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Muerte de un espíritu

Fede Durán | 16 de noviembre de 2013 a las 8:00

AL alma occidental se le ha endosado frecuentemente un tinte prometeico: el apego a lo material y la obsesión por la acumulación de poder son el motor de toda existencia. Sólo hace falta echar un vistazo a las tiendas de Apple en vísperas del último gadget. O al español medio precrisis: hipoteca, coche, televisor de cuarenta y dos pulgadas y aspiraciones más o menos inminentes de segunda residencia costera vía refinanciación de su roncha. Eso explica muchas cosas: que la deuda privada equivalga en el país al 200% del PIB, por ejemplo. O que el progreso de consumo se base esencialmente en el aire.

El oriental, por su pasado de seda, especias, templos y sutilezas, o quizás por la fecunda imaginación del occidental cuando escribe de lo remoto, ha caminado a ojos de Europa movido por un impulso diferente: la búsqueda del destino propio. ¿Eslavos, turcos, chinos y mongoles unidos por un invisible hilo trascendental? Rusia y China, Singapur e Indonesia, Corea y Japón nos sirven hoy para rebatir esa tesis, defendida entre otros por el irrepetible Sándor Marai (la defendía cuando vivía, claro, y lo que vivió se parece poco a la foto actual).

El capitalismo ya es universal, no entiende de fronteras. Las finanzas controlan el mundo muy por encima de las ideas, que no dejan de ser aliños más o menos terapéuticos o peligrosos: en unos casos procuran compensar (tímidamente) el desequilibrio automático generado por las grandes corporaciones y en otros decantan hasta extremos groseros el reparto de la riqueza (es el caso de las dictaduras de diversa gradación; de los regímenes alucinógenos). El croquis lo tienen en las Confesiones de un Gángster Económico de John Perkins.

Es más que factible que en el enorme corazón chino latan todavía reminiscencias de espiritualidad. Pero hablamos de Pekín y Shanghai, de la próxima primera economía mundial, del indisimulado acaparamiento de riquezas de la élite ¿comunista? y del surgimiento de una clase media incluso más depredadora que la de Estados Unidos. Tampoco es descabellado -no lo es en absoluto- que Rusia aún cobije versiones contemporáneas del soldado Iván, que aún críe a desarrapados y alienados, pero ellos son la caterva del sótano de un rascacielos donde viven los oligarcas amigos de Putin y otra pujante y musculosa clase media que conquista plazas turísticas en Vietnam, Emiratos Árabes Unidos, España, Egipto o Alemania. Japón y Corea no ofrecen mejor perspectiva para las almas. Cierto, uno puede perderse por las calles de Nippori y atisbar la huella de sus más hondas interioridades, pero a escasos kilómetros se topará con Shibuya o la hipergaláctica Ginza, donde centellearán los neones, rugirán los deportivos y crepitarán las phablets.

A Occidente y Oriente los ha homogeneizado por primera vez en la Historia un intangible genéticamente superior al espíritu: el dinero. Lo más honesto, entonces, sería admitir al fin, desde la tribuna de los sanedrines pertinentes, que el espíritu ha muerto para siempre. Si es que alguna vez existió.

La emancipación

Fede Durán | 9 de noviembre de 2013 a las 8:00

DELICIOSO al piano y a la palabra, Alfred Brendel, ya retirado, reflexionaba recientemente sobre el auge identitario en España y Europa. “He visto el fascismo en Yugoslavia, los discursos de Goebbels y Hitler en la radio… vi la influencia que tenía la propaganda sobre la sangre y el territorio. Estoy curado para el resto de mi vida de eso: del fanatismo. Soy muy escéptico acerca de las creencias de cualquier tipo. Ni el chovinismo, ni el nacionalismo, ni el patriotismo son para mí. No necesito estar arraigado. Me siento en casa cuando tengo mis libros y mi música”.

