Crónicas de un escéptico » Artur Mas

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Entre las ratas

Fede Durán | 28 de septiembre de 2012 a las 11:00

EN 2007 (precrisis), Cáritas atendió a 370.251 personas en España. Buscaban fundamentalmente comida, calzado, ropa y vivienda. Cuatro años después (2011), la cifra ascendía a 1.015.276. El paro y el final de las ayudas (prestaciones, subsidios) crean una bolsa de marginalidad creciente: una cuarta parte de la población bordea o pisa la miseria, alejándose paulatina e inexorablemente de la posibilidad de la reinserción. “Si cuando hubo crecimiento económico (1994-2007) no se redujo la pobreza, ni se consolidó la protección social, ni aumentó la proporción de inversión en gasto social del PIB, es difícil creer que salir de la crisis desde la óptica del crecimiento económico tenga consecuencias relevantes en la reducción de la desigualdad y la pobreza”, subraya el informe de la organización.

Cinco de cada diez necesitados son inmigrantes -un tercio de ellos irregulares-, pero el círculo atrapa ya a personas menos adaptables al prejuicio: parejas jóvenes con hijos y mujeres solas con familiares a cargo se unen a los parados de larga duración y los desahuciados. El New York Times publicaba en su portada del martes, a cuatro columnas y tras una visita poco fructífera del Rey al consejo editorial, un reportaje sobre las miserias del antiguo templo de los milagros. España no es actualmente aquel misil cuyo límite era el espacio sino un agujero oscuro donde hasta las chicas de buen ver rebuscan en la basura. Ésa es la imagen que abre la información.

Mientras, el Gobierno habla a la vez de austeridad, reformas, crecimiento y empleo sin que hasta la fecha alguien haya demostrado que sean conceptos compatibles; la Generalitat de órdagos e independencia; Griñán de los ERE como si en verdad la cosa no fuese con la Junta; el PSOE de federalismo (¿acaso el Estado autonómico es otra cosa?) y el PSC de asimetrías; el PNV de una reforma del Estatuto de Guernica (sí, el que les dio las ventajas de pertenecer a España sin el engorro de la igualdad); los consejeros de Bankia de su total ignorancia del desfase que presentaban sus balances; Botín de Fernando Alonso y Mou de Sergio Ramos.

Toda la élite habla mientras la gente se mancha las manos de mierda y compite con las ratas. El drama es que habla de mentira, escuchándose a sí misma, atiborrada de privilegios y ego, de tijeretazos en tercera persona del plural. Ellos, que se jodan ellos. Menos educación y menos sanidad; la estafa de las preferentes; la depresión de Cristiano; el arranque patriota de Guardiola; los cuatro dedos de la senyera de Mas; los 1.600 empleados de Canal Sur; las fundaciones bajo nuevas siglas pero con el mismo mastodóntico tamaño; los coches oficiales; los parlamentitos; las agencias duplicadas; los sueldos exorbitantes; las dietas; los consejeros que cuando salen al extranjero dicen “llamadme ministro”; la impunidad del corrupto, del estúpido, del incompetente, del cacique. El sistema no funciona y no nos dejan cambiarlo. Es la dictadura de la mediocridad. Pero casi todas las dictaduras caen. El cuándo depende de la docilidad acumulada en 35 años.

Más Mas (el culebrón catalán)

Fede Durán | 20 de septiembre de 2012 a las 18:21

Comentaba un periodista catalán al que aprecio que el lío ya está hecho y ahora toca determinar quién lo arregla. La respuesta está clara: desface el hacedor. Artur Mas comete el clásico error que los ciudadanos vienen atribuyendo eternamente a los políticos. Se mueve por intereses electorales. Lo que pasa es que ha sido hábil. Ya nadie en Cataluña protesta por sus recortes porque los recortes parecen ahora culpa de un sistema deficitario de financiación. Nadie cuestiona tampoco los 35 años de políticas propias de la Generalitat, con todas sus virtudes y sobre todo defectos. El nacionalismo de Artur, como cualquier otro en general, vive cómodamente gracias al enemigo exterior. Y la cosa cuela porque la educación es competencia autonómica y en cada región se vende una versión de la historia, de los hechos, de las afrentas y los villanos que coloca a la patria chica en un pedestal y a la grande en la letrina de la opresión. España, una realidad discutida que aparentemente no incluye a los catalanes, tiene siempre la culpa. Qué fácil.

¿Cuál podría ser su intención? Ganar las próximas elecciones catalanas, quizás el próximo noviembre. ¿Y luego? Ése es un horizonte al que ningún dirigente español, yonquis todos del cortoplacismo, está habituado. La biblia es acaparar el poder en el menor plazo posible. Mas quiere capitalizar la creciente corriente del independentismo catalán. Quiere tener las manos libres para lanzar faroles a Madrid, pero también para mangonear sin fiscalidades incómodas ni críticas de la opinión pública. Hay demasiados casos de corrupción en la Cataluña democrática como para olvidarlo (Liceu, Banca Catalana, el 3%, las fundaciones de Unió, las ITV… qué español todo, ¿no?). ¿Por qué hablo de faroles? Porque ahí está el precedente del Plan Ibarretxe.

