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Bienvenidos al desierto

Fede Durán | 21 de abril de 2014 a las 21:16

parlamento de lamadrid 22.

Aunque el Parlamento andaluz no ha sido nunca un gran campo de batalla ni por paisajes ni por generales, algunos cañonazos retumban aún en la caja torácica del recuerdo. Chaves y Arenas (porque ésa fue la principal, la más longeva contienda) supieron odiarse con cierto sentido del espectáculo, enroscado uno en la leyenda de su invencibilidad, aferrado el otro al milagro de la derrota. Ésta se produjo, sin embargo, ya con Griñán y en marzo de 2012, pero la victoria del PP fue pírrica y por lo tanto indigerible: Arenas se fue a Madrid y Zoido llegó de Sevilla. Ambos repartieron los bofetones del primer tramo parlamentario de 2013 en lo que muchos observadores, alineados o no, veían como un intercambio desigual.

Porque Griñán subía los peldaños de la oración como agasajado por Vivaldi, seguro de su tracería retórica, convencido de una superioridad intelectual de la que en realidad nadie dudaba y ante la que Zoido, alcalde metido con calzador a opositor, respondía con la inconsistencia del tutti frutti: un poco de todo (corrupción, parálisis, desempleo, derroche) sin ahondar en nada. Así transcurrían las sesiones de control y así prolongaba sus días una cámara siempre crepuscular, enfrascada en la pose partidista, alérgica a las alturas, hija del copy paste tal y como siempre acreditará el Estatuto que quiso ser Estatut.

ZOIDO DICE QUE LA JUNTA COGE EL DINERO E INCITA A CONFRONTAR CON EL GOBIERNO

Aquella gran frase de Lineker sobre el fútbol y Alemania contó durante esos meses con una conversión aproximada en clave andaluza: “Los debates del Parlamento autonómico son un deporte de uno contra uno donde siempre gana Griñán”. Tal vez por eso, pero sobre todo por el ponche lisérgico de los ERE, el presidente, más ojeroso y asaeteado que nunca, decidió retirarse a su Yuste particular, dejando como herencia un engendro de primarias y un dedazo casi al estilo Aznar: Susana Díaz aterrizó para quedarse. Zoido insistía en largarse. La lente pública enfocaba un nuevo combate entre boxeadores sin el pedigrí de las urnas pero con roles perfectamente definidos. Él, asiduo del ring en la legislatura, parecía el Patterson perdedor de Gay Talese; ella, obsesionada con la coronación, botaba sobre la lona como el mismísimo Ali.

Díaz no vive sincronizada a los maestros de la música clásica, ni siquiera es probable que desmenuce sus lecturas nocturnas con una copa de coñac caro bajo la chimenea, pero pega más duro que Griñán porque ella sí es un animal político, es decir, una persona que mamó desde pequeña de las tetas del partido, aprendió el arte de la demagogia y sobreexplotó el recurso a la promesa contundente y al y yo más. Zoido a su lado es un azucarillo nervioso, un colibrí trémulo cuyas plumas escupe el viento de los discursos que el PSOE asume en Andalucía no tanto por inquebrantable adhesión al progreso como por el empuje que ejercen los socios de IU y por la excusa que brindan los contrastes fáciles con las políticas neoliberales del Madrid central.

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DÍAZ

Puede que Zoido sea como Patterson, pero desde luego Díaz no es como Ali. Si el discurso pudiera medirse como se miden las extremidades, el litoral o los círculos árticos, el que flota en las Cinco Llagas apenas alcanzaría el tamaño de un guisante. Ni los protagonistas hacen mejores a sus secundarios, ni los secundarios se esfuerzan en hacer sombra a los protagonistas, empeñados a su vez en quedar lo más lejos posible de sus antecesores recientes o remotos. El culto a la mediocridad ha convertido el jardín en páramo y el páramo en desierto. Bienvenidos a la desolación más absoluta.

*Artículo publicado en el Anuario del Grupo Joly.

Democracia directa (II)

Fede Durán | 9 de abril de 2013 a las 11:01

“Si en el Congreso existiese el escaño 110, alguien de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca podría haber tomado la palabra en el Pleno. Cuando creamos esa figura, lo hicimos a partir de una reflexión política que también está en la calle: hay que abrir cauces de participación a la ciudadanía. Andalucía ha marcado una pauta que repetirán otros parlamentos autonómicos”.