El fanatismo que actualmente nos envuelve no es sólo político. En realidad, tiene en la economía a su gran brazo ejecutor. Cuando Olli Rehn, vicepresidente de la Comisión Europea, advierte que España necesita más ajustes, de inmediato pestañea la ambigüedad sobre el mensaje, porque su jerga encierra varios kilogramos de polisemia: el Gobierno entenderá que un ajuste es un recorte y un recorte una privación de derechos asociados a las redes del bienestar. El administrado, sin embargo, interpretará que al fin la lógica se untará a la rebanada administrativa, creando estructuras efectivas pero sobrias y renunciando definitivamente al barroquismo presupuestario imperante en las partidas conectadas al mandamás y sus gentes.

El empleo lleva un lustro cayendo. El PIB tampoco carbura. Los salarios no dejan de bajar; los precios no dejan de subir; las empresas no dejan de cerrar; la marginalidad social se extiende como una espesa nube de diesel. Y entonces el portavoz oficial del fanatismo paneuropeo nos explica que, aunque la fórmula que promueve jamás ha funcionado, ésa es la única vía. Y Rajoy y su dúo calavera –De Guindos, Montoro– asienten y malinterpretan una orden filosóficamente defectuosa ya en origen. Jubílense a los 70 (de momento), dupliquen su rendimiento por un sueldo acribillado, reciban menos dinero si se les despide y acepten que en tal caso su porvenir residirá en la resistencia pasiva más que en una segunda (o quinta, o décima) oportunidad.

La economía ha aprendido a vivir sin el hombre, como hicieron los robots de Asimov o P. K. Dick. Y parece que el hombre, al menos el pudiente, se empeñe en consolidar tal verdad, obnubilado ante los círculos de fuego y el poder de destrucción del eurodólar. Hay países que vuelven a ser pobres después de haber sido ricos. España está en mitad del alambre, con la recuperación sólo numérica en un extremo y el viejo paisaje setentero en el otro. Entretanto, se pudre por arriba y se regenera por abajo. Al dictador conductal que todo presidente lleva dentro se oponen la solidaridad de la escasez y la cafeína de la imaginación, adormilada cuando el reparto desigual sí generaba recursos para los menos alineados/alienados.
Ajustar debiera ser un verbo vertical con base en la élite y pico en el pueblo. A mayor superficie de contacto, mayor tijeretazo. La dignidad del cargo, reclaman. La dignidad del cargo se gana con dignas decisiones y voces impermeables a la injusticia.

Cerrar el estrecho de Bering

Fede Durán | 1 de noviembre de 2013 a las 17:16

EN Andalucía hay al menos tres maneras de satisfacer la sed económica derivada de la sociedad del consumo. La menos ambiciosa -a menudo alentada tanto por el perceptor como por el benefactor- consiste en vivir de la red asistencial. Prestaciones por desempleo, subsidios, rentas mínimas de inserción y cursos de formación con paga asociada permiten a un porcentaje de la población variable vivir temporal o permanentemente sin aportar al engranaje productivo. En todos los barrios hay personajes clásicos que malviven con una paguita. Son los parias que no volverán. También están los avispados, los jetas, los succionadores y, desgraciadamente cada vez más, los que salen involuntariamente del circuito como una partícula viscosa más del gran esputo amasado por el dragón capitalista.

Pero existen dos senderos más. El trabajo por cuenta ajena y el cuantitativamente pujante negocio por cuenta propia. Rendir ante un patrón o empresa tiene una enorme ventaja que es al vez su inconveniente. La nómina, esa lengua de euros que cubre las navidades, las vacaciones, las hipotecas y los libros del niño con una fiabilidad de motor japonés, la nómina, decíamos, no deja de ser el más efectivo grillete. Es un derecho consolidado, o lo era, y sus nutrientes permiten planificar tramos aceptables de la existencia desde la fiabilidad de su goteo malayo. Es, a la vez, un aterrador veneno contra el espíritu y la valentía; una manera de vulgarizarse, de aferrarse a la silla y defenderla con uñas y dientes, traicionando -entre quienes alguna vez lo tuvieron- el caudal precioso de los principios.