Mas y sus cojones quieren el pacto fiscal. CiU ya moviliza a las diputaciones para encajar sobre el terreno pedregoso de la crisis los cimientos de una Hacienda propia. El problema es que Cataluña forma parte de un sistema intrincado donde tirar de un hilo implica que alguien se quede sin seda dental. Madrid y Baleares tienen saldos fiscales proporcionalmente menos favorables con el Estado, y no se pasan el día lanzando el grito al cielo o amenazando con secesiones vaporosas. Andalucía perdió terreno con el nuevo sistema de financiación, y tampoco en la comunidad más poblada del país se masca un cisma o un sonoro “fuck you Spain”. Es cuestión de actitud (y la actitud estrella en el noreste nacionalista es el victimismo).

En realidad, Mas me recuerda a Rajoy, quien a su vez me recuerda a Franco. Los tres piensan que las cosas se resuelven solas, con el paso del tiempo, por la intercesión salvadora de un dios comprensivo. Pero no. Convergència ha decidido cerrar los ojos y echar a correr a sabiendas de que el poder que hoy tiene emana de la Constitución que repudia. Parece un adolescente cabreado con la paga que recibe, dispuesto a cagarse en los muertos de sus padres hasta que éstos le pongan la maleta en la puerta. Y quizás eso es lo que debería hacer el PP, secundado por el PSOE y por quien se quiera sumar. ¿Para qué aferrarse a un mapa que no es sagrado? ¿Por qué no opinar todos (mal que les pese, el asunto afecta al resto de los españoles, así que a todos corresponde pronunciarse) y hacerlo civilizadamente? Igual nos ponemos de acuerdo. Igual nadie quiere mantener el matrimonio.

Caben soluciones intermedias, claro. Se habla abiertamente ya de refundar el Estado autonómico dejándolo en una especie de confederación a tres bandas (España-País Vasco-Cataluña) donde los demás desmontemos sumisamente nuestros virreinatos y aceptemos que la igualdad también tendrá fronteras internas y galones históricos. Se sugiere mejorar el actual sistema de financiación autonómica. Algún valiente nada contracorriente y expone la solución inversa: the killing of the foros. Y hasta se debería plantear la posibilidad de que, ya puestos, cada cuál haga lo que le dé la real gana. En eso consiste básicamente la endémica estupidez española (fenómeno que incluye a vascos y catalanes).

 

PD: distintos economistas no alineados se esfuerzan por dejar claras las cuentas de las balanzas fiscales. Sí, CAT da más de lo que recibe (entre 11.000 y 16.000 millones, según se tengan en cuenta o no los descuentos de la estructura estatal de la que se beneficia), que es lo que suele ocurrir cuando se es más rico que el promedio. El concierto supone montárselo a la vasca: olvidar la contribución a la igualdad (un principio básico recogido en la Constitución) y reducirla a un chequecito por los servicios que presta el Estado en la zona. Pero CiU, ERC, ¿ICV? y las plataformas preseparación tendrían que añadir al factor sentimental una contrapartida de idéntica naturaleza (el cabreo del resto de españoles y el consiguiente batacazo de las exportaciones catalanas a España) y otra mucho más contrastable por fáctica: la salida de los organismos internacionales de los que forme parte el Estado matriz (Convención de Viena); la necesidad de contar con una moneda propia difícilmente atractiva para los inversores (el florín, el croat); los aranceles; la limitación al tráfico de personas; la fuga de capitales y empresas, etcétera.

Cataluña-España

Fede Durán | 16 de septiembre de 2012 a las 11:22

Adjunto el enlace al reportaje de este domingo sobre la cosa catalana. Opinan políticos y académicos andaluces.

La independencia no es tan sencilla, obviamente: el ejercicio económico necesario para desvincularse es casi laberíntico, y no está claro que Cataluña saliese ganando.

Adeu, Catalunya

Fede Durán | 12 de septiembre de 2012 a las 9:53

PRIMERO las cifras: la deuda pública catalana roza los 42.000 millones -el 21% de su PIB y el 30% de toda la deuda autonómica-; el Estado le debe a la Generalitat 970 millones por infraestructuras no ejecutadas en 2009 y 2010; Mas ha pedido a Rajoy otros 5.023 para afrontar vencimientos en 2012 de otra manera inasumibles. Luego las interpretaciones oficiales (CiU): el déficit fiscal que ahoga a Cataluña por las maldades de un sistema de financiación injusto es de 16.500 millones. Y finalmente el mecanismo tradicional del nacionalismo: si no me das lo que quiero, amenazo con irme. 

