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Micromemorias III (el coronel)

Fede Durán | 14 de abril de 2008 a las 13:04

En toda plaza manda un coronel. Y entrar en contacto con él, recortar la distancia que separa el cielo de la tierra, impone. Mi primer gran entrevistado fue Joan Clos, ya ex ministro y quizás hoy abatido tras perder su pedrería por la irrupción de Sebastián y el escaso cariño que le profesa el PSC. Hace un lustro, cuando era alcalde de Barcelona, pedí la vez y me la concedieron no sin superar antes algunos de los trámites habituales, entre los que por suerte no se incluían plegarias ni ramos de flores. Para el jamón tampoco me alcanzaba, pero no hubo problema. Su jefa de prensa era una chica maja de origen andaluz, como tantas veces sucede allá. Yo ya conocía a toda la oposición (Xavier Trias, Alberto Fernández Díaz) y a los socios de Clos (Imma Mayol y Jordi Portabella), así que los socialistas debían sentir una especie de obligación moral que satisfacieron sorprendentemente pronto.

El Ayuntamiento se ubica, como el Palau de la Generalitat, en la Plaça de Sant Jaume. Pleno centro, barrio gótico, guiris y colorido movimiento. Normalmente entras por una puerta lateral, aunque si la cita es importante (y en este caso lo era) te hacen dar algún rodeo para que comprendas que el palacio es tan suntuoso como el líder que lo gestiona. La verdad es que el edificio impone: mención especial merece su capilla, oscura y pulcra, un lugar en el que tal vez puedas lograr la paradoja de casarte por lo civil de la mano de tu concejal favorito.

Pasillos y antesalas, bedeles y asesores, guardaespaldas y secretarias. Siempre prudente, dejando que la chica de prensa marque el ritmo. Al final, te sientan en un butacón frente a las mismas puertas del rey. Huele a rancio. El edificio es viejo. Seguro que crujen sus paredes. La puerta chirría y te dicen que puedes pasar, que el jefe te espera. Repasas las preguntas, seis o siete, no más (a veces es bueno confiar en que la conversación te llevará por derroteros imprevistos), compruebas que la grabadora no ha muerto y suspiras.

Ahí está. Se levanta y te estrecha la mano. El radar me indica de inmediato que cuida los detalles. Sobre su formidable mesa de madera (¿caoba?) descansa un ejemplar del Financial Times. El despacho es de techos altos y ventanales, pero huye del barroquismo. Anochece. Me ofrece asiento, elijo el que creo menos noble y compruebo que la chica de prensa aprueba mi decisión. Nos sentamos y charlamos. Es el warm up, el calentamiento previo a la batalla. A los cinco minutos consulto inquieto mi reloj. Es hora de arrancar. Que sea lo que deba ser. Le advierto que encenderé la grabadora. Sin problema. El piloto rojo brilla. Bien. Puedo concentrarme en las preguntas.

Hablamos de economía, de política, del espíritu de la ciudad, de sus deficiencias y atractivos, de sus aspiraciones. Se sabe la lección. Tiene cifras en la cabeza, las expone dándote a entender que eres un principiante. Decido atacar los flancos más débiles. Me decepciona su falta de autocrítica. En el momento más tenso, dobla una pierna sobre la otra y le veo no sólo el calcetín sino también la pierna, nada peluda pero dudo que depilada. Clos no le cae bien al partido, pero tampoco es tan malo. Sencillamente, no conecta. Es lo opuesto a Zapatero. Sabe más aunque guste menos. Han pasado tres cuartos de hora. Nos despedimos. Al salir del despacho, la chica me pide un favor. “Pásame la entrevista cuando la hayas transcrito”. Lo hago. Me llama a los dos días. “Me gustaría cambiar un par de frasecillas”. Es el segundo favor. Compruebo el impacto que las correcciones tendrían en la entrevista. Bah. Son cuestiones más de estilo que de fondo. Le contesto que no hay inconveniente. Me da las gracias.

Publico la página 72 horas después. Paso la mañana intranquilo, pero nadie llama ni me topo con sicarios a la puerta de casa. Abro una cerveza y pienso en el siguiente coronel.