¿Cuántos antepondrían hoy sus escrúpulos a su dinero; sus sueños a sus ataduras; sus ambiciones y anhelos de cambio al búnker del flujo constante? Pues esa gente está ahí, colonizando espacios que de otra forma quedarían desiertos; empeñando su talento e ideas, sus escasos ahorros o los de sus padres; asumiendo un compromiso profesional que acaba siendo también y en la misma medida personal. Espoleados por el virtuosismo o la necesidad, por las ganas de transformarse y experimentar, por las ansias de aire nuevo o sencillamente por la potente dopamina de la libertad, estos navajos de Españistán topan habitualmente con la terrible realidad. Cosidos a impuestos y arbitrariedades, maltratados por las Administraciones Públicas, torturados por la extinción del crédito razonable y el descaro del cliente incumplidor, ellos también cruzaron un día el Estrecho de Bering, lo que significa que vienen de alguna otra parte y que acabarán de nuevo allí, en otros países con otras culturas más afines a sus almas audaces y exploratorias.

Cola: los ideólogos del Gobierno no han entendido aún, pese a palaciegas asiduidades y exquisitas asesorías, que la economía real es más importante que la recaudación. Aquella alimenta a ésta. A mayor actividad, más abundancia, más presupuesto, más Estado del bienestar y menos Estrecho de Bering. Montoro y De Guindos son nuestro escudo de armas. En tales circunstancias, lo increíble es que sigan existiendo navajos.

Madrid: magdalena revenida

Fede Durán | 13 de septiembre de 2013 a las 10:25

PARA Mariano Rajoy, el mejor termómetro de la economía española fueron treinta segundos de conversación con Obama en algún pasillo de algún palacio de San Petersburgo (G20). Es difícil imaginar los términos de la misma teniendo en cuenta que nuestro presidente no habla inglés y que el castellano de Obama probablemente sea peor que el de Gus Fring en Breaking Bad. Pero al parecer hubo una especie de elogio del segundo hacia las políticas del primero, o hacia esa remontada vaporosa que el Gobierno sustenta en los 31 parados menos registrados en agosto o en esos nueve trimestres de contracciones de un PIB que ya roza el 0% y se aproxima, timidísimamente, al crecimiento.

A falta de sustancia, el PP intenta crear una nube verde-esperanza cuyos destinatarios no son los desertizados suelos de la Meseta sino los abultados bolsillos del inversor extranjero. España intenta medir su salud en función del ojo ajeno, y el ojo ajeno, más que a través de Obama o de las siglas habituales de la macroeconomía (BCE, FMI, OCDE, CE), se ha pronunciado mediante la negación de los Juegos Olímpicos a Madrid.

Porque ese ojo despiadadamente objetivo echa un vistazo a la Península y ve las mismas sombras que antes de la crisis: un mercado interior fragmentado; una clase política demencialmente corrupta y radicalmente refractaria al mecanismo de la dimisión tan común en la Europa deluxe; la amenaza machacona del independentismo catalán y vasco; un mercado laboral zombi; el derrumbe de la I+D y el consiguiente exilio de los talentos que construirán la siguiente revolución industrial, etcétera.

Madrid, sin embargo, hizo bien algunas cosas: ofrecía unos Juegos low cost (1.500 millones frente a los 3.400 presupuestados por Tokio), es decir, aplicaba el espíritu de la austeridad tan sacralizado desde Bruselas y tan saludado por distintos actores sociales que recuerdan cada vez que pueden que el consumo ilimitado de recursos es tan peligroso para el planeta como cien bombas atómicas. Aprovechaba infraestructuras preexistentes, apelaba a los inmensos logros del deporte español y adjudicaba a la designación un efecto revitalizante para las finanzas nacionales (este último argumento era el más discutible). El COI, que viene a ser una especie de Reserva Federal del olimpismo aunque todavía más veteado por la viruela de las corruptelas, no lo vio así. El COI es capitalismo, el capitalismo es derroche, el derroche es abuso y el abuso es trampa. Madrid era una magdalena revenida; Tokio una tarta nupcial.

