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Cómo podría haber sido y no fue

Fede Durán | 18 de febrero de 2014 a las 8:00

LA torpeza de una decisión es más evidente cuanto mayor es el contraste entre la situación bajo ese influjo y una vez rotas las cadenas. En apenas cinco minutos, Carlos Rojas, portavoz del PP en el Parlamento andaluz, desnudó a su todavía superior, Juan Ignacio Zoido, y también a la presidenta de la Junta, Susana Díaz, por distintos motivos y en distinta medida. A Zoido lo troceó involuntaria pero necesariamente con un discurso -al fin- estructurado, trufado de números, porcentajes y recuerdos de fracasos históricos y rémoras hiperpresentes, la hoja de servicios del PSOE andaluz en tres décadas, una teleserie de derroches, nepotismo, arbitrariedades y latrocinio institucionalizado con algunos oasis casi siempre procedentes de entidades ajenas (España y la solidaridad, Europa y los fondos de cohesión).

A Díaz no le tenía preparada ninguna novedad sencillamente porque no hace falta: basta con echarle un vistazo al cuadro estadístico andaluz para calcular el diámetro del agujero negro. Es cierto que en todo ejercicio político opera el sesgo ideológico, como cierto es que tanto socialistas como neocomunistas aprovechan cualquier oportunidad para demostrar que ese sesgo tiene plena vigencia a este lado de la Península con efectos presuntamente terapéuticos -privatización versus servicios públicos; bancos contra desahuciados; ladrillo a secas frente a ladrillo sostenible-. Pero la mancha no es menos negra: casi 1,5 millones de parados, 64% de paro juvenil (menores de 25 años), cargas burocráticas insoportables, ineficacia de la Administración en sus relaciones generales con el administrado; ausencia de los proyectos estrella (leyes de transparencia y participación) que deben teletransportar a la comunidad al siguiente estadio al menos en términos éticos, etcétera.

Rojas trazó el retrato más fiel hasta la fecha de su ayer rival, embarcada en una gira nacional y europea que promociona servilmente el socialismo español más huérfano de la historia, adicta al álbum de fotos, dispuesta a negociar con Cataluña no sé sabe muy bien en nombre de quién, esbelta en palabras grandilocuentes pero muy avara hasta ahora en acciones masticables. Donde Zoido se perdía, incapaz de combinar evidencias y articularlas con pericia, Rojas hilvanó como un sastre de Hoi An. La presidenta contaba con una buena oportunidad de aparcar su vocación pastoral (heredada de Griñán con suerte dispar) para entrar al detalle de su plan de ataque anticrisis. En vano. Arrancó con la broma del portavoz meritorio, como si uno debiera disculparse por el trabajo bien hecho, prosiguió con la nube del liderazgo popular y remató con las culpas del otro (reforma laboral vía Gobierno central), la mesa de la construcción que se iniciará el 21 de este mes y la alianza que persigue con el tejido empresarial. Palabras, postureo de Estado, sensación de déjà vu.

Tras la epifanía, es inevitable preguntarse por el funcionamiento orgánico de los partidos. Las cuasiprimarias del PSOE-A demostraron que la alergia al pluralismo, el debate y esa libertad de pensamiento que no implica una traición a las siglas no es patrimonio de la derecha. Susana Díaz ganó antes siquiera de presentarse, avalada por el aparato, que es lo mismo que un rodillo pero suena menos estalinista. A Zoido lo eligió Arenas, y punto. ¿De qué sirve entonces que el PP-A cuente con 159.000 afiliados? La travesía del alcalde hispalense ha sido corta e infructuosa. Le ha faltado rigor, le ha sobrado dispersión y jamás ha encontrado la retórica propia de los grandes conquistadores simplemente porque no está a su alcance lograrla. Que Rojas sea infinitamente mejor como espadachín parlamentario deja a Arenas y a la organización en pésimo lugar. La democracia española está en manos de fuerzas adictas al yo dispongo y al señor, sí, señor. Sin discrepancias, sin valentía, el capricho y la mediocridad campan a sus anchas. Como en tantas otras cosas, Andalucía es el peor ejemplo. Doble dedazo y chitón.

Julie Smith protagoniza un relato del muy talentoso David Foster Wallace. Irrumpe en Jeopardy!, el concurso donde se adivinan preguntas y no respuestas, y se hace eterna. Setecientos y pico programas después, Merv Griffin, el productor ejecutivo, decide sacrificar al mito para explorar nuevos alicientes. A Susana le ocurrirá algún día. Y a Moreno (Bonilla). Mejor que sea por tráfico de ideas. Los yugos pertenecen al Medievo.

