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Caso ERE: un arma de doble filo

Fede Durán | 5 de abril de 2013 a las 10:53

JUAN Ignacio Zoido ha encontrado una grieta en la armadura de José Antonio Griñán. Se llama ERE y le permite moverse en piso sólido, arropado por sus conocimientos jurídicos, reforzado por el habitualmente débil argumentario de la Junta. Es una grieta efectiva porque se basa en un escándalo real y colosal, pero a la vez es una grieta sórdida, purulenta, que vomita sobre la política los tropezones que la alejan del ciudadano y crispa los ánimos de los aludidos. Zoido y Griñán han endurecido su discurso, se han mentado metafóricamente a la madre, se han insultado con adjetivos ásperos y han silenciado al Parlamento con el veneno de sus jabalinas.

Lo malo es que quien maneja armamento pesado se expone al efecto Kim Jong-un: la posibilidad de pulsar el botón equivocado. Y Zoido cometió un error aparatoso al afirmar que Primayor, la que fuese primera empresa cárnica andaluza, obtuvo ayudas “con intrusos y Lanzas como mediador”. La tormenta que desató en el pospartido fue colosal.

El propio Griñán asumió el riesgo de la primera línea de fuego al anunciar una comparecencia extraordinaria donde podría haber dicho mucho pero dijo más bien poco. Nada nuevo lució bajo el sol del miércoles. Nada nuevo salvo la jerga salvaje. Y ahí el jefe del Ejecutivo andaluz es menos hombre de Estado, porque los hombres de Estado nunca se enfangan en público, nunca crispan el rostro, nunca descienden al peldaño último de la descalificación. Salvo cuando alguien pulsa el botón equivocado. “Está empezando a ser un lastre para su propio partido por su incapacidad para hacer propuestas. Sin hablar de los ERE, usted no es nadie”, le espetó, cabreado, al líder del PP.

Quizás esa frase resalte efectivamente el dilema de Zoido, que debe ser cuidadoso al distribuir el equilibrio entre la acusación (a poder ser fundada) y el ladrillo. Una estrategia basada sólo en la destrucción no es efectiva. Sin cimientos, sin yeso y cristal, el elector sólo detecta ruido. Se demostró en las últimas elecciones autonómicas: ni con toda la artillería apuntando a la trinchera de los ERE fue Arenas capaz de lograr la mayoría absoluta.

Aunque lo sabe, Zoido viste mal a su guerrero en lo accesorio. Asumiendo que el core capital son los ERE, lo anejo a sus ojos son dos asuntos directa o indirectamente vitales para la gente: la flexibilización de los objetivos del déficit y los desahucios. En el primer caso, porque Andalucía exige una voz única en la negociación de un listón asequible con Madrid y Montoro, igual que ocurre (con matices) en Cataluña. Cuanto menos margen de maniobra tenga, más se resentirán sus servicios públicos. En el segundo, porque el PP parece desentenderse de un problema que demuele el porvenir de cientos de miles de personas, alineándose con la banda mala de la película, los forajidos a lo Peckinpah de la banca, refinanciada con lo público pero implacable en sus negocios privados.

Proyectó la película el portavoz de IU, José Antonio Castro, trufándola de cifras y llamadas a la acción: 440.000 desahucios en España desde 1994 hasta hoy y 86.000 en Andalucía en el mismo lapso. Una sentencia del Tribunal de Justicia de la UE que cuestiona la ley hipotecaria española. Una iniciativa legislativa popular promovida por la PAH y cuidadosamente empobrecida por el PP en el Congreso, donde le espera una probable pena capital. Y un problema a la vez social, político y tal vez judicial, el fenómeno de los escraches, que IU considera “acciones pacíficas contra un sistema hipotecario criminal” mientras Zoido y Griñán lo desaprueban al unísono.

Esta exótica coincidencia entre opuestos no impide a las dos almas del Ejecutivo regional mantener la unidad, ya que tanto unos como otros defienden que la iniciativa de la PAH se apruebe “íntegramente”, lo que supondría institucionalizar la dación en pago con carácter retroactivo, detener de inmediato todos los desahucios y promover el alquiler social. Son los silencios asociados al drama los que debilitan la posición de Zoido en una CCAA cuyo subconsciente colectivo no se despega del poso humilde, de su origen proletario y campesino, de la sanguínea sospecha hacia la derecha y el señorito.

