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España seguía ahí

Fede Durán | 16 de noviembre de 2012 a las 9:44

GUY Ryder, el nuevo director general de la OIT, ha reflexionado sin pelos en el cerebro nada más llegar. En su opinión, tres fallos concurren en la gestión de la crisis laboral española, europea y mundial, cuyo monto global asciende a 200 millones de parados: flexibilizar el despido, rebajar los salarios y no financiar decididamente programas de empleo para jóvenes. Tanto Zapatero como Rajoy han tocado la ley con vocación de milagro. Tres reformas laborales desde el comienzo de la crisis que no han variado la tendencia regresiva. Ni siquiera el PP, tradicionalmente presumido en cuestiones económicas, ha dado pie con bola: el Gobierno tomó posesión a finales de 2011, y en aquellos tiempos el cuadro-resumen de la EPA contabilizaba 5.273.600 parados y elevaba la tasa de paro al 22,85%. Tres trimestres después, el país suma 504.500 personas más sin trabajo y una tasa del 25,02% pese a una reforma que sus promotores consideraban mágica pero que de hecho incurría en el primero de los errores destacados por Ryder: convertir al empresario en un ser plenipotenciario y al currante en una víctima de bajo coste es un arma de destrucción masiva si el ciclo económico está deprimido.

El informe de Eurostat sobre costes laborales en 2011 tampoco arroja demasiadas dudas: la hora en España cuesta 20,6 euros (cotizaciones sociales incluidas) cuando la media de la Eurozona está en 23,1, la de la UE-27 en 27,6 y la de Alemania en 30,1. Cierto es que la bonanza del ladrillo permitió mimar los salarios cuando los alemanes ya los congelaban (ése ha sido uno de sus reproches habituales a los derrochadores subeuropeos del sur), pero las estadísticas están ahí, y dicen que España simplemente recortó parte del trecho que la separaba del resto del continente. Aun así, rebajas ha habido, y no han afectado sólo a los empleados públicos. Directivos, cuadros medios, peones y profesionales por cuenta propia padecen la política del cinturón apretado. Agravarla supondría castigar el único motor del consumo y del bienestar social: las familias son la banca, el colchón y el proveedor del mundo latino.

La nomenclatura de programas de apoyo al empleo juvenil es prolija. Todas las administraciones tienen un plan, y a la vista de los números ninguno funciona. EPA, cuarto trimestre de 2011, con Mariano a las puertas de La Moncloa: 884.100 menores de 25 años en las colas del INEM. El 48,56%. EPA, tercer trimestre de 2012: 970.200 (52,34%). En las pantallas de plasma de los hogares españoles se sedimenta una imagen tendencial y generacional. Chavales recién licenciados relatan con naturalidad su doble decisión compartida: estudiar alemán (casi más que inglés últimamente) para hacer las maletas a la mínima oportunidad. España se ha convertido para ellos en lo que Galicia, Extremadura o Andalucía fueron para nuestros abuelos hace cincuenta o sesenta años: un inmenso erial como los de Luanda, donde en los intervalos entre edificios destartalados sólo crecen montañas de basura. Uno querría invocar a Monterroso para que se inventase un cuento: Cuando volvieron, España seguía ahí.