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El dragón chino huele a muerto

Fede Durán | 15 de marzo de 2013 a las 11:49

EL distrito Este de Zhengzhou presenta bajo el prisma de la CBS un aspecto fantasmagórico: es una ciudad tan gigantesca como vacía. Todo nuevo, todo perfectamente delineado, todo rigurosamente inerte. En 30 años, China logró convertirse en la segunda potencia económica del planeta sólo por detrás de EEUU. Parte del milagro, igual que en España, se alimentó de la construcción, que en su fase álgida llegó a suponer hasta el 30% del PIB. La emergente clase media del país siempre fue ahorradora. En 2006 asistí en el Ensanche barcelonés a una compra inolvidable: una familia pagaba a tocateja por un buen piso de 140 metros cuadrados. Sin bancos, sin intermediarios.

Quince años atrás, Pekín dio aire a esas rentazas eliminando algunas de las limitaciones a la inversión que hasta entonces constreñían a los menos menesterosos. Enhorabuena, anunció el otrora régimen rojo, puede usted convertirse en propietario. Aupados por el primordial mecanismo de la burbuja -la expectativa de un crecimiento ilimitado de los precios-, todos compraron, a veces hasta diez apartamentos de una tacada. China se envalentonó: era capaz de levantar desde el cero del polvo y los arrozales entre 12 y 24 ciudades nuevas cada año. Por ejemplo, la célebre Thames Town, réplica de cualquier pueblecito inglés cuyo único uso hoy es el de servir de marco a los retratos de los recién casados.

Wang Shi es el constructor más poderoso del papá dragón. La empresa que dirige vale, siempre según la geometría variable de los mercados, alrededor de 53.000 millones de dólares. En una entrevista para la cadena estadounidense pronuncia frases sorprendentes en alguien que forma parte del sistema: burbuja, protestas, drama, Primavera Árabe en ciernes. Y el broche de una descripción muy sencilla de nuevo exportable a España: “only quantity, not quality“.

China arrasó el campo para convertirlo en asfalto. Fabricó rápido, demasiado rápido, e implicó a la población. Después quiso recular: en 2011, el Gobierno decretó que nadie podría comprar más de un piso en las grandes ciudades. Los precios cayeron entonces en picado. Y las constructoras frenaron en seco. Sin la rampa de los precios crecientes, el invento se venía abajo.

Así se creó el fantasma, el esqueleto, el sarcófago sin tesoro. Las cámaras meten el hocico en un centro comercial de cualquiera de estos cementerios. Hay carteles de Nike, Starbucks, H&M y, por supuesto, Zara. Eran simples reclamos para inversores. Eran falsos.

Si las cosas empeoran y la burbuja estalla de verdad, 50 millones de trabajadores perderán sus empleos, el patrimonio de hasta tres generaciones se evaporará, nacerá una bestial crisis de deuda y se multiplicará el descontento. Quizás es la medicina que requiere esta dictadura para abandonar su molde de doble moral: comunismo para el pueblo, capitalismo para las élites. Dos dólares al día para la clase baja; limusinas, jets, compañías, palacios y oro para la alta. Y en medio, como la mortadela del sandwich, la misma desdichada clase media, la misma panda de engañados que en Sudeuropa vive cada día peor.

Ya está ocurriendo

Fede Durán | 29 de julio de 2011 a las 9:27

CHINA es desde hace meses la segunda potencia económica del mundo sólo por detrás de EEUU. La literatura racista anglosajona de mitad del siglo XX (y de antes y después) encuentra así plena justificación a su mayor temor, el dominio absoluto del gigante amarillo, un yunque demográfico. Estados Unidos se ha convertido, vía techo de gasto, en ese típico actor guaperas que envejece de repente, sin transiciones, y deja al aire sus costurones y una dentadura reventada. Los americanos aún tienen el dólar, Nike y Apple; aún lucen Nueva York; aún cuentan con el talento de viejos tipos como Gay Talese y Tom Wolfe; pero se han quedado sin carrera espacial, sin Michael Phelps y casi casi sin Barack Obama.

