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Italia: ganar perdiendo

Fede Durán | 26 de febrero de 2013 a las 11:48

MUSSOLINI paró su reloj de plata a las 18:00 del 22 de octubre de 1922 en Roma. No volvería a consultarlo hasta 1943. Entretanto, solucionó un problema a la mayoría de los italianos. No a la exigua élite intelectual ni a las bolsas de seres honrados diseminadas aquí y allá, pero sí a esa masa embrutecida y sumisa que después mearía y escupiría sobre su cadáver. Los latinos, en Europa y en América, siempre han tendido a la dictadura. En libertad repiten los vicios del yugo -corrupción, mentira, envidia, vanidad- sin lucir las virtudes de su nueva condición.

Silvio Berlusconi tiene cosas de Muss, como le llamaba Malaparte. Desde luego, su ego, un ego distinto, basado no en el temeroso culto a una figura casi divina sino en la complicidad inconfesable de muchos italianos con el histrión mujeriego y manipulador. También, la acumulación de poder, que en el primer caso eliminaba cualquier atisbo de democracia y en el segundo la utilizaba contra sí misma, anulándola de hecho. La porcata (cerdada) fue el culmen político de Sirvio (así pronuncian su nombre en el Terrone). Perpetrada en 2005, la reforma de la ley electoral establecía dos lógicas distintas para Congreso y Senado, que en Italia mandan parecido. El partido con más votos en la Cámara Baja obtiene automáticamente el 55% de los 630 escaños en liza. Votan los mayores de 18 años y el umbral mínimo para tener representación es del 4% de los votos. En la Cámara Alta (315 senadores), donde sólo acuden a las urnas los mayores de 25 y el requisito de acceso se eleva al 8%, ese premio del 55% se aplica región a región. En Italia son 20, con predominio de la Lombardía (49 asientos), Campania (29), Sicilia (25) y Veneto (24). En la práctica, puede ocurrir, como anoche, que la coalición más votada (el centroizquierda de Bersani) obtenga menos butacas con mayor respaldo. Es lo mismo que le sucedió, por ejemplo, al PSC de Pasqual Maragall en 2003. Perdió ganando.

La porcata convierte al Senado en la clave de bóveda de la gobernabilidad italiana. Y Berlusconi ganó perdiendo (117 contra los 120 de Bersani). No hay muchas salidas más allá del catenaccio o los pactos locos a mil bandas. A los italianos les gusta fabricar a sus héroes (y a sus santos, lo mismo es) espontáneamente, sin imposiciones. Por eso amaron a Garibaldi (rubio, bello, inmune a las balas del enemigo) y por eso han despreciado a Mario Monti, un producto patrocinado por Bruselas y Merkel que no le sirve a Bersani ni para empatarle al dueño del Milan.

Beppe Grillo no cuenta. Grillo es un Guilbeaux a la italiana. Va contra todos y eso le impedirá ser útil a alguno. Su éxito es pese a todo irrefutable y avanza el siguiente estadio del fenómeno de la desafección política, que en España aún no ha topado con un rostro canalizador.

Italia será una vez más imposible. Y con el caos volverán a afilar cuchillos los especuladores, temblará la Eurozona, repuntará la prima de riesgo, encallará definitivamente Sudeuropa y el Norte reforzará su eterno prejuicio de superioridad.

España, Italia y el caos

Fede Durán | 4 de agosto de 2011 a las 15:03

Resumen del editorial de hoy del Financial Times (cuyo enlace no puedo colgar porque uno debe registrarse -gratis- para acceder a la información). O, más bien, resumen de mi interpretación sobre lo que piensan en FT del lío de la eurodeuda.

España ha hecho sus deberes como un alumno aplicado. Notable alto, pero no sobresaliente porque:

  1. La batalla por la contención del déficit público se gana en el terreno estatal pero se pierde en el autonómico.
  2. La reforma laboral ha vivido más de la voluntad que de la eficacia (ahí están la EPA y el paro registrado para demostrarlo).
  3. La reforma financiera aún genera dudas sobre cuántos cadáveres quedan en el armario tras los pestilentes descubrimientos de la CCM, Cajasur y la CAM.

Italia no va tan bien. Su deuda pública es enorme (119% del PIB), su disciplina fiscal mórbida y sus últimos presupuestos generales decepcionantes, porque trasladan a después de las próximas elecciones (2013) el esfuerzo reformista y de austeridad que los mercados reclaman ahora. Tampoco ayudan el histrionismo de Silvio, la superburocracia (¿recuerdan las 12 Pruebas de Astérix?) o el magro crecimiento del Producto Interior Bruto.

En realidad, y aquí viene la parte chunga, FT cuenta con una intensificación de los esfuerzos hispanoitalianos pero asume que por sí solos no son suficientes. Es urgente que la Eurozona se disfrace de superhéroe (sin síndromes bilopares, tripolares y sucesivos, a ser posible) y ejecute ya las tareas acordadas tras sellar el segundo rescate griego (básicamente, permitir que la facilidad europea de estabilidad financiera, menudo bautismo, compre deuda en los mercados secundarios).

Cero menciones, curiosamente, al rol del BCE.

