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Micromemorias VII (el origen)

Fede Durán | 2 de marzo de 2009 a las 13:36

Un día fuimos los Fab-Four. Un día, cuatro tipos vivimos juntos en la calle Comercio, Madrid capital, cuando todos comenzábamos a forjar nuestros sueños. Aingeru Zorita, Carlos Sánchez, Luis Benito y yo. Tres vascos y un andaluz. Cuatro melómanos tremendos, cuatro alimañas posadolescentes con ganas de aportar. Aingeru es fotógrafo y creo que ha logrado su objetivo de asentarse. Carlos se fue a Honduras con un proyecto de cooperación internacional y allí sigue. Luisbe regresó a Vitoria, y de allí a Bilbo, donde aún ejerce de periodista sin aparcar sus otras pasiones (Tau, rock, colaboraciones en fanzines culturetas).

Me presenté una noche tras las clases del master de El País. Buscaba piso. Carlos y Luis me recibieron. La casa estaba llena de revistas de música (incluida la que ellos editaban, claro), cds y posters. Parecía una escena de Hate, la serie de Peter Bagge descubierta gracias a mi colega Barea. La conexión fue inmediata. Nos aceptamos y cerramos el trato brindando con cerveza y cenando espaguetis (ese clásico de todo nido de ratas). En adelante, siguieron mi escalada hacia el periodismo, soportaron mis miedos, toleraron mis ínfulas y conocieron a mi entonces mujer. Fue una época gloriosa porque todo lo inconsistente es más intenso. Luego, nuestros caminos se separaron. Pasé de Madrid a Barcelona y de allí a Sevilla, donde aún resido. Admito que los echo de menos. Las madrugadas se alargaban charlando de nuevos grupos o colándonos en casa del Pipa, allá por Cuatro Caminos, para ver los play-offs de la NBA.

Ya escribía. No hay grandes espacios en blanco en mi vida literaria. Me tiraba más la poesía. Era pronto para el relato, y la autoexigencia del master tampoco me dejaba demasiada energía para crear universos paralelos. Ahora, gracias a internet y otros inventos, Los Tres Fabulosos saben que he dado un pequeño pasito, un pasito emocionante y delicado para aproximarme a lo que de veras me llena. Desde aquí les mando un abrazo y les devuelvo el guiño que tantas veces me lanzaron: también váis a lograr lo que os propongáis.

PD: Ni quiero ni puedo olvidarme del traspado de última hora que acabó con Aingeru en la liga del amor y Olga en nuestra cabaña… Su irrupción fue un aliciente, sobre todo en términos decorativos (demostró, toscos hombres, cómo dos mantas bastan para transformar un salón horrible en un rincón acogedor).

Madrid la veloz

Fede Durán | 10 de julio de 2008 a las 12:29

Madrid la veloz, eterno debate. Es curioso el vínculo de los andaluces con la capital: nunca tiende a la equidistancia sino a los extremos. Amor u odio sin demasiados matices. A mí la ciudad nunca me ha matado, pero le reconozco méritos. Su vida cultural, tradicionalmente alejada de la vanguardia barcelonesa, recorta distancias año tras año. La velocidad, generalmente enemiga, se convierte a veces en aliciente. También es el paradigma arquitectónico y empresarial de la España gigantona, esa que adelanta a Italia y amenaza a otros países de las grandes ligas. Luego están sus reductos: La Latina, Lavapiés, Malasaña; distintos paisajes bajo el mismo cielo. Concedo pues a Madrid la virtud relativa del claroscuro, pesadumbre precedida de energía o viceversa.

Lo malo es aparecer allí en un mal momento. Por ejemplo, durante el congreso federal del PSOE (4-6 de julio). Pides asilo y un viejo amigo cineasta se apiada y te ofrece un digno zulo en Lavapiés cuyas estrecheces se diluyen gracias a una hospitalidad incondicional y a esa pátina multiétnica del barrio. Atrapas un plano del Metro (cómo crece el condenado; me recuerda el enjambre de Tokio) y echas un vistazo al destino laboral (Palacio Municipal de Congresos, Campo de las Naciones) en busca de la combinación de trasbordos más rápida. Maldición: dos cambios de línea en el mejor de los casos. Te echas el portátil a la espalda (a veces cuesta entender que la tecnología pese tanto), compras un par de plátanos al tendero paquistaní y enfilas el objetivo.

Pese a mi desorientación inicial, un cartelón del PSOE me sopla cuál es el edificio. Los chicos de seguridad conservan ese aire matón seguramente alentado por el pinganillo y las espaldas de gimnasio. Una señora de prensa busca mi nombre en la inmensa lista de acreditados, me da el colgante con mis datos digitalizados y me abre las puertas de la casa socialista. Un congreso más que empieza. Invoco al lupo para que esta vez el aburrimiento sea benévolo y me permita llegar vivo al domingo.

La cosa no estuvo mal. Saludé a algunos grandes del periodismo y ratifiqué mi convicción de que Madrid es la (única) meca de la información política española. Conocí a nuestro corresponsal, Jorge Bezares, un tipo noblote y vehemente que me recordó vagamente a Walter Sobchak, el ex marine reconvertido en profesional de los bolos del Gran Lebowski. Luché a muerte contra los caprichos del ordenador hasta colarme en las páginas del periódico para rematar crónicas adelantadas en el fiel aunque sosote word.

