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Cuando hayamos muerto

Fede Durán | 13 de julio de 2012 a las 13:16

Dos reflexiones extraídas del mismo libro -¡Acabad ya con esta crisis!-:

  1. “Las deficiencias principales de la sociedad económica en la que vivimos son su incapacidad de proporcionar pleno empleo y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos (Keynes)”.
  2. “Insistir en la perpetuación del sufrimiento no es la iniciativa madura y adulta que uno debe adoptar, sino que resulta a un tiempo infantil y destructiva (Krugman)”.

Con la crisis ha proliferado la literatura explicativa del desastre, pero son pocos los que ofrecen soluciones. Volvamos a Keynes (y a Krugman). Para generar puestos de trabajo hoy, la iniciativa pública debe cubrir los enormes agujeros que ha dejado la iniciativa privada. Entre 1939 y 1941 (entre Pearl Harbour y la incorporación al fin decidida de EEUU a la Segunda Guerra Mundial), la explosión del gasto federal, orientado casi exclusivamente a la carrera armamentística y la industria militar, permitió disparar un 7% el empleo. Es lo que estos brujos macro le piden a los gobiernos de los países más desarrollados. En teoría, sólo con que Rajoy revirtiera el tijeretazo aplicado en tres o cuatro tiempos (entiéndase por tijeretazo el aplicado en las áreas sensibles del Estado de bienestar, no el que afecta a la estructura administrativa sobrante), ya estaría aportándole vitaminas al PIB real y al mercado laboral.

Pero el lema gastemos ahora, paguemos después implica no sólo rectificar el daño causado sino asumir una actitud proactiva. De ser posible, evitando una tercera guerra global. ¿Y dónde sería conveniente invertir los euros públicos? Según Krugman, en infraestructuras, por ejemplo, recuperando los planes cancelados y mejorando las redes ya existentes. O en prestaciones al desempleo temporalmente más generosas (justo lo contrario de lo que ha hecho el Gobierno español) para incentivar la permanencia en la sociedad de un sector creciente de damnificados que, además, ayudaría a reactivar el consumo.

Lo que Bernanke pedía como profesor de Princeton al Banco de Japón pero no aplica como presidente a la Fed también podría asumirlo un BCE remozado: usar dinero recién impreso para comprar activos no convencionales (a veces adquiere bonos soberanos, pero ya lleva 17 semanas en modo off) y deuda privada; usar ese mismo dinero para costear rebajas temporales de impuestos; invertir en el mercado de divisas para rebajar el valor del euro y reforzar las exportaciones; establecer objetivos para las tasas de interés a largo plazo, etcétera.

Y queda la tumba del ladrillo, tan honda en EEUU como en España. Con muchas personas pagando hipotecas por encima del valor real de mercado, lo lógico sería refinanciar esas deudas y rebajar los intereses precrisis. Así se liberaría una parte del presupuesto familiar que, de nuevo, podría redundar en un incremento del consumo. Ah, claro, la salud de la banca es la prioridad.

El problema es Alemania. Sólo cuando vea que la austeridad no le interesa será capaz de reformular sus obsesiones. ¿Quién diablos comprará sus productos cuando hayamos muerto?

Los diálogos de nuestros líderes

Fede Durán | 9 de agosto de 2011 a las 19:25

 

¿Qué frases intercambiarían hoy los líderes de la política/economía mundial? Ahí van algunas ocurrencias.

 Sarkozy a Merkel: “Me gusta esa sonrisa”

 Merkel a Sarkozy: “La crisis, Nicolas, la crisis. Y aparta esa mano”

 Intérprete de Sarkozy para sus adentros: “¿Alguien entiende que este tío esté con la Bruni y piense en la Merkel?”

 Zapatero a Rajoy: “No me ayudas ni una mijita”

 Rajoy a Zapatero: “Nos has llevado al desastre. España es una ruina”

 Rajoy a la prensa internacional y las agencias de rating: “España es solvente y no necesita un rescate”

 Cayo Lara a Zapatero y Rajoy: “¿Hola? ¿Hola? Estoy aquí.