Capítulo II: la película de siempre

Fede Durán | 5 de septiembre de 2013 a las 20:17

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DIAZ. PARLAMENTO

A Susana Díaz hay que reconocerle la fiereza, la habilidad y la demagogia del buen político. Porque así es un buen político en términos políticos. En términos humanísticos concurrirían las virtudes de la formación, la carrera profesional previa, la generosidad ideológica, la altura de miras y la idea de un país sin siglas ni servidumbres a un aparato de tres décadas. A ella le basta con el colmillo afilado, el recurso a sus orígenes humildes y el guante volador de la transparencia. Ayer se subió al estrado, nuevamente, con dos mensajes en bandolera: el cambio que llega y la corrupción que se va. Los mismos que aireó José Antonio Griñán cuando relevó a Manuel Chaves en 2009.

El cambio que llega se basa, según la particular mente del político español, en un mero traspaso de poderes, una entrada y salida de consejeros, un par de nuevos organismos y planes estratégicos y, quizás, algún órdago normativo adicional que pinte a la Junta de izquierdas como el Robin Hood de los andaluces desharrapados. En las cuatro intervenciones de Díaz no hubo ni rastro de esa reinterpretación del viejo sistema que reclama una creciente cuña ciudadana. Ni limitación de mandatos (podría haber aclarado cuánto tiempo piensa quedarse si las urnas le acompañan); ni listas abiertas; ni por supuesto exigencia de una ocupación para que la política sea un complemento y no el principal.

La corrupción que se va descansa en un imposible: ningún ser humano, por sobresalientes que sean sus cualidades de mando, podrá jamás domar la naturaleza de otros seres humanos, genéticamente tramposos y egoístas, máxime cuando pisan los predios del poder. La Junta se ha convertido en un palacio tan intrincado y descomunal, tan blindado contra sí mismo, tan adicto al servilismo y tan escrutador del disidente que reformarlo sin condenar a miles de almas amigas es sencillamente utópico. La Junta es una versión sutil del Gran Hermano de Orwell. Y la corrupción consiste no sólo en detraer, también puede basarse en intimidar, o en congelar carreras por políticamente neutrales, o en primar la fidelidad sobre el talento. Esta semana hubo directores generales que invitaron a sus subordinados a seguir, en horario laboral, las intervenciones “históricas” de Díaz en riguroso streaming. Vivan los nuevos tiempos.

Lo de ayer no fue una sesión de investidura sino la primera sesión de control a la presidenta. Nadie la votó en unas elecciones, como tampoco nadie votó a su interino opositor, Juan Ignacio Zoido, tan disperso como siempre desde la tribuna y a la vez tan coherente consigo mismo: aclaró, por si quedaban dudas, que su vocación no está en el Parlamento sino en el Ayuntamiento de Sevilla, utilizó las mismas estadísticas que Díaz para interpretarlas en sentido contrario, pagó la demagogia con (menos) demagogia y echó una capa de yeso sobre el muerto de su sucesión, un asunto sorprendente por la torpeza con que se gestiona. “Ustedes conocerán el nombre de nuestro candidato cuando convoquen elecciones”. Vale.

Todavía habituado al estilete de Griñán, Zoido le dedicó a Díaz menos de la mitad de su acero. Al replicarle, la jefa evidenció su carácter: “Me llamo Susana Díaz, y ésta es mi sesión de investidura”. Un alarde del mismo espíritu patrimonialista que ha asfixiado a los políticos en su propia burbuja de influencias y egolatrías.

La Andalucía institucional ha tocado fondo tras destrozar las formas. Detrás no existe una sociedad mayoritariamente educada con mejores valores que le apriete las clavijas y la transforme por amistosa coerción (permítaseme semejante oxímoron). Esa Andalucía de mil tentáculos, palabras huecas, posados presuntamente míticos, mensajes contradictorios, golpecitos en la espalda, trucos contables y trampas semánticas, esa Administración tan omnipresente y tan implacable ha secuestrado al civil y no lo va a soltar. Cada promesa, cada plan, cada “he venido a hablar de mi libro” es una miga más en el sendero hanselgreteliano hacia el siguiente patio de la cárcel común en que vivimos.

Deseado por el enemigo

Fede Durán | 31 de marzo de 2013 a las 11:43

La coincidencia entre opuestos es un raro fenómeno en política. La coincidencia entre PSOE y PP chirría todavía más, sobre todo en una Andalucía espiritualmente dividida (aún) entre terratenientes y proletarios, sobre todo cuando se refiere a los sentimientos que uno de los líderes en liza, Juan Ignacio Zoido, inspira entre amigos y enemigos. Pero ocurre. El PP se aferra al divino dedo designador de Javier Arenas -un hábito muy enraizado en la derecha, como demostró Aznar con Rajoy-; la Junta y José Antonio Griñán también.

