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Canción triste de un resistente

Fede Durán | 8 de diciembre de 2011 a las 11:09

MI abuelo abrió su primera tienda en Cádiz en la década de los años 40 tras pasar toda la Guerra Civil en la cárcel. Lo suyo era el textil, y recuerdo, ya en los primeros 80, que junto a él convivían en la ciudad competidores del mismo ramo. Supongo que habría rivalidades, pero yo sólo detectaba una fértil camaradería donde unos y otros se complementaban porque casi nadie tocaba exactamente el mismo negocio que los demás. Había pausas para el café, almuerzos a la vuelta de la esquina, paréntesis que generaban un goteo de anécdotas, bromas y reflexiones donde jamás escuché la palabra crisis. Probablemente se me colara. Un niño no capta los ángulos más negros del discurso de un adulto.

Aunque la tienda de mi abuelo no resistiese su muerte -ahora es un Coronel Tapioca al que nunca he sido capaz de entrar-, los hijos de algunos de sus rivales y amigos siguen ahí. Otros pequeños negocios, quizás la mayoría, fueron liquidados año a año por la cultura de la franquicia y el yugo de los grandes almacenes. Conozco a uno de esos miembros de la resistencia. Es un amigo de la familia, un amigo mío. Su marca existe desde 1945. La fundó su padre, y él la ha modernizado. Antes de la crisis, cuando el consumo no sufría ni espectros tan irreales y dañinos como los mercados absorbían la atención de cualquier emprendedor, este hombre, fielmente adscrito al club de los inquietos, era un innovador nato. Siempre explicaba los nuevos proyectos del comercio del centro de Cádiz, las promociones, la alianza con este aparcamiento o aquel cine, la manera de seguir vendiendo sin caer en la tentación del conformismo.

Hace unas semanas, estuve con mi padre en su local matriz. Nos hizo pasar a la trastienda y automáticamente viajé al pasado: las mismas escaleras oscuras que en la tienda de mi abuelo, la misma acumulación de cajas y telas y prendas, el mismo tono mate en cada poro de la pared. Nos sirvió un café y agachó la cabeza. “No resistiremos mucho más”, confesó. Ha cerrado algunas tiendas satélite. Ha hecho malabares para mantener a su plantilla. Ha revisado sus cuentas para saber cuánto le queda. La solución no depende esta vez de su imaginación o de su audacia. Es una víctima paradigmática de ese gran embrollo que atenaza a Europa y sobre todo a su periferia, un nudo diabólico donde reina el miedo al paro, a la pobreza, a la dilución del Estado del bienestar, a la amenaza permanente de las agencias de rating, a la prima de riesgo, a tantos conceptos profundamente ignorados hasta hace poco y tan machaconamente presentes hoy.

Al salir a la calle, caminamos en silencio. Comprendí que esta vez no habrá distinciones entre buenos y malos. Casi todos caerán, y del polvo de los últimos resistentes surgirá el cemento de un paisaje urbano sin rostro ni historia.

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Confesiones de un periodista económico

Fede Durán | 14 de julio de 2011 a las 13:43

Las 9.00 es una hora razonable para levantarse siendo periodista. Comienzas el día con una sonrisa de oreja a oreja provocada a veces simplemente por la luz al colarse por las ventanas. Aún no quieres saber nada de las agencias de rating, el Íbex 35, el penúltimo desencuentro del Eurogrupo o las ocurrencias y contraocurrencias del Gobierno y la oposición. No, por la mañana no estás contaminado. Te preparas el desayuno, le echas al cuerpo la gasolina del café y te largas a nadar o a correr (¿por qué en el agua es tan fácil y sobre el asfalto tan difícil?). Te duchas y apareces después seminuevo por la redacción, un lugar diáfano adornado por el flujo radiofónico, las conversaciones entre compañeros y el suave soplido de las páginas de la prensa en esa comparación permanente con los grandes y los pequeños de este oficio. Observas el tono de las páginas web, bicheas los teletipos y calculas por dónde irán los tiros. Ahí se produce el primer roce: una empresa que quiebra, un banquero corrupto, un país en ruinas, el paro, los precios, el euríbor. Vuelves a casa para comer y charlas con tu pareja, pero el cerebro ya ha tendido un puente indestructible con el día y sus claves informativas. Hablas de los planes para la noche como si te refirieras a las vacaciones de 2027, tan largo es el camino que media del presente al microfuturo. Estás de nuevo en la redacción, enchufado al matrix de una pantalla cutre que te quema los ojos, y la avalancha es imparable: Trichet, Bernanke, Merkel, y entre medias, como telegramas de telerrealidad, Ruiz-Mateos, Ortega Cano y Marta Ferrusola. Intentas vender esperanza, sobre todo vendértela a ti mismo, pero los meses recorridos desde mediados de 2007 han sedimentado en tu espíritu un poso de claustrofóbica derrota. Observas la ciudad, la región y el país y no aciertas a comprender cómo resisten. O sí: la economía es una formidable ficción sin dinero de verdad, sin liquidez, con un montón de números rojos que nos llevarían a las puertas de una bastarda realidad: si fuese posible calcular la contabilidad universal total sideral, llegaríamos a la conclusión de que el mundo se debe un montón de pasta a sí mismo. Tecleas y tecleas, ora destilando la tasa de paro, ora los concursos de acreedores, y al final concluyes que, como el suicidio colectivo no es de momento una alternativa, siempre queda esperar, esperar que la enorme tramoya económica cambie de rumbo un día y nos diga que somos otra vez opulentos, ambiciosos y soñadores, que España es el mejor lugar del mundo, que Zapatero, Rajoy, Aguirre, Griñán, Chaves, Arenas, Otegi, Carod, Gallardón, Monteseirín, Zarrías, Aído, Aguilar (Rosa), Aznar, Valderas, los sindicatos, Botín, las cajas de ahorros y el tranvía de Sevilla son sólo una juguetona pesadilla.