Archivos para el tag ‘Coge el Dinero y Corre’

Una cuestión moral

Fede Durán | 27 de febrero de 2014 a las 18:51

AUNQUE a veces parezca increíble, el dinero público no pertenece a quien lo gestiona. La encomienda debiera implicar el mayor de los escrúpulos, una actitud a lo Robespierre donde transparencia, equidad y eficiencia caminen de la mano. El principal problema en España no son las fugas de caudales asociadas a la corrupción sino la asignación arbitraria de océanos enteros de presupuesto. Podrá alegarse que la ubicuidad de un personaje político, por ejemplo, queda justificada por su relevancia institucional y su carácter representativo, pero esa falacia empobrece directamente al contribuyente cuando el ciclo económico dicta recortes. Los porcentajes no son relevantes. Es más una cuestión moral.

Siempre habrá recursos para hospitales, escuelas, bibliotecas y museos. Éste es el primer mundo, aun en su vertiente menos pujante. Esa bolsa de millones finalistas está sometida a vaivenes coyunturales e ideológicos (a menudo ambos actúan en sintonía), a decretos imperiales (Alemania) y presiones neoliberales (los mercados, ocultos tras caretas humanas). Todas las fuerzas erosivas responden al yugo de la deuda, que es el gran vicio del capitalismo desde la eliminación progresiva del patrón oro. Nadie crece ya en función de lo que tiene sino desde la ficción de lo que debe, trazando en la pizarra del tiempo un infinito y cruel círculo vicioso cuya consecuencia es trasladar a las siguientes generaciones la losa de la inviabilidad.

Siempre habrá pues recursos para lo que importa, recursos oscilantes, discutidos y fantasmales que observan cómo otros recursos, una especie de raza superior de euros aparentemente iguales, conservan el vigor –independientemente de las circunstancias– para apuntalar las imágenes, los mensajes, la iconografía del poder. En tal castro viven las televisiones públicas, las cohortes de asesores, los retratistas del régimen y, cada vez más, los opinadores de alquiler.

La pregunta es doble. 1. ¿Implica la dignidad del cargo una ubicuidad abusiva? 2. ¿Hay alternativas para manejar esa dignidad sin comprometer más dinero del estrictamente necesario ni vulnerar libertades esenciales en una democracia? La respuesta es no-sí. No (1) porque el ejercicio del cargo ha quedado desvirtuado por la obsesión con el movimiento, la geografía, la fotografía, el vídeo y el vítor: estrechar más manos y lanzar más promesas probablemente signifique meditar poco y ejecutar peor. Sí (2) porque esa tímida pero persistente tendencia de la sociedad contemporánea hacia ciertas formas de democracia directa contempla y exige la participación del ciudadano, siquiera colateralmente, en la distribución del gasto, especialmente si éste es suntuario, y el narcisismo y la avaricia lo son.

Coda: la libertad queda tanto más comprometida cuanto mayor es la cuña del presupuesto sometida al interés tribal. Salvo en la Argentina de Fernández de Kirchner, las deudas y los favores son inmensas jaulas de oro. Una vez dentro, resulta imposible escapar salvo perpetrando una segunda traición.

Johnson contra Mújica

Fede Durán | 21 de febrero de 2014 a las 11:08

Mujica

EN una entrevista concedida al New York Times poco antes de convertirse en el trigésimo sexto presidente de la nación más poderosa del planeta, Lyndon Baines Johnson explicaba sin tapujos su visión de país: “Soy un negociador y un estratega. Intento obtener ganancias. Así es como funciona nuestro sistema en Estados Unidos”. En febrero de 2014, aproximadamente 51 años después, José Mújica, su homólogo uruguayo, respondía en otra entrevista a un titular previo del español Abc donde se le definía como El Presidente Más Pobre. “Yo no soy pobre, pobres son los que creen que yo soy pobre. Tengo pocas cosas, es cierto, las mínimas, pero sólo para poder ser rico”, alegó, seguramente tras sorber de una taza sencilla una infusión de mate.

