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El friso feliz

Fede Durán | 19 de julio de 2013 a las 11:18

A la cruda macroeconomía del paro, el déficit, los recortes y las caídas salariales, España sólo contrapone -pero con cuánto empeño y eficacia- la paraeconomía de la felicidad. Uno de los capítulos capitales de esa ciencia está reservado a la familia, sostén financiero de jóvenes y parados, aparato mucho más solidario en su versión latina que en su vertiente anglosajona o escandinava. Otro ladrillo del muro de la resistencia lo componen las relaciones sociales, tanto más vitales cuanto más al sur de la Península se viaja, y no porque los norteños sean más hoscos o peores amigos sino porque la estructura del país andaluz está cimentada sobre los pilares de la calle, y la calle, con sus ruidos, sus coches en doble fila, sus mierdas de perro y las conversaciones propias y ajenas es una formidable terapia.

Luego está el deporte, en alza como medicamento, asequible hasta la gratuidad en función de la opción escogida aunque secretamente rechazado por el FMI, el BCE y esos gobiernos occidentales deseosos en realidad de que vivamos menos para seguir afirmando que lo de hoy es un verdadero Estado del Bienestar y no estopa o sucedáneo de aquello que un día existió (cuando las pensiones sean imposibles de pagar, alguien propondrá una ley que nos obligue a morir a los 75, de manera que si nos jubilamos a los 70 apenas haya que sufragarnos un lustro. Maldito ex contribuyente).

Pero la columna vertebral, el arquitrabe del friso feliz no es otro que el trabajo. Nótese la crueldad de esta verdad: quien no lo tiene pasa inmediatamente a una segunda categoría donde la congoja, el pesimismo y la precariedad contrarrestan la terapia de la familia, las relaciones sociales y el deporte. Obsérvese otrosí la segunda crueldad, más sutil o subterránea: una cuña amplia de los 16.634.700 ocupados contabilizados por el INE en su última EPA padece o directamente detesta su empleo; hombres y mujeres conscientes de que deben aferrarse a ellos y absorben en consecuencia los abusos del superior, del patrón o, más espectralmente, de esta crisis que deforma las almas.

Hay, sin embargo, un porcentaje dentro del número que trabaja y disfruta con su trabajo. Ése ha de ser hoy el motor de España, el catalizador de su esperanza, el aspersor del optimismo. La misión de tal ejército, aparentemente engullido por el agujero negro de las calamidades estadísticas y políticas, es componer un nuevo discurso con estribillos que evoquen el valor del sacrificio, las inquietudes y la bizarría para progresar en un país adicto a las minas antipersona. Esos tipos de espaldas anchas son el futuro. Y están en el centro del círculo virtuoso. La familia se orientará hacia ellos; en ellos verán los amigos el reflejo factible de un camino menos penoso; son ellos, y no otros, los que han de tirar del carro pensando, creciendo, proyectando, ejecutando, criticando, puliendo, presionando y, sí, también, consumiendo, reactivando a patadas la dinamo del dinero, reorientándolo hacia circuitos más sostenibles, más de barrio, más de los pequeños audaces y menos de las grandes pirañas multinacionales.