Manuel Gracia (Peñarroya-Pueblo Nuevo, 1946) es un político valiente. Su cargo, la Presidencia del Parlamento andaluz, no es una burbuja impenetrable. Es consciente del problema que arrostra la política y de la exigencia que se mueve en la sociedad. Conoce los ejemplos de otros países pioneros en la democracia directa o participativa, adjudicándoles virtudes y defectos como a cualquier otro invento humano. Y lanza un mensaje claro: el modelo español debe mejorar, reconvirtiéndose en un entramado institucional menos estanco, más poroso.

-Pero me concederá que el escaño 110 es apenas una muestra de buena voluntad política.

-Hay que complementar la democracia representativa con instrumentos de democracia directa. Necesitamos más pasos en esa dirección. Por eso planteé en mi discurso del último 28-F la posibilidad de que los ciudadanos presenten enmiendas a los proyectos legislativos del Parlamento. Aún espero una respuesta de los partidos.

-Sinceramente, sigue pareciendo poco.

-Yo no hablo sólo de mecanismos de intervención en el proceso de elaboración de las leyes sino también de ahondar en la transparencia, y no sólo referida a lo que un diputado gana o al patrimonio que acumula (ahí ya se han producido avances), sino a la rendición de cuentas que deben a sus electores. La gente tiene derecho a saber en qué consiste su actividad parlamentaria, qué iniciativas presenta a lo largo de la legislatura, qué vota, cuántas veces asiste o deja de asistir.

-Esa reflexión evoca una cultura política de raíz anglosajona cuya esencia es la indisciplina de voto o, dicho de otra manera, el compromiso que cada diputado asume no necesariamente con sus siglas sino en primera instancia con sus votantes. Hemos visto a más de un tory soliviantar a David Cameron. Por no hablar de las dinámicas del Senado o la Cámara de Representantes en EEUU.

-Nuestra raíz en ese ámbito es latina y está mucho más basada en la unidad, pero no estoy en contra de ese planteamiento. La prioridad es singularizar la actividad del diputado. Y desbloquear las listas electorales. Incluso crear circunscripciones más reducidas para que el votante identifique, conozca más fácilmente a los candidatos.

-El caso islandés es único en el mundo. Con 331.000 habitantes, tras ser rescatada, la isla decidió reinventarse desde la democracia directa. La nueva Constitución se nutrió de las aportaciones de los internautas. Además, en un doble referéndum, la población decidió bloquear el pago de la deuda de la banca.

-Y pudieron hacerlo precisamente por eso: porque son un país pequeño y manejable.

-¿Establece alguna línea roja en esta redefinición del modelo hacia la que aparente y tímidamente caminan Andalucía y España?

-Todos los instrumentos de democracia directa que se decida crear -y ya sabemos que son múltiples, a veces complejos y no siempre efectivos-, tienen en mi opinión un solo límite: el derecho de voto.

-¿Por qué?

-Porque la Constitución establece claramente que el pueblo delega ese derecho en las Cortes y los parlamentos. California [en bancarrota] demuestra que no se puede hacer demagogia con la democracia directa. En Suiza funciona mejor, pero de nuevo volvemos a la cuestión del tamaño: los cantones engloban a pequeños porcentajes de población.

-Le pongo otro ejemplo: Rio Grande do Sul, en Brasil. Democracia digital, como en Islandia. Los electores imponen al Gobierno estatal debates o problemáticas sobre los que obligatoriamente tienen que pronunciarse. Pero eso presupone que todo el mundo tiene acceso a internet. Y que las oportunidades que brinda el sistema se conocen.

-Obviamente, una tarea pendiente de la política es inducir a la población a participar, porque muchos ciudadanos ni siquiera saben que existe esa oportunidad. La virtud de la iniciativa legislativa popular sobre los desahucios es que gracias a su gran impacto mediático muchas personas han descubierto que existe ese cauce jurídico para hacer llegar sensibilidades que están en la calle al político.

Inciso: el escaño 110 no se ha utilizado todavía. Ningún miembro de ningún colectivo promotor ha subido a la tribuna de oradores del Parlamento autonómico. Aunque es la fórmula más innovadora, no es la única. Las reglas de juego andaluzas permiten: 1. Preguntas de iniciativa ciudadana, que autorizan a cualquier residente o persona jurídica establecida en la región a dirigirse al Consejo de Gobierno o a cualquiera de sus miembros para obtener una respuesta oral, pero siempre que un diputado asuma dicha pregunta. 2. Participación de los sectores afectados por una norma en curso, siempre que lo propongan los diputados y grupos parlamentarios. 3. Convocatorias a cargo de la Junta o los entes locales -y en el ámbito de sus competencias exclusivas- de audiencias públicas, encuestas y cualquier otro foro de participación, con la excepción del referéndum.