Lo peor: nos confinaron en la planta -4, lejos de la luz y del sonido de los pájaros (alguno queda en Madrid). Aquello parecía un refugio antinuclear. Todo un detalle que los socis sí se expusieran al peligro del bombardeo desde la frágil planta cero. Nos dejaron el búnquer. Nos regalaron la vida. Lo peor II: el rancho fue lamentable. El primer día apenas repartieron unas botellas de agua (la mirada del repartidor era tipo Te Hago El Favor de Tu Vida Así Que Póstrate). Alguna voz debió trasladar la alarma a las más altas instancias porque la segunda jornada reconvirtió lo frugal en abundante. Bocadillitos de tortilla y chorizo, café, palmeras y cerveza. El domingo supusieron los organizadores que ya estaba todo el pescado vendido, así que retomaron y radicalizaron la senda inicial: la caza del último botellín de Bezoya fue dramática.

Cuando ZP despacha su discurso de clausura se precipita el epílogo. Te quedan dos horas de tajo pero los operarios te desmontan media sala de prensa sin contemplaciones. Los que viven en Madrid se despiden. Los desplazados luchamos contra el crono y pensamos en el AVE o en el Boeing o en la moto. Imaginamos nuestro regreso al hogar, los 40º de Sevilla, los 32º de Cádiz, El Salvador y Bolonia, la dolce vita sin Mastroianni pero con otras divas urbanas. Sonreimos en nuestros asientos mientras el cansacio cierra los ojos. El ordenador ya no pesa. Las proclamas plomizas tampoco.

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La República de Iberia

Fede Durán | 5 de mayo de 2008 a las 19:03

La historia no ha alentado la fraternidad entre españoles y portugueses, aunque cohabitación hubo. Entre 1580 y 1640, tres Felipes (II, III y IV) gestionaron un imperio al cuadrado con distinta suerte. El azar alentó la breve unión: ni Sebastián I tuvo prole ni Enrique I El Casto quiso (o pudo) desmerecer su apodo. Los Habsburgo tuvieron ojo y supieron jugar sus bazas en ese culebrón que son los tronos y las sucesiones. Volemos raudos al presente para recuperar aquella realidad pasajera y engarcémosla con el ejercicio de política-ficción predilecto de Saramago. ¿Es posible repetir la jugada? Según la vieja premisa de Marx, por supuesto que sí. Además, ya no tocaría que la cosa acabara en drama sino en comedia. ¿Se imaginan un hermanamiento presidido por el humor? Vecinos de uno y otro lado de la frontera bebiendo oporto, o rioja, o cava a la orilla del Tajo. O del Atlántico. O del Mediterráneo.

Habría que reorganizarlo todo, claro. Propongo una triple capital Lisboa-Madrid-Barcelona. La diagonal ibérica. La envidia de Europa. Lisboa pondría la belleza melancólica. Madrid la electricidad social bien entendida. Y Barcelona el toque vanguardista. Para evitar los celos, el triple poder también se repartiría. El Gobierno, en Madrid. El Congreso para Lisboa y el Senado para Barcelona. ¿Y los jueces? Podrían echarlos a suertes. ¿Demasiado despilfarro? Bueno, pues que los grandes líderes se aprieten el cinturón y mejoren la gestión. Menos coches oficiales, aviones y helicópteros fletados y recepciones de lujo. Si el superviviente civil puede hacer frente a la reestructruración de su economía cuando llegan las eras de miseria, ¿acaso no pueden ellos, sobradamente preparados, bajar el listón palaciego?

El nombre no debería ser un quebradero de cabeza. República Ibérica suena mejor que Iberia porque no recuerda a ninguna aerolínea. Recurrir a los híbridos es otra opción, aunque ninguno destaca por su musicalidad. ¿Espagal? ¿Portuña? Tampoco hay que acuñar moneda: ya tenemos el euro. La bandera podría mantener en medio el rojo que ya exhiben ambas enseñas (en el centro unifica más) y añadir el amarillo español y el verde portugués. Si las bandas fuesen verticales, seríamos parientes de Camerún, por ejemplo. Si optamos por el look horizontal, el clon se llama Bolivia. Nuestro potencial turístico se ampliaría y superaríamos a Francia como gigante del sector. La comida, oh, la comida ya no tendría parangón. Ni los vinos. Ni la exquisita combinación de paisajes.

Más crucial es el tema de la Liga. Lo razonable sería mantener el cupo actual de 20 equipos pero, ¿con qué cuotas? Diez y diez parece un reparto desequilibrado dado que en España el nivel es superior. Además, se trata de trasladar a la competición el peso de 45 millones de habitantes frente a sólo diez. Nuestros hermanos lusos, evidentemente, protestarán. Primer agravio comparativo sobre la mesa, dirán. O diez escuadras o nada de nada. Lo malo es que nos fastidiarían el invento cuando estaba casi listo. Habrá que descatalogar la bandera, desterrar la denominación nacional, renunciar a la diagonal capitalina y beber oporto o rioja pensando que son brebajes riquísimos, sí, pero propiedad del otro bando. Saramago ya no existirá y no quedarán culturetas que rememoren aquel remoto matrimonio de 60 años. Y la culpa será del fútbol. No hace falta citar a Trillo para saber lo que diría ante tamaño despropósito.