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La República de Iberia

Fede Durán | 5 de mayo de 2008 a las 19:03

La historia no ha alentado la fraternidad entre españoles y portugueses, aunque cohabitación hubo. Entre 1580 y 1640, tres Felipes (II, III y IV) gestionaron un imperio al cuadrado con distinta suerte. El azar alentó la breve unión: ni Sebastián I tuvo prole ni Enrique I El Casto quiso (o pudo) desmerecer su apodo. Los Habsburgo tuvieron ojo y supieron jugar sus bazas en ese culebrón que son los tronos y las sucesiones. Volemos raudos al presente para recuperar aquella realidad pasajera y engarcémosla con el ejercicio de política-ficción predilecto de Saramago. ¿Es posible repetir la jugada? Según la vieja premisa de Marx, por supuesto que sí. Además, ya no tocaría que la cosa acabara en drama sino en comedia. ¿Se imaginan un hermanamiento presidido por el humor? Vecinos de uno y otro lado de la frontera bebiendo oporto, o rioja, o cava a la orilla del Tajo. O del Atlántico. O del Mediterráneo.

Habría que reorganizarlo todo, claro. Propongo una triple capital Lisboa-Madrid-Barcelona. La diagonal ibérica. La envidia de Europa. Lisboa pondría la belleza melancólica. Madrid la electricidad social bien entendida. Y Barcelona el toque vanguardista. Para evitar los celos, el triple poder también se repartiría. El Gobierno, en Madrid. El Congreso para Lisboa y el Senado para Barcelona. ¿Y los jueces? Podrían echarlos a suertes. ¿Demasiado despilfarro? Bueno, pues que los grandes líderes se aprieten el cinturón y mejoren la gestión. Menos coches oficiales, aviones y helicópteros fletados y recepciones de lujo. Si el superviviente civil puede hacer frente a la reestructruración de su economía cuando llegan las eras de miseria, ¿acaso no pueden ellos, sobradamente preparados, bajar el listón palaciego?

El nombre no debería ser un quebradero de cabeza. República Ibérica suena mejor que Iberia porque no recuerda a ninguna aerolínea. Recurrir a los híbridos es otra opción, aunque ninguno destaca por su musicalidad. ¿Espagal? ¿Portuña? Tampoco hay que acuñar moneda: ya tenemos el euro. La bandera podría mantener en medio el rojo que ya exhiben ambas enseñas (en el centro unifica más) y añadir el amarillo español y el verde portugués. Si las bandas fuesen verticales, seríamos parientes de Camerún, por ejemplo. Si optamos por el look horizontal, el clon se llama Bolivia. Nuestro potencial turístico se ampliaría y superaríamos a Francia como gigante del sector. La comida, oh, la comida ya no tendría parangón. Ni los vinos. Ni la exquisita combinación de paisajes.

Más crucial es el tema de la Liga. Lo razonable sería mantener el cupo actual de 20 equipos pero, ¿con qué cuotas? Diez y diez parece un reparto desequilibrado dado que en España el nivel es superior. Además, se trata de trasladar a la competición el peso de 45 millones de habitantes frente a sólo diez. Nuestros hermanos lusos, evidentemente, protestarán. Primer agravio comparativo sobre la mesa, dirán. O diez escuadras o nada de nada. Lo malo es que nos fastidiarían el invento cuando estaba casi listo. Habrá que descatalogar la bandera, desterrar la denominación nacional, renunciar a la diagonal capitalina y beber oporto o rioja pensando que son brebajes riquísimos, sí, pero propiedad del otro bando. Saramago ya no existirá y no quedarán culturetas que rememoren aquel remoto matrimonio de 60 años. Y la culpa será del fútbol. No hace falta citar a Trillo para saber lo que diría ante tamaño despropósito.

Micromemorias III (el coronel)

Fede Durán | 14 de abril de 2008 a las 13:04

En toda plaza manda un coronel. Y entrar en contacto con él, recortar la distancia que separa el cielo de la tierra, impone. Mi primer gran entrevistado fue Joan Clos, ya ex ministro y quizás hoy abatido tras perder su pedrería por la irrupción de Sebastián y el escaso cariño que le profesa el PSC. Hace un lustro, cuando era alcalde de Barcelona, pedí la vez y me la concedieron no sin superar antes algunos de los trámites habituales, entre los que por suerte no se incluían plegarias ni ramos de flores. Para el jamón tampoco me alcanzaba, pero no hubo problema. Su jefa de prensa era una chica maja de origen andaluz, como tantas veces sucede allá. Yo ya conocía a toda la oposición (Xavier Trias, Alberto Fernández Díaz) y a los socios de Clos (Imma Mayol y Jordi Portabella), así que los socialistas debían sentir una especie de obligación moral que satisfacieron sorprendentemente pronto.