-Ni siquiera IU propone un modelo integral de democracia directa.

-Realmente, un modelo híbrido es más razonable. Convertir el sistema político en un sistema de carácter asambleario sólo es manejable en núcleos poblacionales muy pequeños, en el ámbito de determinados municipios o países, pero nunca con circunscripciones del tamaño de las nuestras. Existe un problema en la democracia representativa, dudo que algún político sea ajeno a esa convicción, y por eso tenemos que arriesgarnos a buscar fórmulas nuevas. Pero la base del sistema representativo es hoy por hoy insustituible. El modelo que surgió de la Transición dio mucho protagonismo a los partidos porque habían estado prohibidos. Ahora deben abrirse.

K.O. rotundo

Fede Durán | 15 de febrero de 2013 a las 10:08

LAS sesiones parlamentarias de control funcionan más o menos así: el jefe de la oposición pregunta al presidente de la Junta por una cuestión que después le permite abrir el debate a otros frentes, estén o no relacionados con el original. Juan Ignacio Zoido, jefe del PP-A y alcalde de Sevilla, trazó ayer tres líneas de ataque. La del Pacto por Andalucía, en el que no confía; la de la transparencia, por la que aboga sin demasiado entusiasmo de palabra; y la del empleo, aparentemente la trocha más sencilla por la deficiente hoja de servicios que presenta el socialismo en sus tres décadas largas de monólogo andaluz.

La efectividad implica, sin embargo, armar bien las líneas. Y Zoido cometió varios errores. Estuvo demasiado superficial; intentó vender el virtuosismo de su partido ante la corrupción justo cuando más asediado está (el caso Bárcenas es el paradigma de esa contradicción); y, sobre todo, quiso doblegar a Griñán en el cuadrilátero económico, donde es claramente inferior por conocimientos y experiencia.

Hay material de sobra para cuestionar el pasado y el presente de la Junta, una institución que no obstante muestra su habilidad para reconvertirse y trufar la escena política de señuelos. El penúltimo es el citado pacto por la tierra, absurdo desde el momento en que la cotidianeidad del Parlamento siempre ha permitido cerrar esos mismos consensos con o sin participación del tejido social y empresarial. El Gobierno autonómico ha sido listo y el PP demasiado tonto. Uno ha propuesto jugar al trile y el otro ha dicho sí. Zoido no encuentra ahora la manera o el instante de desmarcarse, y al amagar el despliegue evidencia su torpeza. Podría haberse negado desde el principio, aunque el proverbial miedo de la derecha andaluza a quedarse atrás pese aún tanto.

“¿Es un pacto vacío para distraer? ¿Quiere aburrir a los participantes? Está haciendo grandes esfuerzos por dejar fuera a los alcaldes de las ocho capitales andaluzas de provincia y a la FAMP. ¿Está apostando por acuerdos unilaterales con los mismos de siempre?”, reprochó el heredero (interino) de Javier Arenas. Griñán recordó entonces la cumbre celebrada hace un mes y el talante constructivo mostrado por aquel Zoido. “Atienda a la metodología, que ya se la expliqué”. O el profesor que riñe al alumno despistado.

Por la transparencia pasó Zoido de puntillas, coqueteando con el tan denostado y tú más. A Griñán le había preparado el terreno Álvarez de la Chica con un discurso que cualquier dirigente firmaría: autocrítica sin masoquismo, regeneración sin purgas, “el reloj de la democracia en hora con los ciudadanos”. Y ahí apuntó el presidente como un stuka, primero defendiendo la precocidad de la Junta en la materia (sueldos y patrimonios públicos, supresión de privilegios en materia de pensiones) y después proclamando el ideal del Open Government, una suerte de utopía donde el hombre libre preguntaría y el poder estaría obligado a contestar. Al dejar el cargo, el viejo y noble político se sometería asimismo al castellano y también viejo juicio de residencia o rendición de cuentas. Hasta dan ganas de creérselo.

El episodio técnico fue el más desastroso para el PP-A. Zoido mezcló churras (déficit) con merinas (empleo) sin aportar consistencia en ninguno de los dos flancos. Como Griñán había mencionado un reportaje del Economist donde Rajoy excluía entre sus cinco prioridades la creación de puestos de trabajo, el alcalde hispalense se sintió obligado a citar los piropos que el Financial Times dedica a la reforma laboral de Rajoy. También podría haber recordado, con una inevitable carga irónica, el supertitular ideado por Morgan Stanley esta semana: España será la próxima Alemania.

