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Madrid, nunca pulses el botón rojo

Fede Durán | 9 de julio de 2012 a las 13:24

Son voces marginales. Suenan en la periferia del sistema, maman de la heterodoxia económica, sugieren una salida del euro y una vuelta a la peseta (o al dracma), a las postales color mate, a los tiempos en que un país podía autodevaluarse para ganar competitividad. Son los marcianos de Ray Bradbury. Tejedores de discursos con escaso predicamento si se atiende a la opinión mayoritaria de los expertos, que confluyen en torno a una conclusión. Abandonar la moneda única sería como un tiro en la sien. La sangre salpicaría al resto de la UE. Y al conjunto del planeta.Joaquín Aurioles, de la Universidad de Málaga, opina que “la crisis del euro no existe”. “Si uno observa su cotización en los mercados de divisas tiene que admitir que su perfil no es el característico de una moneda con problemas y que el BCE no se ha planteado intervenir para defender su tipo de cambio. El euro ha perdido parte de su valor frente a alguna moneda importante como el yen, pero lo ha mantenido respecto al dólar o la libra, así que mantiene su prestigio en los mercados internacionales”.

“¿A qué nos referimos entonces cuando hablamos de la crisis del euro? A que no ha desempeñado el papel de colchón contra las crisis que algunos esperaban, y a que en las condiciones actuales el proyecto de moneda única es sencillamente insostenible”. ¿Y qué pasa con España? Aurioles responde: “Si nuestras empresas tienen que soportar unos costes financieros cinco veces superiores a los de sus competidoras alemanas u holandesas, verán mermada su competitividad y perderán mercado, por lo que en ausencia de depreciación de la moneda, es probable que el problema tienda a enconarse y, lo que sería peor, que se ignore la gravedad de la situación. Un gobierno responsable compensará el mayor coste financiero con la reducción de otros, pero ¿cuál es el margen de maniobra del Ejecutivo? No puede bajar impuestos ni reducir cotizaciones sociales, puesto que el lamentable estado de las finanzas públicas no lo permite. Tampoco parece que la compensación pueda venir de los precios de los suministros básicos (electricidad, gas, telecomunicaciones), la mayoría de ellos mercados regulados, pero donde los movimientos de precios están siendo claramente alcistas. Sólo quedan los salarios, que es la vía de empobrecimiento elegida por la economía española para compensar la pérdida de competitividad que suponen unos costes financieros tan elevados”.

La salida es, según Aurioles, un agujero negro porque “la primera consecuencia sería una fuerte depreciación, con el consiguiente empobrecimiento del país (esto no se evita de ninguna forma). Podríamos volver a hacer política monetaria, pero desde luego habría que olvidarse de mantener déficit continuados y los bancos españoles perderían la posibilidad de acudir a las subastas de dinero del BCE. Este papel tendría que volver a asumirlo el Banco de España, que además sería el último cortafuegos contra los movimientos especulativos del capital financiero”.

Santiago Carbó, catedrático de la Universidad de Granada, arma una defensa granítica de la moneda única a partir de siete razones: 1. España renunció a la peseta para beneficiarse financiera, comercial y reputacionalmente de pertenecer a un área monetaria amplia y fuerte. 2. El ingreso en la Eurozona supuso corregir desequilibrios importantes como la inflación, los elevados tipos de interés, el déficit y la deuda. Estas correcciones atrajeron inversiones y permitieron crecer. La unión monetaria y fiscal permitirá recuperar la estabilidad hoy perdida. 3. La consecución de la unión bancaria y fiscal eliminará buena parte de las deficiencias de la Eurozona. 4. Las interconexiones generadas por el euro mantienen unidos a los Estados miembros y les obligan a ahondar en su común denominador. 5. El euro ha facilitado las relaciones comerciales entre socios y ha eliminado riesgos cambiarios. 6. Episodios de crisis bancaria como la actual hubieran tenido consecuencias significativas de pérdida de competitividad y reputación para una moneda nacional fuera de un área monetaria más fuerte. Las salidas de capitales habrían sido mayores. 7. Salir del euro haría a España mucho más pobre de la noche a la mañana: nadie nos prestaría ni invertiría. El corralito sería una seria opción.