LBJ fue un texano de uno noventa y tres con manos de oso y la cabeza en forma de píldora. Era campechano y brusco, malhablado y noble, jamás daba explicaciones y definía el amor como una autopista federal destinada a acortar distancias. Achaparrado, prácticamente sin cuello, Mújica, descendiente de vascos y ligures, practica una suerte de equilibrismo perenne entre la izquierda guerrillera de la que viene y el sentido del consenso al que le empuja su imagen de la responsabilidad. Se preguntarán dónde está la conexión, pero hay que reformular el planteamiento: la desconexión es en este caso la verdadera conexión, aun admitiendo un fino y sutil hilo de afinidad.

Porque, cuando hablaba de ganancias, Lyndon Johnson definía el sabor de la sangre imperial, esa espesa pasta de codicia, visión crematística innata y pulsión petrolífera. Si en su respuesta a ABC Mújica hubiese utilizado la misma palabra, ganancia, lo habría hecho sin ningún género de dudas para referirse al bienestar uruguayo desde un prisma no invasivo sino sostenible o, si prefieren otro adjetivo aproximado, amigable. A la vez, la afinidad existe, se palpa bajo el césped presidencial. Johnson y Mújica defienden en el fondo lo que ellos entienden que sería un mundo mejor, es decir, comparten, en dosis abiertas a la interpretación, el gen del bien común.

Mújica será siempre, sin embargo, infinitamente superior como mensaje pese al handicap de liderar un país pequeño y encajonado que bien podría haber inventado, como confesaba en una entrevista, la socialdemocracia que con tanta superioridad moral procura atribuirse Europa. Y no se trata de que sea superior al bueno de LBJ sólo por residir en un apartamento de cuarenta y cinco metros cuadrados con jardín y sin escolta ni servicio; Mújica gana porque su mensaje es igual de franco sin ser tan llano, porque la estela de sus pensamientos describe meandros complejos que beben de las humanidades, de las enseñanzas más duras de la vida, de la serenidad más auténtica, de la sabiduría efímera de los hombres. El pequeño líder de ese pequeño pedazo de continente sudamericano personifica la oposición a la demente sociedad del consumo y la integridad que todavía late en determinados y escasísimos espíritus impermeables.

El lobo era Wall Street

Fede Durán | 30 de enero de 2014 a las 20:07

THERESIENSTADT y Bergen-Belsen, igual que Krupp y Siemens, los Judenrat y hasta la Aliyah Bet acreditan suficientemente que el mercantilismo puede aplicarse, en su versión más pérfida, incluso al ser humano. Hitler, Himmler, Heydrich y Eichmann demuestran, en paralelo, que el hombre es un oso grizzly para el hombre (los einsatzgruppen, los camiones del gas, la nefanda Solución Final). La referencia a una de las cumbres históricas de esta reflexión no obsta el relato de sus versiones actuales, de una sofisticación notable y una invisibilidad sobresaliente. Además de los principales perpetradores del planeta, nosotros, los animales más inteligentes, el pompón de la escala evolutiva, seguimos siendo una mercancía.

Básicamente, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, pero esa travesía contra el tiempo subraya en rojo chillón la fase tres y en rojo mate las fases uno, dos y cuatro. Es cuando nos reproducimos (o cuando sin reproducirnos adaptamos nuestro estatus a la suma de experiencia y pujanza) cuando se multiplican nuestras necesidades, perfeccionando sin saberlo esa sofisticada e invisible condición de producto. Como tal, y ante la obligación de forrar el colchón de euros preventivos, reforzamos nuestras cadenas: con la nómina, con los bancos, con la familia.