A la oposición le preocupa que la Junta dilate el dato definitivo de déficit a cierre de 2012, pero el propio Ministerio de Hacienda admite que prefiere el despacito y con buena letra. Para defender la reforma laboral, a Zoido no se le ocurrió nada mejor que comparar la EPA del cuatro trimestre de 2011 (prerreforma) con la primera de 2012 (posreforma), un error de bulto por cuanto el calendario marca los perfiles de cada estación (hay más contrataciones en Navidad o Semana Santa que en febrero, por ejemplo). Rotundo K.O. en el primer combate del año.

Los siete árbitros del Parlamento andaluz

Fede Durán | 18 de marzo de 2012 a las 17:49

Año a año y legislatura a legislatura, la vieja vocación de foro que algún día encerró la política ha degenerado en un escenario más efectista pero mucho menos efectivo. El Parlamento andaluz, treinta años después de su estreno, se ha convertido en un coliseo romano. Hay fieras a ambos lados del hemiciclo. Hay rugidos, amenazas, rencillas, desprestigio. Y hay una meta que no consiste ya en la derrota del adversario sino en su aniquilación. Pero en la tribuna, varios metros por encima del coso, aún destaca la figura del presidente, que es el árbitro, el componedor, la matrona. Siete han pasado por esa butaca púrpura. Pese a la sangre de los gladiadores, todos guardan un excelente recuerdo de su experiencia.

El primero fue Antonio Ojeda, jurista de reconocido prestigio además de político, y un buen ejemplo del ecosistema reinante a la sazón: “Había catedráticos, abogados del Estado, gente de una altura impresionante. Aún recuerdo la calidad del debate que mantuvieron Ángel López y Miguel Arias Cañete a propósito de la reforma agraria”. Ojeda pilotaba la nave a ciegas porque el suyo fue el primer Parlamento autonómico. Un teatro itinerante que conoció tres sedes plenarias en Sevilla antes de mudarse al Hospital de las Cinco Llagas: el Salón de Tapices de los Reales Alcázares, el edificio de Banca Cívica en la plaza de San Francisco y la Iglesia de San Hermenegildo.

“Tuvimos que crear de cero la institución y dotarla de prestigio en la vida política andaluza. Los medios de comunicación colaboraban mucho. Con ellos nos reuníamos en vísperas de las sesiones para explicarles cómo funcionaba la Cámara”, rememora. Si viaja del pasado al presente, el socialista observa diferencias: “Fui afortunado porque compartíamos la ilusión de iniciar algo, y por eso no hubo enfrentamientos tan duros como después. Pero tampoco hay que escandalizarse, el Parlamento es una especie de representación donde no todo van a ser juegos florales”.

Tomó el relevo Ángel López, hombre récord del Derecho Civil español. La configuración de la asamblea tras las elecciones encerraba notables riesgos porque, aunque el PSOE perdió seis escaños de los 66 cosechados en 1982, las izquierdas sumaban 79. “Yo tenía fama de portavoz áspero, pero fui para la oposición un parlamentario ejemplar porque me di cuenta de que o defendía a las minorías o cerrábamos el Parlamento”, señala. El panorama era entonces matador para la derecha. Javier Arenas y su PDP se habían escindido de la Alianza Popular de Hernández Mancha. Los andalucistas, con dos asientos, tampoco respiraban euforia. “Esto corría el riesgo de convertirse en un monólogo para ver quién era más rojo. Siempre voté con el grupo socialista, pero defendí a los pequeños por pura convicción y a costa de tensiones con los míos. Las mayorías se defienden solas”, relata.

López avala su imparcialidad con un dato. Rechazó presidir la primera comisión de investigación de la historia, cuya gestión correspondió a la oposición sin mayores consecuencias: no se detectaron irregularidades en la adquisición de un edificio por la Junta. “Había antipatías ostensibles pero también respeto. Los portavoces eran Anguita, Arenas, Hernández Mancha… todos importantes después en la escena nacional. El fondo de la política española se ha vuelto mucho más cainita. Y conviene no olvidar de dónde venimos”.