Y una lúgubre reflexión final: más vale estar preparados por su el frente sur de la Eurozona vuela en mil pedazos. Glups.

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De la civilización al navajeo

Fede Durán | 12 de julio de 2011 a las 14:33

One more time: la prima de riesgo (PR) mide el diferencial a diez años entre el interés que paga España (o cualquier otro país) por colocar deuda soberana en comparación con el bono (bund) alemán, tomado como referencia por su presunta solidez. Un diferencial de 350 puntos básicos significa que España le añade un 3,5% de interés al que ya paguen los alemanes. Si Grecia ronda los 1.300 puntos (13%), pueden hacerse una idea del bestial coste que supone financiar las deudas estatales en esta orgía de los mercados, la especulación y la madre que parió al rating.

Por cierto, ahora dice Bruselas que es urgente:

  1. Exigir más transparencia a las agencias de calificación dado el impacto de sus notas en la evolución de la citada PR. Si esta vez la UE no se pierde en infinitas discusiones, cuando una agencia otorgue una nota a un Estado miembro, las autoridades comunitarias deberán tener acceso a los informes internos en los que dicha nota se basa.
  2. Promover la competencia frente al oligopolio de Moody’s, S&P y Fitch (el trío calavera del rating) mediante la creación de pequeñas y mediadas agencias ¿independientes?.
  3. Prohibir las calificaciones destinadas a los países que hayan sido rescatados (como Grecia, Irlanda o Portugal).

Italia y España las están pasando canutas. ¿Caerán ambas? Si la respuesta es negativa, ¿quién tiene más papeletas para pegársela y acudir con el rabo entre las piernas a Bruselas? Argumenta con buen criterio mi compañero José Luis Benayas que lo que cuenta es la deuda pública: Italia, 120%; España, 62,3%; además de la capacidad de devolverla/refinanciarla. Vale, es cierto, pero el trío calavera sigue ahí y en cualquier momento hará de las suyas. ¿Nos dará en la boca a nosotros? ¿Preferirá merendarse a nuestros primos latinos? Se supone que estos tíos emiten sus veredictos en función de muchos otros parámetros macro. Tenemos el doble de paro (8,1% Italia; más del 20% España), exportamos la mitad y estamos mucho menos industrializados. ¿Qué pasará? Ni idea. Pero el asunto es crucial. De la civilización al navajeo made in Mad Max apenas hay unos metros.

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El derrotismo hispano

Fede Durán | 18 de junio de 2008 a las 12:02

Estos días sigo la Eurocopa a trancas y barrancas. Si juega España, me fabrico el hueco como puedo; si no, una minitele cortesía de la sección de Economía nos permite espiar las evoluciones del resto de equipos. La tortícolis es lo de menos.

Me quedo, obviamente, con los partidos de La Roja. Cierto que provocan una elevada cuota de tensión en su doble vertiente euforia-depresión, pero no me viene mal reencontrarme de cuando en cuando con el adormecido yo visceral. Describamos la escena. Salón de casa o de algún amigo, cervezas frías y productos basuriles. Televisión de tamaño respetable (como no entiendo de pulgadas no me arriesgo a dar una cifra), aire acondicionado y volumen a tono con el ambiente. Y, la clave, concentración fluctuante. El seguimiento del duelo es a la vez una sesión de psicoanálisis. Afloran alternativamente los miedos y las esperanzas edulcoradas. Te ves fuera a las primeras de cambio. Te ves en cuartos, en semis, en la final. Planeas tu promesa ante un supuesto triunfo. Y vuelves a empezar.

Ayer lo hablaba con un amigo. Entre la ensalada de sensaciones destaca un ingrediente: el pesimismo. Ganamos a Suecia con ese gol de Villa que nos hace desgañitarnos y regresar cinco minutos después a la normalidad algo avergonzados e irrumpen las cábalas, puntuales y tenaces, taladradoras. ¿Nos toca Francia? ¿Italia? No, por favor, mejor Rumanía. Es el primer síntoma de nuestro proverbial complejo futbolístico de inferioridad. Lo escribe Pedro Barthe en La Vanguardia. Para ser los mejores hay que ganar a los mejores. Suena perogrullesco y sin embargo no lo asimilamos.

El caso es que bailaremos con Italia. Ya sabemos lo que nos espera. Nada de danzas delicadas como el vals sino más bien algo de la salvaje sensualidad del tango. El problema es que Piazzola es argentino de origen italiano. Mal comienzo.

¿Qué pasará el domingo? Seguro, que se disputará el partido. En cuanto al resultado, tengo una teoría. Entre aficionados y jugadores se crea un campo de fuerza mental. Somos vasos comunicantes. Si España se caga de miedo, sus futbolistas también. Por eso algunos se compran la camiseta y deciden sudarla, para amplificar así la sintonía, ensanchar la moral y disipar las dudas. Por eso otros transmiten la serenidad que nadie tiene. Vamos a ganar. Lo escribo y por tanto lo proclamo. Somos mejores. Es mi humilde contribución contra ese bucle histórico que nos amarga y sacude. Sería injusto eternizar el problema. Mi generación, o la de mis hijos, o más allá aún la de mis nietos se merece unas semis. Nuestra salud mental depende de ello.

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