Tampoco alberga dudas Rogelio Velasco, del Instituto de Empresa. “La entrada en la UE y la incorporación al euro han permitido anclar no sólo a la economía sino al conjunto de la sociedad española en Europa”. Ahí van sus argumentos: A) Falta una política fiscal más activa para mejorar la aplicación de las políticas monetarias y fiscales. “Si Alemania cede un poco y Francia también, se alcanzará un punto intermedio que reforzará la gestión”. B) La disciplina fiscal es especialmente importante en el caso de España, dadas las dificultades del Gobierno central para controlar a las CCAA. C) Estar en el euro significa estabilidad. “Se entra en el club económico más exitoso del mundo”. D) Las relaciones comerciales con la UE se han intensificado. Se ha eliminado el riesgo de cambio. Las empresas exportadoras han podido fijar un precio único en muchos casos. E) Se han eliminado los costes de transacción tanto para empresas como para ciudadanos. F) La intensificación de la competencia en la Eurozona ha mejorado la renta y el bienestar españoles. G) El país se ha modernizado al adoptar leyes e instituciones de países más avanzados. “España fuera del euro perdería mucho peso. Somos la décima potencia económica, pero sólo se habla de EEUU, China, Japón, India y la UE en su conjunto. El resto apenas existe”.

Fernando Faces dibuja desde el Instituto San Telmo el brutal impacto de una salida desordenada. “La devaluación de la peseta respecto al euro podría superar el 40%. El efecto inmediato sería la explosión de la deuda de la banca, las empresas y las familias al convertirla a pesetas devaluadas. Habría una suspensión de pagos en cadena en esos tres ámbitos, y contagios a la banca europea e internacional. Se produciría una fuga masiva de capitales desde la periferia del euro a Alemania, EEUU, Suiza y otros. Habría corralito, desaparición de la moneda fiduciaria, desplome del consumo y la inversión y tasas de paro superiores al 40%. Quebraría la Administración Pública. Desaparecería el crédito y los tipos de interés aumentarían por encima de los dos dígitos. Las exportaciones se desplomarían a pesar del efecto abaratamiento de la devaluación, y las importaciones se encarecerían. sobre todo las energéticas, provocando una fuerte inflación que drenaría el poder adquisitivo de las familias”.

Si se amplía la perspectiva se comprenden mejor los estragos de la onda expansiva. Faces asegura que “el comercio internacional disminuiría drásticamente, el proteccionismo se dispararía y el crecimiento y el empleo de los países desarrollados, emergentes y subdesarrollados se vería gravemente afectado, pudiendo desembocar en una depresión mundial”. Además, “el euro se depreciaría respecto al dólar y se producirían salidas de capital de Europa”. Con una salida ordenada “los efectos serían los mismos, pero más suaves”. España recibiría ayudas del BCE y el FMI, y más fondos estructurales vía “solidaridad forzada”. “Como alternativa, probablemente se estudiaría la creación de dos euros: el euro norte (fuerte), para Alemania y otros países del norte, y el euro sur (débil), para Irlanda y los países meridionales. El euro sur tendría una presión continua a la depreciación respecto al euro norte para compensar así la creciente pérdida de competitividad”.

Gumersindo Ruiz, profesor de la Universidad de Málaga, no se atreve a plantear un adiós a la moneda común. “El premio que se daba en Inglaterra sobre una estrategia coherente de salida del euro quedó desierto porque nadie fue capaz de construirla. La única forma de abordar esta cuestión es mediante un sistema que proyecte la situación a futuro, para lo cual habría que integrar un modelo macro que englobaría a todos los países más directamente implicados, un modelo micro, de la economía en cuestión, y un escenario con las variables relevantes. Hacer todo eso es una tarea enorme; lo demás son opiniones sin ningún fundamento, pues se basan en ideas sobre lo ocurrido en otros contextos y con cláusulas ceteris paribus que ignoran los efectos de retroalimentación que seguramente tendrían lugar. Las incertidumbres que se plantean son tales que se trataría de un ejercicio de ciencia-ficción”.