José Antonio Marín Rite fue el tercero. Le costó dejar la Alcaldía de Huelva en mitad de una colosal transformación urbana, pero se adaptó rápido e introdujo cambios, alargando a toda una mañana la duración de las sesiones de control. Su discurso es exigente: “Hay que mejorar la intervención de las minorías, acabar con las listas cerradas, suavizar la disciplina al grupo parlamentario y recuperar el aprecio de los ciudadanos con más transparencia. En el sistema anglosajón -añade-, los diputados significan algo, no hacen seguidismo al cien por cien”. Bajo su mandato se concluyeron las obras de la sede actual, un lugar para que el desea “alquimia política” en vez de “campañas de cuatro años que someten a la sociedad a tensiones permanentes”. “No podemos estar todos los días en los medios”, remata.

La era de la pinza (1994-1996) fue arbitrada por Diego Valderas, el único presidente que no ha pertenecido al PSOE. Su formación, IU, logró 20 diputados que sumados a los 41 del PP dejaban los 45 de Chaves en calderilla. También puso su innovador granito de arena permitiendo a los andaluces visitar las instalaciones y formular preguntas al Gobierno. Su mesa parlamentaria (tres vicepresidentes y tres secretarios, además del jefe) procuró ser itinerante y trabajar desde todas las provincias. Para Valderas, que repite el 25-M como candidato a la Presidencia de la Junta, “el presidente de la Cámara siempre debe ser de otro color político al del Ejecutivo. Así es como se garantiza la neutralidad”. Dos imágenes despuntan en su disco duro: un hemiciclo “mucho más vivo que el Congreso de los Diputados” y aquel infernal y muy célebre debate donde los socialistas intentaban sacar adelante sus presupuestos. “Fue el momento de mayor tensión. Hubo seis votaciones. En la lectura de los nombres de los diputados que debían votar, una integrante de la mesa llamó a una chica chico y ella hizo un gesto atrevido y andaluz que acabó produciendo un estallido de risas colectivo (y una suspensión de la sesión durante cinco minutos)”.

El caso Centeno, derivado de un comentario racista cuya autoría asumió el diputado homólogo antes de presentar su dimisión, fue el peor trago para el más longevo de los presidentes, Javier Torres Vela, propulsor de las cuestiones al presidente (que quedaron fijadas los miércoles -hoy los jueves- a las 12.00); las preguntas de urgencia extraordinarias; la digitalización de la asamblea; y la Oficina de Control Presupuestario. Ahí va su hemeroteca personal: “Cuando asumes el puesto te das cuenta de que tienes que ser menos sectario, porque ser miembro de un partido es de alguna manera sectario. Me supuso mucho esfuerzo porque he sido siempre bastante animal político. Por muy árbitro que fuese, no perdía mi visión del mundo. Mis años fueron complicados porque el espíritu pactista de la transición empezó a dejar paso al aniquilamiento del adversario”.

El debut de Mar Moreno conllevó otro hito: era la primera mujer al mando. Y estuvo bien acompañada. “La voz del Parlamento fue muy femenina: estaban Teófila, Esperanza Oña, Pilar González y Concha Caballero. Y aprobamos cuotas de género en los órganos parlamentarios”. Difiere de sus antecesores más veteranos cuando niega que “cualquier tiempo pasado haya sido mejor”. “El nivel ahora es muy razonable”, proclama, a pesar de echa en falta más atención mediática a los debates “y menos a las ruedas de prensa”. Moreno no repetiría. Prefiere la tribuna de los oradores. “Más de cuatro años como presidenta habrían supuesto un ejercicio de contención que no habría aguantado”, admite.

Provisionalmente, el epílogo lo escribe Fuensanta Coves. Lo suyo es una oda al curtimiento: desalojó a Sánchez Gordillo, que se había encerrado para iniciar una huelga de hambre; soportó la ironía del PP, que la llamaba “el mando a distancia de Griñán” pero que después ha aceptado celebrar un debate electoral en la Cámara (que Canal Sur descartó por motivos técnicos); y lidió con el ERE gate, un folletín de corruptelas inconcluso y explosivo. “No hemos sabido diferenciar entre lo político y lo personal. Se han dicho cosas muy graves durante la legislatura que serán muy difíciles de encajar y olvidar”. La pena, sostiene, es que esta imagen de colmillo prevalezca sobre los logros. “Ha habido muchas leyes que se han aprobado sin votos en contra. Y hemos tratado de hacer de éste el Parlamento más transparente de España”. Coves tiene amigos de la anterior escuela y comenta con ellos sus vivencias. “Es cierto que antes había diferencias en el atril, pero luego se iban al bar y las cosas se solucionaban. Nunca he visto a Griñán y Arenas tomarse un café juntos después de un pleno”.