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El tapón más grueso

Fede Durán | 22 de febrero de 2013 a las 9:18

RAJOY armó su intervención inicial en el Debate sobre el estado de la Nación a partir de la economía. Estuvo plomizo en la exposición, pero desgranó las claves de su enésimo paquete de medidas en poco más de un año de mandato. La lucha contra el desempleo, repitió una vez y otra, es la máxima prioridad del Gobierno, la obsesión oficial. Dos porcentajes desvelan al presidente Sísifo: el 26,02%, que es la tasa de paro general, y el 55,13% reinante entre los menores de 25 años.

En febrero de 2012 entró en vigor la reforma laboral del PP, precintada con plástico infalible. Hoy, con un millón más de parados, la gran conclusión es que se dotó al empresario del poder total que nunca debe tener cuando las cosas van mal, porque es entonces cuando inevitablemente las decisiones desembocan en el despido.

El miércoles, Rajoy avanzó una línea de acción que concentra los esfuerzos en la juventud. Y lo hace apostando por la temporalidad: hasta la fecha, la empresa debía alegar una de las causas recogidas en la ley para recurrir a un contrato eventual, aunque de hecho los atajos y el fraude sean cosa común. Cuando este mecanismo entre en vigor, el patrón podrá firmar a trabajadores de menos de 30 años con menos de tres meses de experiencia sin más explicaciones. Si finalmente el contratante decide convertir en indefinido al temporal, se beneficiará de bonificaciones de entre 500 y 700 euros anuales.

La otra gran baza del PP consistirá en incentivar los contratos a tiempo parcial. Las compañías con menos de 250 profesionales quedarán exentas de pagar el 100% de las cuotas a la Seguridad Social (en los casos de menores de 30 años).

Son acciones de inspiración claramente merkeliana. Con siete millones largos de empleos precarios, Alemania presume de sus minijobs y sus kurzarbeit, y el Gobierno español ha optado por transitar esa misma vereda, basada en restaurar las constantes vitales del mercado laboral desde el empobrecimiento.

Al fijar la atención en una franja tan concreta de edad, Rajoy comete dos errores: el primero es olvidar el escalón inmediatamente superior, condenado en apariencia al limbo. ¿Qué ocurre con aquellos que superando la treintena tampoco han trabajado nunca o lo hayan hecho discontinuamente? El segundo es ignorar el otro extremo de la cuerda (desempleados de 55 o más años), al que la reforma no cuidó excesivamente y cuyas perspectivas son actualmente de aniquilación.

Graves es asimismo la filosofía subyacente. Rajoy castiga a la presunta generación mejor preparada de la historia, empeora las condiciones de los primeros años de experiencia (salarios bajos, imposibilidad práctica de optar al privilegio de lo indefinido) y lanza subrepticiamente un mensaje simple y claro: son los veteranos, los curtidos, los resabiados quienes sacarán el país adelante, quienes seguirán en los puestos de mando, quienes prometerán cambios para que todo siga igual. Hablamos del tapón más grueso de la historia.