Rajoy atribuye el fracaso a las artes diplomáticas. En parte es cierto: cuando un político español (Ana Botella, él mismo) demuestra en público que aquí el inglés es una broma, se endosa sin querer el cartel del ridículo. La clave, sin embargo, está en la imagen que el país sigue transmitiendo. Prometió una depuración multidisciplinar que se ha quedado en maquillaje barato. Toda la dureza se reservó para el contribuyente, ese gusano perforado por el anzuelo de la casta.

El intruso y la pirámide

Fede Durán | 6 de septiembre de 2013 a las 12:09

UNA cifra se parece a una pirámide egipcia. Por fuera es de una belleza sencilla y efectiva: recorta el horizonte como un colmillo invertido. Por dentro, sin embargo, está llena de estrechos pasadizos y mortales trampas, todo para dificultarle la verdad al intruso. La reforma laboral puede servir de ilustración. Desde que el PP aprobase, en febrero de 2012, el decreto revitalizante, España ha pasado de 5.639.500 parados a 5.977.500. Son 338.000 más. Hasta ahí la seca objetividad del número. Quien intente bucear en las entrañas de la cifra comprobará de inmediato que no es irrebatible todo lo que reluce. Porque el Gobierno sostendrá, con voz de catedrático cuarteado, que la sangría habría sido infinitamente mayor sin las medidas de emergencia adoptadas. Porque el PSOE construirá una tragedia griega sin atender a la ineficacia exhibida cuando las decisiones eran suyas. Entretanto, el intruso morirá envenenado, aplastado, atrapado o decapitado. Por buscar explicaciones. Por tonto.

Ocurre lo mismo, por ejemplo, con el fracaso escolar. Si la estadística mejora, unos dirán que es gracias a los cambios introducidos bajo su mandato; otros que la bonanza llega a rebufo de resoluciones más sabias y pretéritas. Mientras, el pelmazo del intruso avanzará desorientado, a tientas, intentando comprender el jeroglífico de los alumnos que pasan curso con dos, tres o cuatro cates.

Las pensiones. Las pensiones no se congelan. Que lo sepa el estoico jubilado. Que sepa que quizás la subida sea del 0,001% anual, pero, ¿qué más quiere? ¿Y qué importa que el IPC trepe a un ritmo mucho mayor? ¿Que se pierde poder adquisitivo? Eso son tecnicismos, abuelo. Otra vez igual: la vocación social del Ejecutivo de centroderecha; la consternación del noble opositor de izquierdas; el intruso que raspa céntimos de euro para sostener al hijo en paro, y a su nieto, y sus propias facturas.

Pero las mejores cifras, a años luz de las demás, son las que destellan en los cartelones de las sucursales bancarias (o de las afanadas aseguradoras). Un tipo de interés, el rendimiento de un depósito, un plan de pensiones, esas hermosas preferentes, la póliza que salvaguardará tu porvenir o las inversiones asignadas a complejos productos financieros parpadean en la mente del goloso intruso como ensaladas de fruta variada, como bolsas de chucherías, como cajas de tres pisos de bombones. Normalmente, el intruso baja la guardia ante semejante despliegue, se encomienda al muy católico milagro de los panes y los peces y acaba firmando. Firma porcentajes que no existen porque están sometidos a otros porcentajes, a descuentos subterráneos, a indemnizaciones codificadas y azarosas variables. Firma porque en el fondo confía en la objetividad del número oficial pese a las experiencias que en su pasado y en su presente le recuerdan que todo es un truco, que el camuflaje de la pirámide es su aparente sobriedad, que al final él mismo es quien sirve las palomitas o empuja el carrito de los helados en una pieza teatral donde actúan otros y donde otros se arrellanan.