Arenas es perro viejo. Su habilidad ha quedado frecuentemente constatada: fue ministro en la época dorada del PP, accedió con aparente desgana -igual que Chaves cuando dejó Madrid por primera vez- a centrarse en la cosa autonómica justo donde a su partido siempre le fue peor, masticó mal su victoria pírrica del 25 de marzo de 2012 (Pirro fue un enorme general, por otra parte) y tuvo a mano el teléfono rojo para quitarse de en medio y volver a la capital, a Génova, a la pasarela mediática sin aparentes manchas en el expediente.

Zoido es bien distinto. El traje de mosquetero le queda grande. Las líneas de su oposición son frágiles, difusas, irregulares. Dispone de un enorme arsenal en el terreno de las cifras, pero es incapaz de utilizarlo con constancia y efectividad. El problema de un Parlamento es que tarde o temprano emerge la lupa de la retórica, del afilado manejo de las palabras, de esos intangibles que -justa o cruelmente- condenan al gris, al atropellado o al tecnócrata. Fíjense en el material expuesto: la Administración paralela de la Junta (de la que nada ha vuelto a saberse); el monumental escándalo de los ERE (1.400 millones, según las cuentas del PP); Invercaria; el déficit (aquí todos fallan); un desempleo de récord…

Griñán ha querido manejar su ventaja sin despistarse. Pero el socialismo, antes con la boca pequeña y ahora sin complejos, proclama su fortuna por contar en la bancada contraria con el alcalde de Sevilla. “Es un regalo que Dios nos da cada mañana”, afirmaba el pasado viernes Mario Jiménez. Malo para el país, malo para el PSOE y pésimo para Griñán. Porque los grandes estadistas -suponiendo que el presidente lo sea- precisan de grandes Némesis. Porque la derrota envenena más cuando no se la espera.

La ruta que el socialismo andaluz dibuja tampoco está clara. A veces por fantasías periodísticas y otras por ambigüedades más o menos calculadas, Griñán se deja querer para empresas mayores. A punto de cumplir 67 años, no parece que la mejor baza del PSOE matriz para recobrar metros de respaldo en las urnas pase por recurrir a un veterano Griñán en lugar de otro veterano Rubalcaba, aunque Fraga y su Xunta desmientan esta línea de pensamiento. Si, por el contrario, su futuro está en las Cinco Llagas, necesitará alicientes. Arenas era muy bueno tocándole las narices. Zoido apenas le arranca sonrisas de superioridad.

Y aquí llega la paradoja: ¿se imaginan que ocurra precisamente eso, que Griñán se apague de aburrimiento, que se sienta viejo, que ceda al empuje indisimulado de Susana Díaz? Entonces Juan Ignacio Zoido se relevaría como lo contrario de lo que parece: un estratega exquisito, de primera línea, un hombre con la inteligencia necesaria para inocular la inestabilidad en el taifato socialista desde su careta de boy scout, un halcón con plenas posibilidades de asaltar al fin el Palacio de San Telmo.

Cabe por último un escenario inédito. Podría ocurrir que conforme avance la legislatura, el propio PP-A, a instancias quizás del mismo Zoido, sopese la posibilidad de encomendarse a un nuevo tutor. Arenas se fue con la cama sin hacer, y su sucesor nunca ha ocultado que se siente ante todo alcalde.

No se trata únicamente de un problema de pericia, o de carisma, o de esgrima dialéctica, o de vocación. Se trata de todos esos factores en concurrencia, más el añadido de una presunción dañina: efectivamente, existe más materia prima que nunca para desbaratar el dominio con muletas (IU) del PSOE-A. Conviene recordar, no obstante, que Arenas ya gozó de los misiles de los ERE, ya los utilizó, ya los detonó en el Mamaev Kurgan de la Junta, ya transmitió al pueblo andaluz el saqueo. Y el PP ganó por 50 escaños a 47, lejos de la mayoría absoluta y del trono. Que nadie le pida peras a Zoido.

