Crónicas de un escéptico » IRPF

Archivos para el tag ‘IRPF’

Estupidez impositiva

Fede Durán | 3 de mayo de 2013 a las 12:17

SÓLO Suecia, Dinamarca y Bélgica superan a España en la suma de gravámenes de los tres grandes impuestos europeos (IRPF, Sociedades e IVA). En lo que va de legislatura, el Gobierno de Rajoy los ha subido todos. Andalucía se apunta a la fiesta con el segundo tramo autonómico más elevado en el impuesto de la renta, sólo por detrás de Cataluña. Existen asimismo tributos exclusivamente andaluces: hasta cuatro en el ámbito medioambiental (emisión de gases a la atmósfera, aguas litorales, residuos radioactivos y residuos peligrosos); uno en el financiero (depósitos de clientes); otro sobre las bolsas de plástico; y el denominado canon de mejora, que grava la utilización del agua de uso urbano. El vicepresidente de la Junta, Diego Valderas, adelantó esta semana que en breve habrá nuevas figuras impositivas.

Los ayuntamientos se nutren del IBI (su gran mina); un IAE afortunadamente descafeinado por la exenciones, que benefician a quienes facturen menos de 1 millón de euros; el impuesto sobre construcciones, instalaciones y obras; el de vehículos de tracción mecánica; el de plusvalías (incremento del valor de los terrenos de naturaleza urbana); y el de gastos suntuarios (cotos de caza y pesca). La guinda la ponen las tasas. En Sevilla, por ejemplo, existen 28. En Cádiz 22. Y en Málaga 13. Para no cansar al lector, este listado no incluye los precios públicos.

Con semejante despliegue recaudador, cualquier español, y sobre todo cualquier andaluz, está legitimado para creer firmemente que las administraciones públicas en torno a las que orbita su vida fiscal funcionan bajo el principio irrenunciable de la excelencia. Es obvio que espere ciudades limpias y seguras, una educación a la altura de Harvard y Oxford, y la sanidad a la que cualquiera se encomendaría ciegamente cuando vienen mal dadas. Es aún más obvio que presuma una atención exquisita en ventanilla, una eficacia probada y una seriedad tan nórdica como las cifras que paga.

Nuestra educación primaria y secundaria es mala y empeora; la universitaria todavía exporta talento pero está lejos de las cumbres mundiales (ninguna se cuela en el top 50); hay un exceso fraudulento de másteres; el sistema sanitario convive con la pérdida progresiva de recursos y con el pernicioso fenómeno de la privatización; la atención en ventanilla es pésima; la eficacia una utopía y la seriedad una extravagancia. El dinero que riega las arcas del Estado, la Junta y los ayuntamientos no pretende mejorar la vida del atribulado contribuyente sino tapar los derroches del pasado (lo llaman déficit) sin dejar de eternizar la superestructura de los privilegios de la casta a través de cientos de miles de cargos, organismos, dietas, flotas, protocolo y viajes en primera. La singularidad andalusí se manifiesta vía subsidios o paguitas, para quien verdaderamente los necesita pero también para quienes llevan siglos viviendo del cuento. En este contexto, pagar emparienta no con el ideal del bien común sino con la lacra de la estupidez.

Lean a Keynes, ignoren a la Merkel

Fede Durán | 4 de enero de 2012 a las 11:13

El Gobierno actual comparte con el anterior una doble obsesión: el déficit y el paro. Son, con permiso de la menos vergonzante prima de riesgo, cuyo porvenir puede siempre asociarse al insondable efecto especulativo, los marcadores de salud más valorados y también los más visibles. Sus destinos, además, están conectados. Una lucha obsesiva contra el déficit público -y la actual lo es- encierra la obviedad de cuadrar ingresos y gastos. Las opciones para lograrlo son conocidas por universalmente aplicadas en toda Europa y, especialmente, en los países más ruinosos -Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y ahora España-: austeridad e impuestos. La receta es discutible. La austeridad implica renunciar al brazo inversor de lo público y, por lo tanto, a la creación de empleo a través de, por ejemplo, ambiciosos (y racionales) proyectos de infraestructuras. Las subidas de impuestos amplifican la desconfianza y el conservadurismo económico. Salvo que el Tribunal Constitucional lo remedie -ya lo hizo en 1997 al concluir que endurecer el IRPF por decreto ley no procede-, casi todos los trabajadores (y digo casi porque sería hermoso creer que algún español de a pie ganará más en 2012) cobrarán menos que en 2011. Pende también sobre nuestras cabezas la amenaza damocliana de un alza del IVA en marzo o mañana mismo. Recetas contra el consumo que se suman a la escasez del crédito, los insuficientes incentivos al emprendedor y una burocracia de tomo y plomo.

Sin intuir siquiera el grosor del cordón umbilical déficit-desempleo, el Gobierno actual y el anterior comparten otra cuestionable baraja de creencias: la que otorga poderes mágicos a la reforma laboral como herramienta de rescate; la que incide antes en el coste del despido que en el premio a la contratación; o la que insiste en respetar un esquema basado en el desmedido protagonismo de sindicatos y patronal. No conviene confundir a la CEOE con los empresarios ni a UGT y CCOO con los trabajadores. Unas realidades son sólo institucionales; las otras de carne y hueso.

De Guindos, Montoro y Báñez deberían leer más a Keynes (y a Krugman) y escuchar menos a Merkel. El primer objetivo si de verdad se quiere reducir el paro es fomentar la iniciativa del pequeño empresario, del debutante, del licenciado talentoso, del autónomo. Se trata de ventilar la universidad para que el pensamiento número uno del recién salido no sea buscar cobijo por cuenta ajena sino sustento por esfuerzo propio. La banca será necesaria para ello. Ya es hora de que devuelva a la sociedad parte de lo que le debe como motor dinamizador. La carta de presentación de Rajoy -más presión fiscal, tijeretazos masivos- demuestra una preocupante falta de imaginación. Tiene tiempo (cuatro años) para rectificar, para demostrar aquello de la autonomía decisoria que cacareó en campaña.