 Trichet a Berlusconi: “Se te va a caer el pelo”

 Berlusconi a Trichet: “Pues me lo implanto otra vez”

 S&P a Obama: “Para chulo mi pirulo”

 Obama al mundo: “Siempre seremos un país triple A”

 El mundo a Obama: “Cuéntaselo a China”

 China a Obama: “Vamos a convertir Wall Street en un todo a cien y la Casa Blanca en el mayor karaoke del mundo”

 Salgado a Europa: “Jamás seremos rescatados”

 Salgado a Solbes, alias The Teacher: “¿Jamás seremos rescatados?”

 Espe a los madrileños: “Enséñame la pasta”

 Gallardón a los madrileños: “Tranquilos, seguiré buscando el tesoro”

 Bernanke a Giamatti: “Esta vez podrías comparecer tú ante la prensa…”

 Krugman a S&P: “Pardillos”

 S&P a Krugman: “Lo de Lehman fue una menudencia. Y de Enron ni me acuerdo”

 Lagarde a Carstens: “El FMI es un deporte donde siempre gana Francia”

 Carstens a Lagarde: “Tengo hambre”

 Pulido a la prensa (no podía resistirme al enfoque local): “Cajasol ha demostrado una vez más su magnífica solvencia”

Confesiones de un periodista económico

Fede Durán | 14 de julio de 2011 a las 13:43

Las 9.00 es una hora razonable para levantarse siendo periodista. Comienzas el día con una sonrisa de oreja a oreja provocada a veces simplemente por la luz al colarse por las ventanas. Aún no quieres saber nada de las agencias de rating, el Íbex 35, el penúltimo desencuentro del Eurogrupo o las ocurrencias y contraocurrencias del Gobierno y la oposición. No, por la mañana no estás contaminado. Te preparas el desayuno, le echas al cuerpo la gasolina del café y te largas a nadar o a correr (¿por qué en el agua es tan fácil y sobre el asfalto tan difícil?). Te duchas y apareces después seminuevo por la redacción, un lugar diáfano adornado por el flujo radiofónico, las conversaciones entre compañeros y el suave soplido de las páginas de la prensa en esa comparación permanente con los grandes y los pequeños de este oficio. Observas el tono de las páginas web, bicheas los teletipos y calculas por dónde irán los tiros. Ahí se produce el primer roce: una empresa que quiebra, un banquero corrupto, un país en ruinas, el paro, los precios, el euríbor. Vuelves a casa para comer y charlas con tu pareja, pero el cerebro ya ha tendido un puente indestructible con el día y sus claves informativas. Hablas de los planes para la noche como si te refirieras a las vacaciones de 2027, tan largo es el camino que media del presente al microfuturo. Estás de nuevo en la redacción, enchufado al matrix de una pantalla cutre que te quema los ojos, y la avalancha es imparable: Trichet, Bernanke, Merkel, y entre medias, como telegramas de telerrealidad, Ruiz-Mateos, Ortega Cano y Marta Ferrusola. Intentas vender esperanza, sobre todo vendértela a ti mismo, pero los meses recorridos desde mediados de 2007 han sedimentado en tu espíritu un poso de claustrofóbica derrota. Observas la ciudad, la región y el país y no aciertas a comprender cómo resisten. O sí: la economía es una formidable ficción sin dinero de verdad, sin liquidez, con un montón de números rojos que nos llevarían a las puertas de una bastarda realidad: si fuese posible calcular la contabilidad universal total sideral, llegaríamos a la conclusión de que el mundo se debe un montón de pasta a sí mismo. Tecleas y tecleas, ora destilando la tasa de paro, ora los concursos de acreedores, y al final concluyes que, como el suicidio colectivo no es de momento una alternativa, siempre queda esperar, esperar que la enorme tramoya económica cambie de rumbo un día y nos diga que somos otra vez opulentos, ambiciosos y soñadores, que España es el mejor lugar del mundo, que Zapatero, Rajoy, Aguirre, Griñán, Chaves, Arenas, Otegi, Carod, Gallardón, Monteseirín, Zarrías, Aído, Aguilar (Rosa), Aznar, Valderas, los sindicatos, Botín, las cajas de ahorros y el tranvía de Sevilla son sólo una juguetona pesadilla.