Yo, Zoido

Fede Durán | 11 de septiembre de 2012 a las 20:16

Normalmente, cuando uno escucha a un político, le ocurre lo mismo que cuando en la facultad escuchaba a los peores profesores: sabe que no le aportan nada. Algo así sucede con Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla y presunto candidato a la jefatura de la Junta, invitado ayer por el grupo Joly a uno de sus foros y arropado por un auditorio más concurrido de lo habitual en los tiempos que corren. Zoido compendia los defectos del dirigente hispano convencional: carece de la mínima valentía para salirse del discurso oficial; ataca y tiende la mano a la vez; califica como radicales a quienes maman de otros pezones ideológicos; practica el maniqueísmo, la superficialidad, la falta de rigor y otras malas artes tan comunes en este país.

El artículo publicado por César Molinas el pasado domingo en El País (Una teoría de la clase política española) ha generado un fantástico revuelo que no parece alterar el pulso del colectivo aludido. Molinas considera a los políticos una élite extractiva (sanguijuelas que beben la sangre del pueblo sin ofrecer a cambio nada más que acero para blindar sus privilegios) obsesionada con el poder y cero dispuesta a cederlo siquiera en parte. Tal vez a Zoido le soplaron algo, porque sí aludió a la reducción del número de diputados en el Parlamento andaluz (109), a cirugía de choque en la Administración y a la necesidad de “poner más profesionales y menos políticos al frente de los sectores clave de nuestra economía”. Para subrayar el virtuosismo de no pocos de sus compañeros, el alcalde recordó que “hay gente en el Gobierno de Sevilla que pierde dinero”.

En realidad, Zoido es un miembro más de la partitocracia. Como tal, adaptará por defecto su discurso a las sensibilidades de la sociedad civil, pero cuidándose de concreciones. ¿Cuántos escaños suprimiría? Se negó a responder ¿Qué significa poner a más profesionales? ¿No ha sido profesional sinónimo de enchufado en estas tres décadas postransición? ¿Qué tijeretazos en la Administración? Sin noticias de Gurp. El alcalde se jacta de haber eliminado fundaciones sevillanas sin sentido ni cometido. No es comparable. Toquetear empresas públicas (153.400 en toda España en 2010, según la OIT) es harina de otro costal porque implica pisar callos, muchos de ellos propios, y crear paro en un sector altamente improductivo: el de los políticos.

En al menos tres ocasiones Zoido apeló a otra frase manida: “Todos somos Estado”. Menos sentido aún tienen en tal caso las duplicidades y solapamientos del ecosistema administrativo hispano. Se habla de recortes, pero el concepto no se aplica a la estructura sino al ciudadano. Ningún partido ha planteado todavía un modelo alternativo al dibujado en la Constitución. Alternativo o corrector, que el político-legislador se nos asusta. Francia, Italia o Grecia ya se han movido, y lo han hecho por necesidad y sin complejos: Monti se ha cargado 36 provincias, 1.500 ayuntamientos y 50.000 cargos públicos. Rajoy apenas ha prometido rebajar un tercio el número total de concejales, reforzando a la vez el papel de las diputaciones (¡!).

Tampoco tiene mucho sentido que Zoido tararee estribillos de otras temporadas superados ya por la realidad. Más educación, más innovación, dijo querer, obviando los recortes decretados desde Madrid en uno y otro ámbito. Otras frases inquietantes de su discurso fueron: 1. “No estamos dispuestos a que Andalucía sea rehén de una minoría radical (en referencia a IU, como si IU mandase en algo, como si sus consejerías estuvieran cargadas de contenido y dinero)”. 2. “A Andalucía le hace más falta el rescate que a España”. 3. “La deriva de radicalidad del PSOE me preocupa muchísimo (el último PSOE  aceptablemente radical fue el de Largo Caballero, salvo que el radicalismo sea contagioso; en ese caso el agente contaminador sería IU, claro)”.

Compenso el párrafo anterior con sus dos mejores reflexiones a mi juicio:

“La crisis es obra de las minorías y el sectarismo”. Touché. Es el retrato más fidedigno de la clase política española jamás hecho por un político español.

“No puede haber administraciones a las que les salga gratis ser negligentes”. Si tal mandato se cumpliese, las comunidades autónomas serían desguazadas, los ayuntamientos y diputaciones exterminadas y el Estado inmediatamente puesto en cuarentena. Sólo nos quedaría buscar cientos de miles de recambios para los puestos de mando, las asesorías, los servicios de seguridad y el cuerpo de chóferes del país, y nada mejor que recurrir a los cachorros de los partidos, cuna de verdaderos demócratas empujados por el altruismo.

Monteseirín era un alcalde deficiente en la gestión y pésimo en la comunicación. Zoido es pésimo en la comunicación siendo aceptable en la gestión. ¿Ideas nuevas, audacia, pasos decididos hacia un cambio de modelo? Pensemos en un solo dirigente al que no le venga grande ese traje.