El Ayuntamiento se ubica, como el Palau de la Generalitat, en la Plaça de Sant Jaume. Pleno centro, barrio gótico, guiris y colorido movimiento. Normalmente entras por una puerta lateral, aunque si la cita es importante (y en este caso lo era) te hacen dar algún rodeo para que comprendas que el palacio es tan suntuoso como el líder que lo gestiona. La verdad es que el edificio impone: mención especial merece su capilla, oscura y pulcra, un lugar en el que tal vez puedas lograr la paradoja de casarte por lo civil de la mano de tu concejal favorito.

Pasillos y antesalas, bedeles y asesores, guardaespaldas y secretarias. Siempre prudente, dejando que la chica de prensa marque el ritmo. Al final, te sientan en un butacón frente a las mismas puertas del rey. Huele a rancio. El edificio es viejo. Seguro que crujen sus paredes. La puerta chirría y te dicen que puedes pasar, que el jefe te espera. Repasas las preguntas, seis o siete, no más (a veces es bueno confiar en que la conversación te llevará por derroteros imprevistos), compruebas que la grabadora no ha muerto y suspiras.

Ahí está. Se levanta y te estrecha la mano. El radar me indica de inmediato que cuida los detalles. Sobre su formidable mesa de madera (¿caoba?) descansa un ejemplar del Financial Times. El despacho es de techos altos y ventanales, pero huye del barroquismo. Anochece. Me ofrece asiento, elijo el que creo menos noble y compruebo que la chica de prensa aprueba mi decisión. Nos sentamos y charlamos. Es el warm up, el calentamiento previo a la batalla. A los cinco minutos consulto inquieto mi reloj. Es hora de arrancar. Que sea lo que deba ser. Le advierto que encenderé la grabadora. Sin problema. El piloto rojo brilla. Bien. Puedo concentrarme en las preguntas.

Hablamos de economía, de política, del espíritu de la ciudad, de sus deficiencias y atractivos, de sus aspiraciones. Se sabe la lección. Tiene cifras en la cabeza, las expone dándote a entender que eres un principiante. Decido atacar los flancos más débiles. Me decepciona su falta de autocrítica. En el momento más tenso, dobla una pierna sobre la otra y le veo no sólo el calcetín sino también la pierna, nada peluda pero dudo que depilada. Clos no le cae bien al partido, pero tampoco es tan malo. Sencillamente, no conecta. Es lo opuesto a Zapatero. Sabe más aunque guste menos. Han pasado tres cuartos de hora. Nos despedimos. Al salir del despacho, la chica me pide un favor. “Pásame la entrevista cuando la hayas transcrito”. Lo hago. Me llama a los dos días. “Me gustaría cambiar un par de frasecillas”. Es el segundo favor. Compruebo el impacto que las correcciones tendrían en la entrevista. Bah. Son cuestiones más de estilo que de fondo. Le contesto que no hay inconveniente. Me da las gracias.

Publico la página 72 horas después. Paso la mañana intranquilo, pero nadie llama ni me topo con sicarios a la puerta de casa. Abro una cerveza y pienso en el siguiente coronel.

Micromemorias II (el contacto)

Fede Durán | 7 de abril de 2008 a las 11:28

Cuando uno escribe de política, su materia prima, su objeto de deseo y a veces también de desprecio son los políticos, claro. Dianas de dos patas que se deslizan entre despachos y pasillos, bien escoltados por asesores trajeados y orgullosos con aires de suma importancia. Hay que ser pillo, escoger bien el momento, vender el producto, la familia profesional a la que perteneces, la difusión que representas.

El jamón de bellota eran Maragall, Mas, Carod y Piqué. No aceptaban entrevistas con menos de un general. Un redactor raso no bastaba salvo que acudiera con refuerzos. Ocurre siempre, en Cataluña y en Lima. Además, si milagrosamente accedían a entablar contacto con un pagano, imponían sus condiciones, que suelen ser dos: la presencia de alguien de confianza en la sala (una especie de inquisidor light) y el derecho a la transcripción de lo dicho, por si consideran necesario desdecirse.

Era mejor aspirar al jamón de york. Había tanta variedad como flexibilidad. Y en casi todos los partidos encontrabas a alguien competente y, lo más importante, con ganas de charlar. Miquel Iceta (PSC) era un buen ejemplo. El tipo que siempre devuelve las llamadas. También cumplía Joan Ridao (ERC), una de esas personas que derriban el tópico de que los políticos se dedican a esto porque no saben hacer otra cosa. Los muchachos de ICV-EUiA no defraudaban: cuanto más pequeño es un partido, más accesible se muestra. Bosch y Miralles eran capaces de recibirte en sus despachos sin que tuvieras la sensación, tan común otras veces, de que te hablan desde un pedestal. Más exigentes eran las cribas de CiU: sus portavoces fueron durante años consejeros y conservan por ello un aura divina difícil de borrar. Aun así, tras los oportunos formalismos, al final la petición colaba y escuchabas a todo un ex conseller Puig confesarte sus miedos y esperanzas. Caso aparte era Francesc Vendrell, portavoz del ex PP de Piqué, radicalmente tímido, extraterrestre en esto del intercambio de información.