La lista de la compra

Fede Durán | 2 de septiembre de 2013 a las 19:21

La economía de un país es como un buen cocido: necesita varios ingredientes de calidad para tener sabor y alimentar en condiciones. España ingresó en la Segunda Gran Depresión todavía drogada por la fábula de Zapatero y sus espejismos comparativos, y aún sigue ahí pese al ejercicio voluntarista del Gobierno, que ve síntomas de recuperación donde los demás sólo huelen a muerto. El cocido español sabía a yeso y ladrillo hasta 2008. Ahora no sabe a nada.
Si en un arrebato nuestra arquitectura común de país decidiese rehabilitarse, dejaría al tendero sin existencias. Porque necesitaríamos, por ejemplo, un purgante para prescindir de los elementos más cavernícolas de la clase empresarial, y también jubilar a los más improductivos, aquellos figurones y secundarios que han crecido no a partir del talento sino de favores y trampas.

Haría falta un destapacaños para librar al váter de la pelusa que supone la generación de la Transición, que es la gran frontera hacia el progreso para los jóvenes mejor dotados de entre 30 y 40 años. El paro, el absoluto desprecio por la innovación, las formas de hacer política, la apropiación indebida que los partidos han perpetrado respecto a la sociedad civil y ese eterno discurso de la inmadurez como excusa para evitar el traspaso de poderes son un agujero negro para España con autorías nítidas.

El dependiente insistiría en que comprásemos el jengibre del optimismo yanqui o del pragmatismo holandés para los negocios. Nos ofrecería un convincente curso vitalicio de inglés, idioma diurético de pensamiento y acción (se aprende lo que se lee, pero también lo que se habla). Renovaríamos el mandato democrático con prácticas inéditas que reforzasen su esencia original, ya que España sigue siendo inoperante cuando pisa terreno libre, fiel hoy a su tradición de ayer. Franco, Primo de Rivera, los reyes más o menos despóticos de nuestra nómina histórica, los caciques de provincias: todos ellos constituyen pruebas de lo cómodo que es encomendarle el destino propio a un líder ajeno en vez de luchar por forjarse uno sin tutelas castradoras. La partitocracia actual no deja de ser una herencia de esa idiosincrasia.

Entre kiwis y paraguayos se colaría la renuncia definitiva a la cultura del quejido y a la insalvable dificultad procedimental y/o conceptual de las misiones laborales. La supresión de los telediarios y la prensa fúnebre sería el mejor antioxidante. Funcionar de verdad como un país y no como diecisiete sabría a leche de soja. Por no hablar de otras malvasías: la movilidad geográfica, la vocación holística, el prestigio de la universidad y el profesorado, el buen gen competitivo, el gusto en el vestir (han leído bien), la educación y el urbanismo, el amor a las artes.

Un frigorífico tan desierto conduce inevitablemente a la cuestión más peliaguda: Si a España le faltan todos esos elementos, ¿de qué diablos vive? ¿Cómo es capaz de sortear la tentación de inmolarse? La única respuesta posible es terrible: porque es un país de conformistas, mediocres y secuestradores.

El bienestar americano

Fede Durán | 22 de agosto de 2013 a las 18:58

WallStreet

EL capitalismo es como una colmena con celdillas idénticas que sin embargo alojan a huéspedes tan variopintos como EEUU, China o España. Estados Unidos inventó esa fe y la abraza con el mismo fervor con que invoca al Dios poliédrico de sus miles de sectas. Allí nadie usa máscaras: sabes perfectamente que el sistema está podrido porque navega solo, sin supervisión, bajo los versos de ese liberalismo salvaje tan propio del colono, el far west y los ferrocarriles del desierto.