Así queda pues el primer daguerrotipo de la primavera parlamentaria. Un presidente menos cómodo, más cabreado que a comienzos de año, sometido al contraste de su blanca figura con el fondo negro de las tres siglas laborales; un jefe de la oposición irregular que procura suavizar su natural tendencia a la dispersión con la monografía que de lejos mejor domina; y un socio de Gobierno fiel y granítico que se susurra por las noches las razones por las que nunca romperá un pacto que su corazón le dice noble y a la par peligroso por las pegatinas que colateralmente conlleva.

Convivencia sin amor

Fede Durán | 24 de marzo de 2013 a las 10:57

Con la excepción de Cataluña y sus tripartitos I (Maragall) y II (Montilla), quizás nunca IU había tenido en España la oportunidad de tocar tanto poder como en Andalucía tras el 25M. Sobre Diego Valderas, hoy vicepresidente de la Junta, recaía la responsabilidad de cerrar un acuerdo equilibrado en consejerías (obtendría tres, ninguna de ellas pata negra) y compatible con la ética que en teoría distingue a la federación de un partido, el PSOE, que lleva más de tres décadas en el Gobierno.

Lo segundo ha sido más difícil: la comisión de investigación de los ERE fue apenas una opereta frente a la gran liga del proceso judicial; la Administración paralela y el enchufismo aún manchan el currículum de los gestores autonómicos. Afirma Juan Ignacio Zoido que IU tapa y los socialistas regalan. En realidad, Valderas, Elena Cortés (Fomento) y Rafael Rodríguez (Turismo) han procurado aplicar en sus ámbitos de competencia el listón deontológico que no pueden asegurar al conjunto del Ejecutivo. Las encuestas dicen por ahora que la experiencia no les quema. Izquierda Unida sigue creciendo.

En cualquier caso, el reto, el otro reto de todo matrimonio de conveniencia, era la armonía, o al menos la tolerancia. Este Gobierno de dos se parece poco hoy a una intriga florentina, aunque las sensaciones de cada socio difieren. Donde el PSOE ve “un clima de absoluta confianza”, en palabras de uno de sus líderes, IU habla de “cero deslealtad pero bastantes reservas”.

La Biblia es el acuerdo de 75 páginas firmado el 18 de abril de 2012, tan maximalista y ambiguo como cualquier programa electoral. Cuando hay dudas, regates o conflictos, las partes se remiten inevitablemente al documento, un árbitro inanimado, un pacifista de papel.

El esquema es el siguiente: Griñán ejerce de hombre de Estado. Está por encima del bien y del mal. La rutina no le salpica. La dama de hierro es Susana Díaz, consejera de Presidencia e Igualdad, dura, ambiciosa y temperamental. Valderas es la hormiguita, el correcaminos, un hombre conciliador que releva solícito al presidente en la tediosa noria de los viajes oficiales. Díaz y Valderas llevan el pulso de la coalición, teóricamente cada 15 días, en reuniones a las que también asisten Mario Jiménez, número dos del PSOE-A, y José Antonio Castro, portavoz del grupo parlamentario de IU. Díaz sería una especie de Robespierre; Valderas algo parecido a Sieyès. La mezcla, aparentemente, funciona.

Existe un segundo nivel de relaciones bilaterales. Junto a cada delegado provincial de la Junta, IU, a través del departamento de Valderas, endosa un coordinador, una sombra, un Fouché fiscalizador e invisible. La temperatura asciende en este caso. “Hablaríamos de tolerancia razonable”, explican desde el PSOE.

El primer año de coexistencia no ha sido demasiado productivo. En el horizonte asoman un puñado de leyes, pero todavía no se ha aprobado ninguna de las contempladas en el pacto de intenciones. Unos y otros lo justifican por la propia dinámica de toda legislatura -arranques lentos, finales trepidantes- y por el alto grado de participación ciudadana con que la Junta procura aliñar los textos.

Era difícil pronosticarle a priori más o menos latidos a este corazón híbrido, que de momento late puntualmente gracias al acertado reparto de roles, al respeto imperante, al beneplácito provisional de la militancia (la de IU, básicamente), a una Biblia de 75 páginas, a los sondeos, y a la descafeinada oposición de un PP que unos días percute con los ERE -un arma de destrucción masiva si se usa hábilmente- y otros se pierde en la intrascendencia.

¿Y el escenario de una crisis de Gobierno? IU respinga -“sería una locura”-, el PSOE tranquiliza: “Ellos mantendrán sus tres carteras bajo cualquier circunstancia”. Si hay cambios, los socialistas se centrarían en sus negociados, dejando en manos de IU la decisión de mantener o cambiar los cromos que obtuvieron en la puja.

Año uno, entendimiento sin amor; supervivencia sin odio.