Veámoslo desde otra perspectiva. Cataluña gestiona exactamente los mismos tributos de raíz estatal que el resto de comunidades (salvo las forales): un 50% de IRPF e IVA y un 58% de los Impuestos Especiales. Sus tramos autonómicos son más gravosos que el promedio. Y la carga fiscal derivada de impuestos y tasas propios también (transmisiones patrimoniales, agua, etcétera). Ángel de la Fuente, miembro del Instituto de Análisis Económico y del grupo de expertos que asesoró al Parlament en sus maniobras previas a la formulación del llamado pacto fiscal (entiéndase como sinónimo de concierto económico) desmontó con otra cifra el agravio comparativo: 2009, el último año liquidado, demuestra que Cataluña “está ligeramente por encima de la media (nacional) en términos de financiación por habitante”. 

CiU siempre ha tenido dos ventajas en Cataluña: A. Es la coalición hegemónica. Sólo el PSC ha obtenido más votos en dos ocasiones (1999 y 2003), pero nunca más escaños. B. Ejerce un liderazgo moral del que sabe sacar el máximo partido. Ese liderazgo, de timbre moderado con Pujol, se ha radicalizado con Artur Mas no sólo por culpa de Artur Mas: el tripartido de Montilla, Carod y Saura sembró lo suyo. Y hoy todos menos el PP (un PP ridículo y autómata en manos de Alicia Sánchez-Camacho, ridícula y autómata en sí misma) se apuntan al concierto como si no hacerlo equivaliese a ser menos catalán. Ésa es la esencia del veneno identitario forjado entre creyentes, profetas y acomplejados. 

O me das lo mío o me largo. El nacionalismo podría definirse como la prolongación indefinida de la reivindicación personalizada, con parada final en la independencia. El problema es que los nacionalismos españoles (CiU y PNV) han sido valientes de palabra y muy cobardes de hecho, como si la consecución del objetivo implicase la muerte política y cerebral. Quizás ha llegado la hora de darle la vuelta a la tortilla: la contaminación mental (el desapego, que dicen allí) es irreversible, luego sólo queda invitar a catalanes y vascos a que conquisten y consoliden las mayorías sociales necesarias, negocien con el Gobierno español y pongan fin, en los términos comúnmente pactados, a su secular vínculo con el resto del país. Madrid debería entonces encargarse de garantizar el respeto de los derechos de las minorías, que serían los numerosos vascos y catalanes no nacionalistas. Será divertido observar a quién echan la culpa de sus males endémicos nuestros nuevos viejos vecinos.

A rey muerto, concierto económico

Fede Durán | 26 de abril de 2011 a las 8:52

Seguramente, Artur Mas soñó con una herencia diferente a la recibida de José Montilla cuando, a la tercera, fue la vencida y conquistó la Generalitat. Cataluña cerró 2010 atrapada en el grupo de las nueve comunidades que incumplieron el objetivo de déficit público, fijado en el 2,4%. El tripartito falló en su plan de austeridad y Mas se topó con un tremendo 3,86%. El déficit andaluz asciende, por ejemplo, al 2,99%.

En el Pla Económic i Financier entregado el 28 de enero a Elena Salgado, el Gobierno de CiU exponía sus objetivos, consistentes en rebajar un 10% los gastos no financieros hasta suavizar el déficit al 1,3% en 2011 y al 1,1% en 2013. La tijera supondría ahorrar 2.600 millones durante el presente ejercicio, una cifra muy lejana a los 5.800 que pretende imponer el equipo de Salgado, al que tampoco debe hacerle mucha gracia que Mas se niegue a aplicar una subida de impuestos -su otra exigencia disfrazada de consejo-.

La Generalitat necesita captar en los mercados unos 9.000 millones. Su deuda supera los 40.600. Las empresas públicas perderán un 6% de su masa salarial o un 5% de su plantilla [ver información principal]. El panorama es árido y el margen de maniobra demasiado magro, pero Mas tiene algunas ideas: la primera pasa por implicar al sector privado en la prestación de servicios públicos, muy al estilo de Esperanza Aguirre en Madrid. La segunda, apostar por las exportaciones, que crecieron un 18,3% hasta noviembre. La tercera, impulsar las infraestructuras. La cuarta, retener y atraer el talento. Y la quinta, actualizar las siempre polémicas balanzas fiscales y allanar el camino, ya en 2012, a un pacto fiscal con el Estado que culmine con la creación de un concierto económico -la verdadera meta de CiU para esta legislatura; el episodio independentista se pospone al menos hasta la siguiente-.

Tampoco parece claro que contar con un régimen tributario diferenciado garantice el éxito: aunque el País Vasco destaque entre las regiones que mejor doman el déficit (2,24% a cierre de 2010), Navarra está justo en el extremo opuesto (3,50%).