Desde fuera, sin embargo, apenas somos tornillos anodinos en la inmensidad de la chatarrería. El dependiente nos utilizará en función de las preferencias del cliente porque su sueldo depende directamente de las ventas, que mantendrán viva la empresa, satisfarán al propietario (enredado en madejas superiores) y permitirán dibujarle flores y habanos al futuro del agente económico encastrado en primera línea. Scorsese podría rebautizar su última película más o menos así: El Lobo Era Wall Street.

La conciencia creciente de esa realidad enjaulada ha empujado a muchos a la emancipación jerárquica. Sé tu propio jefe, equilibra tus horarios, crea riqueza y cubre facturas sin devorar al compañero. Otros (a veces los mismos) han redefinido sus pautas de consumo, eliminando todo lo accesorio y cegando los escaparates más adictivos del capitalismo (tecnología). Se trata fundamentalmente de maniobras de distracción, porque nadie está a salvo al cien por cien de convertirse de nuevo en una salchicha: el emprendedor que sobreviva a la burocracia, la incompetencia administrativa, los reglamentos y la banca tendrá que vérselas con el comprador, y el comprador siempre exige condiciones. Siendo optimistas, el soldado instalado en el Himalaya del ascetismo vivirá ajeno a la tentación hasta que la tentación le encuentre en forma de herencia, fichaje profesional o golpe cualesquiera de suerte, y entonces trabajará para comprar (con mayor frenesí), comprará para mejorar, y mejorará –paradójicamente– para encadenarse más férreamente que nunca. La argolla de la pared será otro hombre, igual que la propia pared, el techo y las rejillas oxidadas. Pero esa prisión de carne y hueso es ya un ente independiente. No hay verdad más pavorosa.

España está seca

Fede Durán | 24 de enero de 2014 a las 12:52

ES difícil determinar cuándo comenzó la decadencia española. Desde la cima de Carlos V y Felipe II hasta el relativo desastre actual se han sucedido episodios de todos los colores. El tobogán mostró su silueta descendente aún con los Austrias: Felipe III y Felipe IV, sin ser malos reyes y aunque mandasen ya a través de sus validos (el duque de Lerma en un caso, el conde-duque de Olivares en el otro), asistieron en directo al paulatino repliegue territorial del Imperio, carne de desguace tras la Guerra de Sucesión y con la llegada de Felipe de Anjou y los mismos Borbones que hoy se marchitan pese a la muleta (vergonzosa) de PP y PSOE.

A España le pesó su obsesión con Flandes, la torpeza de los posteriores tratados de Utrecht y Rastatt y el tremendo error de Godoy (Carlos IV) al conceder a la Francia napoleónica derecho de paso con la excusa de Portugal. Gran Bretaña ingresó entonces en la pugna comercial por las Américas, cuyos virreinatos acabarían descoyuntándose desde la ocupación gala y pese a la Pepa.

Con el siglo XV y aun con otros errores imperdonables -la expulsión de judíos (1492) y moriscos (1609-13)- que socavaron su capital humano, el país presenció hasta ayer mismo el fulgor de decenas de cometas en todas las vitrinas del pensamiento: los nombres del Siglo de Oro y la concatenación de la triple generación (98, 14 y 27) en la cultura; los Menéndez (Pidal y Pelayo) en las humanidades; Mayans y Feijoo en la filosofía; Ortega y Azaña en la política; Ramón y Cajal, Marañón, Ochoa, Peral o Servet en las ciencias.

España es hoy una nación en crisis donde la investigación se exilia y las letras se extinguen veloz e irremisiblemente. Han muerto las ganas de mejorar por el secuestro totalitario de la clase política, enemiga de la sociedad civil en cuanto ente sin tutelas y en consecuencia precursora de un modelo caracterizado por lo contrario. Esa casta ha fallado en lo esencial: ni ha gobernado con ética ni ha planeado con ambición. ¡Si hasta O’Donnell tenía visión de país! Una vez alcanzadas las cuotas más altas de bienestar, parece como si en adelante debiera regir la inercia.

