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Cataluña, Madrid, Andalucía y Bruselas

Fede Durán | 2 de octubre de 2012 a las 18:41

El problema de la independencia catalana se está quizás planteando desde una perspectiva errónea. Al menos hasta que las intenciones de CiU queden del todo claras. Los independentistas (que no son siempre sinónimo de Convergència y mucho menos de Unió) basan su legitimidad en el clamor popular. No pretenden alcanzar acuerdos con el resto del país sino rebasar la meta ideal. No quieren medias tintas ni medios premios. Queda claro, pues, que lo primero es determinar cuál es el pronunciamiento de la sociedad catalana. Un referéndum es aparentemente ilegal, pero convendría pactar la fórmula que permita a los catalanes expresarse por un motivo muy útil: Cuando el país sepa lo que quieren, será más fácil actuar en consecuencia.

Dos matices: la respuesta a la pregunta del referéndum debería ser, en uno u otro sentido, abrumadoramente mayoritaria, aunque un no vencedor requiere menos contundencia porque es más fácil mantener un Estado que desguazarlo. Es el independentismo el que ha de trabajar a tope, y no debería resultarle difícil: la educación nacionalista ha sembrado una semilla que ya es imposible de obviar. No se trata de razones históricas ni de argumentos políticos. En primera instancia, se trata, simple y llanamente, de sentimientos y sensibilidades. El olivo (por usar una parábola mediterránea) ya mide tres metros.

Actuar en consecuencia no es llevar los tanques a Barcelona (la propuesta ha partido de un catalán, Vidal-Quadras, que en realidad habló de la Guardia Civil). Actuar en consecuencia es abrir una negociación donde, en función del resultado de la consulta, los esfuerzos giren en una u otra dirección. O reforma del Estado o separación. Ninguna de las dos salidas es sencilla. Si el Estado se reforma, será para contentar a Cataluña y el País Vasco, dos de las tres históricas, y hacerlo implica forzosamente ahondar en un modelo, el federal, que se ha mostrado terriblemente ineficaz en términos económicos y de cohesión. Si Rajoy quiere un mercado único, ¿cómo se come una inyección federalista aún más potente que la esbozada en 1978? La secesión tampoco sería coser y cantar. Hay que hacer muchas, muchísimas cuentas. El dinero nada tiene que ver con el romanticismo de una aspiración. El futuro de Cataluña condiciona el del resto de España. Los políticos catalanes podrían alegar que nada deben al país puesto que han sido sometidos a un expolio permanente. Ese supuesto expolio se llama principio de igualdad, está recogido en la Constitución y prevé que las comunidades ricas contribuyan a la equiparación de las pobres en la prestación de los servicios públicos fundamentales y el despliegue de las infraestructuras necesarias. El Gobierno, en tal caso, podría retrotraerse al siglo XVIII y recordar el monopolio del que gozaba Cataluña en la colocación de sus productos entre sus todavía compatriotas. Será una discusión durísima con cientos de miles de argumentos a favor de unos y otros.

 El movimiento de CiU ha sido en cualquier caso magistral, quiera o no la independencia. El otro camino que se planteaba, el del vaciado competencial de las autonomías, parece definitivamente olvidado.

Bruselas es el árbitro de la partida. No porque vaya a decidir el resultado del proceso ya iniciado, sino porque un pronunciamiento en un sentido u otro alimentará o desinflará las esperanzas del independentismo catalán. Durao Barroso se ha inclinado por la postura del Gobierno central: Cataluña tendría que negociar su ingreso en la UE. En una entrevista con este periódico y este periodista, su número dos, Viviane Reding, opinaba lo contrario. Después, haciendo en mi opinión trampas, la Comisión Europea ha querido enmendarle la plana disfrazando sus declaraciones de un sentido completamente distinto: en realidad, afirman ahora, lo que la Reding quiso decir es que es muy complicado interpretar los tratados internacionales. Y en eso, desde luego, Bruselas tiene razón por más que exista la Convención de Viena. El papelón de las instituciones comunitarias está preñado de veneno: Cataluña no es Eslovaquia, ni Kosovo, ni Eslovenia, Bosnia o Croacia. Cataluña comparte muchas páginas de historia con el resto de España, muchos siglos, y su suerte apunta, con los matices que se quiera, a la integridad territorial de otras naciones afines: Francia, Italia, Gran Bretaña o incluso Alemania. Y ojo con el factor Ceuta-Melilla-Marruecos. El epílogo de esta novela marcará los siguientes prólogos.