La cara de idiota de un inversor fallido es el reverso de una ventaja:las empresas americanas sí dominan la técnica de los recursos humanos, cuya secuencia esencial sería más o menos retribución-motivación-productividad-progreso. Forrarse implica superar riesgos como las subprime, por ejemplo, o recurrir a trucos fiscales (Google, Apple), o partir de una inmensa fortuna previa (los Hilton), pero uno puede aspirar simplemente a engrosar las huestes de la clase media, contar con un buen seguro médico y ahorrar para acabar comprando una casa de verano en Long Island o Maine.

Hace una semana, una amiga new yorker me contaba su caso. Trabaja desde hace seis años en una productora de la Gran Manzana. Tiene un cargo intermedio, maneja equipos profesionales de aceptable tamaño y se deja en la oficina no menos de diez horas al día (la cifra asciende en una jornada ajetreada a 12-13). Su rendimiento es más fácil de tasar que el de un pintor o un filósofo. En una ocasión, su marido le preguntó si estaba contenta con su salario. Tras meditarlo unos segundos, ella contestó, con esa lucidez crematística tan típicamente yanqui, que debería ganar un 25% más.

Al poco tiempo solicitó una reunión con sus superiores y les pidió un aumento del 30%. La respuesta no fue arquear las cejas ni aludir a la crisis; tampoco recurrir al eterno argumento del agravio comparativo o a complejos cuadros microeconómicos. “Danos una semana”, contestaron. Aprovecharon ese lapso para mirar con lupa los números de la solicitante, pero también los intangibles (actitud, armonía del equipo, organización, comunicación, compromiso con la idea). Transcurrido el plazo, mi amiga y sus supervisores volvieron a verse. Circunspectos, le comunicaron la decisión adoptada: la petición estaba justificada. Tendría un incremento salarial del 25% con efectos inmediatos.

España, a diferencia de la cuna capitalista, adopta con alegría los defectos del sistema (hay burbujas, hay preferentes y desahucios, hay atropellos impunes) ignorando deliberadamente sus virtudes. Aquí sí se arquean las cejas, se encogen los hombros, se sonríe cínicamente y sólo se promete no prometer nada, convirtiendo a menudo las carreras profesionales en polvorientos callejones sin salida. Cuando en un país la respuesta a la frustración de un profesional es “al menos tienes trabajo”, sus cimientos están podridos y su futuro en el aire. El bienestar no se genera desde el conformismo, la mediocridad y la miopía. El bienestar se genera (en gran parte) con justicia laboral.

Nave Espacial

Fede Durán | 9 de agosto de 2013 a las 10:58

CUANDO Griñán mandaba, solía repetir que en España, como país rico, hay dinero de sobra para cubrir el núcleo irrenunciable del Estado del bienestar -educación, sanidad-. Lo hay, efectivamente, siempre que el resto del circulante no se emplee justo en conservar lo que nuestros políticos conservan: el pulpo. Pulpo es una palabra menos peyorativa que chiringuito expresando exactamente lo mismo, una maraña, una enredadera, un complejo mosaico de favores y colocaciones, una fregona cuyo cabezal es la Junta (o el ayuntamiento de turno, o la Administración General).

Las reticencias a desmontarlo son tan rocosas que han podido incluso con el oleaje de la crisis. Porque la autoridad prefiere prescindir de interinos, abarrotar las aulas y alargar las listas de espera a cerrar organismos de escasa utilidad al frente de los cuales suelen estar personas de dudosa hoja de servicios e impoluto carné de partido. Se castiga al funcionario para mantener al director, al asesor y al chófer. Se empobrece al ciudadano a costa de conservar una estructura de país heredada del complejo de inferioridad frente a los nacionalismos, pero también del microchovinismo español, un defecto que evidencia escaso mundo, notable miopía y una férrea convicción en el aniquilamiento de la sociedad civil mediante una tutela implícitamente dictatorial. Se compra al sindicalista a través del turbio mecanismo de las subvenciones para formación. Se amordaza al empresario con licencias y concursos que bien valen una donación (caso Bárcenas) y un prolongado silencio. Se compra a los medios de comunicación con ayudas y publicidad. Y sobre todo se tacha de radical al discordante, al individuo o colectivo no alineado, al que lucha por crear un marco justo y vigoroso de convivencia social, política, cultural, burocrática y económica.