La última cumbre del G-20 dio al yuan los galones de una moneda de referencia. China, con una renta per cápita diez veces inferior, es el principal acreedor de EEUU con más de un billón de dólares en bonos del Tesoro. Aunque el dragón también arrastra problemas de deuda, y aunque el trío calavera del rating (Moody’s, Fitch, S&P) le amoneste por ello -con bastante menos violencia que a la europeriferia, por cierto, pero con un lenguaje algo más encendido que cuando se trata de criticar a EEUU- , China cuenta con sus propias agencias de calificación (Dagong, por ejemplo) y se lanza a surcar los mares económicos del planeta con otras notas y referencias.

¿Qué ocurrirá cuando tome definitivamente el mando? Sus ripios, todavía más visibles, no impedirán la materialización de una colosal paradoja: un país comunista dominará el sistema capitalista. Sufrirá China entonces una crisis espiritual, pues su yo comunista, una especie de holograma reiteradamente negado por el bozal político y mediático, deberá ser destruido. Los dirigentes chinos han recorrido ya un importante trecho del camino al adaptarse sin problemas aparentes a los ejes del embudo capitalista, donde todos producen y trabajan pero apenas unos pocos manejan el cotarro y perduran en su abundancia ajenos a los vaivenes del ciclo económico.

Cuando China mande, cambiará el traje del imperio: los McDonals y Starbucks de los centros históricos españoles pasarán a mejor vida. Los blancos querrán parecerse a los amarillos (y no a otros blancos más blancos o a esos negros tan guerreros y creativos del gueto yanqui). Fitch no pintará nada. Apple será una versión cutre del verdadero paradigma del diseño, radicado obviamente en el corazón de Asia. No cantaremos al señor Marshall sino al honorable maestro Park. Nuestros barrios serán enormes extensiones del todo a cien (si no lo son ya). En la escuela se aprenderá mandarín con el cantonés como segundo idioma. Hollywood estará en Shanghái. Etcétera. No es una broma. Está ocurriendo. Y estos nuevos tentáculos dominantes marcarán nuestro bolsillo, nuestro paisaje y nuestro way of live.

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Grecia la indeseable, China la bella

Fede Durán | 5 de enero de 2011 a las 19:23

LA culpa de todo la tiene Grecia. Sin su despilfarro y posterior rescate, los mercados no se habrían fijado en España. Ésa es la opinión del presidente Zapatero, que justifica así los recortes del Gobierno. La conclusión inferida es inquietante: si no fuese por la lupa de Bruselas y las agencias de calificación, nadie habría hecho nada por suprimir el cheque-bebé o la ayuda de 426 euros, por no hablar del retraso en la edad de jubilación, la reestructuración de las cajas o los recortes salariales a los funcionarios. Es decir: ningún estratega del Ejecutivo habría considerado necesario controlar el déficit público y vender al exterior la solvencia de nuestro sistema porque a nuestro sistema sólo le molestan en verdad puros fantasmas, ilusiones generadas por algún enemigo de la patria, el euro y el arco mediterráneo.

Sin aprender del escarmiento, también se atreve Zapatero a repetir el pecado de los pronósticos: la crisis del paro, vaticina, acabará en el segundo semestre. Lo dice el mismo hombre que negó la recesión hasta que le explotó en la cara o el que negó y niega -y en este particular encomendémonos a quien corresponda en función de cada credo- un rescate a España como el de la epidémica Grecia o la burbujística Irlanda.

Por si acaso, y para meter unas monedillas en la raquítica hucha, el Gobierno se inspira en Berlanga para tenderle la alfombra roja al viceprimer ministro chino, Li Keqiang, custodio rojo de un macuto valorado en 1.000 millones, los que derivarán de los acuerdos comerciales y empresariales que el gigante asiático firmará de su mano estos días en Madrid. España se encomienda a China sin escrúpulos ideológicos -ya nadie habla de dictadura, qué ordinariez- y embelesada por el poderío amarillo. China compra muchísimos de los bonos que emite el Tesoro, o sea, que sacia parcialmente la sed de recursos del país. Por contra, y sin que resulte sorprendente, los empresarios españoles todavía son una cagarruta para el régimen de Hu Jintao.

Todo lector debería concederle una oportunidad a El Chino, de Henning Mankell, un retrato despiadado de la nueva realidad del dragón que algún día acabará comiéndose a EEUU. Podríamos considerarlo un manual de instrucciones para potenciales inversores españoles. Módulo uno: Fundamentos de Corrupción. Módulo dos: Endogamia y Extorsión. Módulo tres: Colonialismo y Explotación. En realidad, los reparos son una injusticia histórica. ¿No es aplicable el referido temario a toda potencia del pasado o del presente? ¿No canalleó el imperio español en las Américas? ¿No canallea Estados Unidos cada vez que necesita petróleo? China es tan sólo un coloso más en la plantilla de colosos del planeta, uno que viene con la cartera hasta los topes y dispuesto a gastar, que es lo que ahora necesita la economía nacional, tan resignada al tacataca y el esparto.