Han transcurrido seis años (2008-2013) desde el fin de las vacas gordas y ninguna de las realidades que dependen del Estado se ha transformado a mejor. Más triste todavía: a la insultante falta de imaginación del equipo de Rajoy (subidas de impuestos, recortes de derechos) se suma la presidenta andaluza, convencida de que la construcción (sí, otra vez la construcción) es el camino hacia la redención. Coloquen junto a esa dorada gallina rediviva el filón del turismo y tendrán la misma foto de siempre pero con mucha más precariedad. Al contrario que Madrid, la Junta defiende aquí no el darwinismo del búscate la vida sino la naturaleza asistencial -casi humanitaria- de la Administración, trasladando un mensajeagitprop de conformismo y decrepitud que se superpone al secular problema de la política española, que no es otro que la miopía, producto a su vez de una indisimulada vocación gremial.

Cuéntame un cuento

Fede Durán | 24 de enero de 2014 a las 12:49

LA sección economista del Gobierno insiste, año tras año, en vendernos la burra con una coreografía que recuerda a las piruetas voluntaristas de otra sección economista de otro Gobierno, el del nefando Zapatero. Rajoy viaja a mediados de enero a la Casa Blanca para enmarcar la que será una de sus instantáneas favoritas de todos los tiempos, y para blindar el porte y ensanchar esa extraña sonrisa de fraggle tendrá que estrecharle la mano a Obama con argumentos. Por eso hablará de 2014 como el -enésimo- ejercicio de la recuperación.

En una suerte de mentalismo moderadamente colectivo, las presuntas élites intelectuales de Mariano (menudo oxímoron) tratan de doblar con voluntad la cuchara de la realidad macro: donde el paro crece, ellos ven menos paro; donde el déficit corroe, ellos adivinan contención del gasto; donde las exportaciones comienzan a languidecer por la relación euro-dólar, ellos hablan de reconquista ilimitada; donde el contribuyente boquea desesperado, ellos, la banda del vaticinio fundado, explican que no existe otra fórmula.

Para ser verdaderamente honesto, Rajoy debería explicarle a Obama -ya que Obama le importa obviamente más que sus sufridos administrados- los subterfugios que siempre encierra un anuncio rimbombante. Independientemente de que se destruya empleo y de que las cuentas públicas no cuadren ni con un calzador creativo forjado en Goldman Sachs, el fondo del asunto es éste: España sigue empobreciéndose. Apenas un 3% de los contribuyentes ganó más que en 2012. Lo de importar el minijob desde Alemania era una broma porque aquí ya tenemos el cutrejob. El empleador ha aprovechado la coyuntura para pagar mucho menos y ahorrarse la negociación que normalmente implicaba hacerse con un buen talento. Crecen las familias con todos sus miembros en paro y crece paralelamente, como una pieza de ballet torpemente ejecutada, la vena asistencial (casi humanitaria) de conglomerados como la Junta de Andalucía, ducha en las artes publicitarias pero absolutamente nula en su ejecución, en una ejecución sensata y hábil que asemeje a esta región antes con el norte que con la banana.

No, España no va bien cuando el cuarto poder del periodismo vive medio muerto, cuando compañías cotizadas practican una política de recursos humanos que ya habría firmado Stalin, cuando en la clase política ni se atisban ni se esperan inteligencia y humanismo (rara combinación hoy por más que fuese una característica, europea antes que española, siglos atrás).

Podría entenderse el culto al porcentaje si el porcentaje indicase de veras la recuperación que Rajoy le venderá a Obama. Pero nos hemos quedado con lo malo de las matemáticas sin lo bueno de la filosofía. Los números son fríos, nacen congelados, pues su destino no son las almas sino las pantallas de los ordenadores, los dossieres ministeriales y los crucigramas de los inversores. Tras esa cosmética antiedad hay un país en franca pájara, sin imaginación, sin grandeza.