Cualquiera en su sano juicio estaría en contra de gastar más de lo que ingresa. Cualquiera menos los gestores de lo público, porque lo público, en España, en vez de parecer de todos parece de nadie, y todo lo que cae en el círculo de la incertidumbre es, como las Américas al ser descubiertas, digno de saqueo.

Es sencillamente vergonzoso que a estas alturas todo siga igual. Es indignante que nadie, desde dentro del sistema, empujado por la ética, haya planteado las medidas más inmediatas que el país requiere para superar la partitocracia y funcionar con un panel de mandos donde se incluyan los botones de Limitación de Mandatos, Control de las Cuentas de los Partidos, Supervisión Real del Gasto Público; Creación de un Verdadero Cuerpo de Funcionarios Independientes de la Contingencia Política; Eliminación de Organismos Duplicados; Expulsión de los Corruptos; Autofinanciación de Patronales y Sindicatos; Prohibición de las Prácticas Fraudulentas de la Banca y de los Salarios Desmesurados de sus Gerifaltes; o Exilio de los Periodistas de Parte, que ya tienen suficiente trabajo con la telebasura. Manejar semejante nave espacial ya disuadiría a la mayoría de intentarlo. Y así, al final, sólo lo intentarían los buenos.

Burlando al carcelero

Fede Durán | 2 de agosto de 2013 a las 11:53

EL Banco Malo (Sareb) ha filtrado a Bloomberg que quizás demuela algunas de las promociones inmobiliarias heredadas de los bancos ex buenos. Filtrar a un medio extranjero es muy de ahora: recubre las grietas de la actualidad nacional de cierto barniz prestigioso o, mejor, vocacionalmente serio. 160 de los 650 proyectos incluidos en la dote del funesto matrimonio forzoso están ahora en el limbo, aguardando al bulldozer o al albañil en una dicotomía que bien podría expresar la encrucijada moral del país español.

El bulldozer, en contra de su prístina actividad, representa la filtración de las aguas contaminadas, el propósito de enmienda, la admisión de un error que fue marca nacional y engendró capas de corrupción más voluminosas y potentes que aquellas sobre las que se asentaron, como verrugas colonizadoras en un pellejo quebrado. El albañil es justo lo contrario: la persistencia de un modelo agotado que destruye el paisaje y crea casas, urbanizaciones y ciudades fantasma a pie de autovía o páramo, núcleos desmadejados donde ya nadie quiere vivir (y no necesariamente porque no lo pueda pagar).

Si el duque de Lerma era el valido de Felipe III, el Banco Malo ejerce el mismo rol sustitutivo a instancias de Merkel (iba a escribir De Guindos), acarreando en consecuencia los mismos defectos de sumisión (o no: al final el buen duque manejaba a su antojo). El bulldozer podría ser una epifanía del mañana, pero probablemente sólo sea una cirugía contable del hoy. Si España reduce a escombros sus castillos de cartón piedra no será por convicción sino por conveniencias dinerarias. Debajo de los adoquines no está la playa.

No, el BM no es un superhéroe financiero. Su misión consiste en minimizar daños sin mosquear a los mercados: se traga la basura tóxica de la banca enferma, reúne los activos inmobiliarios adjudicados por impagos (vivienda nueva, promociones en curso y suelo), los préstamos morosos con o sin garantía real y los créditos sobre vivienda terminada, en curso o suelo. Al final de la cena quedan 89.000 viviendas y 13 millones de metros cuadrados que deben venderse con descuentos enormes sobre el valor original. Era una de las condiciones de Bruselas para conceder a España el rescate bancario.