Andalucía me merece una mención final por la pusilanimidad de sus dirigentes. Ha sido una tierra maltratada. Con y sin Franco. Infraestructuras mediocres, pocas inversiones de verdadero valor añadido, pequeños emporios desmantelados y un conformismo triste en los asuntos propios y ajenos. El PSOE-A engulló al PA cuando tuvo que hacerlo, y su voz en Madrid no fue nunca la del centurión con galones y reivindicaciones sino la del pariente pobre que necesita la solidaridad de los demás. Es posible que sin Cataluña vivamos peor porque menor será la bolsa común de las aportaciones para equilibrar igualdades. Lo que no tiene sentido es que nadie aquí haya aprendido la lección (llámenla egoísta si quieren) del nacionalismo catalán: quien no llora no mama. Aún nos conformamos con el legado de la Expo y con los caramelos que, de cuando en cuando, nos tira al suelo el Gobierno, sea del color que sea. ¿Cómo es posible que Sevilla no tenga una red de Cercanías en condiciones o un aeropuerto de corte internacional? ¿Cómo se come que un país del tamaño de Portugal tenga 210 kilómetros de autopistas? ¿Qué pasa con Almería o Jaén, con Córdoba, con el metro de Málaga, con el puerto de Algeciras o el eternamente retrasado corredor mediterráneo? La última reforma del sistema de financiación nos dejó en peor lugar que antes, según explicaba semanas atrás el economista Ángel de la Fuente. Alguien debería ir pensando en el papel que nos tocará jugar en la España del futuro, que puede que sea otra España, y sobre todo en cómo jugarlo. Tal vez haya llegado el momento de que la sociedad civil se haga mayor de edad e intervenga, exigiendo y movilizándose sin las tutelas de los sospechosos habituales, los caciques y los demagogos de siglas desgastadas.

De la civilización al navajeo

Fede Durán | 12 de julio de 2011 a las 14:33

One more time: la prima de riesgo (PR) mide el diferencial a diez años entre el interés que paga España (o cualquier otro país) por colocar deuda soberana en comparación con el bono (bund) alemán, tomado como referencia por su presunta solidez. Un diferencial de 350 puntos básicos significa que España le añade un 3,5% de interés al que ya paguen los alemanes. Si Grecia ronda los 1.300 puntos (13%), pueden hacerse una idea del bestial coste que supone financiar las deudas estatales en esta orgía de los mercados, la especulación y la madre que parió al rating.

Por cierto, ahora dice Bruselas que es urgente:

  1. Exigir más transparencia a las agencias de calificación dado el impacto de sus notas en la evolución de la citada PR. Si esta vez la UE no se pierde en infinitas discusiones, cuando una agencia otorgue una nota a un Estado miembro, las autoridades comunitarias deberán tener acceso a los informes internos en los que dicha nota se basa.
  2. Promover la competencia frente al oligopolio de Moody’s, S&P y Fitch (el trío calavera del rating) mediante la creación de pequeñas y mediadas agencias ¿independientes?.
  3. Prohibir las calificaciones destinadas a los países que hayan sido rescatados (como Grecia, Irlanda o Portugal).

Italia y España las están pasando canutas. ¿Caerán ambas? Si la respuesta es negativa, ¿quién tiene más papeletas para pegársela y acudir con el rabo entre las piernas a Bruselas? Argumenta con buen criterio mi compañero José Luis Benayas que lo que cuenta es la deuda pública: Italia, 120%; España, 62,3%; además de la capacidad de devolverla/refinanciarla. Vale, es cierto, pero el trío calavera sigue ahí y en cualquier momento hará de las suyas. ¿Nos dará en la boca a nosotros? ¿Preferirá merendarse a nuestros primos latinos? Se supone que estos tíos emiten sus veredictos en función de muchos otros parámetros macro. Tenemos el doble de paro (8,1% Italia; más del 20% España), exportamos la mitad y estamos mucho menos industrializados. ¿Qué pasará? Ni idea. Pero el asunto es crucial. De la civilización al navajeo made in Mad Max apenas hay unos metros.

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