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Confesiones de un periodista económico

Fede Durán | 14 de julio de 2011 a las 13:43

Las 9.00 es una hora razonable para levantarse siendo periodista. Comienzas el día con una sonrisa de oreja a oreja provocada a veces simplemente por la luz al colarse por las ventanas. Aún no quieres saber nada de las agencias de rating, el Íbex 35, el penúltimo desencuentro del Eurogrupo o las ocurrencias y contraocurrencias del Gobierno y la oposición. No, por la mañana no estás contaminado. Te preparas el desayuno, le echas al cuerpo la gasolina del café y te largas a nadar o a correr (¿por qué en el agua es tan fácil y sobre el asfalto tan difícil?). Te duchas y apareces después seminuevo por la redacción, un lugar diáfano adornado por el flujo radiofónico, las conversaciones entre compañeros y el suave soplido de las páginas de la prensa en esa comparación permanente con los grandes y los pequeños de este oficio. Observas el tono de las páginas web, bicheas los teletipos y calculas por dónde irán los tiros. Ahí se produce el primer roce: una empresa que quiebra, un banquero corrupto, un país en ruinas, el paro, los precios, el euríbor. Vuelves a casa para comer y charlas con tu pareja, pero el cerebro ya ha tendido un puente indestructible con el día y sus claves informativas. Hablas de los planes para la noche como si te refirieras a las vacaciones de 2027, tan largo es el camino que media del presente al microfuturo. Estás de nuevo en la redacción, enchufado al matrix de una pantalla cutre que te quema los ojos, y la avalancha es imparable: Trichet, Bernanke, Merkel, y entre medias, como telegramas de telerrealidad, Ruiz-Mateos, Ortega Cano y Marta Ferrusola. Intentas vender esperanza, sobre todo vendértela a ti mismo, pero los meses recorridos desde mediados de 2007 han sedimentado en tu espíritu un poso de claustrofóbica derrota. Observas la ciudad, la región y el país y no aciertas a comprender cómo resisten. O sí: la economía es una formidable ficción sin dinero de verdad, sin liquidez, con un montón de números rojos que nos llevarían a las puertas de una bastarda realidad: si fuese posible calcular la contabilidad universal total sideral, llegaríamos a la conclusión de que el mundo se debe un montón de pasta a sí mismo. Tecleas y tecleas, ora destilando la tasa de paro, ora los concursos de acreedores, y al final concluyes que, como el suicidio colectivo no es de momento una alternativa, siempre queda esperar, esperar que la enorme tramoya económica cambie de rumbo un día y nos diga que somos otra vez opulentos, ambiciosos y soñadores, que España es el mejor lugar del mundo, que Zapatero, Rajoy, Aguirre, Griñán, Chaves, Arenas, Otegi, Carod, Gallardón, Monteseirín, Zarrías, Aído, Aguilar (Rosa), Aznar, Valderas, los sindicatos, Botín, las cajas de ahorros y el tranvía de Sevilla son sólo una juguetona pesadilla.