Para picar piedra, que en definitiva es la actividad más habitual de todo cronista, están los figurantes, actores terciarios dispuestos a echar un cable a cambio de sentir que contribuyen a formar la opinión de un país. Descubres entonces la parte humana de esas máquinas del discurso y el reproche. Lídia Santos comenzaba a enamorarse del flamenco y no dudaba en pedirme asesoramiento (escucha a Son de la Frontera, Lídia, le sugería). Joan Ferran se destapó como un entendido de la cocina griega. Joan Herrera sabía explotar el puente aéreo para no perder contacto con Barcelona y con sus fuentes nativas y adoptivas. Cruzaba apuestas con Marina Llansana sobre futuros Governs y elecciones. Y por el Parlament andaba entre el tráfago Dani Sirera, indefectiblemente pegado al móvil susurrando frases en castellano, quizás sin imaginar que algún día sustituiría por sorpresa al jefe.

El contacto era agradable. Pese a la leyenda negra que han contribuido a alimentar personajes como Carod, allí el nivel es alto. Los escaños exudan un sincero interés por los asuntos públicos (aunque a menudo, por desgracia, éstos se confundan con el debate metafísico). Estimulante, por cierto, el dinamismo bilingüista: preguntas en castellano, respuestas en catalán, frases híbridas, preguntas en catalán, respuestas en castellano, así hasta cerrar un círculo de enorme diámetro. Si la heterogeneidad es enriquecimiento, regresé a Andalucía forrado.

Micromemorias I (el contexto)

Fede Durán | 29 de marzo de 2008 a las 13:03

Qué importante es el maldito contexto. Comienzas en esto del periodismo y no reparas en él. El optimismo del bisoño, supongo. Mis primeros pasos puramente políticos los di en el Parlament catalán, unas viejas cuadras reconvertidas en democrática casa del pueblo. Bonito sitio. Algo lóbrego, pero bien situado, Parque de la Ciutadella, loros ex presidiarios y olor a hierba por las mañanas. Era el único andaluz; el resto de colegas, de la tierra. El subdirector te firma una autorización, los administrativos tramitan el permiso y te presentas allí algo desorientado, con acento del sur, pidiendo muy amablemente tu acreditación y asegurando al mismo celoso bedel que meses después será tu compinche que no te has equivocado de sitio.

Subes las escaleras forradas de alfombra roja ( a veces también hay flashes, como en Hollywood) y te paseas por allí en busca del faristol. Lo encuentras. Están todos los demás. Te miran extrañados. Un intruso. Un rival (uno más). Coges sitio, abres la libreta, compruebas que el boli funciona y acabas contando ovejas hasta que aparece, siempre impuntual, el primer portavoz parlamentario.

El catalán se incrustó en mi cerebro a empellones, sin periodos de adaptación, en bruto. Oía a esos tíos y entendía la mitad. Por la noche, en casa, ponía a Buenafuente. Su programa en TV3 era mil veces mejor que el de ahora. Me eché una novia nativa. Mejoré un montón, hasta el punto de que a los tres años cambiaba de emisora sin ser perfectamente consciente de qué idioma escuchaba. Integración por supervivencia, se llama.

Cada día daba un paseo hasta las cuadras reconvertidas y buscaba información. Es complicado. Por definición, el periodista, sobre todo el político, se cree el rey del mambo. Nadie te echa un cable. Es un círculo cerrado, como en el cole. Al nuevo no se le habla, aunque los años pasen y se convierta no sé si en veterano pero sí al menos en un decente conocedor de la selva. Te acabas acostumbrando. Mantienes la sonrisa, saludas educadamente y construyes tu propio mundo.

Esas ansias de ostracismo tienen quizás una explicación. Para aguantar mucho en esto o te conviertes en un pelota o te consolidas como marciano. Los pelotas, que también son el pelotón, necesitan relaciones de exclusividad con sus fuentes. Y lo exclusivo, es obvio, no casa con el trabajo en comandita. Yo siempre he ido por libre, así que reivindico con orgullo mi condición de marciano. Los periodistas no somos estrelllas; tan sólo asalariados. Y en la vida, me lo enseñaron un par de antepasados, mejor conducirse con nobleza. Que la cara de limón la muestren otros.

Por cierto, los políticos catalanes me hicieron caso. Ellos sí me hablaban.