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España según el New York Times

Fede Durán | 8 de octubre de 2012 a las 19:40

Cuando empezábamos en esto, muchos periodistas españoles teníamos dos grandes referencias. Una, en casa, era El País; la otra, fuera, The New York Times. Respecto a la primera, la accesibilidad a su hoja de servicios en los últimos tiempos, la vejez, los testimonios de ex compañeros y la trayectoria sinuosa de Prisa, la empresa matriz, me hicieron recalibrar el listón y admitir, con pesar, que ningún medio escrito supera hoy la altura prescrita. Quizás El País siga siendo el mejor diario de España (siempre es mi primera lectura), pero me divierte más, con la carga polisémica que el verbo divertir encierra, El Mundo, y me resultan más imprevisibles y por lo tanto apetecibles sus firmas de opinión y algunas de sus aproximaciones a la actualidad. Para no cerrar este párrafo enviando una impresión equivocada, matizaré que, como conjunto, la cabecera de Pedro J. Ramírez recurre en mi opinión demasiado a menudo a las trampas periodísticas. Cualquier colega de profesión sabrá a qué me refiero.

El santo que parecía intocable en el altar neoclásico de cualquier iglesia de la Gran Manzana era el NYT, un periódico con siglo y medio de historia, planteamientos liberales (en el mejor sentido del término) y un ojo clínico en general certero, envuelto todo además en el halo de seriedad del periodismo anglosajón. Era un mito que hoy arde en la pira de la superficialidad. Tres reportajes sobre España y su crisis multiplataforma han bastado para convencerme. El primero retrataba el todo a partir de la parte: quienes buscan comida en la basura se han convertido en una imagen de marca y en un ejército creciente que ya no distingue entre obreros, bohemios y ex acomodados. Era el posicionamiento del reportaje firmado por Suzanne Daley, acompañado por una ristra de fotografías de indudable calidad artística pero discutible imparcialidad: quien no conozca España y las vea, podría concluir fácilmente que esto es el Brasil minero de Sebastiao Salgado o cualquier pueblo de Vietnam después de unas toneladas de napalm. La segunda jugada fue menos elegante (se publicó tras una visita del damnificado a la cúpula del NYT) pero más rigurosa: Doreen Carvajal y Raphael Minder explicaban pulcramente los problemas del Rey Juan Carlos para lavar su imagen en un momento en que los españoles están para pocas bromas y menos cacerías. La pega, nada irrelevante, es que la información tasa en 2.300 millones de dólares la fortuna amasada por el monarca sin especificar fuentes y añadiendo acto seguido que la cifra no es exacta porque incluye propiedades del Estado cedidas a la Casa Real para su uso y disfrute. Pocos días después, era un editorial el que atizaba a Rajoy y Merkel por su obsesión con la disciplina fiscal y la alarmante falta de imaginación de la clase política europea para estimular la economía sin renunciar a la exterminación del despilfarro. La mano inspiradora de Krugman se notaba entre bambalinas. No encuentro objeciones en este caso.

La tercera mancha, la más reciente, es en realidad un posicionamiento claro a favor de las voces que reclaman la independencia de Cataluña (entrevista a Artur Mas, testimonios sobre el hartazgo catalán por el “expolio español”), sin que sorprendentemente nadie en el NYT se haya molestado en ofrecer visiones o versiones contrapuestas, un principio básico del periodismo.

Lo cierto es que las grandes marcas de este oficio no son ya los medios en sí mismos sino las firmas que los habitan o aquellas otras que brillan en el desierto de conglomerados mucho menos poderosos. La escuela anglosajona exhibe innumerables virtudes: la premisa del “un párrafo, una idea”, la sobriedad estilística, el carácter incisivo o la vocación de universalidad. Se me ocurren varios ejemplos de excelencia periodística: William Shirer, John Lee Anderson, Gay Talese, Robert Kaplan… Pero conviene descolgar de toda noticia procedente de esa factoría la presunción de infalibilidad.

España pasa por un muy mal momento, sí; sus fronteras pueden revisarse a medio plazo, también; la Monarquía es una institución cuestionada, de acuerdo; nuestros dirigentes carecen de la audacia necesaria para enmendar las cosas y ofrecer al país una autopista de esperanza, absolutamente. Lo que no cuela es comprar sin condiciones los retratos manufacturados desde el prejuicio, la falta de hondura y un aroma amarillento que la industria reservaba hasta ahora a los clásicos de la telepredicación.