La lonja y la frustración

Fede Durán | 20 de diciembre de 2013 a las 8:00

NOVEDADES en la enésima temporada de la serie política más gris de la historia, El Clan de la Austeridad. Mariano Rajoy, presidente de España y actor secundario, advierte que los crujidos coyunturales de la economía patria ya no se deben a un problema de gastos sino de ingresos, abriendo así la ominosa puerta a esa acción cien veces negada en campaña electoral pero felinamente ejecutada nada más rozar las sábanas de palacio: otra subida de impuestos que mermaría hasta extremos casi suicidas ya la capacidad (y las ganas) de consumo de familias y empresitas (la ordinariez de una fiscalidad abusiva nunca afecta a las grandes fortunas).

Rajoy es un personaje nebuloso, habituado a comparecer tras la celosía, como en un confesionario, aunque al otro lado no aguarde un cura sino el pueblo. Las suyas son siempre palabras de polonio, vienen ataviadas del veneno de la pobreza, de la desarticulación del Estado del bienestar, pero como habla despacio y habla sereno, y como además apela a la seriedad, el rigor y algunos otros atributos supuestamente valorados por el votante español, la llana chusma lo digiere todo, un palo más, unos euros menos, la hebilla perforando superficies antes vírgenes del cinturón de plástico, los restos del contenedor como única luz al final del final del túnel.

Afirmar que la parte del crucigrama que depende del gasto está resuelta es rigurosamente falso, en cualquier caso. El Gobierno prometió una reforma de la Administración central que apenas se ha cobrado piezas de entomólogo; proclamó a la vez la eliminación de un tercio de los concejales; y anticipó menos trabas para que los negocios se conviertan en algo parecido a lo que Brad Pitt concluía en Mátalos Suavemente: Estados Unidos no es un ideal, es una lonja. ¿Cómo puede estar alicatada esa pared del dispendio cuando España acaba de regalar a la banca 36.000 millones que en realidad tendrían que haberse transmutado en implacable préstamo con fechas de devolución e intereses? La burda, la tonta chusma.

Tampoco han funcionado esas privatizaciones mitológicas que el PP oponía por sistema al presuntamente inevitable derroche público: Valencia está en bancarrota y Madrid parece (ahora algo menos) un muladar, adquiriendo el conjunto ibérico esa tonalidad crepuscular que los más sensibles achacan a la muerte del espíritu, al vencimiento del tabique que contenía a duras penas esa sospecha que todos llevamos dentro: EEUU será una lonja, de acuerdo, pero España es simplemente una frustración.

Tal sensación concuerda con el paisaje suburbial colindante igual que las agujas del reloj a las doce. Vivir a contracorriente exige al ciudadano contrapensante dosis furiosas de energía y optimismo, cierta ceguera deliberada, paciencia maciza de mil quilates y un relevo de conceptos ciertamente humillante: colocar en la repisa donde brillaba la esperanza la tosca figurilla del azar. España jamás mejorará por iniciativa propia sino por el empuje y la inercia de fuerzas ajenas.

El financiero ateo

Fede Durán | 14 de diciembre de 2013 a las 8:00

TENEMOS expertos financieros casi en cada esquina sectorial: en las administraciones públicas, obviamente en los bancos, en las empresas de corte serio, las universidades, los think tanks y hasta las redacciones de los periódicos. Unos avizoran desde Madrid, otros desde Fráncfort, muchos desde Londres, Hong Kong o Shanghai, la mayoría desde Manhattan. Orgánicamente no hay menos variedad: menudean en el Banco de España, en la Reserva Federal, en el FMI, el BCE, la OCDE y el Banco Mundial. Las escuelas de negocios los encumbran con el pedigrí de un buen estipendio, los reporteros afinan el oído ante sus doctas afirmaciones, la sociedad contiene la respiración frente a sus vaticinios, acrónimos y tasaciones porcentuales del porvenir. Un financiero es al capitalismo lo que un misionero a la religión: la herramienta que traslada y difunde el mensaje.