Remata la faena José Ignacio Rufino, de la Universidad de Sevilla. “Aunque la escalada de precios reales -más allá del IPC-ha sido brutal en España durante la década euro, la moneda europea fue una gloria a favor de corriente y de la mano de la exuberancia del crédito. Ahora es una condena, porque la política monetaria que decimos y la política fiscal que formalmente conservamos no se potencian entre sí, sino al contrario. El euro nos ha convertido en miembros de un club selecto, una pertenencia que tiene claras ventajas pero también grandes riesgos para quienes de verdad no son los poderosos del club. España, durante una década ha sido un país con una moneda de primer orden, y eso ha posibilitado la más rápida internacionalización de empresas, la apertura a un mayor comercio exterior o una gran seguridad cambiaria”.

La cara oculta del euro: “Una moneda frankenstein que funcionó de maravilla con el viento en popa y el crecimiento sostenido, pero que ha reventado por sus costuras y puesto de manifiesto sus contradicciones, voluntarismos y troyanos cuando llegan los malos momentos: la residencia diversa de las decisiones de política económica y fiscal han hecho del euro el verdadero objetivo de los inversores más asustados y también de los más especulativos, aunque ese ataque ha sido librado mediante sucesivos ataques a la deuda pública de países como España. No es economía-ficción decir que la batalla dólar-euro por ser la moneda franca planetaria también influye en la actual crisis mutante que no cesa”.

Si se rompiera el euro, continúa Rufino, “se haría por sorpresa, un sábado por la mañana, para no dar lugar a movimientos de pánico y fuga masiva de capitales en euros. De todas formas, el colapso y la parálisis bancaria y financiera del país estarían servidos”, y las ramificaciones serían profundas. “No conviene olvidar que buena parte de nuestras deudas familiares, empresariales y estatales tiene como acreedores a instituciones públicas y privadas de países como Alemania, Holanda o Francia. Ellos se verían arrastrados y muy tocados por nuestra salida del euro, porque directamente no podríamos pagarles con una divisa muy devaluada. Por eso principalmente no hemos salido ya del euro con un empujoncito de la Europa de referencia, porque a ellos les dolería el proceso, y mucho”.

El cambiazo

Fede Durán | 23 de marzo de 2012 a las 9:50

ACABO de descubrir a Costas Lapavitsas, prestigioso economista underground, y me gusta. Su discurso es radicalmente antialemán. Considera, como otros colegas, que el jarabe de la austeridad es cancerígeno, pero es que además expresa con rotundidad su alternativa: Grecia debería abandonar el euro y el resto de piojosos países irresponsables (ya saben cuál es la lista) rebelarse contra la Merkel y sus amiguetes del Fondo Monetario Internacional.

Su retrato griego no tiene desperdicio. Con la crisis escupiendo metralla en 2010, el país acumulaba una deuda de 300.000 millones, la mayoría en manos de acreedores privados. Lo ideal habría sido el impago, pero la UE acudió al rescate con préstamos leoninos y le exigió feroces tijeretazos a cambio. A comienzos de este año, la deuda trepaba ya hasta los 370.000, pero con un pequeño truco sin importancia: los grandes acreedores privados (la banca, para entendernos) se fueron de rositas (recuperaron su parné) o intercambiaron sus bonos basura por otros de menor valor, además de recibir generosas cantidades en efectivo. Los bancos griegos, sometidos a la negritud de un horizonte de pérdidas, recibieron del Estado una inyección de 50.000 milloncejos. La peor parte se la llevaron los fondos de pensiones y los pequeños coleccionistas de bonos. Raro, ¿eh?

Grecia no reducirá su deuda más de un 10% a cierre de 2012, sostiene Lapavitsas, y estará en adelante en una posición incómoda porque sus acreedores son ya mayoritariamente oficiales. Ejemplo: 40.000 millones se los debe al FMI, feroz partidario de los recortes, gobernado por leyes británicas (y no griegas) y con absoluta prioridad en el cobro. “La UE ha transformado así un problema entre un Estado y sus prestamistas privados en un problema entre estados y organizaciones bilaterales”.