Andalucía desde el corresponsal

Fede Durán | 15 de octubre de 2012 a las 11:59

Con sus 8,5 millones de habitantes y sus 87.268 kilómetros cuadrados, Andalucía es un gigante de los asuntos domésticos. Políticamente, sin embargo, nunca ha estado al nivel de Cataluña y el País Vasco, regiones más complejas, con lengua propia y nacionalismos dominantes. Tampoco económicamente su tamaño se ha traducido en poder. Con un 17,8% de la población española, apenas representa un 14% del PIB nacional. Su impacto mediático en la esfera internacional es pues limitado. Los catalanes, con su recién estrenado proceso independentista, y los vascos, con los rescoldos de ETA aún a tiro de retrovisor, copan portadas y análisis. Pero ese oligopolio ofrece algunas grietas, y rotativos de la primera división mundial como The New York Times, Le Monde, The Guardian, Corriere della Sera o The Wall Street Journal sostienen de cuando en cuando su lupa sobre la comunidad.

Las dificultades para embridar el déficit público, las elecciones autonómicas del 25-M, los atracos supuestamente simbólicos de Juan Manuel Sánchez-Gordillo a distintas cadenas de distribución o el agotamiento del manido cóctel del sol y playa han merecido reflexiones y titulares en los últimos tiempos. Hasta cinco cabeceras de renombre describieron el creciente protagonismo del SAT y su comandante, el alcalde de Marinaleda, un viejo conocido para los andaluces. Sandrine Morel, corresponsal de Le Monde, lo llegó a llamar Robin Hood. “Me pareció muy atípico y original que exista un pueblo medio revolucionario. Es una especie de sueño con problemas, pero funciona mejor que los de alrededor”, opina. Gian Antonio Orighi, de la italiana La Stampa, también entrevistó al diputado andaluz. “Literalmente, es un personaje. Independientemente de su posición política y sin tener en cuenta lo de los supermercados, ha ocupado tierras vacías, en su municipio no hay grandes diferencias salariales y puedes conseguir un alquiler por 15 euros al mes. Marinaleda parece Novecento, la película de Bertolucci, allí hay menos paro que en Salzburgo (que es el lugar con menos desempleo de Europa)”, explica. Giles Tremlett, de The Guardian, advierte que el discurso de Sánchez Gordillo gozará de más predicamento cuanto mayor sea la crisis “porque dice que el problema es de los bancos y los gobiernos, y ésas son palabras sólidas a ojos del ciudadano en estos momentos”.

Raphael Minder, suizo de nacimiento, trabaja para The New York Times en Madrid. En apenas dos semanas ha entrevistado a Artur Mas, el presidente de la Generalitat, y coescrito un reportaje sobre Juan Carlos I. Al menos en una docena de ocasiones ha bajado al sur para informar de temas variados: desde la economía sumergida de Barbate hasta las minas de Río Tinto pasando por la visita de Gran Rabino de Jerusalén a Granada. “Andalucía es una parte de España espectacular a todos los niveles, pero no es una mina de noticias. La complejidad social que deriva de la crisis ha quedado clara de muchas maneras, con la PAC, por ejemplo, o con la pesca, la emigración y el formidable nivel de paro”, resume.

“Piense -añade Minder- que el interés del lector americano hacia una autonomía o un land es el mismo que pueda tener el lector europeo por un Estado federado”. En realidad, tiene sentido. Andalucía es más grande que un puñado de estados -Carolina del Sur, New Jersey, Maryland, Connecticut- y socios de la UE -Bélgica, Países Bajos, Irlanda, Austria, Chequia-, pero las venas de la España político-económica no cruzan Despeñaperros. Lo confirma el delegado del Wall Street Journal, Santiago Pérez: “No hay una imagen tan granular de las regiones. Cuenta el país en general. El modelo autonómico resulta interesante no tanto porque detrás esté el problema del control del déficit -eso es debatible-, sino porque es obvio que entre España y las CCAA la tensión es creciente”.

Una semblanza clásica a cuenta de Andrea Nicastro, del Corriere della Sera: “Andalucía se asemeja mucho al sur de Italia por distintas causas: el gasto autonómico, el problema de la política clientelar y la intervención del sector público para suplir la iniciativa privada en una región tan grande y preparada pero a la vez con tantas lagunas económicas”, resume. “Pero también hay importantes diferencias: una es que Andalucía no tiene mafia y esto procura un ambiente económico, social y político más sano; la otra es que el relativo despilfarro de fondos europeos ha producido infraestructuras y un desarrollo urbanístico y arquitectónico maravilloso”.