Pero en el capitalismo, como en la religión o el comunismo, también hay mensajeros ateos, esos que descubren un día que contribuyeron a edificar o perpetuar una mentira pero deciden seguir con el cuento por pereza, vergüenza, poder o dinero. No existe otra explicación para justificar que entre tanto culto al superávit, al recorte de la deuda pública o a la disciplina fiscal en general, a estos expertos se les escape un cálculo básico y significativo: ¿Cuánto cuesta el bipartidismo? O, circunscribiéndolo a España, ¿cuánto cuesta la permanente deconstrucción y posterior renovación legislativa a que PP y PSOE nos tienen habituados? O, extrapolando la pregunta al universo financiero: ¿A cuánto asciende el déficit asociado a la irresponsabilidad política, el sectarismo y la ideología?

Porque unos crean instituciones que los otros luego entierran (salvo que puedan colocar a los suyos, en tal caso la institución es válida); o diseñan abstrusos modelos educativos condenados a la derogación; o revisan el aborto, el derecho de reunión, los límites de velocidad en autopistas y autovías, o hasta dónde alcanza la protección del litoral frente a ese urbanismo salvaje del que tanto beben y comen. Porque las primas a las renovables mutan igual que la prestación por desempleo, la gestión de los hospitales, las tasas judiciales, los requisitos para crear una empresa, los impuestos, la jurisprudencia teledirigida, los aeropuertos y los auditorios y las ciudades de las ciencias, la música, las letras y los higos chumbos [la mención a los equipamientos no es gratuita: la mutación en tal caso consiste no tanto en un cambio de usos sino en el desuso sin inauguración, tal y como acreditan diversas obras magnas de la geografía nacional democráticamente repartidas por CCAA].

El financiero ateo no se molesta en medir esos flujos esquizofrénicos. Va a los totales, a los superporcentajes que encierran nubes negras o ríos perlados; habla de inflación y balanzas comerciales y Producto Interior Bruto y prima de riesgo y cotizaciones bursátiles y contabilidad y resultados antes y después de Hacienda. Tasar el despilfarro es de románticos. Y aquí manda el nihilismo.

Pudridero

Fede Durán | 6 de diciembre de 2013 a las 13:07

EL capitalismo que tolera y fomenta una creciente desigualdad social va en contra de sus propios intereses porque la desigualdad hace insostenible el sistema”. La frase la acuña no un peligroso anarquista rastreado infructuosamente por la CIA sino Antonio Garrigues Walker, poco sospechoso de planteamientos extremos, e incide en la clave de cómo están las cosas hoy en Occidente, en EEUU, Alemania, Francia o la propia y muy representativa España. No es obligatorio cruzar el charco para constatar la creciente brecha entre ricos y pobres, muy en la línea del darwinismo alentado desde las capas altas de la sociedad. El 20% de los contribuyentes más ricos acapara el 44% de los ingresos declarados en 2012, según Gestha. Pero en el fondo ese número es una memez porque es normal que quien más gane también declare más ingresos. Al rasero tributario se superponen muchos otros (hoy dejamos de lado el agravio de las Sicav, herramienta por antonomasia del inversor rico, masajeado obscenamente por Hacienda sin importar quién sea el ministro).

A diferencia de Alemania, España alentó sucesivos incrementos salariales mientras duró la burbuja inmobiliaria. En realidad, tenía sentido porque el país partía de mucho más abajo, la irrupción del euro disparó los precios y había que equipararse en términos de poder adquisitivo a la Europa de primera división. El problema es que el español no es como el alemán, ahorrador empedernido, maestro de la sobriedad. El español se envalentona con el bolsillo lleno. Consecuencia: la deuda privada equivale hoy al 200% del PIB. Vale, el capitalismo no tiene la culpa de eso. Pero sí de aplicar una doble vara en función de quién arrastre la losa. Porque a la banca se le perdona todo, pero al contribuyente, salvo que acredite las suficientes dosis de sangre azul, absolutamente nada. Riesgo sistémico, llaman en este caso a la arbitrariedad.

