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Miopía

Fede Durán | 23 de octubre de 2012 a las 20:14

La manipulación de los medios públicos de comunicación no es exclusiva de unas siglas, pero es cierto que el PP se ha cargado, en apenas unos meses, el oasis de periodismo cualificado que ZP había instaurado en RTVE. Sí, sí, las comunidades autónomas demuestran que esta tendencia es universal: ahí están Canal Sur desde un flanco y Telemadrid desde el otro. Pero la cosa central, o estatal, parecía salvada. Error.

Los Desayunos de TVE son el ejemplo más evidente. La (sana) tensión del programa conducido por Ana Pastor (no entremos en lo que cobraba, hoy no toca) ha dado paso al templo del valium. La presentadora, María Casado, no alcanza la rapidez necesaria para acorralar a sus invitados, o al menos para sacarles jugo más allá de la obviedad y la consigna, y el plantel de tertulianos se ha vuelto completamente azul: cuando acude alguien de El País, es para subrayar su extremo aislamiento frente a colegas de La Razón, ABC, El Mundo o la Cope. Lo cual me lleva a otra conclusión: el panorama mediático español es claramente de derechas, y más desde el sepelio de Público.

Me han impresionado los últimos análisis del cuarteto azulón anteriormente descrito. Nadie dice ver amenaza alguna en el nacionalismo vasco, como si Urkullu fuese de repente un hombre de Estado dispuesto a renunciar a la soberanía. Tarde o temprano disparará esa bala, y lo hará una vez observe qué ocurre con CiU, que hoy es ese desbrozador hispano a la conquista de El Dorado. Tampoco fomenta mi fe en el oficio la lectura común sobre las elecciones gallegovascas: si la victoria de Feijóo en Galicia se interpreta como un triunfo de Rajoy, ¿por qué la caída hasta el cuarto puesto en el País Vasco no es una horrible derrota?

El mal momento del PSOE da para más sorpresas. La Razón lo acusa de aliarse con la extrema izquierda. ¿Cuál es exactamente la extrema izquierda si tenemos en cuenta que la Falange (por ejemplo) es la extrema derecha? ¿Izquierda Unida? ¿Esquerra Republicana? ¿Es una broma? El socialismo ha cavado su tumba, ciertamente, sobre dos errores conocidos: las alianzas con partidos sin vocación nacional y su desastrosa y ya proverbial gestión económica. Pero son pecados que también comete el PP, aliado en más de una ocasión de los nacionalismos conservadores cuando las matemáticas no le alcanzaban o sólo le permitían ser comparsa (Aznar en 1996 en el Congreso; Sánchez-Camacho ahora en el Parlament) e igualmente torpe en la búsqueda de soluciones a la crisis actual. El mito del curandero Rato murió con Bankia y tras las generales del 20-N. La diferencia entre PSOE y PP, lo que explica que unos se desangren y otros aguanten, es que en España la izquierda siempre ha estado fragmentada mientras la derecha aprovechaba la forzosa fusión franquista (carlistas, alfonsinos, Falange, las JONS) para reforzar, ya en democracia, su vocación granítica.

También me perturba la candidez con que se afronta la cuestión catalana. Nadie en la división azul está leyendo entre líneas. Artur Mas ha dejado claro, para quien quiera entenderlo, que su Govern estaría dispuesto a recular si alguien en La Moncloa les invita a negociar un nuevo sistema de financiación y algunas golosinas federales o de Estado. No hay señales de que existan otras soluciones. España, con sus fronteras actuales, es una eterna cuenta atrás, y contentar a los nacionalistas es la única manera de ganarle segundos al reloj de la historia. Muchos renegarán de este planteamiento, y será legítimo que lo hagan, pero la integridad territorial exige concesiones en un país tan sometido a las fuerzas centrífugas.

Cierro como abrí, con una crítica. El periodismo arrostra su doble crisis como puede, o sea mal. Precariedad, despidos y cierres apenas encuentran un contrapunto en frágiles proyectos digitales. Es la hora del rigor y la calidad, de la honestidad y la independencia. La visión de unos profesionales alineados y complacientes con sus amos es la antesala del peor futuro posible.