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¿El castellano contra las cuerdas?

Fede Durán | 9 de septiembre de 2008 a las 11:28

En alguna ocasión hemos tocado en este foro el asunto siempre polémico de las lenguas españolas. Catalán, euskera y gallego lo son desde una perspectiva estrictamente geográfica. Ese diario que tan bien conocemos y reacciones tan encontradas genera pone la cuestión sobre la mesa con un lema contundente: El castellano está en peligro. ¿Lo está? Como hay mil y pico millones de chinos habrá que concederles a ellos la medalla de oro. Nada se habla tanto como el mandarín. Después viene el inglés, que es lo más parecido al esperanto. Y tenemos a nuestro representante nacional en el bronce, menos aparente pero igualmente significativo. Ésta es la macroteoría, pero aprovechando mi estancia de tres años en Barcelona me gustaría descender al universo micro, centrándome, obvio, en el catalán. Ahí van algunas conclusiones basadas en la práctica.

1. El falso mito: Si usted visita Barcelona o cualquier otra localidad del entorno, el 90% de los nativos cambiará automáticamente de idioma si el suyo no es el catalán. Además, tanto en la capital como en Tarragona (en menor medida en Girona y Lleida) el porcentaje de hispanoparlantes es mayoritario. Cornellà no es una fantasía felipista: en sus calles suenan acentos del sur.

2. El mito verdadero: La Administración autonómica y local sí es otra cosa. Sin el idioma no puedes trabajar allí. Es en cierta forma lógico, pero a la vez difícil de compatibilizar con el principio de igualdad de derechos. Vale el asterisco citado en el punto número 1. Alguien con educación y corazón cambiará el chip cuando la comunicación sea imposible (cosa ciertamente complicada: el catalán es sencillo… y hermoso).

3. Los políticos: Podría hablar de otro falso mito. Tuve la suerte de conocer a algunos buenos espadachines (Joan Ridao, Miquel Iceta, Joan Boada, Joan Saura, Josep Rull, Felip Puig, Josep Piqué) y todos ellos, en la más estricta intimidad de una conversación cara a cara y a sabiendas de que hablo catalán, tenían la deferencia de recurrir al castellano. Carod es caso aparte. No importa.

4. Los comercios: El pragmatismo del negocio supera con creces su vertiente espiritual.

5. Las amistades: Comprensión, señores. Si uno ingresa en el círculo, habitualmente mixto y por tanto bilingüe, tendrá que acostumbrarse a esas charlas en estéreo. Si dos catalanes catalanoparlantes despachan en catalán nadie debería tirarse de los pelos sino aguzar el oído y aprenderse la copla más por gusto que por necesidad. Así, una noche inopinada saltas al ruedo y arrancas exclamaciones (no siempre admiraciones) y el reconocimiento colectivo de tu esfuerzo simbolicomacarrónico. Con el tiempo engrasas la cadena y hasta te lanzas al vacío en ruedas de prensa.

6. La familia: No deja de ser más de lo mismo. Quien se apareja con un oriundo sabe que las puertas de su casa están abiertas de par en par hasta el final del pasillo. Imaginen una aldea tarraconense, pan con tomate, bosques y autoconstrucción: allí también se sentirían en casa, reforzarían sus habilidades para desenvolverse en estéreo y dormirían acunados por el vino de la tierra sin mirar cómo está etiquetado.

7. Los medios de comunicación: Aunque cualquier programa se gestiona en catalán y la clase dirigente procura eliminar cualquier rastro del castellano, las cosas no son tan tan negras. Hay espacios donde cada invitado recurre a su lengua; otros donde directamente el presentador se adapta al entrevistado y hasta pequeños oasis (Especialistas Secundarios era/es un buen ejemplo).

¿Peligro, pues? Objetivamente, no. Caso por caso, familia por familia, individuo por individuo, puede que sí. Negar a un niño su escolarización en castellano no es justo o injusto sino dudosamente constitucional. Muchos sienten amenazada su lengua, un pececillo marginal que lucha contra los elementos. Ningún Gobierno ha logrado jamás contener un terremoto. Tampoco la Generalitat frenará el predominio del castellano en su propia tierra. Pero entre el miedo y la resignación deberían existir ganas de entendimiento.

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