Morir tecleando

Fede Durán | 27 de febrero de 2012 a las 15:02

Cierra Público. Un periódico menos y un buen puñado de compañeros sometido a la presión de lograr otro trabajo justo en la peor coyuntura posible. Algunos no volverán a pisar una redacción. Es una afirmación durísima, como durísimos son los tiempos que corre el oficio, sacudido por los errores de sus rectores (nunca debió regalarse en la web lo que se cobra en papel) y por sus estrechas conexiones con esta crisis global y otras subcrisis endémicas. Un profesional muy veterano siempre procura tranquilizarme cuando se nos informa de la enésima ronda de despidos en esta o aquella cabecera: “El periodismo nunca desaparecerá”. Yo no lo tengo tan claro. No tengo claro que la gente esté dispuesta a pagar por lo que escribimos. La hipervelocidad de estos tiempos irá a más, como también proliferarán las fuentes alternativas de información vía redes sociales (teóricamente, al menos a veces, el testimonio de primera mano sin aditivos, sin relecturas ideológicas), y ése es un contexto pésimo para revalorizar nuestro trabajo, que no consiste en la ubicuidad ni en la omnisciencia sino en buscar temas concretos, diferentes, cocidos a veces a fuego lento para aportar la profundidad que de otra manera es imposible obtener. La habilidad para contar las cosas, para añadir cuando quepa una fina película literaria, para entrevistar y recopilar, para sintetizar y condesar, jerarquizar y editar, diseñar, fotografiar o investigar está demasiado infravalorada. Y se trata de una misión bellísima. Nuestro privilegio es poder dedicarnos a algo que, generalmente muy mal pagado, nos llena y contribuye a enriquecer a la sociedad, a dotarla de distintos puntos de vista, a veces también a ilustrarla. Pero, ¿hacia dónde vamos? O, peor aún, ¿qué será de nosotros cuando hayamos muerto? No se me ocurren otras vocaciones. Yo sólo sé escribir.

El todo gratis nos matará. Nos empeñamos en abrazarnos al papel, pero el papel será pronto un objeto fetichista, como los vinilos o los soldaditos de plomo. A un libro siempre le quedará la virtud de la permanencia física. Pero un periódico es un bulto al día siguiente. Y los bultos pillan polvo. El gremio ha de luchar en bloque por su porvenir. Los grandes periódicos de este país y todos esos otros equipos UEFA deberían acordar, copiándolas o adaptándolas, nuevas fórmulas de negocio. Y no me refiero a regalar sartenes. Vale, existen ya algunos inventos y algunos ejemplos (The Economist, The Guardian, el New York Times o el New Yorker). Pero no son suficientes. Ni en general ni para España, un país que a pesar de ser la cuarta potencia editorial del mundo se lee menos que en Europa. Los jefazos saben que nadie ha dado por ahora con la tecla ganadora: sobre sus mesas están los datos de facturación.

Parte de la culpa es también nuestra, de los redactores de a pie, por no haber luchado incondicionalmente ante las servidumbres que fabrica la escasez. Hoy manda más que nunca el banco que te presta, la empresa que se anuncia, el político que te subvenciona. Esa debilidad ha minado nuestra credibilidad. Llevo en esto mucho menos que los más grandes. En este diario y en los demás del grupo Joly todavía quedan unos cuantos tipos de los que aprender todos los días. Volvamos al origen antes de tener que dedicarnos a otras cosas. No nos hagamos funcionarios.

Hace unos días descubría que John Lee Anderson tiene una cuenta en twitter. ¿Saben cómo se presenta? “Escritor de plantilla del New Yorker”. Esas pocas palabras bastan en EEUU. Allí, escribir aún genera respeto, aún prestigia al firmante. Y mira que Anderson tiene galones. Nuestra misión en España es ésa. Trabajar con honestidad y ambición, demostrar que somos imprescindibles en una sociedad democrática, recuperar poco a poco el terreno que la sumisión al poder nos ha robado. Cada firma es una marca. Convirtamos cada marca en un sello de calidad. Y si hay que morir, que sea por teclear en exceso, no por callar demasiado.