Pero la Sareb podría respetar el trazo grueso del mandamiento suscrito con sus carceleros sin renunciar a la tentación de un espíritu duquedelermista. Podría revisar el mapa urbanístico, reduciendo sus contornos, repintando esa línea blanca que envolvía a los cadáveres de las películas cincuenteras para que el país apeste menos a podrido, para que los dedos color ladrillo toqueteen lo justo y necesario. Podría ganar euros reformulando usos, reverdeciendo espacios, renegociando vocaciones. ¿Se imaginan a un Pocero de los bosques; a un Sandokán o un Portillo del turismo rural y de aventura? Más disparatado parecía trasladar la Corte de Madrid a Valladolid (1601-1606). Ese paréntesis de un lustro funcionaría como una buena dosis de optimismo anfetamínico. Justo lo que España necesita.

Menos lobos

Fede Durán | 26 de julio de 2013 a las 11:21

LA EPA es el retrato del alma laboral de España, pero también un termómetro del clima económico general. Como siempre, el arte de la estadística es maleable, y el Gobierno de turno moldeará las cifras en función del mensaje deseado, que en este caso y desde hace meses es el optimismo de una recuperación que nadie con dos dedos de frente acaba de ver. Pues bien, Guindos, Montoro y Báñez -la terna especializada- tienen materia prima para insistir en la parte buena de la historia. El segundo trimestre cierra con 225.200 desempleados menos para un montante inferior a los seis millones. La tasa de paro cae al 26,26%. La ocupación repunta en 149.000 personas (16,7 millones en total).

Hay varias claves que permiten matizar la sonrisa oficial. Las cifras desestacionalizadas, por ejemplo, que son las que eliminan el efecto calendario y arrojan números más netos, más limpios. En este caso, rebajando la vigorosa inyección que suele suponer el verano en determinados ámbitos, el saldo se mantiene positivo: 13.000 empleos más. Pero el truco habitual sigue ahí: los contratos que se firman son predominantemente temporales (+162.200) y a tiempo parcial, de modo que la admirada precariedad del modelo alemán y sukurtzarbeit/minijob encuentra su justo paralelismo en la cara sur del continente. Las contrataciones indefinidas van camino de convertirse en objeto de museo (-50.400), aunque aún dominen en una relación de tres a uno sobre las temporales.

Más: en comparación con el mismo periodo de 2012, la masa de asalariados pierde 672.800 efectivos. La vía del trabajo por cuenta propia, pese a sus cargas fiscales y el maltrato del legislador, se consolida como la única salida para muchos: hay 37.100 autónomos más que hace un año.

Otro factor influyente ha sido la estabilización del empleo público, donde no se esperan nuevos tijeretazos a menos que la troika insista en el futuro en esa línea de acción. El Ministerio de Hacienda es consciente de que su (obligatorio) plan de reestructuración del sector público no ha sido respetado por las CCAA. La Junta es el caso que mejor ilustra la recia salud de la Administración paralela.

Quizás lo más importante para comprender por qué los brotes verdes del Gobierno amarillean sea detenerse en el estado de los sectores. Porque mientras los servicios sean el único pulmón de la recuperación laboral, España no se desprenderá del factor estacional, la precariedad y el escaso valor añadido. La industria es el mejor electrocardiograma: si entre abril y junio hubo 37.500 parados menos pero la suma de ocupados también cayó en 16.800, los cimientos de la recuperación son de barro. La industria no vive de la coyuntura sino de la estructura.

El debate sobre la enésima (y esta vez definitiva) reforma normativa pende sobre la Península. La certeza de que no hay oportunidades sin actividad económica también. Sin desmerecerla, la EPA vale lo que vale, y no saca del agujero a un país que renunció hace años a la ilusión.