Según mi nuevo héroe, Bruselas ha rechazado combatir la crisis de la Eurozona con medidas audaces como las cancelaciones de deuda y la reorganización en bloque de la unión monetaria. “En lugar de eso, ha mimado a los bancos e impuesto una áspera austeridad”. El problema -vaticina-, es que esta eterna pájara colectiva entrará de manera inminente en una fase más compleja y peligrosa donde Grecia será nuevamente el patio trasero y sucio donde exploten las primeras bombas.

Me dirán que he buscado a un tipo raro, a una musa del 15-M (¿qué ha sido de ese movimiento?), a un outsider. En verdad, lo único que extraña y asombra de Costas es que hable en román paladino. Porque este señor escribe en The Guardian, no en el Daily Mirror; y es profesor en la Universidad de Londres, y no en la de Gibraltar (que en realidad manda a sus estudiantes a Oxford, así que la comparación es pésima).

España, si es que aún piensa por sí misma, debería tomar nota del caso expuesto.

Senderos de… ¿gloria?

Fede Durán | 1 de abril de 2011 a las 14:30

GRECIA maquilló sus cuentas públicas para evitar la colleja de Bruselas. Podía permitírselo porque al fin y al cabo, como siempre dijo Robert Kaplan, es un país oriental y por tanto ajeno al rigor de su némesis Occidente. Al carro, tirado por jamelgos porque hablamos de naciones semipobres, se acaba de sumar Portugal, que recurre a la perífrasis del “ajuste contable sobrevenido” para referirse a un regate contable puro, duro y pelín chusco. Portugal no es Oriente, pero, como España o Italia, pertenece a la subraza latina, proclive al trapicheo en igual o mayor medida que la cuna de Gallis o Angelopoulos. Castigo merecido, pues.

Rara avis política: Zapatero y Rajoy coinciden, al menos desde hace unas semanas, en señalar que España es diferente (digámoslo en castellano por una vez) porque trazó a tiempo el mapa de sus deberes y le dio, a golpe de reforma, la orografía necesaria para convencer al inversor, a los supervisores y a la gran diosa Merkel de que éste es un país serio y obsesionado por superarse. Pruebas: la reforma laboral y de las pensiones; la eliminación de instrumentos propagandísticos superfluos en tiempos de miseria (el cheque-bebé, la paga de 426 euros); y, sobre todo, la transformación radical del sistema financiero, con una criba cajística, tropecientas fusiones, nacionalizaciones parciales para las peores y préstamos (que no ayudas) vía FROB que aportarán al Estado unas bonitas plusvalías.

Sí, podemos venderle al extranjero la decimoséptima modernización porque sabemos que jamás podrá descender al detalle. Y el detalle es un lamparón infinito que podría comenzar en el microcosmos sevillano, donde el complejo fálico-faraónico de un alcalde le empuja a gastar 123 millones en una plaza/mirador/monumento sin utilidades demasiado claras; continuaría con el culebrón de los ERE parido por la Junta de Andalucía con vocación de saga meridional; y avanzaría hacia Madrid, donde entienden mucho de pirámides (la T-4; el intercambiador de Sol) pero poco de redistribuir las inversiones de la Administración para que Sevilla, y perdonen que vuelva a ella, tenga al menos una digna red de Cercanías o un digno aeropuerto.

También trafican y entontecen en el norte: que alguien nombre una sola comunidad sin casos de corrupción entre los socios, voluntarios o forzosos, de la España rica. Que alguien, y retomo el conjunto, muestre al público diez jóvenes que, escogidos al azar, escriban sin faltas de ortografía, lean con frecuencia, sepan quién diablos es Kundera sin pensar en un delantero del Chelsea o el Lokomotiv, o ignoren cuál es la plantilla al completo de Gran Hermano u Operación Triunfo (si es que aún existen ambos programas). España no es más que un fraude oculto en la maleza basta de un falso espíritu reformista.