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Nos hemos quedado secos

Fede Durán | 27 de julio de 2012 a las 10:23

CONVENGAMOS que la economía de un país es una suma de fuerzas donde caben legiones malignas y defraudadoras pero también hordas de ingenio, sentido común, altruismo y vocación de servicio a la comunidad. El resultado depende en buena medida del peso de ambas, aunque a la vez desplieguen su influjo las respectivas legiones y hordas internacionales, camufladas ora tras los mercados (fondos de inversión, especuladores, agencias de rating), ora tras naciones más o menos estólidas o benefactoras, ora tras monstruosas multinacionales de la explotación o el trapicheo.

España arriesgó en la Transición todo su talento, y legó a las generaciones posteriores un mensaje olvidado: sin esfuerzo individual no hay esfuerzo colectivo ni tampoco horizonte. La materia prima de aquella catarsis ha cambiado. No dominan hoy las letras sino las ciencias, realidad cero sospechosa per se aunque a la vez indicio preocupante de un abandono brutal de las humanidades. Un señor que presume de no leer pero pasa 134 minutos al día ante la tele (ése es el español medio) explica muchas cosas. Demasiadas.

Explica que Rajoy diga sin complejos que sólo abre el Marca entre Congreso y cumbre. O que ninguna de nuestras universidades esté entre las 150 mejores del mundo (¿por qué nadie intenta fichar a los profesores más brillantes sino promocionar a los de su cantera?). O que un guiri vaya por la calle y no tenga con quién comunicarse en inglés. O que muchas, muchísimas empresas premien la mediocridad sobre el talento al preferir al sumiso sobre el inquieto o al gris sobre el irreverente.

Nos hemos habituado a crear primero el puesto y después, con suerte y no siempre, la necesidad. Hemos premiado al del pelotazo como si su desapego al valor añadido implicara tener pelotas de roble y alma de artista. Junto a funcionarios y empleados públicos de primer nivel han medrado rémoras y amebas cuyo mayor triunfo consiste en haber inducido al Gobierno a amputar sin distinciones miembros sanos y putrefactos. El Estado autonómico es un fracaso: no ha utilizado la diversidad para unir (una diversidad que existe en todo el planeta, por cierto) sino para fundar réplicas en miniatura de los pecados nacionales. Enchufados, incompetentes, incultos y chorizos han proliferado al ritmo de presidentes vitalicios a lo Kekkonen.

España tampoco tiene una marca. Sus productos, aisladamente considerados, pueden emitir ondas de calidad en el radar del consumidor, pero no hay generalidades que nos definan. Un italiano es diseño; un alemán fiabilidad; un americano la inmensidad de Apple, Nike o Google. ¿Qué diablos somos nosotros? En California abren laboratorios y en Sevilla bares con cubos de Cruzcampo a cuatro euros. La envidia es el pecado patrio número uno. Y el deporte el opio que anestesia nuestras vergüenzas.

Europa se equivoca, sí. Nos está dejando caer y quizás fuerce su propia caída. Pero ni Merkel ni Draghi están detrás de esta mediocridad cocida en 35 años de fuego lento.

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