La corrupción, adosada al fogón capitalista como a cualquier otro sistema (miren China), canta más cuanto mayor es la igualdad constitucionalmente proclamada. Porque a Fabra le caen cuatro años, a Matas le absuelven, las dietas de Barcina son una minucia y Duran ni se entera del caso Pallerols, pero un tartazo a un político cotiza a dos años y ofender a España a 30.000 euros.

Hay muchos más factores, a veces tan sutiles como la subida permanente e infinita de la luz, el agua y el gas, a veces tan burdos como las multas injustificadas (o las tasaciones, o las expropiaciones) y las privatizaciones, otras tan implacables como la institucionalización del parado de larga duración, el joven nini o el investigador exportable.

Johnny Ryan es el creador de Pudridero, cómic caleidoscópico de culto basado en la recreación de un mundo dominado por la ultraviolencia y el afán de supervivencia. A veces no es necesario acudir a sesudos ensayos o alambicadas exposiciones para describir al capitalismo cuando se deja llevar por las fuerzas del mal. A veces basta con trazar paralelismos más básicos (y de paso entretenidos).

El olor del dólar salvaje

Fede Durán | 30 de noviembre de 2013 a las 11:14

UNA alternativa razonable al ordeno y mando podría ser el ensayo y después decido. En política económica la lista de beneficiarios es tendencialmente infinita. Antes de imponer a los funcionarios más horas de trabajo, Cristóbal Montoro, el ministro del ramo, ordenador penúltimo tras Mariano Rajoy en las cosas de la tijera y el tributo, podría dividir en dos grupos al estamento. Unos echarían las horas de siempre; otros las antiguas más las nuevas, y al cabo de seis meses o un año, Montoro, Rajoy y sus avezados esbirros de campo estarían en condiciones de saber si la medida, además de impopular, es efectiva.

Aprovechando la multinacionalidad española, Bruselas y Madrid deberían dejar a las CCAA plena libertad para aplicar recetas impositivas diferenciadas. Es lo que hacen los länder alemanes y al final siempre gana Berlín, porque la Merkel observa desde su butacón con vistas a algún canalillo del Spree quién acierta y quién no, reservándose la potestad de copiar al listo e ignorar al torpe. Aquí el foco cegaría a José Ignacio Wert y su 21% de IVA indiscriminado. Deje usted que una región necesitada de recursos como Cataluña lo aplique, analice con los datos en la mano el impacto registrado en las industrias culturales y disponga después lo que corresponda sin convertirse, por impaciente y abrupto, en el enemigo público número uno de buena parte del país.

Fíjense en los denostados (por mangoneados) fondos de formación. Si la Administración diversificase estrategias, profesionales y objetivos, tal vez los resultados difiriesen también. O en la prestación por desempleo, ya recortada y posiblemente aún recortable: presionen a un colectivo determinado a guisa de test y resuelvan si ganar menos incentiva más la búsqueda de trabajo y la movilidad geográfica.

Los ensayos serían perfectamente aplicables incluso a banqueros, inversores y brokers. Qué diablos, confrontemos el capitalismo desregulado con la regulación del capitalismo, dejemos que unos sientan en el aire el olor del dólar salvaje y otros rindan cuentas a autoridades aceptablemente independientes y cumplan normas aceptablemente ponderadas. Un momento. Perdón. Los ensayos de hecho ya fueron aplicables a banqueros, inversores y brokers: las consecuencias hicieron colapsar el corazón de la economía planetaria en 2007, comenzando el seísmo en EEUU, el Imperio Desregulado, y contagiándose después a la cándida, regulada y dependiente Europa, donde derechas e izquierdas apenas esbozaban -llegado el caso- timidísimas críticas de pitiminí. Cayeron milagritos -Islandia, Irlanda- y milagrazos -España-. En este último caso, el propio organismo supervisor (el BE que gestionaba MAFO) presumía de su precioso yugo posibilista, del collar de acero con que controlaba a la bestia. Era mentira. La bestia olió la sangre de la especulación y el negocio fácil y se lanzó de colmillos a ella. Con o sin normas de por medio. ¿Volverá a hacerlo? No les quepa la menor duda. Dicho esto, digamos más: para todo lo demás, ensayo, error y decisiones fundadas.