Del 20 de noviembre de 2011 al 25 de marzo de 2012 pasó suficiente tiempo como para que la relevancia de las elecciones andaluzas se multiplicase. Mariano Rajoy arrasó en las generales, y las encuestas daban al PP-A una victoria sin precedentes en el gran feudo del socialismo. Las matemáticas, mala suerte, fueron nuevamente implacables y permitieron una coalición PSOE-IU que salvaba los muebles de la izquierda. El fenómeno fue seguido con interés. “La impresión que se tiene desde fuera es que Andalucía resiste frente a las políticas del Gobierno central pero a la vez necesita el dinero de Madrid para evitar la quiebra, así que, de hecho, las diferencias entre unas y otras recetas quedan anuladas”, razona Graham Keeley, corresponsal en The Times. “El Ejecutivo andaluz es un laboratorio de la resistencia socialista española. El PSOE no puede mostrar a Europa un incremento de la deuda, pero a la vez tiene que dejar claro que puede hilar soluciones diferentes a las del PP. Hasta el 25-M, los políticos andaluces no lo hicieron bien. Ahora tienen un estímulo enorme para cambiar y mejorar”, añade Nicastro.

Ninguno de los entrevistados lanza una sola crítica sin contraponer una alabanza. La bolsa de pecados es siempre parecida: los ERE, el caso Malaya, la brutalidad del ladrillo, el monopolio del socialismo, el nepotismo. “Andalucía concentra muchos de los males de España, aunque haya polémicas que no entiendo, como la del PER, que es una subvención a agricultores como otras que existen en la UE”, expone Morel. “Las infraestructuras aquí son de primer nivel, aunque en comparación con Francia echo de menos más movimientos de recuperación de la tierra, poniéndola en valor a través del turismo rural y de jóvenes urbanitas que aporten su talento. El desarrollo urbanístico ha conllevado poca innovación”.

Keeley mete el dedo en la llaga. “El modelo turístico andaluz está agotado. Ya no está de moda el sol y playa, a los británicos les gusta cada vez menos. Ésa es la razón por la que Barcelona se ha convertido en un destino líder: combina playas, cultura y vida nocturna. Creo que Andalucía sufre un problema de marca, porque en realidad sí destaca en algunos ámbitos como la aeronáutica y la industria solar, pero nadie conoce esas ventajas. Desgraciadamente, el escándalo de los ERE refuerza el peor tópico de Andalucía, el de la corrupción y la ineficacia”.

Orighi también da una de cal y otra de arena. “Conozco Andalucía mejor que el sur de Italia, y está mucho más adelantada. Si uno pasea por el centro de sus capitales, le cuesta creer que haya tanto paro. Andalucía era el reflejo de una sociedad medieval tutelada por los famosos caciques. Tras Franco, con el PSOE, la cosa ha cambiado poco. Ha sido la comunidad autónoma peor tratada de todas”, arguye. El italiano se desmarca de la mayoría al hablar del clima. “El calor es un freno a la calidad de vida y a la creación de una buena red industrial. Y luego están los efectos de la burbuja inmobiliaria: hay playas increíbles demasiado llenas de cemento, y es una pena. Llegar desde Doñana a Matalascañas es un puñetazo en la cara brutal. Aquí los políticos han optado por el pan para hoy y hambre para mañana”.

Tremlett utiliza el discurso de CiU y Mas sobre el expolio y las balanzas fiscales para resaltar las sospechas habituales. “He estado varias veces en Cádiz, y va mal, muy mal. Cuando aparece la cuestión catalana es cuando empiezas a preguntarte para qué sirve el dinero del Estado que acaba en Andalucía. ¿Hasta qué punto permite transformar el tejido productivo? ¿O es sólo una especie de subsidio territorial?”. Y acto seguido el matiz: “No creo que sea una cuestión de idiosincrasia. En algunos sitios, por razones históricas, donde la gente no tenía tierras y se trabajaba por peonadas, difícilmente una sociedad es capaz de cambiar. Para cambiar hace falta la emigración, que es lo acabó ocurriendo”, sostiene. “Luego echas un vistazo a los polideportivos, los teatros, la alta velocidad o las carreteras y la CCAA sale bien parada incluso comparada con el Reino Unido. Ha aprovechado bien los fondos recibidos hasta llegar a la paradoja de que, siendo relativamente pobre, está mejor dotada que otras regiones ricas”, concluye.

Andalucía resume en la retina del corresponsal el estado de la actual España: una vieja tierra mágica que, pese a ser regada con el elixir de la solidaridad europea, no ha sido capaz de inventar un modelo de país viable, sólido y diferenciado.