poder de los aparatos partidistas”, arguye.

El aparato ha jugado precisamente un papel esencial en la vida política de Díaz, aprendiz en las juventudes socialistas antes de saltar a las grandes ligas, animal de partido, conocedora de las claves internas del PSOE-A frente al tecnócrata Griñán. “Los partidos políticos, que son los instrumentos a los que la Constitución encomienda la labor de canalizar la participación política de la ciudadanía, deberían plantearse de manera muy seria la trayectoria profesional, académica y política de quienes han de ocupar determinados cargos. Estableciendo diferenciaciones, claro: no creo que deban fijarse las mismas las exigencias para ser concejal de un pueblo pequeño que para ocupar un Ministerio”, profundiza Salazar.

Pero confiar en la culturización motu proprio de las formaciones es ignorar su naturaleza intrínseca. “Uno de los mayores errores que siguen cometiendo nuestros partidos es fomentar el inicio excesivamente temprano de carreras políticas: chicos y chicas afiliados a las juventudes que empiezan a ocupar cargos de responsabilidad, encadenados unos tras otros, de manera que convierten la política en su profesión sin tener las mínimas referencias de lo que supone trabajar y desarrollar una tarea profesional en el contexto social y económico sobre el que tienen que tomar determinadas decisiones”, expone el profesor.

Establecer un equilibrio justo entre habilidades adquiridas y congénitas no es tan sencillo. El sociólogo Manuel Pérez Yruela, actualmente profesor en el CSIC (“un organismo que pasa hoy por dificultades graves”) y ex portavoz del Gobierno andaluz, ensaya una aproximación al acertijo. “La formación es siempre necesaria. Y en política eso implica tener una idea clara de cómo es tu comunidad autónoma. Pero también es necesaria la capacidad potencial. Aunque la edad es acumulación de sabiduría, no produce automáticamente ni energía ni capacidad para gobernar”, subraya. La titulitis no es ninguna garantía, a su juicio. “Discriminar por la formación basada en el título académico es discriminar muy poco: en España hay muchísimos licenciados”. “Lo fundamental es que los políticos aprecien el conocimiento. Que demuestren una mentalidad muy abierta al aprendizaje, a escuchar y entender el mundo que les rodea. Necesitan cercanía y complicidad con los ciudadanos, y para eso hace falta tener cierta experiencia en la vida, en la calle, que es más rica en matices y mucho más real que la vida en las instituciones”, remata Pérez Yruela.

Entre los conspicuos reciclados está José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta entre 1984 y 1990. Muy duro durante las frustradas primarias del PSOE-A, “más propias de países comunistas soviéticos”, teje su discurso tomando prestados otros dos. El de Guillermo Gutiérrez, consejero de Trabajo con Chaves, rezaba que “un buen político debe tener buena cabeza y buena manera de ser”. El del ex president Josep Tarradellas sostenía que detrás de un líder ha de moverse la sombra de una “mujer inteligente”, “una salud de hierro” y la convicción de que “jamás hay que irse de ningún sitio”. “¿La trayectoria profesional? No estoy seguro de ese requisito porque he visto de todo: algunos que teniéndola no han sabido estar; y otros que a través de la práctica han dado el salto. Lo importante es tener criterio, ser persona, y conseguirlo es posible desde muchas vías de aprendizaje”, defiende Rodríguez de la Borbolla.

Profesora de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Málaga, Ana Jorge ha preparado a lo largo de su vida a distintos cargos públicos. “La formación debe existir. Que sea reglada me parece elitista. Le pongo el ejemplo de Antonio Romero (IU), muy listo y muy leído, muy trabajador. Pues bien, fue jornalero y apenas pasó por la escuela. Pablo Iglesias era tipógrafo. Hasta que accedió al Parlamento todos los diputados pertenecían a la alta burguesía. Lo esencial es distinguir a un político de un gestor. Un director general ha de tener una experiencia vinculada a su ámbito, pero un consejero cuenta con técnicos y asesores”.

“El problema -ataca Jorge- no es la falta de formación de nuestros políticos sino su ausencia de inquietudes. No leen ni estudian pese a los potentísimos servicios de documentación que tienen a su disposición”. ¿Y la corrupción vinculada al eterno apego al cargo? “¿Ha vuelto Aznar a ser inspector de Hacienda? Muchos años dedicado a la política te desconecta del mundo real. Vives encasillado en las estructuras de partido y de gobierno”, contesta.