Crimen y castigo

Fede Durán | 22 de noviembre de 2013 a las 11:10

EL pasado verano, la Autoridad Bancaria Europea divulgaba uno de esos sonrojantes informes para España, tan sonrojante como los del paro, las cargas burocráticas, las dificultades para hacer negocios o la corrupción percibida entre mortales, observadores y ensayistas: nuestros altos directivos del sector financiero son los mejor pagados del viejo y cada vez más achacoso continente con 2,43 millones de euros anuales (datos de 2011). Hace unos días, el Gobierno admitía que será imposible recuperar 36.000 millones inyectados desde dentro a ese mismo sector (recuerden que también hubo un rescate externo) pese a las promesas formuladas tiempo atrás en sentido contrario. El 13 de julio de 2012, travestido con la jerga tecnicista que llama ajuste al recorte, Moncloa anticipaba un tajo de 3.000 millones en educación y 7.000 en sanidad. El tijeretazo acumulado en I+D en el trienio 2010-2012 es del 37%. Los funcionarios han perdido poder adquisitivo. El CSIC casi la palma. Las tasas judiciales se dispararon. Las indemnizaciones por despido se jibarizaron. Wert insinúa que las becas Erasmus pasarán de 40.000 a 20.000, además de afirmar que el trasvase/exilio de talento no es en absoluto negativo. Ah, los impuestos subieron (IVA, IRPF), la deducción por adquisición de vivienda habitual pasó a mejor vida y se enterraron distintas bonificaciones a la contratación.

Este resumen evidencia que Rajoy prefirió premiar al tramposo a costa del contribuyente (sí, también por la amnistía fiscal). Las ex cajas y neobancos anabolizados con millonarias ayudas demuestran que la cultura dominante fue la del abuso. ¿Cuántos olvidaron el propósito esencial de una entidad de crédito -dar crédito, pardiez- para dedicarse al arte del favor, la especulación y el abuso retributivo? ¿Cuántos diletantes ocuparon puestos de enorme responsabilidad? Pero lo peor es el mensaje que queda: defrauda que no habrá guillotina. El castigo en España está pensado para el pobre, el yonqui o el estafador de poca monta. El sistema respeta a los moradores de las alturas porque está regentado por pares.

La derecha y la falsa izquierda admiran a Darwin en la misma medida en que desprecian a Hannah Arendt. Su fe en la ley de la selva es tan fuerte como su desprecio a la apertura de la democracia. Confunden a sabiendas la antipolítica con la transformación de la política. E ignoran, deliberada y peligrosamente, lo que Moisés Naím considera la revolución de la transparencia, o sea, el control cada vez más férreo del ciudadano hacia las administraciones públicas y sus ejecutivos. Corolario: aunque saben que sabemos lo que hacen mejor que nunca antes, siguen haciendo lo mismo. En Francia, implicaría un levantamiento popular. En España, de momento, apenas un ceño fruncido.

Hay más: Bruselas proclama ahora que nuestra banca es solidérrima. Y De Guindos lo complementa dando por zanjado (que no pagado) el rescate. Sólo falta que las cúpulas rebajen notablemente sus retribuciones, pidan perdón y regresen a la esencia del préstamo asequible, aunque sea una esencia tan despojada de romanticismo.