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El dragón que caga en el convento

Fede Durán | 22 de octubre de 2010 a las 9:20

El afán planificador del comunismo es todo un clásico de nuestras pesadillas recientes. Planificas los derechos del pueblo, las torturas del paria, la cosecha del azúcar o el exterminio de media Ucrania sin que el viento del remordimiento agite un solo pelo de tu iluminada cabeza de líder, ya seas un analfabeto georgiano o un zapatero rumano. Raspando el mapa del mundo descubres el pecio de aquel viejo y feo gigantón: una isla enferma (y pese a todo endiabladamente talentosa) en el Caribe, el cuento más temible de Orwell (o Lovecraft) en la Península de Corea y, oh cielos, la versión pragmática, millonaria y depredadora del paraíso proletario que pudo ser y nunca será. China, todo quisqui lo sabe, es la expresión geopolítica del travestismo económico. Nada para el pueblo pero con el pueblo. Originales son, los muy jodidos. Y planificadores también, para no faltar a la costumbre.

El New York Times, que además de ser el mejor periódico del mundo es el más entretenido, publicaba esta semana un reportaje de disección del dragón asiático en aquella faceta que mejor conoce España: el ladrillo. China, como Dubai o incluso como El Pocero en Seseña, delinea desde un butacón aterciopelado las hechuras de su inabarcable imperio. Debe tratarse un proceso parecidísimo a aquel mítico juego de estrategia, Sim City, donde plantabas a golpe de ratón centrales nucleares, aeropuertos o escuelas infantiles con esa obsesión tan humana por la impronta urbanística, que es una forma cutre de inmortalidad. La ciudad se llama Ordos, colinda con Mongolia y acumula un buen puñado de virtudes que deberían convertirla en un buen partido a ojos del ciudadano: grandiosas reservas de gas natural y carbón, temperaturas macroeconómicas propias del mejor enclave turístico y un mercado inmobiliario engrasado y rutilante donde los carteles de en venta le duran a las casas apenas un parpadeo.

Sólo hay una pega. En Orbos falta gente. La idea del Partido era magnífica. Construyes urbanizaciones de inspiración ligeramente victoriana, asfaltas las mejores carreteras, plantas los arbolitos más cucos y obligas a tu división de burócratas, gobernantes y militares a poblar la zona con entusiasmo y fidelidad. Pero, ay, China es tan enorme que ni contando con aparato tal logras darle color al paisaje sin la colaboración del pueblo, más cómodo por ahora en el downtown que en las gloriosas promociones descritas. La autoridad tardó cuatro años y un billón de dólares en ejecutar el proyecto, y calculó que unos 300.000 habitantes se alojarían en el nuevo distrito de Kangbashi, pero las cuentas abofetearon al profeta: 28.000 chinos y gracias. Ordos podría ser la punta del iceberg. Otras once ciudades sufren el mismo problema. Y las flechas subrayan ya la definición técnica de la enfermedad: burbuja inmobiliaria. Quizás viéndole las orejas al lobo, China subió el martes los tipos de interés. Escasa medicina frente a la firma fácil del político nativo, más propenso al reto del enésimo megaproyecto que al raciocinio sostenible.

En cierta forma, China se parece a España. Marca los mismos récords de crecimiento (en otra división, por supuesto, y en otra época o fase o tiempo) y comete errores similares. Sus dirigentes son probablemente igual de incompetentes y adictos al poder y el dinero, y su voracidad repercutirá, como aquí, en el patrimonio y el paisaje. Como dijo hace poco un reputado economista fuera de micro, quizás “China es un país de mierda”, pero, ¿a quién le importa? Su función es otra, y consiste en fabricar pasta y hacerla circular, que es lo que los americanos hacen desde siempre, aunque con un importante matiz diferenciador: mientras el dragón caga dentro del convento, Estados Unidos conserva increíblemente impoluto el patio de su casa, que es la metáfora perfecta para englobar sus bosques, costas y recursos naturales en general… Ya los gastarán cuando no haya más remedio.